Ayer (Arpías 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

Neva

C ierro la puerta del apartamento con un golpe seco y apoyo la espalda contra ella.

Mierda.

No tendría que haber dejado que Evan estuviera en mi apartamento mientras nos entregaban trabajos. Al menos Jesse no se ha enterado o me hubiera caído una buena. Y ahora Evan está de pie en mitad de mi apartamento, completamente rígido, mirándome como si fuera un monstruo.

—¿Qué es eso? —pregunta, señalando la carpeta que aún tengo en la mano.

No está enfadado. Está asustado. Y eso casi me duele más.

—Evan, cariño…

—No. No me vengas con evasivas. —Me arranca el dosier de las manos. Abre la carpeta del todo y señala la fotografía sin atreverse a tocarla—. ¿Qué significa «objetivo»? ¿Qué significa «ejecución autorizada»? ¿Por qué hay una fecha?

Cada pregunta cae como una puñalada a nuestra relación, y yo no puedo responder a ninguna.

Porque contestarlas implica perderlo. Porque la verdad es demasiado grande para alguien que todavía cree que el mayor delito que he cometido es colarme en el cine con una bolsa de golosinas escondida en el abrigo.

Él da un paso hacia mí.

—Neva…, ¿quién eres?

Durante un instante me lo planteo de verdad.

Contarle que soy una asesina criada en un laboratorio, que llevo matando desde antes de aprender a conducir, que borrar recuerdos es la parte más amable de mi trabajo.

Que la chica que se pasa los fines de semana haciendo collares de macarrones con sus alumnos y enseñándoles a pintar con los dedos también sabe dónde clavar un cuchillo exactamente para que un hombre del doble de su tamaño deje de respirar sin gritar.

Pero entonces lo miro a los ojos.

Esos ojos que hace apenas diez minutos brillaban mientras se tiraba por el tobogán como un crío y… No. No voy a romper eso.

Me acerco despacio y él no retrocede. Todavía confía en mí, y esa confianza pesa más que cualquier cadáver que haya cargado.

—Lo siento, mi vida.

Apoyo la palma sobre su antebrazo. El contacto dura apenas un segundo.

Lo justo. Siento el recuerdo abrirse como una página: la carpeta sobre la mesa, su mano tomándola por curiosidad, la fotografía, las preguntas, el miedo...

Todo. Lo sujeto con cuidado, casi con ternura, como quien recoge una mariposa para no romperle las alas. Y, entonces, la suelto en la oscuridad.

Evan pestañea. Una vez. Dos. Su expresión cambia por completo: el miedo se le borra de la cara como tinta bajo el agua. Frunce el ceño, mira el salón, después a mí y vuelve a mirar alrededor.

—… ¿Cuándo hemos subido?

Parpadeo con toda la naturalidad que soy capaz de fingir, que es muchísima.

Mi estómago ruge. Siempre acabo hambrienta después de usar mi habilidad. No sé por qué. A mis hermanas no les pasa, solo a mí.

—Hace un rato. Estabas hablando de no sé qué torneo de videojuegos, y cuando me he querido dar cuenta, ya te tenía pegado a mí en el montacargas.

Él sigue observándome con esa cara de pez recién sacado del agua que me parece tan adorable.

—Ya…, pero… lo último que recuerdo es estar tirándome por el tobogán.

Me llevo una mano a la barbilla, como si reflexionara muy en serio.

—Eso explica muchas cosas.

—¿Qué cosas?

—Que hayas desarrollado teletransporte.

Él arquea una ceja.

—¿Teletransporte?

—Has bajado tan rápido por ese tubo que has atravesado el espacio-tiempo. —Asiento con solemnidad—. Es la única explicación científica que se me ocurre. Y mira que mi hermana Day sabe de esto.

Se queda mirándome unos segundos antes de negar con la cabeza.

—Eres idiota.

—Un poco.

—Mucho.

—Puede ser. —Me encojo de hombros.

Acaba riéndose, una risa pequeña y desconcertada que me sabe a victoria. La gente subestima lo difícil que es hacer reír a alguien al que acabas de robarle un trozo de su propia vida.

—No sé…, tengo la sensación de que me he perdido algo.

Mi corazón da un vuelco minúsculo. Pero sonrío, porque sonreír es mi mejor disfraz.

—Sí —le confirmo.

—¿El qué?

—Que me debes un beso desde hace por lo menos… cinco minutos.

Él finge pensarlo.

—Cinco minutos son muchos minutos.

—Exacto.

—Voy con retraso.

—Muchísimo.

Se acerca hasta quedar a pocos centímetros y me rodea la cintura con esa torpeza dulce que tiene siempre, como si todavía le sorprendiera tener permiso para tocarme.

—Habrá que solucionarlo.

—Es lo correcto.

Sonríe y, entonces, me besa. Despacio, sin prisas, como hace siempre.

No hay urgencia ni hambre ni esa electricidad capaz de incendiar una habitación.

Con Evan nunca la hay. Y, sin embargo, es cómodo, cálido, como ponerse una sudadera enorme en pleno invierno.

No me acelera el pulso. Me lo calma. Y supongo que eso también tiene su valor.

No es lo que esperaba de él, la verdad. Siempre pensé que sería un chico malo. Uno de esos que saben moverse por la dark web , entrar donde otros no entrarían y desaparecer sin dejar rastro. Un hacker . Alguien que vive cerca del peligro.

Pero la realidad es mucho menos cinematográfica.

La mayor parte del tiempo arregla ordenadores de señoras que olvidan la contraseña del correo, instala antivirus, recupera discos duros y explica, por décima vez, que apagar el monitor no reinicia el ordenador.

Su faceta clandestina existe, claro que existe, pero es apenas un cuarto secreto dentro de una casa llena de habitaciones.

Comparado con mi mundo, es un corderito con sudadera negra de Star Wars .

Y quizá por eso sigo aquí. Porque con él no necesito estar alerta.

No necesito calcular las salidas de un edificio, ni pensar cuántas personas tendría que matar si alguien intentara secuestrarme, ni vigilar la puerta cada vez que oigo pasos en el rellano.

Con Evan puedo respirar. No despierta esa pasión devastadora que te empuja a cometer locuras; despierta algo mucho más extraño y mucho más raro de encontrar en mi vida: la tranquilidad.

Y para alguien como yo, criada entre sangre, órdenes y cadáveres, la tranquilidad es casi un lujo. Casi una droga.

Cuando el beso termina, apoya la frente contra la mía.

—¿Sabes una cosa, nena?

—¿Cuál?

—Creo que voy a tirarme otra vez por ese tobogán.

—¿Porque te ha gustado?

—No. —Sonríe—. Porque quiero comprobar si vuelvo a teletransportarme.

No puedo evitar reír, y mientras él ríe conmigo, le aparto con los dedos un mechón de pelo de la frente y pienso, con la misma ternura con la que le acaricio, que acabo de borrar el peor minuto de su vida sin que él sepa siquiera que alguna vez existió.

Que mañana se despertará a mi lado convencido de que su novia es una chica de purpurina, vestidos de colores y collares de macarrones, y que esa será también la verdad. Solo que no toda.

A veces pienso en borrarme mi peor minuto, pero no puedo hacernos eso, no quiero dejar de recordar, aunque duela.

Le doy golpecitos en el pecho para que se agache y le doy un beso pequeño en la punta de la nariz.

Mi pobre corderito friki no tiene ni idea de lo fácil que me sería matarlo y luego hacer un dibujo con purpurina para pegarlo en la nevera.