Ayer (Arpías 1) Capítulo 13
33%

Capítulo 13

Day

—V oy a salir —susurro tiempo después, al ver cómo Carl Lawrence se deja caer en el sofá saciado.

Me dispongo a abrir el armario y Jesse me retiene.

—Deberíamos esperar a que se vaya al dormitorio y se duerma. Es peligroso apresurarse.

—¿Tú lo has visto? —Señalo a nuestro objetivo a través de las rendijas—. Ahora mismo es como un conejo apareado. Está paralizado.

Jesse niega y chasquea la lengua.

Le doy un manotazo en el pecho para que deje de hacer ruido. No quiero desvelar nuestra presencia antes de hacer mi entrada triunfal.

Saco la pequeña pistola con silenciador de mi bolso. Lleva ahí una semana, por si encuentro al fin a Terry. No esperaba que me fuese a ser útil para acabar con Carl sin armar demasiado jaleo.

Sé que dije que no quería que fuese rápido y limpio, pero he cambiado de opinión. Puede que toda la frustración que llevo arrastrando se haya disipado junto con mi orgasmo.

—Vamos allá.

Le dedico a Jesse una mirada de que ni se le ocurra detenerme.

Él levanta las manos, resignado, y me hace un gesto con la cabeza para que salga.

—No necesito tu permiso.

—¡Sal de una puta vez, joder!

Se estira por encima de mi cuerpo, gira el pomo por mí y me da un ligero empujón.

Cuando me quiero dar cuenta, estoy en mitad del salón frente a un muy sorprendido Carl Lawrence.

—¿Quién demonios eres? ¿Y qué cojones haces en mi casa?

Para un hombre que se acaba de correr, se mueve con bastante agilidad.

«Maldito Jesse…».

Odio que lleve razón. ¡Debería haber esperado!

Ni siquiera se detiene cuando lo apunto con mi arma.

«¿Es que este hombre no tiene el más mínimo sentido de supervivencia?».

Estoy a punto de apretar el gatillo cuando veo que se lleva una mano al cuello, como si se aplastase un mosquito, y, de pronto, cae de nuevo desmayado sobre los cojines del sofá.

Me giro y me cabreo al ver a mi némesis balancear divertido un objeto entre sus dedos de nuevo enguantados.

—¿En serio, Jesse? ¿Una cerbatana?

—Se dice «gracias», por si te has olvidado de cómo pronunciarlo —dice él, avanzando unos pasos.

—¡No pienso agradecerte nada!

—Ya me he dado cuenta de que tampoco antes has apreciado mi destreza. —Mueve la mano en mi cara.

Dios… ¡Cómo lo odio!

—¡Era mi objetivo! ¡No tenías ningún derecho a acabar con él!

Con Jesse siempre es así. Nos liamos y, una vez satisfechos, borrón y cuenta nueva. Hasta que, por desgracia, vuelve a suceder.

Sí, soy débil. O simplemente me gusta demasiado lo que me hace sentir.

No te tiene que caer bien una persona para follar con ella, ¿verdad?

«Síguete repitiendo eso hasta que te lo creas, guapa», me dice una vocecilla irónica en mi cabeza. Que se parezca de manera sospechosa a la voz de Neva es todo un misterio.

—No está muerto, listilla. —Me mira por encima del hombro—. Solo le he lanzado un dardo paralizante. Querías acabar con la diversión demasiado rápido. —Señala mi arma—. Este cabronazo merece sufrir cada segundo hasta que deje de respirar.

«¿He dicho que detesto que lleve razón?».

—Buenas noches, Lawrence —comienza Jesse—. O dado que hemos presenciado cómo tus huevos peludos se vaciaban, hay confianza suficiente para llamarte Carl, ¿no?

El cirujano intenta hablar, pero lo único que le sale es un ruido inconexo de su garganta.

Permanece con los ojos abiertos de par en par y las pupilas dilatadas a causa de la droga paralizante.

—¿Qué le has inyectado? —pregunto intrigada.

Necesito saber cuánto tiempo tenemos.

—Neurostat.

«Es brillante, joder».

Ese bloqueador neuromuscular me encanta. Además, no tarda demasiado en diluirse en la sangre, por lo que no deja rastro.

Alzo una ceja para que no note que estoy asombrada.

—Bien. Tenemos treinta minutos para jugar con él.

—Si haces lo que debes, no durará tanto tiempo… —Sonríe Jesse.

«Cabrón…».

Lo ignoro y me centro en el objetivo.

—¿Sabe, doctor Lawrence? Admiro su profesión —le digo, entrando en su campo visual.

Veo que Jesse saca un plástico de la bolsa que ha traído con él y lo extiende en el suelo.

—¿Quién te crees? ¡¿Mary Poppins?! —me quejo, pensando en qué más cosas traerá ahí.

—Solo llevo unos cuantos juguetitos para usar con nuestro amigo.

Coloca una silla encima del plástico y, cuando se acerca a Carl, lo detengo.

—¿Qué vas a hacer?

—¿Sentarlo? —Parece confundido.

—Ya está sentado, Jesse.

—Si quieres destriparlo en el sofá, tú misma.

«Maldita sea… ¡no quiero destripar a nadie!», me dan ganas de gritar.

Que Carl esté paralizado no significa que no pueda percibir sus emociones.

Está cagado de miedo, y no me extraña. El Neurostat no afecta al campo auditivo y está escuchando todo lo que dicen dos locos que se han colado en su casa.

Jesse vuelve a colocar la silla en su sitio y guarda el plástico.

El sujeto sigue con su vista enfocada sobre mí, así que me centro en él.

—Lo digo en serio, doctor Lawrence. La cirugía plástica es una de las especialidades más fascinantes que existen —elogio—.

La gente suele creer que se limita a pechos, nariz o liposucciones.

—Comienzo a pasearme frente a él—. Pero va más allá.

Reconstruir rostros destrozados por culpa de accidentes, devolver la movilidad a personas que han sufrido quemaduras o ayudar a pacientes a recuperar la confianza después de una enfermedad o una mastectomía.

Con talento, precisión y años de estudio conseguís devolverles una parte de sí mismos.

Carl intenta decir algo, sin embargo, solo consigue emitir ese ruido ahogado de antes.

—Por eso me enfurece tanto que profesionales como tú —endurezco el tono y me detengo frente a él—, que tienes un don que la mayoría nunca alcanzará, lo desprecie.

—Creo que ya sabe por dónde van los tiros, DayDay.

Aprieto los dientes e ignoro a Jesse. Me inclino frente a Carl y apoyo mis manos enguantadas en sus rodillas para estar cara a cara con él.

—Lo que no admiro es lo que haces con tus pacientes antes de operarlas. —Sus ojos se abren más si cabe—. Te aprovechas de ellas y usas un quirófano, un lugar donde las personas depositan su vida en tus manos, para convertirlo en el escenario de tus abusos.

Percibo cómo su respiración se acelera. Genial. Quiero que entienda exactamente por qué estamos aquí.

—Has sido un chico malo, doctor —apostilla Jesse.

«¿Puede callarse de una puta vez?». No ayuda su actitud desenfadada para el mensaje que quiero transmitir.

—Tus pacientes entran pensando que van a salir más felices con su cuerpo, que están en manos de un profesional, y lo que no saben es que el verdadero monstruo se esconde bajo la mascarilla quirúrgica.

—Imito la sonrisa desquiciada que ponen mis hermanas.

Eso siempre los acojona—. Por eso, Carl, estás sentado frente a las consecuencias de tus actos.

—Me aburro… —Bosteza mi compinche a mi lado.

—¡Quieres dejar de tocarme el coño! —Me enderezo y enfrento a Jesse.

Solo él es capaz de volverme tan vulgar.

—Te gusta demasiado para que deje de hacerlo.

¿Cómo puede ser tan vanidoso y tener la desfachatez de guiñarme el ojo?

¡Así no hay quién se concentre!

Me agacho y rebusco algo que me sea útil en su bolsa mágica. Encuentro un destornillador, la dichosa cerbatana, un martillo…

—¿Para qué has traído un desodorante? —cuestiono confundida.

—No te imaginas lo que se suda después de una buena matanza.

Pongo los ojos en blanco. Para qué habré preguntado.

Sigo buscando y me llama la atención un estuche con varias jeringuillas con distintos antídotos de colores.

«Vaya… Me pregunto qué contendrán».

—Joder, Day. Pensé que querías que sufriera —se queja al verme coger el estuche—. Eres tan predecible…

—No le puedes ofrecer diferentes sustancias a una científica y pensar que no experimentará con ellas.

—Primero, al lío. Ya jugarás después con tus juguetitos.

—Eres insoportable —me quejo.

—Sí, y a ti te encanta.

No contesto porque tiene razón.

Al final saco el martillo y lo alzo para propinarle un fuerte golpe al cirujano.

—¡Espera! —exclama Jesse, y me quedo inmóvil con el martillo en alto.

—¿Y ahora qué?

—Joder, Day, no le des un golpe que lo deje tieso y ya. Tienes que hacerlo con estilo —comenta—. Hazlo chulo, como en las pelis.

—Estás de coña, ¿no?

Lo miro como si se hubiese vuelto loco.

—Tú ponte así, de lado, y dile algo así como «descansa en paz, pedazo de mierda» o «saludos a la parca». —«Adjudicado, este tío es idiota»—. Yo qué sé, Day. Invéntate algo, tú eres la lista.

Resoplo.

—Muy bien —acepto—, pero solo lo hago para que luego no me taches de sosa.

De repente, las emociones de Carl cambian del pánico al desconcierto. Y no me sorprende, con dos pirados delante discutiendo la puesta en escena de su muerte.

Me coloco de lado, como ha propuesto Jesse, y vuelvo a levantar el brazo…

—No puedo —me desinflo.

Escucho una carcajada a mi lado.

—Mejor usa una de tus jeringuillas. —Saca una con un líquido amarillo fosforito—. Sé que no eres partidaria de la violencia gratuita.

—¿Me estabas poniendo a prueba?

Doy un paso en su dirección, cabreada.

—Anda, suelta eso, que sé que contra mí no tendrías dudas en usarlo.

Me quita el martillo de la mano y hace bien. Con él no tendría miramientos en estampárselo en la cabeza.

Frunzo el ceño, enfadada, cuando lo sustituye por la jeringuilla.

—¿Qué es esto? —pregunto, observando el líquido colorido que se mueve en su interior.

—Se llama «Muerte plácida», lo traje de una de mis visitas a una farmacéutica colombiana. Es eutanasia veterinaria, pero en humanos resulta igual de efectiva —explica—. Una vez que lo inyectas en vena, se le para el corazón en diez segundos.

«Uy, lo que a mí me gusta».

—¿Es indoloro?

—Como la caricia de una mariposa —se burla—. Rápido, limpio y sin martillazos, ideal para ti.

«Qué bien me conoce el muy maldito…». Desde el principio sabía que no sería capaz de montar un espectáculo sangriento.

—¿Deja rastro?

—Es irrastreable —confirma lo que quería oír—. Cualquier forense, tras realizarle la autopsia, determinará paro cardiaco.

De lujo.

Me giro de nuevo hacia Carl y le busco una vena en el codo para no dejar tampoco muestra de pinchazos en las zonas clave.

—A ver, colega —le dice Jesse—, me gustaría mentirte y decirte que esto te va a doler.

Es lo que te mereces por todo lo que has hecho, pero aquí, mi chica —pongo los ojos en blanco.

Ni me molesto en corregirlo—, ha decidido acabar con tu vida como si fueses un puto angelito.

Si hubiese sido por mí, hubieras sufrido lo indecible, pero, por lo visto, hoy es tu día de suerte.

—¿Esa es tu frase con estilo? —le pregunto.

Me incorporo e inicio una cuenta atrás mental de diez segundos.

Jesse permanece a mi lado con su pose habitual de las manos metidas en los bolsillos sin apartar la vista de Carl.

—No. La frase chula viene ahora… —Como dijo Jesse, observamos cómo Carl deja de respirar sin hacer ningún ruido—. Sayonara, baby .

«No puede ser más tonto».

Me tengo que tapar la boca antes de que se me escape una carcajada. Es de mala educación reírse delante de un muerto. Aunque… ¡Qué demonios! Este era un jodido violador que no merece ningún tipo de respeto.

Salimos de casa de Carl Lawrence igual que entramos, por la puerta trasera para evitar ser vistos por cualquier vecino.

Jesse aparcó a varias manzanas de distancia, por lo que el trayecto a pie lo hacemos en silencio.

—Dame los guantes, Day.

Me los quito y los lanza al maletero junto a los suyos y la bolsa de Mary Poppins.

—Bueno, mañana nos vemos en GenoLabs —me despido, dándole la espalda.

—¿No quieres que te acerque al complejo? —se ofrece con la puerta del conductor abierta.

Me río y niego con la cabeza.

—Ya hemos compartido demasiado tiempo juntos. Es mejor no tentar a la suerte, aún puedo coger el martillo. —Señalo el maletero.

Observo cómo Jesse centra su vista en la lejanía mientras se humedece los labios. Al cabo de unos segundos, me mira y, encogiendo uno de sus hombros, añade:

—Tú misma. Hasta mañana.

Se mete en el interior del coche y arranca.

Mi vista se queda fija en las luces traseras de su vehículo.

Tras desaparecer, me giro y voy directa a la boca de metro más cercana.

Mientras van pasando las paradas, pienso que ni siquiera le he dado las gracias por facilitarme las cosas con Carl Lawrence.

Bah, qué más da…

Las cosas entre Jesse y yo funcionan bien tal y como están. No es bueno mezclar las emociones, por mucho que cada día que pasa me cueste más soportar esta coraza.

Cuando llego a mi portal he conseguido que desaparezca un poco la desazón que siento en el estómago.

Saco las llaves del bolso y me quedo con ellas a medio camino de la ranura cuando escucho una voz a mi espalda.

—Me han dicho que llevas un tiempo buscándome.

Giro la cabeza y se me eriza el vello de los brazos. Y no se debe al frío, sino a que, frente a mí, con su cabeza cubierta por una capucha, tengo al escurridizo Terry Jones.