Capítulo 17
Jesse
L a ventaja de conocer a Row desde hace tantos años es que siempre sé cuándo va a hacer una estupidez. La desventaja es que jamás consigo evitar que la haga.
Por eso, cuando atravieso las puertas de la discoteca y empiezo a abrirme paso entre una multitud de personas que parecen competir por ver quién baila peor, ya tengo una desagradable sospecha instalada en el estómago.
«La madre que la parió…».
No debería estar aquí, sino en el complejo. Quizá incluso provocando un incidente en cualquier otro lugar, sin embargo, la muy perra está aquí, justo donde temía encontrarla, sentada junto a Leonard Rasford, haciendo que el tipo babee porque una preciosidad le esté prestando atención.
Si supiese que esa cara bonita será de las últimas que verá en vida, no le sonreiría como un iluso.
Me quedo observándolos desde la distancia mientras me planteo seriamente si estrangularla ahora o esperar a que termine la noche.
«Vamos, no me jodas…», pienso, sintiendo que el mundo ha confabulado en mi contra cuando empieza a sonar Next Summer , de Damiano David, en el local. Con estas letras ñoñas resulta complicado no escuchar mis propios pensamientos.
«Que me llame cuando él le rompa el corazón, el próximo verano, que aquí estaré yo esperando», dice la canción.
Porque esa es mi puñetera vida, siempre esperando a que Day entienda que ella y yo estamos hechos el uno para el otro. Esperando a que Terry vuelva a destrozarla…
Mis pensamientos se cortan de cuajo cuando veo a Row reírse de algo que acaba de decir el taxidermista.
MI taxidermista.
Ya he tenido que ceder la muerte de Carl Lawrence a Day, no pienso perder también esta, y mucho menos con Row. Que se joda, si necesita desahogarse, que lo haga con su propio objetivo.
El tipo lleva años asesinando a familiares para cobrar seguros de vida mientras diseca animales los fines de semana como si fuese un aficionado excéntrico y no un psicópata con más cadáveres a sus espaldas de los que imagina la policía.
Y Row está flirteando con él para anotarse el tanto.
Atravieso la pista de baile, decidido a cortarle el rollo, y me quedo parado a la espalda de la asistente funeraria.
Leonard es el primero en verme.
—¿Necesitas algo?
—Vengo a verte a ti, pero antes tengo que solucionar un pequeño asuntillo con ella.
Noto cómo los hombros de Row se tensan sin girarse en mi dirección.
—Puto Lameculos…
A pesar de la música alta, la escucho.
—Dime que no es lo que parece —le digo a Row mientras me muevo y tomo asiento en la silla que queda entre los dos.
Ella ni siquiera tiene la decencia de parecer culpable.
—Eso depende de lo que te parezca.
—Te dije específicamente que te mantuvieras alejada de él y… ¡Anda, mira dónde estás! —exclamo con sorna.
—Qué curioso. Yo no recuerdo esa conversación.
—¿Cómo coño has dado con él? ¡Si no sabías ni su nombre!
—¿Me creerías si te digo que esto es pura coincidencia?
—No —niego, mirándola fijamente.
—Vale, pues, entonces, no te lo digo.
—Row…
—¿Jesse? —se burla.
—No me toques las pelotas.
Ella se limita a beber de un cóctel azul radiactivo.
«¿Desde cuándo Row bebe cócteles?». Ella es de vodka sin hielo.
Leonard nos observa confundido.
—¿Os conocéis? —pregunta al fin.
Row y yo nos giramos hacia él al mismo tiempo y decimos:
—Por desgracia.
—Desafortunadamente.
El taxidermista parpadea, más perdido si cabe.
—¿Es tu novio?
—Retira eso ahora mismo si quieres vivir una hora más.
Me dan ganas de soltar una carcajada al verla tan indignada con la simple sugerencia.
—No intentes entenderlo —le aconsejo a Leonard—. Row, te dije que este era mío.
Me masajeo el puente de la nariz.
—No. Te pediste al cirujano, no este.
Siempre han dicho que Row y yo nos parecemos bastante en cuanto a personalidad. Empiezo a comprender por qué Day pierde la paciencia conmigo tan a menudo.
—¿Y qué pasa con el vigilante maltratador? —le echo en cara.
—¡Ese lleva ya casi una semana criando malvas!
Tengo que reconocer que la tía es eficiente.
—Entonces, ¿qué haces aquí? —insisto.
—Estoy tomando una copa.
—Maldita sea, Row…
—Vale, vale. Solo estoy vigilándolo.
—¿Flirteando con él? —cuestiono.
—Puedo hacer dos cosas a la vez.
Con toda probabilidad puede ser verdad, pero esta vez no cuela.
Leonard sigue mirándonos como si estuviese presenciando una colisión a cámara lenta.
Al final decide intervenir.
—Creo que me estoy perdiendo algo.
Row sonríe y sé que la situación está a punto de empeorar. La conozco lo suficiente para saber que esa sonrisa significa problemas.
—Tranquilo. Solo estamos discutiendo quién va a tener el honor de matarte.
«¡Hija de puta! ¡Y lo suelta así, sin anestesia!».
El silencio que sigue a su declaración es glorioso, puedo ver cómo el cerebro de Leonard intenta procesar la información y fracasa de forma estrepitosa.
—¿Qué has dicho?
«Pobre criatura».
—Elígeme a mí —continúa ella, parece que estuviesen hablando del tiempo que hace en Chicago—. Tengo muchísimo más encanto que él.
—¿Q-qué demonios significa eso?
El taxidermista ya está sudando.
—Significa que soy una persona agradable.
—No lo eres —rebato.
—Comparada contigo sí. Yo no me recreo tanto en el sufrimiento de la víctima.
Leonard intenta levantarse tan rápido que casi tira la mesa, no obstante, como lo veía venir, lo sujeto de inmediato por el hombro y lo obligo a sentarse otra vez.
—Lo siento, amigo, pero tú no vas a ninguna parte.
Su cara refleja auténtico pánico.
—¡Estáis locos!
—Ya, pero no cambies de tema —dice Row. Se inclina hacia él con interés genuino—. Ahora quiero que participes en la decisión.
—¡¿Qué decisión?!
—Tu muerte.
Casi puedo ver cómo una parte de su alma abandona su cuerpo.
—Por favor…
—Mira, te lo voy a poner fácil, Leo. Si me eliges a mí, todo será más placentero. Un besito, una despedida emotiva y dentro de veinticuatro horas se acabó. Te apagarás como una vela.
Leonard abre la boca, sin embargo, no es capaz de que salga nada de ella.
Me mira a mí y de nuevo a ella.
Claramente está reconsiderando todas las decisiones que lo trajeron hasta este momento de su vida. «Es lo que tiene pensar con la polla, amigo…».
—O puedes dejar que se encargue él —continúa Row, señalándome.
No me gusta la dirección que está tomando esto.
—Row… —advierto.
—Aunque, sinceramente, no te lo recomiendo, tiene cara de que le han jodido el polvo.
«Maldita mujer endemoniada…».
—Míralo bien —sigue, achicando los ojos.
—Estáis bromeando, ¿verdad? —pregunta Leonard con una sonrisa nerviosa ante lo absurdo de la situación.
Cierro los ojos cuando veo que la muy hija de puta sonríe.
—¿Me ves cara de chiste? —contesta Row con calma—. Jesse suele ser especialmente macabro cuando está insoportable. Y esta noche lo está. Créeme.
—Igual te mato a ti primero —murmuro, mirándola mal.
—¿Ves? Es exactamente lo que te decía. Habla la frustración.
Leonard parece debatirse entre llamar a la policía o sufrir un ataque cardíaco. Todavía no sabe qué opción es la más favorable.
—¿Has terminado, Row? —cuestiono, apretando los dientes.
—Todavía no.
—Pues deberías.
—¿Por qué?
—Porque acabas de explicarle nuestras intenciones. —Señalo al taxidermista.
—¿Y? —suelta altanera.
—Y si ahora eres tú quien se encarga de él, tendremos que llamar a Neva porque hasta dentro de veinticuatro horas no se hará efectiva su muerte. Imagínate todo lo que le dará tiempo a hacer o avisar en esas horas.
Cuando entiende mi punto, suelta una maldición nada creativa.
—Mierda…
—Exacto.
—¡Me cago en la puta!
—Me alegra que vayas entendiendo el problema.
Row se deja caer contra el respaldo de la silla, disgustada.
—Odio cuando llevas razón —refunfuña.
—A mí me encanta.
—Porque estás enamorado de ti mismo.
—Tengo muchos motivos para estarlo —ironizo.
—Qué asco de hombre.
—Viniendo de ti es todo un halago. Tienes el gusto en el culo.
—No peor que mi hermana Day…
Eso casi me hace sonreír, pero dejo que siga hablando.
Row observa unos segundos más a Leonard para, acto seguido, señalarme.
—Lo siento por ti, Leo, te quedas con él.
Al taxidermista parece que la opción le agrada y veo en sus ojos una mínima esperanza.
Esta vez dejo que la risa se me escape.
—¿Me prefiere a mí antes que a una puta loca?
—Tú eres mejor que ella, ¿no?
Joder, esto es divertido.
—Sí —afirma Row—. El diablo siempre es mejor.
—Row…
—No desaproveches mi generosidad, Jesse.
Se pone en pie, recoge su móvil de encima de la mesa y me dedica una sonrisa completamente desquiciada.
—Ha sido un placer conocerte, Leonard. Personalmente creo que habríamos tenido una química preciosa.
—¡¿Qué demonios está pasando?! —grita el hombre.
—Eso mismo me pregunto yo cada vez que hablo con ella.
—Adiós, chicos.
Tras despedirse, Row desaparece entre la multitud como si no acabara de abandonar una conversación sobre un asesinato.
La observo alejarse y vuelvo mi atención hacia Leonard.
El pobre hombre tiene peor aspecto que hace cinco minutos, lo cual ya es decir. Suda como un cerdo camino del matadero y juraría que se ha cagado encima. Vaya spoiler .
—Bien. —Me acomodo en la silla, me desabrocho un botón más de la camisa y cruzo una pierna sobre la otra como quien se sienta a cerrar un negocio y no a terminar con una vida—. Ahora que la parte caótica ha terminado, tú y yo podemos hablar como adultos.
—¡¿Qué quieres?! ¡¿Dinero?! ¡Tengo mucho, no hace falta llegar a esto!
Sus palabras salen cargadas de pánico, y no lo culpo.
—¿Te parece que necesite tu sucio dinero? —Señalo mi reloj y mi ropa de firma.
—El dinero nunca sobra.
Lo observo durante unos segundos. Casi me da lástima. Casi.
—¿Eso es lo que te dijiste a ti mismo antes de acabar con tus padres y con tu mujer, sabiendo que dejaban un seguro vitalicio a tu nombre?
El color abandona su cara.
—Alcohol isopropílico —continúo—. Muy limpio, muy silencioso. El mismo que usas para que tus bichos disecados no se pudran. Poético, si lo piensas: conservas ardillas muertas con lo mismo que empleaste para vaciarte la casa de estorbos…
—No puedes demostrar nada —dice, mostrando al avaricioso y sociópata que habita en él. Ya no estamos hablando de teorías…
—No he venido a demostrar nada, Leonard. Para eso están los tribunales. Pero los tribunales te aburren, ¿verdad? Tres denuncias archivadas. Menuda suerte la tuya… —Me inclino hacia delante, y digo en voz baja, casi cariñosa—. Pero la suerte se te acabó.
Y lo veo en su cara. El instante exacto en que deja de creer que esto es un mal sueño del que va a despertar y se le encoge todo por dentro. Es mi parte favorita. No la sangre, no cuando dejan de respirar. Este momento. Cuando lo saben.
—Por… por favor —tartamudea—. Puedo desaparecer. No volverás a verme.
—Te creo. —Sonrío—. El problema es que debo un favor.
Digo, sacando el arma con silenciador por debajo de la mesa y la apoyo contra su rodilla con tranquilidad. Le concedo tres segundos para que la sienta ahí, fría, prometiendo lo peor.
—¿Sabes qué es lo más cómico? —murmullo—. Que Row te ha ofrecido irte dormido, sin dolor, con un beso. Y la has rechazado por mí. —Chasqueo la lengua—. Malísima decisión, Leo. La última de una vida entera de malas decisiones.
—Espera…
Aprieto el gatillo y el disparo ahogado del silenciador se pierde en el bombo de la música. Leonard baja la vista hacia su estómago, viendo cómo una mancha roja le crece en su camisa cara, y abre la boca como si quisiera pedir una segunda opinión.
—Chist… —Me guardo la pistola de nuevo bajo la americana y me pongo en pie sin prisa—. Lo siento, a veces la sangre se escapa por sitios que no debería.
Le recoloco el cuello de la chaqueta, un detalle de cortesía para que lo encuentren presentable.
Total, es lo mínimo que puedo hacer por un hombre que va a pasar sus últimos minutos pudriéndose solo, en un taburete, mientras a su alrededor doscientas personas siguen bailando fatal sin enterarse de nada.
—Tranquilo —le digo al oído, palmeándole el hombro como a un viejo amigo—. He visto morir a gente peor. Aunque, ahora que lo pienso, no a muchos.
Me abrocho el botón que me había soltado y me alejo entre la marea de cuerpos.
Antes de entrar a la discoteca me he encargado de jaquear las cámaras de seguridad del local y colar un virus para que nadie pueda presenciar lo ocurrido aquí esta noche.
De esa forma, nadie me verá entrar, salir ni haber estado charlando con nuestro amigo.
Y tampoco relacionarán a Row. «De nada, cabrona».
En la puerta, el aire frío de Chicago me recibe como una bofetada de bienvenida. Me subo el cuello del abrigo y enciendo el móvil.
Un objetivo menos. Aunque, muy a mi pesar, no es el que de verdad me quita el sueño.
A mi verdadera presa todavía no le ha llegado el turno. Lleva demasiado tiempo sintiéndose a salvo. «Disfruta de tu falsa calma, yo sé esperar».
Llevo ocho años aguantando. Puedo hacerlo un poco más.