Ayer (Arpías 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

Day

G enoLabs no es solo un laboratorio. Es uno de esos sitios por los que cualquier científico vendería su alma con tal de conseguir un puesto. Aquí no se espera que seas brillante, se exige. Y, si no, a la puta calle.

Yo estoy en el punto intermedio: sé que valgo lo suficiente para formar parte del equipo, pero también que me queda mucho por aprender. Soy una novata con complejo de esponja hiperactiva que quiere dejar huella en el mundo, no pasar de puntillas por él.

Lo que casi nadie sabe es que GenoLabs es solo la cara visible de algo mucho más grande.

De cara a la galería es un laboratorio puntero, con sus premios y sus visitas guiadas para inversores de farmacéuticas, medicina estética y genética.

Pero debajo de todo eso está A.R.P.Í.A.S, una empresa privada, supervisada y avalada por la agencia de inteligencia secreta del país.

La agencia de seguridad nacional es quien firma lo que nosotras ejecutamos.

Somos asesinas, sí, pero también un recurso. Uno muy útil, que no hace ruido ni deja huellas.

Porque el sistema falla más de lo que nos gusta admitir…

Falla cuando una mujer denuncia y nadie la escucha hasta que aparece muerta.

Cuando un niño tiene que convivir con su monstruo porque no hay pruebas.

Cuando a un hombre peligroso le caen cuatro días de condena o sale absuelto mientras su víctima carga con las secuelas el resto de su vida. Si es que sobrevive.

Ahí es donde entra A.R.P.Í.A.S., Agencia de Respuesta y Programación de Individuos de Perfiles Avanzados.

Nací distinta, marcada, especial…, y alguien nos dio un propósito.

Cuando elimino a uno, me repito que el mundo respira un poco mejor sin él.

Y casi siempre me lo creo. Sé que estoy haciendo lo correcto, lo que nadie más se atreve a hacer, y eso debería bastarme.

Lo que mi cabeza tiene claro, a veces mi cuerpo tarda más en aceptarlo.

Pero esa es la maldición de sentirlo todo: que hasta la justicia te deja un regusto raro.

Porque si hay objetivos a los que el Estado no puede acercarse sin mancharse las manos, gente intocable, blindada, que la ley no alcanza por mucho que lo merezca, actuamos nosotras.

Somos un recurso silencioso que no figura en ningún presupuesto y que actúa donde un tribunal jamás llegaría.

Cuando llego al laboratorio, mi lugar favorito en la tierra, recorro el pasillo principal con los tacones repiqueteando sobre el suelo pulido.

Cada rincón brilla con una pulcritud que haría llorar de emoción a cualquier microbiólogo obsesivo.

Paso la tarjeta por el lector y la puerta se abre con un clic.

Aquí todo está esterilizado: una contaminación de nada puede echar a perder años de trabajo.

Se me escapa una sonrisa porque tengo que reconocerlo: este sitio me pone.

Intelectualmente hablando, claro. Aunque puede que entre estas paredes haya tenido más orgasmos de los que pienso admitir jamás.

Es lo que tiene no mantener vida social: que el trabajo se te mete en lo personal.

Y cuando digo «se te mete» me refiero a Jesse…

Pero este sitio no es solo un trabajo: es la prueba de que lo que soy importa.

Y si soy algo se lo debo a ella. A las chicas les cuesta entenderlo, pero lo que Madre hizo por nosotras no está pagado.

Éramos bebés cuando llegamos a GenoLabs.

Es la historia que conozco desde que tengo memoria, la repito sin pensar: nuestros propios padres nos desecharon al descubrir en nosotras un gen extraño, un defecto que podría acarrear muchos problemas —y muy caros— que podían desembocar en algo peligroso.

Eso éramos para el mundo: un error peligroso que había que corregir.

Y no fuimos las únicas; había más niños como nosotras, repudiados por las mismas familias que debían protegerlos, asustados de lo que llevaban dentro.

Madre, que es un puto genio, nos salvó a todos. Ella dice que «a medias» porque nunca encontró la cura. Pero nos enseñó a vivir con nuestras habilidades en vez de morir por ellas. A dominarlas. A convertirlas en herramientas con un propósito.

Y nos crio. A su manera disciplinada y casi militar.

Con normas más que con cuentos. Pero fundó un hogar donde lo que éramos no diera asco.

E hizo que nos entrenaran desde pequeñas en artes marciales, combate y todo lo que necesitábamos para que nadie volviera a dudar de nuestra valía.

A mi parecer, le debo el aire que respiro.

Descubrí mi habilidad a los cinco años. Convivir con otros niños de tu misma edad conlleva que haya muchas riñas, bastante frustración y demasiada algarabía.

Cada vez que uno de mis compañeros sufría o se alegraba en exceso, yo lo percibía de la misma forma que ellos. Pasé varios meses llorando sin razón, o expresando una alegría inusitada que hacía que mi personalidad pareciese una auténtica montaña rusa.

Al criarnos en un edificio anexo a GenoLabs, estábamos en continuas revisiones. Tener como figura materna a una de las mejores científicas del país tiene sus ventajas.

Me realizaron tacs cerebrales, resonancias, contrastes…

Fueron diferentes pruebas para poder descartar enfermedades congénitas o por si mis cambios de humor se debían a algún tipo de tumor cerebral.

Cuando todo salió negativo, la doctora Walsh determinó que era algo que escapaba a la ciencia.

Es lo que siempre nos contó, y nunca tuve motivos para dudarlo.

Avanzo y veo a algunos compañeros enfrascados en lo suyo, al pasar por su lado. Me reconforta esa clase de concentración. La ciencia es un constante ensayo y error hasta dar con la respuesta.

Antes de llegar a mi despacho, veo luz en el de Madre, así que voy directa. No sé cómo lo hace, pero siempre sabe cuándo estoy a punto de aparecer. Sabe todo lo que ocurre dentro de este edificio, y me atrevería a decir que también fuera de él.

Llamo una vez.

—Adelante, Day.

Juraría que en otra vida fue bruja. Aunque no se me ocurre insinuarlo. Madre cree en la ciencia, no en el misticismo. Aun así, mis hermanas, que no tienen tanto reparo, la llaman «el ojo que todo lo ve». Y si han bebido la cosa se desmadra.

Empujo la puerta y la encuentro como siempre.

Por muchas horas que lleve aquí, su aspecto es impecable.

Rondará los cincuenta y cinco; el pelo rubio, recogido en un moño, con algunas canas que, lejos de restarle, la hacen más sofisticada.

Tras las gafas, unos ojos verdes que delatan lo lista que es.

Si la perfección tuviera forma humana, se le parecería bastante.

Hay algo que nunca le he confesado a nadie.

De niña, Madre era la persona más fácil de leer del complejo: la sentía entera, con sus prisas, sus cálculos, alguna rara ternura que se le escapaba sin querer.

Pero con los años se fue apagando. No su inteligencia, esa sigue intacta.

Sus emociones. Hoy, cuando intento captarla, no encuentro picos ni grietas.

Ni ira ni impaciencia ni satisfacción. Solo una superficie lisa, plana, como una sala esterilizada donde nada vive.

Siempre he supuesto que es disciplina, años de aprender a no sentir.

Es lo más lógico. Y, sin embargo, cada vez que lo pienso, algo dentro de mí se remueve.

—Me has hecho venir con nocturnidad y alevosía —digo con una sonrisa medida, cerrando la puerta a mi espalda—. Empiezo a pensar que tienes algo personal contra mis horas de sueño.

Ella no sonríe. Nunca lo hace cuando se habla de trabajo.

—Antes no te quejabas tanto, Dayane. Desde que no vivís aquí os habéis vuelto más holgazanas.

Odio que me llame la atención. Seguro que a su querido Jesse no se la llama.

Sus dedos se posan sobre una carpeta negra sin logo ni letras para no delatar lo que guarda dentro. La desliza hacia mí con un gesto elegante, sin florituras. Como si no me estuviera entregando el final de la vida de alguien.

—Ahí tienes la información disponible.

«Disponible». Curiosa forma de decir «insuficiente». De vez en cuando llegan encargos así. No tan documentados como los que nos trae Jesse.

Le echo un vistazo por encima.

—¿No hay más información? —pregunto, alzando la vista.

—No.

Directa y concisa. Madre no se anda por las ramas ni da explicaciones de más. No me quejo, me ha moldeado a su imagen y semejanza, pero a veces me gustaría que fuera un poco menos profesional y algo más humana.

Recorro el dosier con la mirada, buscando pistas donde apenas hay datos.

Solo pone que el sujeto está implicado en el asesinato de tres personas, a los que presuntamente ejecutó a sangre fría antes de desaparecer sin dejar rastro hace años.

En la escena se hallaron restos de ADN que lo vinculan de forma directa con el crimen, pero jamás lo condenaron.

Desde entonces se le considera extremadamente peligroso, impulsivo y violento.

Es inteligente y por primera vez en años, han conseguido localizarlo.

«De puta madre… Me ha tocado la joya de la corona».

Más abajo encuentro lo único que puede servirme: dónde y cuándo encontrarlo.

Es la dirección de una conocida discoteca del centro. Solo saben que estará a una hora exacta en la barra. Tiene el pelo castaño. Y lleva cazadora de cuero negra sobre una sudadera con capucha. Nada más. Ni una foto ni un nombre ni un patrón de conducta.

Frunzo el ceño. No es la primera vez que Madre me pasa un encargo así, clandestino, escueto, al margen del circuito habitual.

Y, aunque jamás lo diría en voz alta, esos son los que me dan mal rollo.

Los que llegan sin rostro y sin explicación, como si lo importante no fuera quién muere, sino que muera sin que nadie sepa por qué.

«¿No te fías de ella?», me reprocho. Pero claro que me fío de Madre. A Madre no se le discute ni se le niega nada, sus razones tendrá. Y si decide que yo no debo conocerlas será por algo.

Sus deseos son órdenes para mí.

—¿Algún problema? —pregunta.

—Ninguno. —Cierro la carpeta—. Con esto me basta. Daré con él.

Y es verdad. Solo necesito que sea el único hombre rubio con cazadora de cuero apostado en esa barra a esa hora. El resto lo hará mi habilidad. La afinaré hasta dar con el único que apeste a lo que apestan los que se lo merecen.

Aun así, al guardarme la carpeta bajo el brazo, un escalofrío extraño me recorre la nuca. Será el cansancio.

—Hazlo esta misma noche —ordena sin apartar la mirada.

—Lo intentaré.

—No lo intentes. Hazlo.

Esa es toda la despedida que necesito. Esa y que Madre vuelva a enfrascarse en su pantalla, ajena a mí.

Salgo con una angustia que me trepa por el pecho, pero la ignoro como hago con toda emoción que no me encaja.

Paso por mi despacho a recoger lo que necesito. Nada tan eficaz como una jeringuilla de aire entrando donde no debe: rápido, discreto y la muerte parece un simple accidente. No disfruto del espectáculo ni de la sangre de más. Cuanto menos ruido haga el cuerpo al caer, mejor.

Aun así, no soy tan ingenua como para fiarlo todo al plan previsto. Por eso cojo también una pistola y me la guardo en el bolsillo del abrigo. Es pequeña, ligera y tiene silenciador. Un plan B por si el objetivo no quiere morirse de forma civilizada.

La experiencia me ha enseñado que siempre hay algo que se sale de control.

Por eso entrenamos desde niñas: jiu-jitsu , krav magá, muay thai , cuerpo a cuerpo.

Cada disciplina te enseña dónde golpear, cómo inmovilizar, cuánto daño hace falta para que un hombre que te saca dos cabezas termine de rodillas y suplicando.

Lo lógico sería una patada en las pelotas, pero algunos aguantan el dolor mejor de lo que conviene.

Por norma, nuestros objetivos nos superan en tamaño y en fuerza bruta. Nos miran y solo ven a mujeres inofensivas. Ese es su primer error. El segundo es intentar tocarnos.

No me hace falta medir metro ochenta ni tener la espalda de Hulk para romperle la nariz a alguien o dejarlo seco en el suelo. A mis hermanas tampoco. Rectifico: a mis hermanas menos todavía. A más de uno lo han hecho llorar y mearse encima de puro miedo.

Nos entrenaron a conciencia. Y hay cierto placer en que te subestimen: nunca ven venir el golpe hasta que ya lo tienen encima.

Esta noche voy a ciegas, y algo me dice que no estaría de más usar, llegado el caso, todo lo que sé.

Lo último que quiero es ser yo la que acabe muerta. Y menos a manos de alguien que, no me cabe duda, lo disfrutaría.