Ayer (Arpías 1) Capítulo 7
19%

Capítulo 7

Day

E l sujeto al que llevo un buen rato persiguiendo empieza a tocarme los cojones.

Localizarlo en el tugurio no ha sido lo difícil.

La descripción era escasa, pero su emoción lo ha delatado mucho antes que el pelo castaño, la sudadera o la cazadora.

Nada más cruzar la puerta, lo he notado: ese cosquilleo en la nuca de quien sabe que lo están mirando.

Y, debajo, algo que me ha hecho dudar de mí misma por primera vez en años.

Diversión. Una diversión limpia, casi alegre, enredada con un rencor tan viejo y tan denso que ha estado a punto de cortarme la respiración en mitad de la pista.

Los objetivos no se divierten. Los objetivos sienten miedo, rabia, soberbia. No esto. Esto era otra cosa, y mi instinto lo ha gritado mucho antes de que mi cabeza quisiera escucharlo.

Por eso, cuando lo he seguido hasta este club y después por la puerta trasera, no me he molestado en disimular mis pasos. Él sabía que estaba ahí. Llevaba toda la noche dejándose seguir, convirtiéndolo en el juego del gato y el ratón en el que no me siento el gato.

Mis botas resuenan contra el metal mientras lo persigo con el pulso acelerado y la sangre rugiéndome en los oídos.

Llego hasta la azotea y lo encuentro al borde de la cornisa.

Sería muy satisfactorio abalanzarme contra él y empujarlo. Sin embargo, corro el riesgo de que me arrastre con él al vacío y termine con los sesos estampados contra el asfalto. Y no pienso morir por alguien tan insignificante.

Las farolas de Chicago recortan su silueta contra el cielo nocturno. Todavía jadeo por la carrera y la adrenalina cuando levanto el arma y lo encañono con firmeza.

—Ni se te ocurra dar un paso más. —No se mueve, tampoco se gira, por lo que continúo hablando—. Espero que no me lo tomes en cuenta. No es nada personal. Simplemente debo eliminarte para que el mundo sea un lugar mejor.

Entonces, se da la vuelta y mi mundo, tal y como lo conozco, se rompe.

Porque recuerdo esa cara.

Han pasado ocho años, y aunque el tiempo le haya endurecido los rasgos y oscurecido su mirada, lo reconozco al instante por esa heterocromía imposible de olvidar.

Porque hay recuerdos que nunca se borran. Y el mío tiene su nombre, su boca y sus ojos...

Tengo delante al primer hombre al que amé y me abandonó sin una palabra, dejándome hecha pedazos. Uno al que creía muerto y del que sé, a ciencia cierta, que es un asesino.

—Como siempre, es un placer volverte a ver, Dayane —dice con una voz ronca por el paso de los años.

No me muevo. Ni siquiera pestañeo. El dedo se me queda muerto sobre el gatillo, incapaz de reaccionar.

Él aprovecha ese segundo para saltar con una agilidad estudiada hacia el tejado del edificio de al lado. El movimiento me devuelve de golpe a la realidad, y antes de que pueda reaccionar, sus emociones me alcanzan desde la oscuridad como una oleada densa, contradictoria e imposible de ordenar.

Cuando quiero darme cuenta ha desaparecido, dejándome perpleja. Intentar captarle es como mirar diez colores distintos a la vez.

Mi cabeza se bloquea. Y, de pronto, vuelvo a quedarme ciega.

¡No puedo creer que vuelva a pasarme!

Porque esta ceguera no es nueva. Ya me ocurrió hace años, cuando éramos críos y Terry empezaba a convertirse en el único ser humano al que mi don era incapaz de traducir.

Nunca conseguía leerlo del todo. Sus emociones llegaban mezcladas, superpuestas, como si alguien hubiera escrito diez historias diferentes en la misma página.

Y desde hace un tiempo me ocurre exactamente lo mismo con Jesse…

Conozco esta oscuridad. Lo que no entiendo es por qué Terry vuelve a provocármela ocho años después.

Bajo el arma despacio y doy un paso hacia la cornisa con el cuerpo tembloroso. No llego a asomarme del todo; en el fondo sé que no voy a encontrar nada. Si hay alguien que sepa desaparecer tan bien como nosotras es él.

Nos entrenaron juntos.

Aprieto los dientes y dejo escapar el aire despacio.

—Joder…

Tengo el latido descontrolado y lo noto en todas partes. No pienso analizar el nudo que se me forma en el estómago, porque, si empiezo, voy a entrar en un terreno del que no tengo claro si sabré salir.

Respiro hondo, obligándome a recuperar el control, como hago siempre.

Lo he visto. Y, lo que es peor, lo he sentido. He sentido todo lo que ha acumulado en estos malditos ocho años.

Me paso una mano por la cara, intentando ordenar las ideas.

Terry está vivo. Y es mi objetivo.

«¿Lo sabría Madre?».

Una rabia como no he sentido jamás se me acumula dentro cuando la realidad me golpea.

Todo esto es una puta mierda. No debería importarme quién es ni lo que significó para mí. Es un asesino y punto. El problema es que no sé si podré fingir que es solo trabajo la próxima vez que lo tenga delante porque se siente demasiado personal.

No recuerdo cómo llego a casa. Solo que, cuando cierro la puerta a mi espalda, me quedo de pie, inmóvil. Necesito que mi cerebro se recalibre antes de procesar lo ocurrido.

¡No funciona, joder!

«Terry está vivo».

Mi mente solo es capaz de elaborar ese pensamiento una y otra vez. Ni siquiera me molesto en recoger el abrigo cuando, al quitármelo, cae al suelo.

Mi apartamento no es que sea grande —ninguno del edificio lo es—: un estudio pequeño, moderno, en tonos cálidos.

Una cocina diminuta, que apenas uso porque solemos comer en la planta común, y un baño modesto.

En un rincón, un escritorio que comparte espacio con el dormitorio y el salón.

Todo ordenado, limpio, colocado de forma casi obsesiva.

Hay detalles que gritan quién vive aquí: los libros de ciencia, el material de laboratorio, la mesa cubierta de apuntes frente al ordenador. Acogedor y funcional. Muy yo.

Camino directa al baño mientras me deshago de la ropa. Siento cada prenda como si me quemara la piel. Necesito quitarme esta sensación de encima cuanto antes.

«Terry está vivo».

Joder…

Me llevo la mano a la garganta y trago. Ni con esas consigo deshacer el nudo.

Entro en la ducha y abro el agua tan caliente como mi piel aguanta. Intento concentrarme en eso, borrar la imagen que se repite detrás de mis párpados.

Esa cara…

Ni la oscuridad ha bastado para ocultar esa risa burlona que tantas veces vi —y sentí— pegada a mi cuello.

Aprieto las manos contra los azulejos y dejo que el vapor me envuelva mientras intento que no se me escape un sollozo. El agua resbala por mi piel, pero no logra templar el frío que se me instaló dentro en el momento en que lo vi.

«¿Cómo es posible que, después de todo este tiempo, aparezca alguien que no debería existir?».

Tras lo que pasó, nos dijeron que lo habían abatido. Que había huido después de asesinar a tres de los chicos y que, durante la persecución, lo mataron. Nunca vimos el cuerpo, pero lo lloramos tanto como lo odiamos por lo que hizo.

En aquel instante ninguno estaba en condiciones de cuestionar nada. Éramos jóvenes, dependientes y estábamos lo bastante rotos como para no plantearnos que quizá nos mentían.

Terry, junto a Jesse, Tobías, Monroe y Newman eran niños abandonados, igual que nosotras. Crecimos juntos. Compartimos habitaciones, entrenamientos, celebraciones, reprimendas y, sobre todo, esa sensación de no encajar del todo en el mundo exterior.

Pero, para mí, Terry nunca fue uno más.

Era de esas personas que conseguían hacerme sentir a salvo. El que sonreía cuando todo se iba a la mierda y lograba que la vida pareciera normal. Me enamoré de él sin entender siquiera qué significaba la palabra «amor».

Por eso dolió tanto.

No solo perdimos a gente importante. Fue a manos de uno de los nuestros. Uno que vivió a nuestro lado ocultando que era un monstruo.

Y resulta que está vivo.

«Terry está vivo».

La frase sigue rebotando en mi cabeza. Apoyo la frente en la pared y cierro los ojos con fuerza.

«¿Lo sabrá Madre?», vuelvo a preguntarme.

«¿Y Jesse?».

Pensar en esto último me endereza de golpe con un propósito nuevo.

Cierro el agua y salgo de la ducha. En cuanto me envuelvo en la toalla, el cuerpo me pide desaparecer un buen rato. Pero no puedo. Necesito respuestas.

Me pongo un chándal viejo. Estoy con la sudadera a medio poner cuando llaman a la puerta.

Me quedo tan quieta que apenas respiro. Hacía muchísimo que no sentía este pánico.

Siempre me he sentido segura en mi apartamento. Hasta ahora.

Me acerco de puntillas, sin hacer ruido, miro por la mirilla y, al instante, el cuerpo se me relaja. Resoplo porque el universo, que tiene una habilidad especial para tocarme los cojones, ha decidido que este es el momento perfecto para recordarme que no puedo esconderme del mundo.

Abro.

Row está al otro lado, apoyada en el marco con actitud desenfadada, observándome con esos ojos azul cristalino.

—Vaya pinta —comenta, recorriéndome de arriba abajo—. ¿Te has peleado con la almohada o qué?

Sé que debo de tener el pelo enmarañado, pero para enredo ya está mi vida ahora mismo.

Entra sin esperar invitación.

—¿Tú no duermes? —pregunto, dejando la puerta entornada y acercándome a ella.

—He venido a insistir en que me des a tu objetivo.

En cualquier otro momento la habría mandado a la mierda sin elegancia por molestarme con eso a las… Miro el despertador de la mesilla: la una y treinta y siete de la madrugada.

Pero hoy no tengo energía para echarla a patadas.

—Row… —empiezo, y me quedo a medias por el maldito nudo en la garganta.

No sé por dónde empezar. Decirlo en voz alta lo volverá real, y no hay forma delicada de contar lo que acabo de descubrir.

—¿Estás bien?

«No, joder».

Me paso una mano por el pelo húmedo y noto las gotas resbalándome por el cuello.

—He descubierto algo que debéis saber.

Pluralizo porque esto nos atañe a todas.

Row frunce el ceño.

—¿Qué ocurre? —pregunta, cruzándose de brazos.

Suelto un suspiro tembloroso.

—Nada más despedirnos, Madre me llamó y me encargó otro objetivo.

Alza una ceja con el gesto cargado de sospecha.

—Mejor me lo pasas —responde, encogiéndose de hombros—. Ya has cumplido por hoy, así que pasemos a lo siguiente. — Extiende la mano—. Dame el puñetero objetivo que te endosó Jesse.

Ojalá fuera así de sencillo. La miro y, en cuanto lo hago, sé que ya no hay vuelta atrás.

—No puedo. —«Allá vamos»—. No eliminé al objetivo que me encargó Madre.

El silencio que sigue me pone nerviosa.

—Explícate —dice al fin, más seria.

Sabe lo que implica que un encargo no se cumpla: problemas.

Trago saliva.

—Es Terry.

Las palabras caen entre nosotras como el origen del puto Big Bang.

Row no dice nada. Ni un comentario sarcástico ni una broma fuera de lugar. Y eso, viniendo de ella, inquieta más que cualquier brote.

—¡Di algo, joder! —exclamo, perdiendo la paciencia.

De repente, estira la mano y me pega un pellizco brutal en el brazo.

—¡¿Qué coño haces?! —me quejo, apartándome.

Voy hacia la zona de estar frotándome la piel dolorida y la fulmino con la mirada. La cabrona me ha retorcido el pellejo como si quisiera arrancármelo.

—Solo quería asegurarme de que no estabas sonámbula o algo así.

—¿Tú eres tonta? —pregunto boquiabierta—. No se despierta así a un sonámbulo. Podría darle un infarto. O soltarte un puñetazo de puro reflejo.

Neva aparece en la puerta con una caja de galletas en la mano.

—Yo habría pagado por ver lo segundo.

—¿Qué haces comiendo esa basura a estas horas? —gruño.

—Evan se ha ido, y ya sabes que usar mi habilidad me da hambre.

—¡Pues cómete un plátano, no productos cancerígenos!

—El plátano me lo comí antes de que se fuera. —Me guiña un ojo—. ¿Qué me he perdido?

—Nada. La premio Nobel, aquí, delirando, y yo comprobando que no estuviera dormida. Misterio resuelto.

Row se cruza de brazos, imperturbable.

—Felicidades. Lo has averiguado a costa de dejarme un hematoma.

Neva sonríe con descaro.

—Para eso están las hermanas: para apoyarte y generarte traumas.

Pongo los ojos en blanco y me dejo caer en el sofá, agotada.

—Algún día me mudaré lejos de vosotras.

Neva se tira a mi lado sin ningún cuidado.

—Mentira. Durarías dos días antes de enloquecer y ponerte a hablarle a un microscopio.

Lo peor es que eso ya lo hago.

—Loca ya está —interviene Row—. Dice que Madre le ha pasado un encargo y que no ha podido cumplirlo porque se trata de Terry.

Neva se queda con el gusanito a medio camino de la boca.

—Seguro que te has confundido. —Le resta importancia tras unos segundos, negando con la cabeza—. Tanto follar con Jesse te está pasando factura.

Ojalá fuera eso.

—Chicas…

—No, Day —me corta—. Terry está muerto.

Aprieto la mandíbula.

—¡Maldita sea! ¡Sé lo que he visto! Lo conocía demasiado bien como para olvidar su cara —respondo más entera de lo que me siento—. Y, por si fuera poco, me ha llamado por mi nombre.

Se miran entre ellas y sé, sin que digan nada, que no me creen.

Les relato todo desde que nos despedimos en la planta común. Row se pasa las manos por el pelo, desordenándoselo aún más, mientras lo procesa. Veo cómo, poco a poco, encaja las piezas. Cómo busca una explicación que no implique que todo lo que hemos dado por cierto durante años es mentira.

—Me conocéis lo suficiente para saber que no bromearía con algo así —concluyo.

—Joder… —murmura Neva.

—Exacto. «Joder».

—¿Cómo es posible? —pregunta Row.

Niego. Yo tampoco soy capaz de procesarlo.

—Esto es un problemón.

Me río sin ganas.

—No me digas.

—No, en serio. —Se acerca y se sienta frente a Neva y a mí—. Esto es grave, Day. Si lo ha encargado Madre… —Hace una pausa y sacude la cabeza—. Nao tiene que enterarse.

Asiento y me llevo la mano al pecho porque me duele.

—No es un objetivo cualquiera —expongo, sintiendo crecer la presión en el pecho—. Es alguien con quien tenemos un pasado.

—Es un asesino —sentencia Row sin apartar la mirada.

—Mató a los chicos, Day —dice Neva con suavidad, como si necesitara que me lo recordaran.

—Lo sé…

Maldita sea, claro que lo sé.

Pero, antes de acabar con él, necesito respuestas. Porque mi instinto lleva años distinguiendo a los monstruos antes incluso de que hablen.

Y, por primera vez, me está pidiendo que no apriete el gatillo.