Ayer (Arpías 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

Day

S algo del despacho de Madre más confundida de lo que llegué.

Escucho pasos a mi espalda y no necesito girarme para saber de quién se trata.

—Day…

—Déjame en paz.

Sigo caminando hasta llegar a mi despacho y cierro la puerta de un portazo.

«Ojalá se la haya estampado contra la cara».

Un par de segundos después, la puerta se vuelve a abrir. Porque Jesse Jones nunca hace lo que le piden, a no ser que te apellides Walsh y seas doctora.

Desengancho la bata del perchero y me la pongo, sintiendo su mirada recorrer cada uno de mis movimientos.

Cuando no lo soporto más, me giro y lo encaro.

—¿Por qué no te vas? No estoy de humor para soportarte ahora mismo —le digo de malos modos.

Lo encuentro apoyado contra el marco de la puerta con una actitud que me irrita mientras mi mundo se cae a pedazos.

—Nunca me soportas. —Sonríe socarrón.

—Pues imagínate cómo me encuentro hoy para avisarte.

Le doy la espalda mientras me quito las gafas y, tras lanzarlas sobre la mesa, me masajeo el puente de la nariz.

—Escucha, Day…

—Lo sabías y no me dijiste nada —vuelvo a acusarlo.

Lo miro por encima del hombro y veo cómo su mandíbula se tensa.

—No era relevante.

Me giro y sonrío sin humor mientras me apoyo en un mueble.

—¿Para quién, Jesse?

—Para nadie. Madre no lo consideró necesario.

Claro, y él hace siempre lo que quiere Madre, ¿verdad?

—¿Pretendes que te crea? —Me levanto de golpe—. ¡Es tu hermano, Jesse!

Cierra la puerta a su espalda y avanza unos pasos hacia mí.

—Sí. Y, como también he dicho, un asesino.

—¡¿Quieres dejar de comportarte como un maldito robot?!

—¿Para qué? ¿Para que logres entrar aquí —se toca la sien— y puedas leerme?

Aprieto los dientes porque lleva razón. Y lo odio.

Odio esa frialdad. La forma que tiene de separar las emociones y guardarlas en un cajón cada vez que algo se complica. ¡Solo necesito que me deje entrar y saber qué es lo que siente de verdad!

—Nos ocultasteis que estaba vivo durante ocho años —suelto dolida—. ¡Ocho, Jesse!

—No era asunto tuyo.

«¡¿Que no qué?!».

—¿Y por qué soy yo la que tengo que acabar con él? ¿Por qué no te lo ha pedido a ti? Joder… ¡Si eres su perrito faldero!

—Madre no confía tanto en mí como crees —comenta—. No confía en nadie, de hecho.

—No me vengas ahora con tu papel de víctima.

Resopla y se pasa los dedos por el pelo.

—No estoy haciéndome la víctima. Estoy intentando que entiendas que esto no cambia nada.

—Ah, ¿no?

—No. —Su voz se vuelve más dura—. Terry podría ser peligroso.

Niego.

—Si me quisiera muerta, ya lo estaría, Jesse. Lo tuve a escasos metros.

—¿Qué sabemos de él, Day? ¿Qué ha hecho y quién ha sido todo este tiempo?

—¡Y yo qué demonios sé! ¡Hasta hace unas horas lo creía muerto!

«¿Quién es ahora Terry Jones?».

—Day… —dice mi nombre, bajando el tono—, no puedes permitir que esto te nuble la cabeza.

Me estiro sobre el escritorio, recojo las gafas y, suspirando, me las pongo.

—Un poco tarde para eso, ¿no crees?

Jesse da un paso hacia mí y me tenso.

Da igual lo enfadada que esté con él o lo mucho que quiera arrancarle esa actitud arrogante. Cuando lo tengo tan cerca, mi cuerpo instintivamente responde a él.

Y eso es peligroso porque sé cómo acaba.

—Escúchame bien —dice, clavando sus ojos en los míos—, si Terry ha vuelto no es porque sienta nostalgia.

—No pareces afectado con la noticia —comento perspicaz.

—Si Madre lo considera una amenaza, será por algo.

—Yo no lo sentí así… —suelto la frase antes de poder frenarla.

El pánico se arremolina a mi alrededor. Porque yo nunca digo cosas así. No cuestiono ni pongo en duda lo que nos han inculcado.

«¿Qué cojones me pasa?».

Jesse me observa con detenimiento.

—Day…

Antes de que continúe, lo interrumpo:

—No pude dispararle —mascullo—. ¡No pude, maldita sea! No sé si por mí o por ti, pero no pude.

Jesse se inclina hacia mí y apoya una mano sobre la mesa. Quedo atrapada entre su cuerpo y el escritorio. Y durante un momento tengo la necesidad de dejar caer mi frente contra su pecho y cerrar los ojos.

Necesito descansar y dejar de pensar en mi vida por un instante.

Por suerte, el impulso desaparece rápido.

Jesse y yo no funcionamos así. Lo nuestro es puramente carnal. Nada más.

Estoy tan distraída intentando recomponerme que casi no lo escucho cuando murmura:

—Puede que lo único que necesites sea escuchar la verdad de su propia boca.

Levanto la cabeza y nuestros rostros quedan a escasos centímetros.

—¿Qué quieres decir? —pregunto, bajando también la voz.

Sus ojos no se apartan de los míos.

—No te juzgaría si, antes de eliminarlo, quisieras respuestas.

«¿Jesse Jones acaba de sugerir que contradiga una orden directa de Madre?».

Frunzo el ceño. Y, de repente, lo entiendo todo. Lo aparto de un empujón en el pecho.

—¡Eres un rastrero! —le recrimino—. Muy inteligente por tu parte manipularme para dejarme mal delante de Madre mientras tú sigues siendo el empleado perfecto de GenoLabs.

Cuando se aparta, se mete las manos en los bolsillos y me dedica una sonrisa. Las ganas que me entran de borrársela de un guantazo no son normales.

—Siempre tan malpensada…

—¿Cómo quieres que piense? —espeto—. Llevo toda la vida viendo cómo obedeces cada una de sus órdenes sin cuestionarlas.

Su gesto se endurece.

—Igual que tú.

Touché.

No respondo.

Él respira hondo y continúa:

—Las cosas no son tan simples como crees, Day —replica cansado—. Solo digo que quizá necesites comprobar por ti misma lo equivocada que estás con él. O igual te convence para que te fugues con él…

Aprieto la mandíbula.

Odio que una parte de mí quiera hacer justo eso.

Necesito hablar con Terry. Saber qué demonios pasó hace ocho años. Pero no puedo. ¿O sí?

Me sacudo esa posibilidad de la mente.

—No importa lo que diga —expongo lo más segura que puedo—. Sigue siendo mi objetivo y voy a matarlo.

Me observa durante lo que parece una eternidad. Al final asiente, me da la espalda y se dirige a la salida.

Antes de abrir la puerta, gira la cabeza y me mira por encima del hombro.

—Si llegado el momento supone un problema para ti… —esta vez, cuando habla, no lo hace con arrogancia ni provocación—, pídemelo y lo haré por ti.

Su tono destila una sinceridad que no me esperaba viniendo de él.

Lo miro, buscando el chiste, pero no soy capaz de encontrarlo.

¿Lo dice en serio? ¿Jesse mataría a su propio hermano por mí?

Por extraño que parezca, eso me asusta más que enfrentarme yo misma a mi pasado.