Ayer (Arpías 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

Day

L levo una semana viniendo cada noche a este maldito tugurio y Terry no ha vuelto a aparecer.

Empiezo a plantearme seriamente si todo aquello fue real o si mi cabeza decidió jugarme una mala pasada y he caído en la locura.

La verdad es que tampoco ayuda ver cómo las chicas se miran entre ellas cada vez que regreso sin noticias.

No dicen nada, pero las conozco lo bastante bien para notar la preocupación que flota en el ambiente en cada ocasión que saco el tema.

Nao me observa como si esperase que admita que he perdido la cabeza mientras Neva se debate entre darme espacio o borrarme la memoria.

«Más le vale que ni lo intente».

Por su parte, Row hasta ha dejado de bromear con el tema. Y eso sí que me da miedo.

—¿Te pongo algo más fuerte, guapa? Quizá así te diviertas.

La voz del camarero me saca de mis pensamientos y estoy a punto de enseñarle los dientes.

Lleva toda la semana intentando convencerme de que cambie mi agua con gas por algo que contenga alcohol.

No entiende que, para lo que vengo aquí cada noche, necesito tener la mente despejada y los reflejos funcionando al cien por cien, y no ralentizados por el garrafón que sirve en estos vasos pegajosos.

—¿Te parezco una persona a la que le apetezca divertirse? —pregunto, arqueando una ceja por encima de la montura de mis gafas.

El hombre me revisa de arriba abajo antes de formar una mueca.

—No mucho, la verdad.

—Entonces, deja de intentar emborracharme.

—Pija de mierda…

Después se aleja hacia el otro extremo de la barra.

Idiota… Si trata así a su clientela, no me extraña que le vaya mal.

Quizá haga una llamada anónima a Sanidad antes de que este sitio desarrolle una nueva cepa bacteriana.

—Me encanta la habilidad que tienes para hacer amistades.

Levanto la vista de golpe y me topo con unos ojos heterocromáticos que me observan burlones.

Debido a la oscuridad del local, su ojo marrón parece casi negro y hace que el azul destaque aún más.

El corazón me martillea con tanta fuerza en el pecho que me cuesta tragar.

—¿Qué haces aquí?

—Quería ver cuántas veces estás dispuesta a hacer el ridículo sin rendirte.

Si le estampo el vaso en la cabeza, ¿alguien llamará a la policía?

Echo un vistazo alrededor.

Entre los tipos borrachos apoyados en la barra y el evidente récord criminal que debe de acumular más de uno aquí dentro, dudo mucho de que alguno tenga el menor interés en involucrar a las autoridades.

De hecho, probablemente hasta me aplaudan por iniciar una trifulca.

—Te estás divirtiendo con esto, ¿verdad?

—¿Quieres que sea sincero? —Sonríe.

—Vete a la mierda, Jesse.

Me pongo en pie y doy por finiquitada una noche más sin resultados.

Se acabó.

Si Terry quiere algo, que sea él quien me busque. Aunque teniendo en cuenta que voy a matarlo, dudo que sea tan estúpido y se ponga en bandeja.

Cuando salgo a la calle, hace un frío horrible.

—Day, espera…

—¿Tú nunca te cansas? —cuestiono cabreada y sin pararme.

Jesse trota hasta llegar a mi altura y acompasa sus pasos a los míos.

—Depende del contexto. —Lo miro de reojo y arqueo una ceja—. En según qué asuntos soy insaciable… Ya lo sabes.

Bufo para camuflar mi sonrojo.

El muy cabrón tiene la desfachatez de guiñarme un ojo al darse cuenta.

Muevo las piernas, inquieta, al pararme en un paso de cebra.

—Entonces…, ¿no hay rastro del hijo pródigo?

—Esto es serio, Jesse. No sé por qué bromeas.

Una vez que el semáforo cambia a verde, me dispongo a cruzar.

—¿Crees que no me preocupa este asunto? —Me sujeta del brazo y nos detenemos en mitad de la carretera—.

Es mi hermano… —Se pasa la mano por el pelo con evidente frustración—.

Pero la alternativa es salir yo mismo a buscarlo y no parar hasta poner la ciudad patas arriba para encontrarlo —masculla molesto—.

Te aseguro que llamar la atención de esa manera no nos conviene en absoluto.

Lo miro con detenimiento.

Jesse, por norma general, es un hombre conciliador. Tiene tal carisma que es capaz de venderte veneno para aderezar la ensalada y conseguir que le des las gracias. Por eso es el director de Relaciones Estratégicas de GenoLabs.

Se encarga de cerrar acuerdos y convencer a cualquier inversor de que nuestra empresa es el futuro de la ciencia moderna.

Y por mucho que me joda, se le da insultantemente bien.

Da igual que tenga delante a políticos, empresarios multimillonarios o científicos con el ego por las nubes. Jesse siempre consigue metérselos en el bolsillo. Sabe muy bien qué decir y cómo actuar delante de alguien para hacerle creer que es especial. Hasta conmigo funcionó…

Es la manipulación social en estado puro.

Madre suele alabarlo diciendo que GenoLabs no habría llegado tan lejos sin él. Sería capaz de iniciar una guerra y luego orquestar la paz como si fuese idea suya.

Aunque esa facilidad para manejar a las personas es lo que más desconfianza me ha generado siempre. Si puede engatusar tan bien es porque miente con la misma facilidad.

—Nos va a atropellar un coche —digo al ver parpadear el muñequito verde.

—Me la suda. Ya nos esquivarán.

Claro, porque él es Dios y los coches se separan como las aguas del mar Muerto.

Me suelto de un tirón y cruzo ligera hasta estar de nuevo segura en la acera.

Si quiere acabar con los sesos sobre el asfalto, allá él.

Jesse tiene muchas cualidades, pero también conozco su otra cara, esa que muestra cuando tiene que encargarse personalmente de un objetivo.

He visto cómo desaparece cualquier rastro de humanidad en su expresión y deja salir una versión cruel y sádica con la que disfruta asustando a los monstruos antes de acabar con ellos.

Lo más perturbador de todo es que eso me pone cachonda.

—No pongas esa cara… —lo escucho tras de mí.

Es como si me leyese el jodido pensamiento. ¡Lo odio!

—No sé de qué cara hablas.

—La que pones cuando tu cabeza intenta convencerte de que soy un problema mientras tu cuerpo solo piensa en follarme.

Resoplo.

—Créeme, he visto organismos más peligrosos que tú.

Eso consigue arrancarle una sonrisa.

—Llevas razón. Soy una nueva versión del Dalái Lama atrapado en el cuerpo de un tío bueno.

—Oh, por favor… —Pongo los ojos en blanco.

—¿No me crees?

Tira de la solapa de mi abrigo y, con el otro brazo, me rodea la cintura hasta pegarme contra su cuerpo.

—Lo que creo es que solo tienes ganas de follar.

No debería disfrutar tanto de su cercanía, pero huele tan bien y… ¡Qué demonios! Tiene razón, está muy bueno.

—Yo siempre tengo ganas de follar. —La sonrisa que me dedica debería estar penada por la ley—. Aunque esta vez te equivocas. Para que veas mi enorme corazón altruista, tengo una sorpresita para ti.

—Viniendo de ti, no sé si debería preocuparme.

Suelta una carcajada y me mira juguetón.

—¿Qué nos apostamos a que te va a gustar?

«No, Day. Es una trampa. No caigas en su juego».

Lo conozco lo suficiente para saber que nunca propone una apuesta si no tiene medio juego ganado.

—No voy a hacer tratos contigo.

—Qué desconfiada eres.

—¡Porque tú resultas sospechoso! —me quejo.

Se inclina hacia mí y el vello se me pone de punta cuando noto su aliento en mi oído.

—He desactivado el sistema de seguridad de Carl Lawrence. Tenemos vía libre.

Parpadeo.

—¿Quién coño es Carl Lawrence?

Jesse aleja su cabeza por encima de la mía y me mira como si acabara de cometer un crimen.

—El cirujano plástico.

—¡Mi encargo! —exclamo, cayendo en la cuenta.

—En realidad, era mío primero —me corrige—. Tú me lo robaste cuando querías escaquearte de tu parte.

«Mierda, cierto».

Recuerdo que dijo que de ese se encargaba él.

—Llevo un tiempo detrás de él —continúa—. Así que solo te estoy facilitando el trabajo.

Me cruzo de brazos.

—No necesito tu ayuda.

Estoy harta de que me tomen por alguien frágil. ¡No lo soy!

—Claro que no —ironiza—. Por eso llevas días sin acercarte siquiera a ese objetivo, porque estás demasiado ocupada persiguiendo fantasmas por bares donde lo que menos podrías pillar son clamidias.

Aprieto los labios, ya que la pulla da justo donde quiere. Por desgracia, tiene razón.

Desde que supe de la existencia de Terry he descuidado todo lo demás. Las misiones e incluso mis estudios en el laboratorio. Y eso no es propio de mí.

Sin soltarme, Jesse se agacha para que nuestros rostros queden a la misma altura y añade:

—Vamos, listilla. No seas orgullosa y aprovecha la oportunidad que te brindo. Entramos, hacemos el trabajo y salimos. Rápido y limpio, como a ti te gusta.

Detesto admitirlo, pero sería absurdo desperdiciar algo así solo por orgullo.

Ese maldito cirujano lleva una buena temporada abusando de sus pacientes. Antes de operarlas, mientras se encuentran anestesiadas, las viola. Varias mujeres han denunciado, pero, al no haber pruebas, sigue ejerciendo y continúa con su obsesión enfermiza.

Que Jesse haya manipulado el sistema de seguridad de su casa es toda una tentación.

Suspiro. Es Satanás… Me refiero a Jesse. Carl Lawrence es solo un hijo de puta.

—Te odio.

Él se limita a mostrarme una sonrisa satisfecha.

—Lo que tú digas, pero vienes conmigo.

Cierro los ojos y niego.

No sé cómo se las apaña para salirse siempre con la suya.

—Solo lo hago porque, como bien dices, no pienso desaprovechar esta oportunidad. Pero que quede claro que soy capaz de hacerlo yo solita.

—Claro, listilla. Si eso te ayuda a dormir por las noches, por mí no hay problema. —Se aparta y, de repente, me quedo huérfana de su calor—. ¿Preparada?

Me tiende la mano y me quedo un instante observándola.

Claudico, y al aceptarla es él quien abre el camino.

—Jesse…

—¿Sí?

—No quiero que sea rápido y limpio.

Esta vez consigue contagiarme su sonrisa.

—Gracias a Dios… Porque tenía previsto hacer sufrir a ese cabrón.

«Amén», opino igual.

Después de esta última semana, es justo lo que necesito para relajarme.

Yo trabajo limpio. Una inyección, un corazón que se para, ningún rastro. Nunca me ha hecho falta la sangre para sentir que he hecho mi trabajo. Pero esta semana algo se ha torcido dentro de mí, y por una vez necesito que sea distinto: necesito mancharme las manos con alguien que se lo merece.

Según las chicas, es lo mejor para combatir la frustración.