Capítulo 10
Nao
L a campanilla de la puerta de mi estudio de tatuajes aúlla como si la estuvieran desollando viva.
El cliente que tengo entre manos, un chico muy valiente al que estoy a punto de hacerle un piercing en el prepucio, da un respingo; parece que pensara que es su propia madre.
Pero solo una persona camina clavando los tacones en el suelo como si estuviera cabreada con el universo: mi hermana Day.
Y solo existe una persona capaz de ponerla así: nuestro Charly.
—No te muevas ahora o podrías quedarte impotente —musito, perforando su miembro con vehemencia.
Que el chico se quede rígido casi me hace sonreír. Casi.
Day traspasa la cortina con los ojos encendidos y el aura tan alterada que noto su ansiedad incluso antes de verla.
—¡Dios mío…! —exclama cuando ve al chico, que está bastante bien dotado, a punto de llorar.
Eso la enseñará a llamar la próxima vez…
—Listo —murmuro al finalizar. Y miro a Day mientras me quito los guantes y los tiro a la basura—. Traes cara de que alguien te ha apuñalado emocionalmente.
—Perdón… Mejor espero fuera.
—Si has matado a Jesse, dame cinco minutos y te ayudo a esconder el cadáver.
Mi cliente levanta la cabeza, alarmado.
—Está bromeando —aclara Day abochornada.
—En realidad, no —musito.
El tío palidece.
—¿Qué ha hecho ahora Jesse? —pregunto directa. No es que sea adivina, es que mi hermana destila indignación.
—¿Por qué das por hecho que es por Jesse?
—No tengo pruebas, pero tampoco dudas.
—Esta vez está justificado. Acabo de descubrir que Terry sigue vivo y que me lo ha ocultado durante ocho años mientras me follaba a placer.
El chico deja de vestirse como si el tiempo se hubiera detenido. Y le entiendo. Porque a mí me pasa lo mismo.
—¿Cómo que Terry está vivo?
—VIVO. En mayúsculas. Era mi objetivo de anoche, pero no pude eliminarlo.
Ahora entiendo por qué Row y Neva han estado toda la mañana chismorreando por el grupo de mensajería instantánea. Yo las he ignorado.
—Yo… tengo que irme… —Se escaquea el chico por un lateral.
—No puedes —lo freno—. Ya formas parte del ecosistema de esta conversación.
—No le hagas caso. Vete —dice Day, arruinando la diversión. No está de humor para torear a nadie hoy. Qué lástima.
—¿Ves? Por eso cobro por adelantado —le explico—. Muchos se van con la misma cara y luego no vuelven.
El chaval se va, cumpliendo la estadística, y miro a Day.
—Sigue contándome, DayDay. ¿Cómo es posible que Terry esté vivo?
Ella suspira pesadamente y se pasa una mano por el pelo.
—No lo sé. Pero lo está. Madre quiere matarlo. Y Jesse lo sabía.
—Puto Jesse…
—Dice que me lo ocultó por mi bien.
—¡Ah, entonces, todo solucionado! Me encanta cuando los hombres ningunean a las mujeres «por su bien». ¡Viva el romanticismo!
Day hace lo que siempre hace cuando alguien carga contra Jesse: defenderlo. No puede evitarlo.
—Dice que lo hizo para que siguiera adelante con mi vida…
—Y él, como ciudadano ejemplar, decidió ayudarte a superarlo metiéndotela hasta el fondo, ¿no?
Day me mira mal. Sin embargo, replica:
—Eso mismo le he dicho yo. ¡¿En qué coño estaba pensando?!
—Pues en el tuyo —zanjo.
—Muy graciosa…
—¿Estás bien? Porque me están llegando vibras muy jodidas sobre tu estado emocional, DayDay.
—Me siento fatal. Es como sentir que le he puesto los cuernos.
—Tú no has hecho nada malo. Para ti, Terry sí estaba muerto.
No obstante, mis palabras no la reconfortan. Es como si le debiera algo a Terry. O quizá sea que Jesse le desmonta el sistema nervioso desde hace años y eso la pone furiosa.
—¿Pudiste hablar con él? ¿Qué te dijo?
—Apenas hablamos. Solo dijo que se alegraba de verme…
No sé qué decir ante eso. Solo tengo claro que es peligroso si ha conseguido desestabilizarla con una frase tan normal.
—¿Qué necesitas de mí? —pregunto servicial.
Day tarda en responder.
—Necesito que me importe todo una mierda durante cinco minutos. Solo cinco minutos, por favor…
Asiento, comprendiéndola mejor que nadie, y la agarro del brazo para arrastrarla hasta mi santuario. Un rincón discreto en el mismo mostrador al que yo llamo «el vertedero emocional».
Day se deja caer en una silla antigua mientras rebusco una máquina pequeña con tinta recargable que llevo encima para emergencias como esta.
—¿Donde siempre?
—Sí —responde, retirándose la manga del hombro.
Cuando su piel está a mi alcance, empiezo a percibir frases y sensaciones de su estado de ánimo.
«¿Y si decía la verdad?». «¿Y si no soy capaz de matarlo?». «¿Y si lo que siento es un error?».
No me queda claro si esa última frase se refiere a Terry o a Jesse, pero su ansiedad, sus dudas y sus miedos me inundan, sabiendo exactamente lo que necesita.
Comienzo el contrabando de tinta repasando una runa de líneas curvas que suele calmarla.
Parecen adornos, sin embargo, son una secuencia de dopamina.
—¿Sabes qué creo? —murmuro.
—¿Que Jesse es un imbécil?
—También, pero iba a decir otra cosa.
—¿El qué?
—Que estás hecha un lío porque te gustan los dos hermanos y no sabes de qué parte ponerte.
Day me mira con ganas de contradecirme con su lógica aplastante y científica, no obstante, sabe que a mí no puede engañarme.
—No es eso… —susurra—. O no solo eso. El problema es que sentí que Terry era inocente, Nao. ¡Y sé que es un asesino! Hasta Jesse está en su contra. Así que me hace desconfiar de mí misma…
Quiero creerla, pero recuerdo que la Day empírica que todos conocemos desaparecía siempre tras el encanto de Terry. Con él no razonaba, solo sentía. Era su talón de Aquiles.
A mí Terry jamás me gustó. A ninguna nos dio nunca buena espina. Era demasiado impulsivo. Esa clase de chicos que convierten los problemas en incendios y luego sonríen mientras todo arde. No obstante, Day siempre ha tenido debilidad por la gente rota que parece necesitarla.
—Yo siempre recomiendo confiar en tu instinto —empiezo—. Pero con Terry… tu instinto fallaba mucho. ¿Recuerdas?
—Lo sé. Y no sé qué hacer…
Joder. No hay más ciego que el que no quiere ver.
—Claro que lo sabes —repongo—. Deberías ser sincera contigo misma y admitir que, en realidad, no estás así por el muerto resucitado, sino por Jesse.
—No estaba muerto.
—No cambies de tema. Si no te hubieras liado con Jesse, no estarías tan preocupada.
Day resopla y se hunde más en la silla.
—Es que…, joder, Nao… ¡me ha mentido durante ocho años, mirándome a la cara todos los días! Me siento utilizada.
Y ahí está la verdadera herida. No Terry. Lo que le duele es Jesse en el laboratorio, rozándole la cintura e intimando con ella cuando sabía perfectamente que su hermano seguía vivo.
—Si te sirve de consuelo, yo creo que lo vuestro era inevitable.
—¿Por qué dices eso?
—Porque, si no, ese laboratorio ya hubiera saltado por los aires por culpa de vuestra química explosiva…
Me fulmina con la mirada. Y luego sonríe un poco.
—Odio que me conozcas tanto.
—Y yo odio que cuanto más daño puede hacerte un tío, más te enamoras de él…
Me mira como si acabara de descubrir que escondo un terapeuta dentro.
—Gracias por el psicoanálisis, doctora Corazón.
—De nada. No doy abrazos. Solo diagnósticos.
Se ríe un poco y sé que la runa ha empezado a hacer efecto.
—Me siento mucho mejor… ¿Qué me has dibujado?
—Una runa que baja la ansiedad. No del todo, solo lo justo para que no le claves un tenedor a Jesse en la yugular.
Day se queda mirándome en silencio y percibo lo que va a decir incluso antes de que abra la boca. Toda ella exuda agradecimiento.
—Gracias, Nao… De verdad.
¡Puaj!
—No te pongas emocional conmigo. Sabes que no lo soporto.
Pero por dentro me alegro de que haya venido. Porque Day siempre intenta cargar sola con todo. Es de las que, cuando se rompen, lo hace en silencio. Y prefiero escucharla despotricar sobre dos hermanos idiotas que verla encerrarse en sí misma.
Justo en ese momento, vuelve a sonar la campanilla del local.
Cuando nos giramos, cuatro niñas con uniforme de girls scouts y trenzas perfectas nos sonríen de forma inquietante.
—¡Hola! —dice una jovial—. ¡Estamos vendiendo galletas para financiar nuestro campamento de verano!
Las miro como si acabaran de entrar cuatro demonios menores invocados desde el infierno.
—Largaos de aquí echando hostias.
La niña parpadea.
—Tenemos de chocolate, vainilla y…
—Soy diabética. ¡FUERA!
—No seas así —masculla Day, ocultando la risa.
Las niñas dudan un segundo. Otra da un paso adelante, aferrando una cajita contra su pecho.
—También tenemos sin azúcar, señora.
«¡¿SEÑORA?!». Me la cargo.
Day se levanta al ver mis ojos inyectados en sangre.
—¿Qué acaba de llamarme…?
—Nada, nada —responde Day, riéndose ya descaradamente—. Dadme un par de cajas y marchaos rápido —les pide, tendiéndoles un billete de veinte.
—¡Muchas gracias! —exclaman las niñas encantadas.
—¡Y no volváis nunca por aquí, buitres! —les grito.
—Pobres criaturas… —Ríe Day cuando se van—. Te van a recordar toda la vida como la «señora» tatuada que destruyó su autoestima.
—Eso espero. Han contaminado el ambiente con felicidad.
—Madre mía… ¡Eres un monstruo!
—No. Los monstruos sonríen. Como ellas. Y lo hacen mientras venden la que se considera la droga más peligrosa de la historia: el azúcar. Es la cocaína del siglo XXI.
—Me gustaría quitarte la razón, pero sé que la tienes.
—Gracias. ¿Tú estás mejor?
—Sí… —contesta, pero un miedo extraño sigue impregnando su voz. Se queda callada unos segundos antes de murmurar—: Ojalá pudieras hacerle a Jesse la runa de la verdad para saber si me lo ocultó para utilizarme o no…
La miro un segundo demasiado largo.
—Ya sabes que él nunca se dejaría. Pero mi humilde opinión es que Jesse lleva enamorado de ti desde hace años y se odia cada segundo por ello.
Day pestañea perpleja.
—¿Estás loca? ¡Él me odia!
—No te odia, Day…
—Somos rivales. ¡Intenta molestarme todo el tiempo!
—Quizá sea su forma de hacerte sentir viva. En cambio, Terry…
Su expresión se ablanda de inmediato. Mierda…
—No pongas esa cara, por favor…
—¿Qué cara? —pregunta confusa.
—La cara de «mi coño puede salvarlo de sí mismo».
—¡Nao…! —exclama, sonrojándose, pero al menos tiene la decencia de apartar la mirada ante la verdad. Y eso me basta.
—Escúchame atentamente, hermana, porque voy a decir algo emocional y luego tendré que tirarme por la ventana para compensarlo.
Day sonríe un poco. Es como hablar con alguien colocado. Las runas son como drogas analgésicas de efecto esporádico.
—Me encanta cuando te pones dramática… —dice como si no tuviera ningún problema, pero sigue teniendo uno muy gordo.
—Day, escúchame bien, Terry ya no es Terry.
La frase borra su mueca de yonqui satisfecha.
—¿Cómo lo sabes? —susurra ella.
—Porque alguien no huye ocho años de una organización como GenoLabs y vuelve intacto. Eso es imposible.
—Tú no lo conoces tan bien como yo.
—Precisamente por eso lo veo más claro.
Ella frunce el ceño.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Que tú todavía ves en Terry al chico que te besaba a escondidas en los pasillos cuando teníamos diecisiete años, pero yo solo veo a un hombre que desapareció tras asesinar a sus hermanos y ahora vuelve para ajustar cuentas.
Day traga saliva y me siento mal por hacerle daño. No obstante, prefiero que me odie a verla destruida por un hombre que huele a tragedia desde lejos.
—Si Jesse no confía en él será por algo —añado más suave.
—Jesse trabaja para Madre. Es su perro faldero.
—Y, aun así, está preocupado. Y Jesse no es fácil de asustar.
Eso hace que Day levante la vista. He dado en el clavo.
Su cara procesa muchas emociones: culpa, nostalgia, atracción, rabia… Day siente demasiado, y eso la convierte en la más peligrosa de nosotras cuando alguien le araña el corazón.
—¿Tú qué harías, Nao? —pregunta bajito.
Me quedo unos segundos en silencio.
—Yo lo mataría —respondo tajante.
Ella me mira helada y yo no retiro la mirada.
—Y no porque crea que no queda nada bueno en él, sino porque aún queda algo. La gente rota puede hacer más daño que la gente mala porque solo quieres salvarla mientras te hunde con ella.
El silencio se vuelve espeso. Y es una de esas veces en las que odio tener razón.
Day baja la vista hacia la runa recién hecha.
—No sé si podré hacerlo, Nao… —admite.
—Tienes que hacerlo, Day.
—¿Por qué?
«Porque te quiero», me gustaría decir. «Porque eres mi hermana, aunque no compartamos sangre. Y, desde que éramos niñas, eres la única capaz de tocarme sin que me den ganas de arrancarte la mano».
Y si Terry la destruye, yo también me romperé.
Pero, obviamente, no digo nada de eso. Solo resoplo y contesto:
—Porque alguien en esta casa tiene que tomar decisiones racionales, y ayer Row enchufó una regleta dentro de otra regleta…
—Eso es terrorismo doméstico. —Ríe Day.
La tensión se rompe y termino de limpiar la tinta del hombro de Day.
—Ya está.
Ella se baja la manga despacio.
—Mil gracias. No sé qué haría sin ti.
—No me tortures, por favor. Soy alérgica a las emociones.
—No lo eres. El otro día lloraste viendo un documental de pingüinos.
—¡Porque uno se murió!
—Era un dibujo animado.
—EL DOLOR ERA REAL.
Day vuelve a reírse y doy gracias a la runa. Quizá yo tenga que ponerme otra porque, de pronto, tengo un mal presentimiento por la vuelta de Terry.
Mi hermana camina hacia la puerta, pero antes de salir, se gira.
—¿Tú crees que Terry sería capaz de hacerme daño?
No contesto enseguida, aunque la respuesta surja muy rápido en mi cabeza: «Claro que Terry podría hacerte daño. Los hombres, en general, son un dolor con piernas». No obstante, Day no necesita escuchar eso ahora. Necesita equilibrio. Así que me encojo de hombros.
—Creo que deberías pensar muy bien tu próximo movimiento. Porque algo me dice que dudas entre dos polos opuestos…
—¿Cuáles?
—Ahora mismo no sabes si matarlo o follártelo. O en qué orden.
—¡NAO…!
—Solo soy objetiva. Es un viejo amor y un objetivo fijado. Solo hay dos finales posibles…
—¡No voy a acostarme con él!
—DayDay… —replico, torciendo la cabeza, irónica—. Soy yo.
Ella cierra los ojos en una rendija fina.
—¿Te he dicho que te odio? —dice a modo de despedida.
Esa frase casi me hace sonreír por fuera. Por dentro me estoy partiendo.
Pero ya no tengo duda de que esta situación puede acabar terriblemente mal.
Incluso puede que, llegado el momento, tengamos que elegir entre dos hermanos antes de que alguno termine matando al otro por culpa del maldito amor.
Sin embargo, no pienso permitir que se lleven a Day por delante.