Capítulo 4
Day
—D ame la ficha, Day —exige Row—. Yo me encargo.
Niego y sostengo los papeles contra mi pecho mientras me subo las gafas por el puente de la nariz.
—No seas cabezona, DayDay —se inmiscuye Nao—. Si no cedes, estará detrás de ti como un perro tras un hueso.
—Qué curioso… Pensé que la única perra que había aquí eras tú —contraataca Row.
—Te lo recordaré cuando vengas lloriqueando para que te haga otro tatuaje y te lo niegue.
—Puta… —murmura Row.
Nao le dedica una mirada diabólica, y sé que, en su lenguaje, es como una risotada siniestra.
—No os preocupéis por mí, lo haré —intervengo antes de que se enzarcen.
—Sabes que cualquiera de nosotras se encargaría por ti sin despeinarse —insiste Nao.
Neva asiente, uniéndose a la causa.
—Lo sé —comento con una sonrisa agradecida—, pero Jesse lleva razón. No puedo acomodarme.
—¡No me jodas, Day! —se queja Row—. ¿En qué universo paralelo Jesse tiene razón?
—En el nuestro la mayoría de las veces —señala Neva.
—Tu opinión no cuenta —rebate Row—, siempre haces de abogada del diablo. Y la de Day tampoco, le ha lavado el cerebro a base de pollazos. —Me observa de soslayo—. Jesse es un gilipollas y punto.
Nao alza la mano, en un gesto gracioso, secundando sus palabras.
—No seré yo quien diga lo contrario —claudico—.
En cuanto a que es un gilipollas me refiero.
Además, el sexo tampoco es tan bueno, solo práctico.
—«Mentirosaaa», canturrea una vocecilla en mi mente—.
El caso es que me apetece hacerlo. Igual hasta lo disfruto y todo.
—Sonrío con malicia—. Odio cuando un médico olvida el juramento hipocrático.
—Así me gusta, DayDay —me anima Nao. Y con un movimiento de dedos, añade—: Inyéctale una de esas pociones tuyas y déjalo tieso.
Todas nos carcajeamos de su sugerencia, aunque he de decir que no va mal encaminada.
Mientras que al resto les gusta recrearse, mis métodos para eliminar objetivos suelen ser limpios a la par que eficaces. Nada como una inyección letal que les pare el corazón.
Rápido, silencioso y, lo que es más importante, no deja rastro.
Escuchamos un ruido y nuestras miradas se dirigen al rincón del comedor, donde, por el tobogán, se desliza Evan.
—¿Tienes a tu novio en tu apartamento mientras hablamos de trabajo? —cuestiona Nao con un tono acusatorio a Neva.
—Ups…
—Hola, Evan —saludo cuando cae con gracia en mitad de la sala.
Él cabecea a modo de saludo mientras se acerca a Neva por la espalda y deposita un beso en su cuello.
Reconozco que ver esa muestra de cariño y cómo mi hermana cierra los ojos con placer me genera una punzada de envidia.
Pero la aparto. Yo no quiero eso. Mi vida está centrada en la ciencia, aunque a veces…
«¡A veces nada!», grita mi parte racional dentro de mi corteza prefrontal.
—No pretendía molestar, nena, pero me tengo que ir —dice Evan.
Por supuesto, la sonrisa que le dedica ella tampoco me genera ninguna envidia. Qué va.
—¿Tienes que salvar el mundo a través de algoritmos cibernéticos?
Evan es informático. Y, por lo que cuenta Neva, muy bueno. Es capaz de pasearse por la dark web sin dejar rastro.
—Ya sabes que el mal nunca descansa.
«Puf, que nos lo digan a nosotras».
—Mi héroe —le dice Neva, batiendo sus pestañas con ímpetu cómico.
—¿Y esto de GenoLabs qué es? —Ladea la cabeza con esa curiosidad de crío que tanto me gusta—. ¿Trabajáis para ellos o algo?
Y antes de que nos demos cuenta, está leyendo la ficha que pertenece a su chica.
—¿Abusos, amenazas…? ¿Qué demonios es esto, Neva?
Joder, otra vez…
—¡Evan! —Le arrebata Neva los documentos de las manos—. ¿Qué dijimos de no traspasar los límites?
—Me parece que alguien va a tener que recurrir al método clear —se jacta Row, acomodándose en su sillón.
—¿Me puedes explicar de qué va todo esto? —le exige Evan.
Neva suspira.
—Claro, cariño. Vamos a mi apartamento y te lo contaré todo.
Presenciamos cómo lo empuja con suavidad hacia el montacargas. Y al verlos desaparecer, el resto nos miramos en silencio. Es Row la que lo rompe diciendo:
—Al final lo dejará idiota de tanto flashearlo . —Niega con la cabeza.
—Ya te digo… —opina Nao—. ¿Cuántas veces se lo ha hecho ya?
—Incontables. El tío es demasiado curioso. Bueno, yo me marcho —anuncia—. Tengo una cita con un nonagenario.
Rebusca entre la pila de prendas que tiene esparcidas por su sofá hasta localizar su cazadora de cuero.
—Cuando se tiene una cita, lo más aconsejable es que les lata el corazón —comenta Nao.
—Te aseguro que, de esta forma, dan muchos menos problemas. —Y mostrándonos el dedo corazón, se despide—: Nos vemos, perras.
Cuando desaparece, Nao y yo nos quedamos solas y noto que me observa con descaro.
Nao es como un erizo, si te acercas demasiado, pincha. Sin embargo, tiene la habilidad de leernos mejor que nadie. Y no se trata de ningún superpoder, es algo innato en ella, lo que es bastante peor.
—Deberías pasarte por el estudio de tatuajes…
—Estoy bien.
Me pongo en pie. Lo que menos me apetece ahora mismo es tener esta conversación.
—No, no lo estás, Day. —Sin apenas darme cuenta, la tengo a mi lado—. Se te está borrando…
Siento cómo su pulgar me roza el hombro.
Me zafo de su agarre e intento mantener una distancia prudencial.
—Te repito que estoy bien.
Noto un sabor dulzón en el fondo de mi garganta. Así es como sabe la lástima, y lo detesto.
—Has reconocido que oyes demasiado ruido —me recuerda.
—No es nada que no pueda controlar. —Me enderezo a la defensiva.
Ella suelta un hondo suspiro. Sabe que, por mucho que insista, si yo me niego no puede hacer nada.
—Prométeme que, cuando se vuelva insoportable, vendrás a que te lo repase. —Dirige su mirada a mi hombro, donde tengo un tatuaje.
Asiento.
—No —insiste con dureza—. Quiero oírtelo decir.
Frunzo los labios.
—Te lo prometo.
Al instante, Nao se queda tranquila. Sabe que nunca fallo a una promesa, por eso necesitaba que la verbalizara en voz alta.
—¿Te apetece salir a tomar algo? Me han hablado de un local nuevo donde tocan música indie en directo.
La miro con horror.
¿Un pub? ¿Rodeada de una multitud de extraños con centenares de emociones dispersas?
—Nah… Creo que paso —declino la oferta—. Lo único que deseo es llegar a mi apartamento, darme una ducha y meterme en la cama. Hoy Mike me ha dejado molida.
—¿Por qué todavía no te has follado a tu fisioterapeuta?
—Porque es más aburrido que una película muda.
—Para llegar al orgasmo no necesitas que hablen. De hecho, esos son los mejores.
Me entra la risa.
—Cierto. Pero necesito que tengan sangre en las venas.
Cuando comencé a ir a su clínica, pensé que Mike era el hombre perfecto: educado, culto, silencioso… Tres sesiones después comprobé que todos esos atributos los lleva al exceso. Es muy bueno en su trabajo, no merecía la pena tener que buscarme otro fisio por un polvo insatisfactorio.
Cuando estoy con alguien necesito pasión. Necesito que me reten, que no me lo pongan fácil, que sepan lo que quiero, incluso cuando ni yo misma lo tenga claro. Alguien que no tema llevarme al límite y hacer que pierda el control que tanto me empeño en mantener en cada aspecto de mi vida.
Quiero intensidad. Manos que no duden, que me hagan sentir y olvidar.
Y Mike, bueno, conozco sus manos, y digamos que dudo que fuese capaz de provocar algo así en mí. Mientras que Jesse…
Hay algo que descubrí hace años y que guardo solo para mí, porque es la clase de cosa que ni yo, con todo mi método, sé explicar del todo.
Cuando un hombre me atrae de verdad, cuando lo deseo hasta que me hierve la sangre, dejo de poder leerlo.
Así, sin más. Es como si el calentón me cegara, y justo con la persona que más me interesaría descifrar me quedo a oscuras.
Al principio creí que era casualidad. Luego, como buena científica, lo puse a prueba.
Y comprobé que el bloqueo se levanta en cuanto me acuesto con ellos: consumado el deseo, la cabeza se me despeja y vuelvo a leerlos como a cualquiera.
Atracción no satisfecha igual a ruido; atracción saciada igual a señal limpia.
Una ecuación sencilla, casi decepcionante de tan lógica.
Por eso, en parte, no me angustia tanto este descontrol. Es química, nada más. Y la química, antes o después, se resuelve.
—Jesse no es bueno para ti, DayDay —dice Nao como si me leyera la mente.
—Jesse me importa un cojón. —Nao me observa con una ceja levantada—.
¿Qué? Es verdad. Es insufrible, arrogante, manipulador y jodidamente insoportable.
Cree que siempre tiene la razón y que está por encima de todos.
—Resoplo, me cruzo de brazos y continúo, porque parece que, cuando saco a relucir los defectos de mi némesis, no hay quien me pare—: Es un provocador nato, un chulo sin filtros y un dolor de cabeza constante.
—Espero que te acuerdes de todas estas cosas la próxima vez que te pongas cachonda en su presencia. —Y, tras decir esa frase lapidaria, mi hermanita se marcha.
«Gracias, Nao. Lo dices como si yo no me lo repitiera una y otra vez…».
Debería evitar estar a solas con Jesse, pero, por alguna extraña razón que detesto, siempre acabo cayendo en sus garras. Quizá se deba a que el único momento en el que Jesse Jones y yo nos ponemos de acuerdo en algo es cuando estamos follando.
Nirvana rompe el silencio en el que estoy sumida y rebusco el móvil en el bolso.
Al ver el identificador de llamada, sé que mi plan de ducha y cama se acaba de evaporar sin remedio.
—Madre —saludo nada más contestar.
—Dayane —responde al otro lado, seria y concisa—, tengo un objetivo y solo confío en ti para que te hagas cargo de él.
Cierro los ojos. Una parte de mí siempre quiere decir que no. Esa parte ruidosa que siente lo que sienten los demás y que se queda con cada eco demasiado tiempo. La otra, la que importa, la que Madre entrenó, ya sabe lo que va a contestar:
—Claro, dime.
—Es un encargo delicado —la oigo decir al otro lado de la línea.
«¿Y cuándo no lo es?».
—De acuerdo —asumo, sabiendo que la palabra «delicado» siempre viene acompañada de complicaciones.
—Sabía que podía confiar en ti —añade satisfecha.
Y ahí está la aprobación que siempre espero de ella. Esa cadena invisible que nunca me planteo romper por pura responsabilidad.
Madre no es solo quien me dio una oportunidad cuando nadie más lo hizo. Es la mente que más admiro, el referente que guía cada paso que doy en el laboratorio y la científica a la que aspiro parecerme algún día.
Ella sabe que negarme no entra en mis planes.
—Me encargaré —digo sin dudar.
—Bien. Te espero en GenoLabs para facilitarte el dosier con los detalles. Hasta ahora.
—Enseguida voy.
Tras oír mi respuesta, cuelga. Sin añadidos.
Madre, o la doctora Walsh, como mayormente la conocen, no es de conversaciones banales.
No puedo reprochárselo, a mí tampoco me gusta irme por las ramas, pero de vez en cuando un «qué tal estás» o «hasta ahora, cariño» no hace daño a nadie…
Me quedo unos segundos mirando la pantalla apagada del móvil, como si esperase que volviera a iluminarse, aguardando una despedida distinta por su parte, sin embargo, sé que no va a ser el caso.
Suelto el aire despacio y me paso una mano por el pelo.
No sé en qué momento he pasado de no desear encargarme de ningún objetivo a tenerlos a pares.
«Esta es tu vida, Day», me digo. «Científica de día. Verdugo… cuando me lo ordenan».