Capítulo 14
Day
E s imposible que no te impacte psicológicamente tener delante a alguien al que llevas ocho años dando por muerto.
He regresado cada noche al mismo bar de mala muerte sin obtener ninguna pista.
Al principio estaba convencida de que Terry volvería a aparecer. Luego empecé a pensar que quizá había imaginado aquel encuentro. Para, al final, asumir que mi ex estaba haciendo justo lo que siempre se le dio bien hacer: jugar conmigo.
Las pulsaciones se me disparan más que cuando he presenciado cómo Carl Lawrence ha soltado su último aliento.
Tiene gracia la cosa, durante muchas noches he buscado su rostro entre desconocidos y resulta que, al final, él ha venido a mí.
Terry avanza un paso en mi dirección y me tenso.
El tiempo le ha sentado jodidamente bien.
En mi mente aún conservo el recuerdo de un adolescente guapo, de sonrisa fácil y ojos traviesos. Sin embargo, el hombre que tengo delante ha perdido parte de aquella apariencia despreocupada para convertirse en alguien mucho más peligroso.
Sus facciones están más endurecidas, lo que lo hace demasiado atractivo para su propio bien. O quizá para el mío, porque no puedo apartar mis ojos de él.
—Me estaba preguntando cuánto tardarías en darte cuenta de que perseguirme no te estaba funcionando. —Su voz consigue que algo se retuerza en mi interior.
Para ser capaz de descifrar a cualquiera en una micromilésima de segundo, resulta humillante no captar ninguna emoción en él. Solo ruido. El mismo ruido de siempre.
Lo que sí distingo a la perfección son mis emociones: una mezcla entre rabia, dolor y, lo más insoportable, nostalgia.
Mi mano se mueve por instinto hacia el arma oculta dentro de mi bolso.
—Yo que tú no lo haría…
Su advertencia me obliga a detenerme.
Bajo la mirada y veo la pistola que empuña, apuntando directamente a mi costado. La sorpresa dura poco y de inmediato se transforma en indignación.
—¿Vas a matarme?
Sonríe de medio lado, y por un instante se parece demasiado a Jesse.
«¡Malditos Jones!».
No es justo que la genética fuera tan generosa con ellos.
—¿No es precisamente lo que intentas hacer tú?
No respondo, ya que ambos conocemos la respuesta.
Soy consciente de que estoy en desventaja, pero nada que no se pueda revertir.
—No quiero matarte, solo quiero que me escuches.
La carcajada que se me escapa se escucha amarga hasta para mis propios oídos.
—Has tenido ocho años para hacerlo. Llegas un poco tarde, ¿no crees?
Me fijo en que debajo de su capucha se le oscurece la mirada. Y percibo que Terry, por mucho que me esté apuntando con un arma, no representa una amenaza real.
Permanecemos inmóviles, midiéndonos como dos desconocidos que intentan recordar quiénes fueron en el pasado, y cuando sus ojos se quedan enganchados en los míos, veo la oportunidad que necesito y no dudo en aprovecharla.
Me lanzo hacia él antes de que pueda reaccionar. Mi antebrazo golpea el suyo, logrando que su arma se desvíe.
Gracias a su uno noventa de altura, Terry logra mantener el equilibrio, pero no lo suficiente para impedir que ponga todo mi empeño en intentar derribarlo. Mi rodilla busca su costado, él bloquea el movimiento y aprovecha mi impulso para intentar atraparme.
—¡Joder, Day…!
—¡Cállate! No tienes derecho a pronunciar mi nombre. Lo perdiste cuando desapareciste y dejaste que creyese que habías muerto.
Consigo zafarme y le lanzo otro golpe, esta vez directo a su tráquea. No obstante, lo vuelve a esquivar. Sé que la rabia que siento en este momento me nubla el juicio más de lo que debería, sin embargo, llevo una semana entera preguntándome si había perdido la cabeza. Y no se lo perdono.
Porque está aquí, vivo, respirando y mirándome con esos mismos ojos que creí no volver a ver jamás.
«Juro por Darwin que no pienso dejarlo escapar».
Intento alcanzarlo de nuevo, pero Terry sigue siendo tan rápido como lo recordaba, o incluso más.
Sus movimientos tienen la precisión de alguien que lleva años sobreviviendo por su cuenta, y no tardo en comprender que ya no estoy peleando contra el chico que abandonó GenoLabs, sino contra el desconocido en el que se ha convertido.
Uno peligroso que mató a sangre fría a los que consideraba sus hermanos.
Antes de que pueda evitarlo, se coloca a mi espalda y me inmoviliza los brazos entre los suyos.
—¡Suéltame! —gruño colérica.
Odio que me bloquee con tanta facilidad, pero quiero pensar que, si fuera un desconocido, no le hubiera dejado hacerlo.
—¡Escúchame, joder! —Jadea a causa de la pelea.
—¡Ni de coña!
Forcejeo con todas mis fuerzas y consigo golpearle un par de veces más con mis tacones en las espinillas, sin embargo, ni con esas me libera.
Noto como su respiración acelerada se pierde entre los mechones de mi pelo mientras intenta contenerme sin apretar con toda su fuerza, solo la justa para que no pueda escaparme.
Me cabreo más si cabe porque mi cuerpo reconozca su cercanía. ¡Puto traidor! Debería haberle olvidado hace mucho tiempo.
—Solo te pido una oportunidad —murmura junto a mi oído.
—No pienso escucharte. En cuanto consiga liberarme, te voy a matar.
—Mientes fatal —comenta con cierto humor, y su voz grave me provoca un espasmo de placer involuntario.
«Me cago en todo… ¿Por qué sigue teniendo este efecto sobre mí?».
Intento apartarme, pero él aprovecha el movimiento para acercarse más todavía y siento cómo su nariz roza de manera suave la piel detrás de mi oreja.
Ese mínimo contacto consigue ponerme más nerviosa que cuando me apuntaba con la pistola.
—Por favor, Day… —suplica en mi oído mientras su mano desciende por mi costado y se detiene en mi cintura—. Escucha lo que tengo que decirte, y si después sigues creyendo que merezco morir, aceptaré convertirme en tu objetivo.
Me quedo inmóvil.
No es que le crea, pero necesito entender por qué demonios suena sincero.
—Estás loco si crees que voy a confiar en ti.
«Pero te gustaría», susurra una vocecilla en mi interior.
—No te estoy pidiendo eso. Solo necesito que me escuches.
—Me trae sin cuidado lo que tú necesites —escupo llena de rencor—. Yo necesito que dejes de respirar, y mira, aquí estás, soltando estupideces.
Terry ignora mi último comentario y aprovecha para recitar despacio una dirección, como si de esa forma quisiera asegurarse de que no la olvide.
Es insultante que se tome su tiempo, el muy cretino sabe que tengo un coeficiente intelectual superior a la media. Podría repetirla dentro de diez años sin equivocarme.
—Mañana por la noche estaré allí, y a la siguiente. Y así será hasta que me concedas audiencia.
—No voy a ir…
Escucho que suelta una risa baja.
—Irás.
La arrogancia de su tono hace que mi enfado aumente. Y mi deseo también.
—Parece que los años no te han cambiado y sigues siendo un imbécil…
—Y seguro que tú sigues siendo muy curiosa…
—¡Ser curiosa no es un defecto! —exclamo indignada.
—No he dicho que lo sea. —Otra vez ese roce en mi cuello—. Pero la Day que yo conocí no se quedaría con las ganas de saber qué tengo que contarle.
—La Day que tú conociste murió al igual que lo hiciste tú para mí.
Lo escucho retener el aire.
—Estaré cada noche a partir de las diez —sentencia, haciendo caso omiso de mis palabras.
—Si aparezco será para matarte.
—Me arriesgaré. —Y antes de que encuentre una réplica adecuada, añade—. Lo siento…
Frunzo el ceño porque no entiendo por qué se disculpa. ¿Por desaparecer sin despedirse?, ¿por matar a los chicos?, ¿por…?
La respuesta llega rápido cuando noto cómo pinza con sus dedos un punto entre el cuello y el hombro que, durante unos instantes, me deja totalmente paralizada.
Me libera e intento girarme para atraparlo, sin éxito. Cuando lo consigo, lo veo alejarse corriendo por el otro extremo del callejón. Podría seguirlo, pero sé que no serviría para nada.
Verlo desaparecer con esa facilidad entre las sombras me fascina. No me cabe duda de que, durante estos años, ha perfeccionado su capacidad para convertirse en un fantasma. Y los fantasmas no son fáciles de atrapar.
Me quedo observando la calle vacía más tiempo del aconsejable mientras intento repetirme que no voy a acudir a la dirección que me ha facilitado, y que, si lo hago, es única y exclusivamente para cumplir la misión que me encargaron.
«¿Estás segura?».
«¡Te quieres callar, joder!».
Enfadarse con los pensamientos intrusivos de una misma no es nada sano.
Hago un par de respiraciones profundas y miro hacia arriba, a nuestro bloque de apartamentos.
«¿Cómo habrá sabido Terry dónde vivo? ¿Me habrá estado siguiendo igual que he intentado hacer yo con él?».
Cuando al fin reúno el valor y entro en el complejo, encuentro a Nao en el aparcamiento de la planta baja terminando de ajustar algo en su moto.
Tiene una herramienta entre los dientes y una expresión de absoluta concentración que desaparece en cuanto me ve.
—Vaya cara traes…
—Gracias. —Intento sonreír—. Tú también estás radiante.
Nao resopla y deja la llave inglesa sobre el asiento.
—¿Otro día sin noticias de Terry?
La pregunta me golpea inesperadamente porque no estoy preparada para compartirlo.
—Algo así…
Nao se sacude las manos contra sus pantalones de cuero mientras alza una ceja y me observa con atención.
Por un instante temo que pueda leerme la mente. Aunque, por suerte, sé que no posee esa habilidad.
—¿Algo que deba saber?
«Nah, acabo de toparme con Terry. Y lejos de rebanarle la garganta, he sentido que me excitaba cuando me ha rozado el cuello. Y, por cierto, me ha facilitado una dirección para que nos reunamos».
Eso es lo que debería haberle dicho, quizá omitiendo lo de que me he puesto más cachonda que una mona, pero tendría que contarle la verdad. En su lugar, me escucho decir:
—He acabado con Carl Lawrence.
—¿Y ese es…?
—Mi objetivo. —Descarto con un ademán de mano, como si no fuese importante.
—Me extraña que Row no te lo robase.
—Vino a mi apartamento y lo intentó. —Nao asiente porque sabemos lo insistente que puede llegar a ser—. Pero al final he trabajado en equipo con Jesse.
—Con Jesse, ¿eh?
Detesto la mueca burlona que se forma en su boca.
—No digas ni una palabra…
—No lo he hecho.
—Pero lo he oído igualmente.
Me observa con esos intensos ojos azules que pondrían nervioso a cualquiera. Sobre todo, a mí, porque le estoy ocultando algo realmente importante. ¡Soy la peor persona del mundo!
—Deberías descansar un poco —dice al fin—. Empiezas a parecer una de esas científicas locas que terminan criando ratas como animales de compañía.
—No descartes que ya lo haga.
Eso consigue arrancarle una mueca divertida.
—¿Qué estás haciendo? —le pregunto para distraerla.
—Poniendo guapa a mi chica —comenta, dándole un toquecito al asiento de su preciada moto.
La escucho hablar sobre mecánica, una actividad que no me apasiona en absoluto, pero que es un tema seguro. Y los temas seguros no incluyen hombres que regresan de entre los muertos.
Cuando por fin me despido y me dirijo hacia el montacargas, una sensación desagradable empieza a instalarse dentro de mí.
Si de verdad hubiese decidido ignorar a Terry, se lo habría contado a Nao. A ella y al resto de las chicas. Sin embargo, me he callado como una perra. Y eso solo significa que he tomado una decisión: acudiré a la dirección que me ha dado Terry.
Lo peor es que esa decisión ni siquiera la he tomado ahora… Lo he hecho en cuanto he vuelto a verlo.