Ayer (Arpías 1) Capítulo 16 #2
43%

Capítulo 16 #2

—Tienes una vivienda bonita —comento con total naturalidad—. Aunque cambiaría las cortinas. Parecen sacadas de un catálogo de hace veinte años.

Él frunce el ceño, desconcertado por el comentario, y aprovecha ese instante para recuperar parte de la seguridad que había perdido. Da un paso hacia atrás, levanta ligeramente la barbilla y adopta esa postura tan característica de quienes llevan demasiado tiempo creyéndose intocables.

—Voy a llamar a la policía.

—Puedes hacerlo si te hace sentir mejor —contesto, ofreciéndole su móvil, que estaba en la estantería que acabo de pasar.

No se mueve. Supongo que esperaba que me pusiera nerviosa o que intentara impedírselo. Cuando descubre que sigo sonriendo exactamente igual que antes, la duda empieza a abrirse paso por su expresión con una lentitud deliciosa.

Hay un momento muy concreto en el que las personas dejan de pensar que controlan una conversación y comienzan a preguntarse si son ellas quienes están siendo observadas. Ese momento siempre me ha parecido precioso.

—¿Qué quieres? —pregunta.

—Nada para mí. Vengo por otras personas.

Pronuncio el nombre de Michelle y noto el cambio antes incluso de terminar la primera sílaba.

Sus pupilas se contraen apenas un instante y el aire se le queda atrapado en el pecho.

Después digo otro nombre. Y otro más. No necesito añadir apellidos ni explicar quiénes son.

Su memoria hace el resto del trabajo por mí.

Cuando termino, ya no intenta aparentar calma.

Solo permanece inmóvil, como si cualquier movimiento fuese a confirmar aquello que todavía desea negar.

—No sé de qué estás hablando.

La mentira sale demasiado deprisa. Me hace gracia que casi todas las personas utilicen exactamente la misma frase cuando descubren que alguien conoce sus secretos. Es poco original.

—Claro que lo sabes. Lo interesante no es eso. Lo interesante es que nunca has entendido qué dejabas detrás cada vez que una de esas chicas cruzaba la puerta de tu casa.

Acorto la distancia que nos separa sin dejar de sonreír.

Él retrocede un paso, luego otro, hasta que la parte posterior de sus piernas tropieza con el sofá y comprende que ya no tiene espacio para seguir alejándose.

Entonces levanto una mano con absoluta tranquilidad, me quito mi precioso guante rosa y apoyo dos dedos sobre su muñeca.

El contacto apenas dura un instante, pero es más que suficiente.

No necesito rebuscar entre recuerdos concretos ni arrancar fragmentos de su pasado.

Esta vez busco algo mucho más sencillo: hacer que sienta el miedo cuando me vea en su casa y no recuerde que él mismo me ha dejado pasar.

—¿Quién eres? —pregunta un instante después, y sonrío despacio.

—Tu peor recuerdo —contesto antes de meter mi mano en mi bolsillo, sacar una navaja automática, abrirla y clavársela en la polla.

Le tapo la cara con un cojín para que no lo oigan gritar. Odio cuando hacen eso… ¡Qué necesidad de montar tanto escándalo, de verdad!

Mi siguiente movimiento es cortarle la lengua y meterle en la boca una camiseta que hay tirada a nuestro lado.

Trata de luchar contra mí, y eso me encanta, lo encuentro superdivertido cuando creen que tienen alguna posibilidad. Le doy un golpe que lo deja inconsciente y procedo a realizar mi trabajo.

Saco de mi mochila algunos macarrones que yo misma he pintado con brillantina, le abro los pantalones después de colocarme de nuevo el guante y odiando mancharlos con su sangre, le saco la polla flácida y asquerosa y mido el diámetro.

—Sí, hay que ajustar —murmuro.

Y eso hago. Corto el grosor necesario como para que le quepan los macarrones como si fuera un adorno infantil.

Oye, que puede parecer una marranada, pero es a él a quien le gusta jugar con niñas.

Después reviso el ordenador y recuerdo algunas cosas que me ha enseñado Evan. Encuentro carpetas con contenido pornográfico horrible y las envío directamente a la policía, salvo la de Michelle. A ella le he borrado la memoria, le he dado una segunda oportunidad y no quiero que esto le salpique.

Después compruebo que el maravilloso profesor ha muerto desangrado, recojo mis cosas, salvo sus nuevos adornos de pene, y salgo de aquí como si nunca hubiera estado.

Abandono el edificio ajustándome el puño de la chaqueta.

Una pequeña mancha oscura se resiste a desaparecer de la tela rosa.

Qué fastidio. Era mi favorita. Tendré que usar agua fría, porque la sangre nunca sale bien con agua caliente, algo que aprendí antes que las tablas de multiplicar y que, curiosamente, me ha resultado más útil en la vida adulta.

Cruzo la calle sin mirar atrás. No tengo motivos para hacerlo. El trabajo ha terminado y el mundo es ahora un sitio ligeramente menos sucio.

Saco el móvil mientras estoy encendiendo el patinete para la vuelta a casa y le escribo a Evan.

¿Necesitas que compre leche?

Me quedo mirando el mensaje antes de enviarlo. No. Espera. Eso fue antes. Edito y vuelvo a escribir.

¿Seguimos teniendo leche en casa? ❤️

Mucho mejor. A los pocos segundos, aparece la notificación de que está escribiendo. Sonrío antes incluso de leer la respuesta porque sé exactamente lo que va a decir.

Sí, pero compra chocolate también.

No falla nunca. Levanto la vista hacia el cielo nocturno, donde apenas se ven estrellas por culpa de la contaminación lumínica, y emprendo mi camino de vuelta al apartamento mientras tarareo la canción que Evan lleva tres días intentando enseñarme con la guitarra.

Sigue desafinando en mi cabeza exactamente igual que cuando la toca él, y creo que eso la hace perfecta.