Capítulo 16
Neva
S algo del montacargas justo cuando escucho a Nao maldecir por tercera vez seguida. No necesito asomarme para saber qué está haciendo; hay hábitos que terminan siendo más reconocibles que una huella dactilar.
Está con la moto. Otra vez.
Hay personas que meditan, otras hacen puzles de mil piezas y Nao desmonta media motocicleta para volver a montarla como si eso fuese una actividad relajante.
Personalmente creo que tiene un problema, aunque no soy la persona más indicada para juzgar las aficiones ajenas teniendo en cuenta que llevo un cuchillo oculto bajo una chaqueta rosa con margaritas bordadas en las mangas.
Cuando llego a su lado, la encuentro con medio cuerpo inclinado sobre el depósito y una llave inglesa entre los dientes.
—¿Sabías que, estadísticamente, la mayoría de los proyectos de restauración nunca llegan a terminarse? —pregunto, solo porque compartir conocimiento debería considerarse una forma válida de afecto.
Nao ni siquiera levanta la cabeza.
—Lárgate.
Sonrío porque me gusta Nao. Es de las pocas personas que consigue insultarme con cariño.
—Vale. Solo quería compartir conocimiento.
Continúo caminando antes de que decida lanzarme la llave inglesa y atravieso el aparcamiento mientras saco el móvil para comprobar la dirección una última vez. No porque la necesite, ya que tengo memoria eidética, sino porque me gusta confirmar que el universo sigue teniendo sentido.
El profesor vive a doce minutos andando. Diez si alguien te persigue. Ocho si eres yo montando en el patinete que le he robado a Evan de nuevo mientras estreno mis nuevos guantes rosas.
Hoy me he puesto especialmente adorable, cualquiera que me vea diría que tengo unos quince y no veintiséis.
Cuando llego a la dirección me quedo observando.
Sé que hoy ha citado a una alumna. Michelle Simons.
La chica sale del portal con la cabeza tan agachada que durante unos segundos temo que vaya a terminar chocándose contra una farola.
No debe de tener más de diecisiete años y camina deprisa, abrazándose el cuerpo como si eso la protegiera.
Hay personas que lloran haciendo ruido y otras que lo hacen en silencio. Ella pertenece al segundo grupo. Las lágrimas caen una detrás de otra mientras intenta desbloquear el teléfono con unos dedos que le tiemblan tanto que falla dos veces antes de conseguir encender la pantalla.
Me quedo en la acera de enfrente, atenta a sus movimientos, porque antes de tocar nada conviene comprobar que todas las piezas están en su sitio, incluso cuando el tablero ya huele a muerte.
Me acerco de forma silenciosa, ni siquiera se percata de mi presencia, y me sitúo justo detrás.
El teléfono vibra y ella se queda inmóvil al leer el mensaje. Desde donde estoy alcanzo a ver lo suficiente.
Profesor: Recuerda que nadie tiene por qué saber que has estado aquí. Si eres inteligente, aprobarás. Si hablas, nadie te creerá.
La chica cierra los ojos, inspira de forma entrecortada y vuelve a llorar con más fuerza. Y el recuerdo de alguien que no llegó a tener esta edad viene a mi memoria.
Sacudo la cabeza para alejar eso y vuelvo al presente.
Qué hombre tan desagradable. Seguro que también deja migas de pan encima de la mesa y dobla las esquinas de los libros.
Me acerco despacio, con las manos a la vista y la expresión más inocente que tengo en el catálogo, que tampoco es muy amplio, pero suele funcionar.
—Hola —saludo. Ella da un paso atrás, sobresaltada.
—No… no llevo dinero.
—No iba a pedírtelo —le aseguro, y cuando parpadea confundida, ladeo un poco la cabeza—. ¿Estás bien?
Asiente demasiado rápido.
—Sí.
—Eso ha sido una mentira y las dos lo sabemos.
Me observa sin entender si estoy bromeando. Nunca sé exactamente cuándo estoy siendo graciosa; Evan dice que casi siempre, pero Evan también cree que sus tostadas con mantequilla de cacahuete y pepinillos son alta cocina, así que su criterio está comprometido.
—¿Cómo te llamas? —le pregunto.
—Michelle.
—Encantada, Michelle.
Preferiría haberla conocido en una biblioteca, en una heladería o en una parada de autobús un martes cualquiera, sin embargo, el mundo tiene una lamentable tendencia a colocar a las personas correctas delante de monstruos incorrectos.
Su móvil vuelve a vibrar y ni siquiera necesita mirar la pantalla para romperse un poco más.
Pobre chica…
Le apoyo una mano sobre el antebrazo con la naturalidad de quien intenta consolar a una desconocida, aunque lo que hago en realidad es mucho más preciso que un consuelo.
Lo curioso del cerebro humano es que casi nadie es consciente de lo desordenados que están sus recuerdos.
La gente imagina una enorme biblioteca perfectamente clasificada, cuando en realidad se parece mucho más al cajón de una cocina donde acaban todos esos objetos que nadie sabe dónde guardar.
Para encontrar lo que busco tengo que apartar escenas sin importancia, conversaciones triviales, desayunos olvidados, clases aburridas, el olor de un champú barato y una canción que sonaba en la radio de camino al instituto hasta dar con las imágenes que necesito.
El portal. El salón. La voz del profesor.
El sofá. Las amenazas. Los mensajes. Una culpa que no le pertenece.
Un miedo que sí. Cuando al fin encuentro ese hilo, tiro de él con cuidado, sin romper nada más de lo necesario, y los recuerdos empiezan a deshacerse como si jamás hubieran existido.
Con la otra mano tomo su teléfono, aprovecho que aún lo sostiene delante de su rostro y dejo que el reconocimiento facial haga su pequeño numerito tecnológico.
Perfecto.
Las personas olvidan mucho mejor que los teléfonos, así que siempre hay que limpiar las dos cosas.
Abro la conversación, elimino los mensajes, las fotografías, las notas de voz, las llamadas y el historial reciente mientras Michelle sigue mirándome con los ojos húmedos y vacíos de ese instante que ya no sabrá explicar.
Joder…, WhatsApp ha vuelto a cambiar el sitio del botón para borrar conversaciones. No entiendo esa necesidad constante que tienen los diseñadores de mover las cosas importantes. Resulta poco práctico, así que creo que es por tocar los huevos y ya.
No es la primera vez que maldigo la tecnología.
Evan tiene una curiosa afición por abrir cajones ajenos, leer notificaciones que aparecen en pantallas que no le corresponden y hacer preguntas con esa voz tranquila que lo vuelve imposible de odiar.
La última vez encontró un compartimento que llevaba meses olvidando cerrar, y después tuve que borrarle quince minutos de recuerdos, eliminar una fotografía que acabábamos de hacernos porque salía de fondo algo que no debía existir y revisar si le había mandado algún mensaje a alguien durante ese intervalo de tiempo.
Mantener una relación con alguien que desconoce quién eres de verdad requiere bastante organización. A veces olvido qué versión de nuestra semana recuerda él. Porque yo las recuerdo todas y él solo la última edición. Es una puta locura…
Termino de limpiar el teléfono de Michelle y se lo devuelvo exactamente como estaba. Ella pestañea, frunce el ceño y mira a su alrededor como si acabara de despertar de una siesta breve en un lugar equivocado.
—¿Perdona…?
—Creo que estabas buscando una parada de autobús —le digo.
Ella observa la calle, insegura, pero su respiración ya no está acelerada y el temblor de sus manos ha desaparecido casi por completo.
Quedarán emociones, porque las emociones siempre tardan más en marcharse que los recuerdos, sin embargo, ya no sabrá por qué le duele el pecho esta noche. Es mejor así.
—¿Vives lejos? —le pregunto mientras me ajusto mi mochila.
—No.
—Entonces, ve a casa y, cuando llegues, abraza a quien más quieras.
No sabe por qué sonríe, pero lo hace.
—Gracias.
Espero hasta que dobla la esquina y desaparece antes de volver a mirar el edificio.
Entro y me dirijo al piso del profesor. Subo por las escaleras; cuando estoy cabreada eso hace que me controle un poco. Cuando llego arriba, toco la puerta y, al verme, sé que no me esperaba, aunque después de darme un repaso de arriba abajo sonríe. Qué asco de tío.
—Hola, soy nueva en el edificio y me han dicho que eres profe, necesito ayuda con una tarea de filosofía, ¿podrías ayudarme?
Le pongo mi mejor sonrisa y él da un paso atrás, dejándome espacio para entrar en su casa.
—Claro, siempre es un placer tener a jovencitas ávidas de conocimiento.
Cuando llego al salón, tengo que contener las ganas de vomitar. Veo una cámara de fotos, un portátil cerrado y algunos pañuelos de papel usados.
—¿En qué puedo ayudarte? —pregunta educado.
—¿Me puedes dar un vaso de agua, por favor?
El tipo frunce el ceño, pero asiente. Mientras tanto, yo aprovecho para recorrer la estancia con la mirada.
La librería está perfectamente ordenada, los cojines del sofá forman una línea casi simétrica y sobre el aparador descansan varias fotografías familiares en las que sonríe como cualquier otro hombre corriente.
Siempre me ha resultado fascinante lo mucho que se esfuerza la gente por fabricar una versión pública de sí misma, como si bastara con colocar un marco bonito alrededor de una mentira para convertirla en verdad.
—¿Quién eres? —pregunta al fin, intentando sonar firme, aunque el ligero temblor que percibo en su voz me indica que ya ha comprendido que algo no encaja.
No respondo de inmediato. Prefiero acercarme despacio, deslizando la yema de los dedos sobre el lomo de uno de los libros de la estantería antes de dejarlo justo donde estaba.
Evan dice que tengo la costumbre de tocar todas las cosas cuando entro en un sitio nuevo, como si necesitara comprobar que existen de verdad.
Quizá tenga razón. O quizá simplemente me gusta pensar que cada objeto guarda una pequeña parte de la historia de quien lo posee.
En este caso, sin embargo, la casa resulta mucho más agradable que su dueño.