Ayer (Arpías 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

Day

N o recuerdo que alguna vez haya entrado tan furiosa a GenoLabs como lo hago hoy.

Bueno, quizá alguna que otra vez en las que Jesse me ha tocado los ovarios más de lo necesario, y no hablo en el sentido literal.

Su habilidad es sacarme de quicio. Pero este es otro tipo de cabreo. Se trata de una rabia que percibe todo aquel que se cruza conmigo.

Llego al despacho de Madre y ni me molesto en llamar.

Ella no ha sido considerada conmigo, ¿por qué debo serlo yo con ella?

Abro con brío y aprieto los labios con fuerza al ver que dos cabezas se levantan de inmediato por mi intromisión.

«Genial, está el Lameculos». Dos pájaros de un tiro.

—Dayane, ¿qué…?

No dejo que Jesse me reprenda por mi falta de educación al entrar sin ser invitada, lo que hago es abrir el dosier que traigo en la mano y empiezo a leer en voz alta:

—El sujeto está implicado en el asesinato de tres compañeros, a los que presuntamente ejecutó a sangre fría antes de desaparecer sin dejar rastro…

Voy recitando de manera textual palabra por palabra mientras ellos me observan.

Conforme continúo, alzo la vista para ver si capto algo en sus expresiones.

Nada. Están totalmente neutras.

Madre está sentada tras su escritorio, impasible, como de costumbre. Mientras, Jesse permanece de pie, a su lado, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón de vestir.

Va como siempre.

Las mangas remangadas hasta el antebrazo y varios botones de su camisa negra desabrochados, mostrando parte de su pecho bronceado.

No sé por qué me molesta tanto su aspecto de gigoló bien remunerado, pero lo hace.

—… el sujeto lleva pantalón vaquero, sudadera oscura y chaqueta de cuero.

Al finalizar, cierro la carpeta, la lanzo sobre el escritorio y espero.

El silencio que se instala entre nosotros no es agradable.

Me concentro en expandir mi habilidad e intentar que me lleguen sus emociones.

Con Madre solo encuentro esa planicie de siempre, lisa e impenetrable.

Con Jesse lo de costumbre: un muro de ruido que nunca he sabido derribar.

Ninguno de los dos se deja leer, cada uno a su manera, y eso, en un momento como este, me deja a ciegas.

—¿A qué viene todo esto, Dayane? —cuestiona Madre al observar que, tras mi lectura, no añado nada más.

Me encantaría increparle y gritarle. Por supuesto, no lo hago.

Ni loca me mostraría vulnerable. Mucho menos frente a Jesse.

—Porque, en la identidad del sujeto, se te olvidó comentar que se trataba de Terry.

Suelto la bomba como si no fuese trascendental. Lo hago lo más calmada posible, aunque por dentro esté hirviendo.

Madre se quita las gafas con parsimonia y las deja encima de la mesa. Cuando sus ojos contactan conmigo, solo veo indiferencia.

—No lo consideré un detalle relevante.

«¡¿Me toma el pelo?!».

—Para mí lo es.

Me cruzo de brazos porque siento que, de un momento a otro, me desmoronaré y tiraré todo lo que hay sobre su mesa.

—No tengo por qué justificar mis decisiones. Es solo un encargo más.

—No lo es, y lo sabes.

Maldigo al notar que mi voz tiembla un poco.

—¿El encargo no está efectuado?

Al preguntarlo, algo cruza esa superficie lisa: una grieta mínima. Y, por lo que percibo, no está contenta.

—No pude hacerlo —admito—. Estaba demasiado impactada por encontrarme cara a cara con un fantasma como para apretar el gatillo.

Ella suspira como si le agotase tener esta conversación, pero que se joda, me lo debe.

—Ese siempre ha sido tu problema, Dayane. Eres demasiado emocional.

—¡¿Cómo no voy a serlo?! ¡Capto todas las emociones! ¡Por el amor de Dios…! —estallo.

Adiós al control que con tanto esfuerzo he intentado dominar.

Observo cómo Jesse se remueve.

No me pasa por alto que se coloca de forma estratégica en caso de que tenga que proteger a Madre de… ¿De mí?

¿El muy idiota cree que le haría algo?

—¿Tú lo sabías? —mascullo en su dirección.

La mirada que le dedico podría hacer temblar a cualquiera. Él, sin embargo, sonríe desafiante.

—Dado tu estado de nerviosismo, seré considerado y no tendré en cuenta que me acuses de forma tan vil.

«¿Mi estado de nerviosismo?».

Con demasiada calma me estoy comportando.

—¡Era tu hermano! —exclamo—. ¿O debería decir «es»? Ya que está vivito y coleando.

Cargo contra él.

Me resulta más fácil enfrentarme a él que a Madre.

Sí, Terry es su hermano. Y no me refiero al tipo de hermandad que tenemos las chicas y yo, la cual hemos construido a base de años de convivencia y mierda compartida.

Ellos son hermanos de sangre, mellizos, de los que comparten ADN y esos peculiares ojos heterocromáticos que son capaces de ponerte incómoda con una simple mirada.

—Y un asesino —añade él, consiguiendo crisparme.

Aprieto la mandíbula.

«Lo sé, joder».

No dejan de repetirlo; parece que yo no llevase años creyendo la misma historia que ellos.

—Lo sabías. —Y no es una pregunta.

De repente me siento muy decepcionada porque él también me lo haya ocultado.

No soporto ni mirarlo ahora mismo, lo ignoro y mi atención vuelve a Madre.

—Me… —rectifico antes de continuar—. Nos mentiste —la acuso, dolida—. Nos miraste a la cara y dijiste que Terry murió.

—Lo hice para protegeros.

—¿Para protegernos? —Suelto una risa carente de humor—. ¿De qué exactamente?

—¡De él! —Madre se pone en pie de golpe—. Parece que se te olvida que mató a Tobías, Monroe y Newman.

Siento un pinchazo en el pecho al escuchar sus nombres en voz alta. Hace años que evitamos pronunciarlos.

—Terry enloqueció, Dayane —continúa Madre—. Se volvió inestable, impulsivo y peligroso. No estábamos seguros de lo que podría hacer después de huir. Existía la posibilidad de que volviese a por vosotras.

—Terry jamás…

—Jamás, ¿qué? —me corta Jesse—. Mató con crueldad a los que consideraba sus hermanos. ¿Por qué con vosotras sería diferente?

Aprieto la mandíbula.

«Porque me amaba», quiero gritarle. O, al menos, es lo que percibía en él.

Recuerdo quién era antes de desaparecer. El chico extrovertido y desenfadado al que le gustaba saltarse las reglas. El problema es que también recuerdo la sangre, el caos y el vacío que dejó tras lo que sucedió.

Todos vimos lo que quedó tras la matanza. Es algo que nos ha costado mucho superar. Si es que alguno lo ha hecho.

—Si os hice creer que había muerto fue porque necesitaba que siguieseis adelante —prosigue Madre con una delicadeza a la que no estoy acostumbrada—.

No quería que vivieseis mirando constantemente por encima del hombro.

Bastante duro fue todo aquello como para añadir el miedo de saber que seguía ahí fuera.

—Deberías habérnoslo dicho…

Noto cómo mi voz, junto a mi rabia, va perdiendo fuerza.

—Quería que tuvieseis una vida normal.

—Nada es normal en nosotras —digo, poniendo los ojos en blanco.

Madre rodea el escritorio y se acerca hasta quedar frente a mí.

—Nunca dejamos de buscarlo, Day.

Que utilice mi diminutivo, cuando apenas lo hace, es lo último que hace falta para romperme.

—Todo es tan confuso… —Me froto la frente, intentando ordenar la información.

Ella posa una mano en mi brazo. Es la máxima muestra de consuelo que recibiré por su parte.

—Hace un mes descubrimos que estaba en Chicago.

Alzo la mirada hacia ella.

—¿Un mes?

—No fue sencillo encontrarlo. Terry ha aprendido a desaparecer sin dejar rastro. Cambia de identidad, de lugares y rutinas con frecuencia. Siempre fue más inteligente que la media.

—No es tan listo si después de tanto tiempo se ha dejado encontrar —bufa Jesse, que permanece apoyado en la pared.

—Los psicópatas tienden a confiarse. Para ellos, esto no es más que un juego —comenta Madre—. Durante semanas solo he sido capaz de relacionarlo con el bar al que te envié anoche.

Trago saliva.

—¿Por qué me enviaste a mí? Si lo has estado siguiendo, cualquiera podría haberse encargado de él.

Madre me sostiene la mirada sin vacilar.

—Llevas una temporada muy ausente, Dayane.

—No lo estoy.

—Sí que lo estás —me rebate con calma—. Estás menos implicada y no paras de poner excusas.

Me retuerzo incómoda porque parte de mí sabe que tiene razón.

Miro a Jesse de soslayo y aprieto los labios.

Todo esto es culpa suya. Es un chivato.

Se lo cuenta a Madre cada vez que intento escaquearme de algún encargo.

—Al igual que el resto, fuiste entrenada con un propósito —me recuerda—. El mal existe, y alguien tiene que erradicarlo antes de que siga destruyendo vidas. Y tú estás empezando a fallar.

Clavo mis ojos en los suyos, notando que me sonrojo.

Es lo peor que puede escuchar alguien que odia equivocarse, sin embargo, lo que más detesto es haberla decepcionado.

—No estoy pasando por una buena época… —murmuro.

No quiero reconocer delante de ella que, de un tiempo atrás, mi don está fallando. No percibo una maldad pura en mis objetivos. Y eso lo hace más difícil.

—Por eso necesitaba saber si sigues siendo capaz de hacer lo necesario cuando el objetivo deja de ser sencillo.

Bajo la mirada, odiando sentirme culpable por no haber terminado el trabajo.

Lo reconozco, fue verlo y quedarme paralizada.

Me humedezco los labios, y con una confianza que no siento, añado:

—Lo encontraré, y esta vez acabaré con él.

Madre asiente satisfecha.

—Sabía que podía confiar en ti.

Da un paso atrás, dando por zanjada la conversación mientras vuelve a su escritorio.

—Madre… —la llamo antes de que pueda sentarse—, que entienda tus motivos no significa que no nos debas una explicación. A todas —recalco.

Se detiene, recoge sus gafas de la mesa y se las pone antes de mirarme.

—Ahora que ya no es un secreto, estaré dispuesta a responder a todo lo que necesitéis saber —se compromete—. Podéis venir cuando queráis. Al fin y al cabo, este siempre será vuestro hogar.