Ayer (Arpías 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

Day

Para mí un hogar no es una dirección, son las personas con las que compartes el espacio que ocupas en el mundo. Y yo tengo la inmensa suerte de haber encontrado el mío junto a Nao, Row y Neva.

Nao es una tatuadora incapaz de expresar afecto sin insultarte; te llamaría idiota antes de admitir que te quiere.

Neva es una profesora que ve lo mejor de la gente, incluso cuando esa gente no se lo merece; encontraría algo bueno hasta en un asesino en serie.

Y Row es la razón por la que los prospectos de los medicamentos incluyen advertencias.

Trabaja en una funeraria por placer, lo cual ya explica muchas cosas.

Somos solo cuatro chicas de veintiséis años que han decidido que juntas son una familia. Ellas son mi hogar.

Vivimos en un edificio al que llamamos «el complejo» porque, al escucharlo, la gente piensa en algo imponente, lujoso y moderno, cuando la realidad es que se trata de un bloque de ladrillo descolorido, con una escalera de incendios oxidada en el lateral y una azotea que solo junta polvo y antenas.

Es una antigua fábrica de cinco plantas por la que nadie daría un duro por fuera, pero por dentro guarda a las tres únicas personas que me importan en este mundo.

No compartimos sangre, pero eso nunca nos ha hecho falta para llamarnos «hermanas».

Ninguna tuvo un papá que la subiera a hombros ni una mamá que le cosiera el dobladillo. Tuvimos a Madre, la directora del centro donde nos criamos, que no era madre de nadie y lo era de todas.

Cuando decidimos independizarnos hace cinco años, tuvimos claro que queríamos estar cerca.

Tanto que no nos valía ni la misma ciudad ni el mismo barrio: tenía que ser el mismo edificio.

Y esta fábrica era un chollo, perfecta para remodelar.

La idea era que cada una sería dueña y señora de una planta, pequeños estudios íntimos convertidos en nuestros reinos privados.

Y lo son, pero lo cierto es que la mayor parte del tiempo acabamos en la tercera: una zona común con un salón enorme y una cocina de última generación donde todos esos reinos confluyen de forma caótica.

Allí cocinamos, discutimos, nos reímos y existimos juntas.

Mi rincón favorito de esa planta son los sofás.

No pegan nada entre sí porque cada una eligió el que más le gustó, y juntos forman un desastre estético que haría llorar a cualquier decorador profesional.

Pero me gusta pensar que son exactamente como nosotras: cada uno parece contar una historia distinta y, sin embargo, juntos cuentan la misma.

Subo en el montacargas hasta la tercera planta y, nada más cruzar la puerta, las emociones de todas se me echan encima. Es lo que tiene ser como soy. Lo siento todo, lo quiera o no.

Lo primero que me llega es el sarcasmo afilado de Row.

—Eres la última en llegar —saluda, hurgando en la herida. Soy de las personas que odian la impuntualidad. Siempre he opinado que llegar tarde no es un simple despiste, sino una forma silenciosa de decirle al otro que su tiempo vale menos que el tuyo.

Lo dice tirada en su sofá de piel de dos plazas.

Uno tan desgastado que juraría que lo rescató de un contenedor.

Row tiene el pelo largo y oscuro, los ojos más azules que verás en tu vida y el cuerpo entero tatuado.

Y no porque le guste el arte, sino porque es adicta al dolor.

Creo que lo necesita para sentirse viva.

Por algo que ninguna nombramos en voz alta.

A veces pienso que no sé qué hará cuando no le quede más piel que cubrir.

Conociéndola, seguro que se expondría a tratamientos para eliminarlos solo para volver a empezar.

También es especialista en resaltar los errores ajenos.

Ella dice que lo hace para que nos veamos más humanas; yo opino que simplemente lo hace por joder.

—No soy la últ…

Me quedo a media frase cuando Neva baja por su tobogán —sí, vale, tenemos un tobogán que conecta el comedor con su piso. Pero era su ilusión y nadie en su sano juicio le llevaría la contraria en eso— y aterriza con gracia en mitad del salón.

Me cruzo de brazos y le dedico a Row una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Decías…?

—Neva no cuenta. Neva nunca llega, aparece.

—Que llegue la última no significa que llegue tarde —me defiendo, colgando el bolso.

—¿Ha salido de mis labios que llegues tarde?

—De tus labios de víbora nunca sale nada bueno —interviene Nao desde su sofá. Es tan blanco que mirarlo fijamente hace daño a la vista.

Su asiento la retrata igual que a Row el suyo.

Es un sofá blanco, tan limpio y austero que parece un folio sin estrenar.

Ni una arruga, ni una mancha, ni el menor intento de llamar la atención.

Como si hubieran olvidado darle personalidad.

Pero supongo que tiene sentido, porque su dueña ya se ha quedado con toda la disponible.

Nao, con su pelo corto morado salpicado de mechas blancas, parece una tormenta con muy poca paciencia.

Su piel está cubierta de runas que ella misma se tatúa, una por cada cosa que prefiere callarse.

Es de las que habla poco, pero cuando lo hace corta hondo.

Por fuera es pura coraza. Por dentro, una lealtad feroz que no entiende de medias tintas.

—Acércate y te enseño lo víbora que puedo ser… —le dice Row sin apartar la mirada.

—¿Por qué no te enroscas aquí? —responde Nao, enseñándole el dedo corazón.

—¿Qué pasa? ¿Qué me he perdido? —pregunta Neva, dejándose caer en su sitio con una caja de galletas en la mano.

Su asiento es el más imposible de definir.

Es un puf enorme de colores. Como ella. Que es una explosión de color y fuerza.

De esas personas que caen bien al instante, de las que cualquiera confiaría a su primogénito sin pensárselo.

Por algo es educadora artística freelance .

Es extrovertida y carismática, lo que casi nadie ve a tiempo es lo otro…

¿Cómo explicarlo? A Row y a Nao las ves venir de lejos; a Neva no.

Sonríe, te ofrece una galleta y, cuando quieres darte cuenta, ya estás perdido.

Es la más dulce de las cuatro, también la más peligrosa.

—¿Otra vez comiendo esa mierda? —la riñe Nao.

Neva responde metiéndose una galleta en la boca y haciendo ruiditos al saborearla.

—¿Qué te pasa, Day? Vienes con cara de querer matar a alguien —me pregunta.

—Sinceramente… —digo, dejándome caer en mi sofá reclinable gris de ante. El único que no parece sacado de una tienda de saldo—, nada digno de recordar.

—Si necesitas ayuda, dímelo… —Neva me guiña un ojo y cruza los pies sobre la mesa baja—. Soy mejor alternativa que la serpiente…

Row, que iba a por una galleta, se la lanza a la cara. Neva la atrapa antes de que le dé en el ojo.

—Reflejos —dice con chulería—. Por eso sigo viva. —Y se la come sin dudar.

Todas nos reímos.

Las miro a las tres y, por un segundo, antes de que el trabajo nos llame, dejo que esto me baste. Somos cuatro crías a las que nadie quiso, que aprendieron a matar antes que a confiar y que, contra todo pronóstico, crearon un hogar.

—¿Creéis que Jesse traerá muchos encargos hoy? —pregunta Nao a nadie en particular.

Ya tiene puesta la mirada de sanguinaria. La de trabajo.

—Mejor no menciones al Lameculos, que me da intolerancia —protesto.

—¿La intolerancia no la dan los alimentos y la ignorancia? —apunta Neva, jugueteando con un collar hecho de macarrones como si tuviera cinco años. En ella, hasta eso inquieta.

—Y Jesse —añado—. Es verlo y querer cagarme en él.

—Pues, para no tolerarlo, bien que folláis… —salta Row. Si digo que disfruta señalando los fallos no miento.

—No me lo recuerdes, anda…

—Mi oferta sigue en pie —repite Neva, chasqueando los dedos—. Un parpadeo y nadie lo recordará. Ni siquiera tú.

Creo que lo dice en broma, sin embargo, con Neva nunca se sabe.

—Gracias, pero no. Prefiero recordarlo para no repetir semejante error.

Es mi penitencia. Hasta las que intentamos rozar la perfección metemos la pata, y tirarme a Jesse es el error más épico de mi historial. Bueno, errores en plural…

—Pobrecita —ronronea Neva, falsamente compasiva—. Tan lista para todo y tan tonta para lo único que importa.

—Es que es muy fuerte —se suma Row, encantada de tener carnaza nueva—. La tía se sabe el nombre de cada músculo del cuerpo humano en latín, pero se le va la cabeza en cuanto el Lameculos la mira un poco más de la cuenta.

—No se me va nada —gruño.

—Se te va todo —confirma Nao sin piedad—. Sobre todo, la dignidad. Y las bragas.

Aprieto los dientes porque las tres saben a la perfección lo que hacen. Me pinchan justo ahora, que saben que Jesse está a punto de llegar porque el montacargas se acaba de poner en marcha chirriando.

—Callaos. Está al caer —mascullo, acomodándome, como si su presencia no me alterara lo más mínimo.

Odio que esté aquí. Bastante tengo con aguantarlo ocho horas al día en el laboratorio para que encima venga a profanar lo que considero Tierra Santa.

—Dirás que está al llegar —puntualiza Row, sibilina.

—¿Hoy te ha dado por corregirme?

—Es tan satisfactorio que no puedo parar… Eres tan perfecta.

—Tú también podrías serlo si te lo propusieses.

—Uff… No podría dedicarle tanto esfuerzo a algo tan aburrido.

—¡Mi vida no es aburrida! Es compleja, llena de datos y razonamientos que solo perciben quienes han sido entrenados para mirar más allá de lo evidente —me defiendo—.

No persigo el entretenimiento banal, sino el privilegio de formular preguntas que incomodan al mundo y que, a veces, obligan a la realidad a corregirse.

—Tienes razón. —Sonrío—. No es aburrida, es petulante.

—Vete a tomar por culo, zorra.

—¿Ves? Esa es la Day que a mí me gusta, no el futuro premio Nobel que parece que tiene un palo metido por el culo.

Pongo los ojos en blanco porque, por mucho que me molesten sus palabras, no le falta razón.

Lo que ella no entiende es que no me puedo permitir relajarme.

La ciencia no descansa, está en continua evolución.

Y lo peor es que tengo una especie de competición silenciosa con mi acérrimo enemigo, Jesse Jones, el cual acaba de aparecer en el salón con su complejo de divinidad.

El mismo que nos trae las fichas técnicas de nuestros próximos objetivos. Y, por mucho que lo odie, el que me enciende con solo cruzar la puerta porque, por desgracia, sé cómo se mueve, cómo te agarra y cómo gruñe mientras bombea con fuerza en tu interior…

Sacudo la cabeza para alejar la imagen. Si es que lo dicen hasta en los anuncios: la droga mata, y cuanto más lejos estés de ella, mejor.

Y Jesse Jones es droga pura. Más me vale mantener las distancias antes de volverme adicta.