Capítulo 3
Jesse
E n cuanto pongo un pie en el complejo, lo hago sin mirar a ninguna en especial. Mucho menos a la científica que intenta, siempre que puede, sacarme de mis casillas.
Entro de buen humor. Como si nada hubiera pasado. Como si Day no hubiera insinuado que, hace solo un momento estaba con otro hombre.
—Buenas tardes, Ángeles. Aquí está vuestro Charlie.
—Déjate de rollos, Jesse —bufa Row, tirada de cualquier forma sobre su sofá—. Ni nosotras somos Ángeles, ni tú eres Charlie.
—Desde luego… Vosotras sois unas A.R.P.Í.A.S. —Sonrío condescendiente, mencionando las siglas del proyecto secreto al que pertenecen.
Esquivo una bota con la puntera reforzada por los pelos.
—Suelta rápido y de golpe la información y lárgate.
—Deberías saber, querida Row —bajo mi voz a una más seductora—, que a mí me gusta hacer las cosas de forma lenta y profunda… —Le guiño un ojo y miro a Day sin querer, la cual me ignora de forma deliberada con las mejillas sonrojadas.
—Vale, machote, ya nos ha quedado claro que eres un capullo integral —remata Nao desde su asiento blanco inmaculado—. Ahora, habla.
—Algún día voy a plantar mi culo desnudo en ese trono tuyo solo para que deje de ser blanco. —Sonrío de medio lado, dejando que el comentario cale—. Y hablando de mi culo…, ¿cuándo me vais a asignar un sitio? Empiezo a sentirme poco valorado en esta casa.
—¡Joder, se me había olvidado!
Row sale disparada hacia la puerta de la habitación que usan como almacén. El ruido de trastos chocando entre sí anticipa que nada bueno va a salir de ahí. Cuando regresa arrastrando algo con evidente entusiasmo, alzo una ceja.
Las risas del resto estallan incluso antes de que pueda procesar lo que es.
—Fue verla y pensar en ti, Jesse —dice Row con una sonrisa orgullosa.
Frente a mí coloca una vieja silla eléctrica, de esas que solo he visto en documentales de true crime .
Tiene un aire macabro que no necesita presentación. Es de madera oscura, con correas de cuero desgastadas en los apoyabrazos y las patas.
—Vaya… —murmuro, recorriéndola con la mirada—. No sabía que me veías como alguien tan electrizante.
Neva se dobla de la risa desde su puf.
—Es perfecta, ¿verdad? —añade—. Solo te falta enchufarla.
—Tranquila, Arcoíris —respondo sin apartar la vista de la silla—, con vosotras cerca, la descarga está garantizada.
Doy un paso hacia ella, apoyando una mano en el respaldo, como si de verdad me estuviera planteando usarla.
¿Qué coño…?
Tomo asiento, me acomodo y sonrío.
—Debo admitir —inclino ligeramente la cabeza— que esperaba algo peor para nuestras sesiones.
—Te pega mucho —comenta Row—. Necesitas que te aten un rato y se te bajen los humos.
Mi sonrisa se ensancha de forma peligrosa.
—Cuidado con lo que deseas, cariño —replico—. Igual acabo disfrutándolo y todo.
El silencio dura un segundo, antes de que recuerde por qué, a pesar de todo, acabo volviendo aquí.
—Bueno, al lío. Tenemos trabajo —digo, sacando una carpeta negra del interior de mi maletín. La dejo caer sobre la mesa baja y observo cómo las cuatro se tensan de forma automática. Es mi parte favorita.
Nao se incorpora en su silla como si le hubieran dado cuerda.
—Esta vez son cinco —informo, abriendo la carpeta—. Y no son precisamente amables ciudadanos con multas de tráfico.
Deslizo las fichas sobre la mesa una a una.
—Número uno —golpeo la primera—: un profesor de instituto ejemplar a simple vista.
La realidad es bien distinta. —Hago una pausa—.
Selecciona a sus alumnas, las manipula, las aísla y abusa de ellas para terminar quebrándolas.
Cuando se cansa y quiere pasar a la siguiente, las amenaza con arruinarles la vida.
Algunas han acabado suicidándose —expongo.
—¡Mío! —Se lanza Neva a por el informe como si se tratase del último caramelo sobre la faz de la tierra—. Nada como reestructurar el sistema académico.
—Genial, tuyo —acepto conforme—. Número dos…: es un empresario madurito de cara bonita. Pertenece a una red de trata. Gracias a su encanto natural y a su poder adquisitivo engatusa a jovencitas para secuestrarlas y prostituirlas.
Nao, con un movimiento certero, sustrae la ficha.
—Voy a redecorar yo esta cara bonita…
—Nuestro tercer candidato —continúo— es vigilante de seguridad y debe tener contactos. Lo irónico es que usa la placa para encubrir las palizas domésticas. Su mujer ha intentado denunciarlo tres veces. Tres. —Chasqueo la lengua—. Casualidades de la vida, siempre se pierden los informes.
Row aprieta la mandíbula y sé que ya se lo ha adjudicado.
—A ver si tiene los mismos huevos para ponerme una mano encima a mí —murmura—. Prepararé un ataúd recién barnizado con su nombre.
—El cuarto sujeto —prosigo, y mi dedo se detiene un segundo más sobre esa ficha—, este es interesante…
—Alzo la vista un instante y me fijo en Day, que permanece en silencio—.
Tiene un historial limpio e impoluto, pero los cadáveres aparecen a su alrededor como si fueran accidentes.
Ha perdido a sus padres y a su mujer… Todos han fallecido, supuestamente, por causas naturales.
He podido acceder a los informes forenses y descubrí que en todos había índices mínimos de alcohol isopropílico.
—El alcohol isopropílico es un desinfectante que se usa para la limpieza —comenta Day.
—Y también es un potente disolvente para evitar la descomposición. Y nuestro amigo era un aficionado taxidermista en su juventud.
—¿Crees que los envenenó? —murmura Row.
—No lo creo, estoy seguro —le hago saber—. Todos los fallecidos tenían un seguro de vida y, en caso de que les ocurriese algo, él era el beneficiario.
—También me lo quedo —interviene Row.
Antes de que se apodere de la ficha, la aparto.
—¡Eh! —se queja.
—Por último… —La ignoro y cierro la carpeta despacio, creando expectación—. Digamos que este no es negociable y tiene dueño —suelto sin entrar en detalles, porque este me pertenece—. Es un cirujano de medicina estética que viola a sus pacientes cuando están anestesiadas.
—Me lo pido —dice Neva, y niego con la cabeza.
Day no ha tocado ninguna ficha. La observo sin disimulo y noto que está demasiado rígida.
Me encanta que no pueda leer lo que siento. Sé que madre se esfuerza para ser impenetrable a su lado, pero conmigo es distinto. Es como si algo en ella o en mí ya jugara a mi favor. Nunca le he dado demasiadas vueltas. Mejor así.
—¿Qué pasa, listilla? —pregunto displicente para provocarla—. ¿Hoy no te apetece salvar al mundo?
Ella alza la mirada y la clava en mí. No muestra ni una mísera grieta en su expresión.
—No queda ninguno para mí, ya os los habéis agenciado todos —dice finalmente—. Además, estoy muy ocupada.
Suelto una risa cortante.
—¿Ocupada con qué?
Day no responde de inmediato. Sus dedos se tensan sobre el brazo de su sillón.
—Con cosas que no te incumben —comenta, desviando la mirada.
—Por favor, ilumínanos —le pido, cruzándome de brazos y empezando a pensar lo peor. ¿A que se ha echado novio o algo así…?
Ella duda en si hablar. Y Day jamás duda.
—Últimamente… hay demasiado… —aprieta la mandíbula— ruido.
Entiendo a la perfección lo que quiere decir y también comprendo por qué no quiere decirlo en voz alta.
Row ladea la cabeza, observándola preocupada.
—¿Qué significa eso? ¿Te están afectando las emociones más de la cuenta?
Puede que sea la mujer más sarcástica que he conocido y sea capaz de llevar al límite a cualquiera, pero también es la más protectora en cuanto a Day se refiere.
La científica permanece callada y esa es respuesta suficiente.
Row se inclina hacia adelante.
—Pásame al taxidermista, Jesse, me quedo con dos —pide sin mirarme—. O tres si hace falta.
Niego con lentitud.
—Jesse… —advierte.
—He dicho que no. —Mi tono ya no es juguetón, sino que se vuelve frío y profesional—. No puedes sobreprotegerla siempre, Row. Sabes que esto no funciona así.
—No es sobreprotección —replica tensa—. Estoy siendo práctica. Si está saturada, fallará.
—No fallará.
—No fallaré —respondemos Day y yo a la vez.
Day baja la cabeza y Row chasquea la lengua, frustrada.
—No seas imbécil, Jesse. Todos tenemos nuestros límites.
—Y precisamente por eso no puedo permitir que os acomodéis. —Mi voz se vuelve severa—. Cinco objetivos, cuatro arpías, y agradeced que yo os hago un favor para no sobrecargaros a ninguna y me quedo con uno.
—¡He dicho que yo puedo quedarme con dos! —insiste Row, enseñando los dientes.
—No —digo rotundo.
Noto cómo el ambiente se carga.
Neva nos mira, incómoda. Nao nos observa, haciendo apuestas sobre cuál de los dos sangrará primero.
Todas son unas auténticas sádicas. Incluso la eficiente y perfecta Day lo es cuando deja que salga su lado salvaje. Ese que casi nunca se permite mostrar. Y justo por eso no puede escaquearse de su cometido.
Me hago cargo de lo que supone para una persona tan emocional enfrentarse a ciertos monstruos, pero tiene que aprender a dominar su habilidad antes de que la domine a ella.
—Ya está. —Se levanta Day, atrayendo todas las miradas—. Lo haré. No quiero ser el motivo de otra de vuestras discusiones. Dame la ficha —me ordena, extendiendo la mano.
Row frunce el ceño.
—Day…
—He dicho que me lo des —repite, desoyendo a Row y sin quitarme la vista de encima.
Al ver que yo no me muevo, se inclina y toma una de las fichas. Por la mirada que me echa, no ha sido al azar.
Mierda… Es la de Carl Lawrence, la que iba a hacer yo. Con las ganas que le tenía a ese cabrón.
La lee por encima antes de guardarla.
—¿El cirujano estético salido? —Me mira por encima de sus gafas—. Bien, me encargo de este.
Su actitud es fiera, pero un pequeño temblor en sus dedos la delata, aunque intente ocultarlo jugueteando con su anillo.
—Perfecto —digo, levantándome de la silla eléctrica—. Me encanta cuando cooperáis sin necesidad de gritar.
—Vete a la mierda, Jesse —murmura Nao.
Sonrío.
—Siempre es un placer que me invitéis a vuestra casa.
Avanzo para marcharme, pero, antes de salir, digo sin detenerme ni girarme:
—Ah, y no hace falta que recuerde que no tenéis margen de error. A Madre le disgustaría mucho que sus queridas niñas resultasen ser unas ineptas. —Termino de hablar justo cuando bajo la verja del montacargas.
El golpe contra la rejilla no tarda en llegar. Alguna de ellas ha lanzado una caja de galletas, y apostaría a que ha sido Row.
Sonrío mientras el montacargas desciende con ese traqueteo que da la sensación de que te quedarás encerrado para siempre.
Este trasto siempre me ha dado mal rollo, pero me obligo a subir en él porque no pienso dejar que se burlen de mí.
Cuando las puertas se abren en la planta baja, respiro aliviado.
Y mientras cruzo la puerta de salida del edificio, sé que arriba ya me estarán maldiciendo.
Me importa una puta mierda.
Soy bueno en lo que hago y parte de este trabajo consiste en apretarles las tuercas.
Soy único sacándolas de su zona de confort.
Porque nadie mata bien estando cómodo. Es posible que Neva sí.
Ella te puede hacer una sonrisa de payaso con una navaja impregnada en purpurina.
El caso es que nadie ejecuta con precisión si tiene mierdas en la cabeza. Y no podemos permitirnos vacilaciones.
Me llevo las manos a los bolsillos mientras camino por la acera, perdiéndome entre las luces de Chicago y el murmullo constante de gente que no tiene ni idea de lo que ocurre en su ciudad.
Aprieto la mandíbula ante el reflejo de un escaparate que me devuelve mi propia imagen. Quien me observe me verá tranquilo, seguro de mí mismo y controlando la situación. Una maldita mentira de la que no puedo escapar por mucho que quiera.