Ayer (Arpías 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

Jesse

C arl Lawrence, además de ser un puto violador, está forrado.

—Jesse —me llama Day desde el otro lado del comedor—, mira esto.

Dejo de observar el jardín, donde destaca la piscina infinita, y me acerco hasta ella.

—¿No dijimos que no íbamos a tocar nada?

—No es como si no estuviésemos preparados.

Mueve las manos enfundadas en los guantes de nitrilo que le he dado antes de entrar. No dejan nuestras huellas.

«Listilla».

Chasqueo la lengua y ella se limita a sonreír.

Aparto la vista antes de quedarme embobado mirándola como un idiota. Son pocas las veces que esa sonrisa va dirigida a mí, así que, cuando ocurre, me entran ganas de olvidarme de todo lo que me rodea y devorársela.

—Creo que son las grabaciones de sus operaciones —señala.

—Hijo de puta… —mascullo al leer los nombres y fechas en ellos.

—¿Qué clase de profesional hace eso? —pregunta mientras me pasa varios.

—Uno al que le gusta revivir sus mierdas enfermizas.

Day frunce el ceño.

—¿Crees que guarda trofeos?

—Lo que yo creo es que los tipos como él disfrutan sintiéndose intocables. —Los dejo de nuevo dentro del cajón y me pongo en pie—. Cuanto más tiempo pasan siendo impunes, más estúpidos se vuelven.

Ella se queda observando el lugar donde está la colección y noto cómo cambia su expresión. Es la misma que aparece cada vez que algo la altera emocionalmente.

—Seguro que aquí no están solo las operaciones —suelta con desagrado—. Apostaría lo que quieras a que también grababa cómo abusaba de sus pacientes anestesiadas.

Aprieto la mandíbula.

—¿No dices que no te van las apuestas? —Enfoco su rostro con la pequeña linterna.

Ella aparta la cara y se levanta.

—Yo también apuesto cuando sé que voy a ganar, idiota. —Me da un codazo al pasar por mi lado—. No me hace falta ver las grabaciones para saber que no me equivoco.

Por desgracia, sé que lleva razón. Y saberlo hace que me piquen las manos por acabar con esto de una vez.

La casa se encuentra en penumbra, solo entra el débil reflejo de la piscina iluminada, por eso nos movemos a través de ella con nuestras linternas.

—Deja de cotillear. Tenemos todos los datos necesarios para saber que es escoria —le digo.

—Necesito mantenerme ocupada mientras llega.

—Tengo formas mucho más originales de entretenerte que rebuscando entre las perversiones de un cirujano baboso.

Ella ni siquiera se inmuta.

—Ah, ¿sí? —murmura distraída, rebuscando en otra estantería.

—Sí —afirmo—. Pero requieren bastante menos ropa…

Ahora sí que capto su atención. Me lo dice su ceja arqueada.

Joder…, esta tensión sexual nunca desaparece por mucho que discutamos.

—No va a pasar —murmura indiferente, volviendo a lo suyo—. Hoy no me vas a llevar a la cama.

Suelto una risa baja mientras apoyo mi cadera contra el sofá.

—Sabes de sobra que no necesito una cama para pasarlo bien contigo.

—Neva se ha ofrecido a borrar todos los errores que he cometido contigo. E igual acepto.

La muy cabrona… Incluso despreciándome me entran ganas de besarla.

La luz de mi linterna se desliza por su cuerpo cuando se aparta del mueble y cruza el salón con esa forma de moverse que parece hecha adrede para provocarme. Casi siempre lleva minifaldas y, sinceramente, empiezo a pensar que es solo para torturarme.

Mi mirada se desliza hasta sus piernas desnudas. Tengo que hacer un esfuerzo por apartar la vista antes de abalanzarme contra ella y recordarle lo mucho que le gusta que la folle.

«Céntrate, Jones», me regaño al notar cómo me empalmo.

Sé que pensar en sexo cuando estoy trabajando con Day nunca termina bien. Siempre acaba pasando algo, y teniendo en cuenta que estamos en casa de un depredador sexual al que vamos a eliminar, quizá no sea el mejor momento para distraerme imaginando cómo sonaría mi nombre en su boca.

Mis pensamientos se cortan de cuajo y me enderezo al oír un ruido procedente del garaje.

Day me mira alarmada y le hago un gesto rápido con la cabeza.

Se mueve hacia la entrada conmigo, pisándome los talones, y nos metemos dentro del ropero empotrado que hay junto a la puerta principal. Las puertas de láminas tienen unas pequeñas rendijas desde las que tenemos una vista perfecta del comedor y la cocina abierta.

El espacio es tan minúsculo para dos personas que Day queda prácticamente pegada a mí.

Puedo notar el calor de su cuerpo incluso a través de la ropa, y el perfume que lleva se cuela en mi pituitaria como una jodida droga.

Una mala combinación para mi autocontrol cuando aún tengo la polla dura.

Desde fuera se escuchan pasos tambaleantes y risas.

Carl Lawrence ya está en casa y, por lo visto, viene acompañado.

«Me cago en la puta…».

—Jes…

—Shhh…—Le tapo los labios con mi mano enguantada.

No me hace falta verla a través de la oscuridad para saber que me fulmina con la mirada.

—Mantente callada —susurro—. Esto no cambia los planes, solo los retrasa un poco. Esperaremos a que se quede solo para actuar.

De repente, siento un mordisco. Me clava los dientes tan fuerte en la palma que tengo que apartar la mano para no soltar una maldición.

—¡No estás al mando, capullo! Es mi objetivo, ¿recuerdas?

A pesar de que murmura, su tono suena amenazante.

—¿Y qué propones, listilla?

Me quito el guante para masajear la zona mientras ella permanece unos segundos en silencio hasta tomar una decisión:

—Nos quedaremos ocultos hasta que se marche su acompañante.

Me trago una carcajada.

«¡Es lo mismo que yo he dicho, joder!». Y lo lee en mis ojos.

—¡Cállate!

—Si no he dicho nada…

—No hace falta que lo verbalices para saber lo que estás pensando.

Sonrío divertido.

—¡Y no te rías! —susurra.

«Maldita sea, cómo me gusta esta mujer».

El dueño de la casa y su amiguita se acercan hasta el salón. A través de las rendijas veo que es una rubia despampanante subida a unos tacones imposibles y con un vestido tan corto que deja poco a la imaginación.

El cabrón no pierde el tiempo.

Enseguida la empotra contra la encimera de la cocina y le mete la lengua hasta el esófago.

Ella suelta una risotada y le tira del pelo a la vez que él le aprieta una teta, desesperado.

—Seguro que está comprobando su obra —resopla Day bajito a mi lado.

—¡Qué superficial eres! —Oculto mi risa pegándome a su pelo.

Nadie se creería que estamos aquí escondidos, esperando matar a un tipo, mientras él decide montarse una maldita peli porno en mitad del salón.

Carl desliza las manos por las piernas de la mujer y la sienta sobre la encimera sin dejar de besarla. Los gemidos empiezan a llenar el silencio de la casa y noto cómo Day cambia la postura y se coloca delante de mí para no perderse el espectáculo.

«Pequeña voyeur …».

Intento concentrarme en el objetivo, pero resulta complicado cuando su trasero no para de rozarse contra mi entrepierna cada vez que se mueve.

La rubia tira una copa al suelo, que se hace añicos, y ambos se ríen antes de seguir enrollándose como si no hubiese un mañana. Carl le muerde el cuello y ella arquea la espalda, soltando un jadeo que hace que Day se tense.

—¿Ves algo que te guste, DayDay? —susurro en su oído.

—No me llames DayDay.

Me suelta tal codazo en el estómago que consigue desestabilizarme y choco contra la pared que tengo a la espalda.

—¿Has oído eso? —pregunta la rubia.

Tiro de Day y la arrastro conmigo para alejarnos lo máximo posible de las rendijas de la puerta.

—Será un gato callejero. Suelen colarse en el jardín —le resta importancia Carl.

Al habernos acostumbrado a la oscuridad, puedo distinguir parte del rostro de Day.

Es una mala idea mirar hacia abajo, ya que descubro sus labios entreabiertos; su respiración suena más acelerada de lo normal.

Ella me devuelve la mirada y durante un momento dejamos de prestar atención a la pareja.

Desde mi vista periférica observo a Carl moverse y empujar a la mujer hacia el sofá, justo delante de donde estamos ocultos. Caen sobre los cojines mientras sus besos se vuelven desesperados y sus manos están impacientes por montárselo.

Frente a mí, Day traga saliva y yo tengo que apretar la mandíbula para recordar que he venido aquí a matar a un hombre, no para arrancarle la ropa a mi compañera dentro de un armario.

—Day…

—Esto no significa nada —me corta.

Y sé lo que está haciendo. La conozco. Cuando algo la supera, cuando tiene la cabeza llena de ruido que no sabe ordenar, busca la forma más rápida de apagarlo. Y ahora mismo esa forma soy yo.

No me engaño: no es por mí. Solo soy un interruptor que puede dejarle la mente en blanco. Y, aun así, no pienso apartarme.

Apoya una mano sobre mi pecho, y en cuanto noto el contacto, a pesar del material de nitrilo, sé que estoy perdido.

Su aliento es cálido cuando sus labios rozan los míos por primera vez. Al principio el beso es suave, poco después todo se va a la mierda entre nosotros, como siempre.

La sujeto de la nuca y profundizo el beso, intentando mantener el control de la situación, aunque mi cuerpo tenga otros planes muy distintos.

—Tienes que ser silencioso —murmura contra mi boca.

Casi me río.

«¿Me dice eso ella, que no deja de hacer esos malditos ruiditos que me vuelven loco?».

Deslizo la mano por su cintura, atrayéndola todavía más contra mí, y ella se agarra a mi camisa con fuerza.

Fuera, Carl y la rubia siguen demasiado ocupados el uno con el otro como para notar que en su ropero alguien está perdiendo los papeles.

Day me besa igual que discute. Es intensa, desafiante y con la necesidad de querer llevar siempre el control. El caso es que yo disfruto quitándoselo.

Su respiración se acelera al rozar con mis labios la línea de su mandíbula y bajar despacio hacia su cuello. Noto cómo se arquea contra mí, y eso termina de destrozar la poca cordura que conservo.

—Jesse… —gime en voz baja.

Le muerdo de forma suave la piel entre el cuello y el hombro, y su cuerpo responde pegándose más al mío.

«Es increíble, joder».

Llevo mucho tiempo intentando no pensar en ella de esta forma, pero es ridículo fingir que soy capaz de controlarlo cuando la tengo así, atrapada entre mis brazos y besándome como si lo desease tanto como yo.

Mis manos, una enguantada y otra a pelo, recorren sus muslos desnudos. Me encanta que no pueda controlar sus temblores cuando la toco. Ella ahoga otro gemido contra mi boca y tira de mi pelo, impaciente.

Levanto una de sus piernas y la enredo en mi cintura.

—¿Si te toco te encontraré húmeda? —Mi voz suena más ronca de lo habitual.

Acaricio el interior de su muslo y asciendo de forma peligrosa hasta su coño, que parece llamarme a gritos.

—Cállate y muévete, capullo —ataca de vuelta.

—Así no es como se piden las cosas, listilla.

Nos llegan varios jadeos desde el salón.

—Vete a la mierda. —Me tira de un mechón—. ¿Eso te gusta más?

—Eres tan educada que me dejas asombrado. —Río y le muerdo el lóbulo.

Ella vuelve a arquearse y no pierdo más el tiempo.

Aparto su braguita e inserto uno de mis dedos hasta la segunda falange.

Con otra mano le tapo la boca al sentir que un jadeo intenta rasgar el aire.

En ningún momento he querido que nos pille Carl, pero ahora mucho menos.

Saco y meto el dedo despacio a la par que, con mi pulgar, le acaricio el clítoris.

Day niega con la cabeza, ya que no puede hablar a través de mi palma, y sé lo que quiere. Desea que sustituya el dedo por mi polla, pero, por mucho que me joda, no va a ser posible.

No traigo preservativo y por nada del mundo me arriesgaría a dejar restos biológicos en el lugar donde pensamos cometer un crimen.

La masturbo con más intensidad, doblo mi dedo en su interior y llego a un punto en el que no hay retorno.

Day contonea sus caderas, aumentando el ritmo. Poco después, aprieta sus piernas y, atrapando mi mano entre sus muslos, se corre.

Mi palma se llena con sus fluidos.

Mi pulgar ahora acaricia el borde de su clítoris, pues sé que, tras el orgasmo, debe estar muy sensible.

Antes de que pueda destaparle la boca y besarla una última vez, siento movimiento fuera del armario.

Saco los dedos del interior de Day.

Ella me da un manotazo en el brazo para alejarme.

—Se acabó el juego.

Por la forma que lo dice sé que está cabreada. No le gusta que yo le proporcione únicamente placer a ella. Según sus palabras, no le gusta deberme nada.

Lo que no entiende es que el que se siente agradecido porque me permita llevarla al orgasmo soy yo.

Me alejo lo poco que puedo de su cuerpo para que se recoloque.

Observamos en silencio cómo la rubia recoge su ropa y, tras vestirse, se despide de Carl con un beso en los labios.

—Esperamos quince minutos y acabamos con él —susurra Day—. No quiero cerca a gente inocente.

Sé que debería asentir y permanecer callado. Sería lo mejor dadas las circunstancias, pero algo dentro de mí me lo impide.

Me giro, la sostengo del rostro y, mirándola a los ojos, me escucho decir:

—Quiero que, cuando encuentres a Terry, porque sé que lo harás, recuerdes lo que sientes cuando estás conmigo.

Tras decir eso, la suelto y esperamos, sin añadir nada más, los puñeteros quince minutos hasta poder matar a este maldito hijo de puta.