Capítulo 1
Day
S e me escapa un profundo gemido cuando sus dedos se incrustan en un punto exacto de mi anatomía. El sonido que sale de entre mis labios, ronco y cargado de placer, inunda el pequeño cuarto.
Mi cuerpo se contorsiona, preso de las sensaciones.
—No te muevas —murmura Mike a mi espalda con un tono comedido y profundo.
Pero ¿cómo no hacerlo cuando esto que estoy sintiendo no debería ser legal?
—Humm… —Es lo único que atino a decir.
Podría sonar a queja, pero estoy más allá de eso. A pesar de tener los ojos cerrados, noto cómo se me ponen en blanco tras mis párpados.
—Estás demasiado tensa.
«¿No me digas, lumbreras? ¿Por qué crees que estoy aquí si no?».
Necesito que me quite la tensión que me parte en dos. Que con sus manos sea capaz de moldearme a su antojo. Dejar mi mente en blanco y…
Smells Like Teen Spirit , de Nirvana, comienza a sonar. Y sé que mi momento de relajación ha acabado. Mis músculos se vuelven a agarrotar de inmediato, como si ellos me avisasen de que mi vida no está programada para dedicarme un tiempo para mí.
—¿Cuántas veces te he dicho que silencies el móvil cuando entres aquí?
Me giro y veo el ceño fruncido de mi fisioterapeuta.
Hago una mueca y me tapo el torso con el antebrazo.
Si fuese tan fácil, ¿cree que no lo haría? Sin embargo, por la cuenta que me trae, más me vale estar las 24/7 operativa. En mi oficio, un descuido no se paga con una mala reseña.
—Lo siento… —me disculpo.
Me bajo de la camilla y me acerco hasta el perchero donde dejé el bolso mientras Kurt Cobain grita ese himno a no encajar en ningún sitio.
Yo, en cambio, encajo de más. En todos. No me refiero a ponerme en tu lugar ni a entenderte: lo siento de forma literal.
Soy una usurpadora, me apodero de tus emociones.
Puede parecer una suerte, pero es una putada del tamaño de una galaxia.
En la pantalla del teléfono aparece el nombre «Lameculos».
Me quedo de pie unos segundos, con el móvil vibrando en la mano, como si pudiera oír sus reproches sin descolgar siquiera.
El tema sigue sonando, con su letra descarada y descarnada, llenando el cuarto de esa distorsión sucia tan suya.
La voz de Cobain siempre me ha parecido una de las mejores que nos ha dado el panorama musical.
Lo silencio por fin y la quietud que queda en la estancia resulta casi incómoda, como si la presencia del Lameculos flotara entre nosotros.
—Perdón —repito con una sonrisa, sin tener claro si me disculpo por el ruido o por haber interrumpido su trabajo.
Mike suspira a mi espalda. No hace falta que lo vea para saber que se pasa la mano por la nuca y recompone esa calma tan profesional que siempre parece llevar puesta como una segunda piel.
Una emoción de resignación me golpea tan fuerte que tengo que apoyar la mano con la que no me cubro los pechos sobre la pared para no tambalearme.
—Vuelve a tumbarte, anda —dice al final, sonriendo de medio lado—. Aún no hemos terminado.
Obedezco porque necesito este masaje más que respirar.
Aunque lo que me pide el cuerpo es vestirme a toda prisa y largarme de aquí.
Hasta ahora había conseguido mantener la mente en blanco: observar cada pensamiento sin agarrarme a él, dejarlo pasar sin etiquetarlo de bueno o malo.
Aquí es fácil. Mike, cuando trabaja, es tan silencioso por dentro que me reconforta.
Me estiro bocabajo y noto cómo mi respiración tarda unos segundos en encontrar un ritmo decente. Intento no pensar en nada, pero esta vez mi mente no entiende de órdenes sencillas. Me cabrea que el Lameculos sea capaz de tocarme lo más valioso que tengo: el cerebro.
Las manos de Mike regresan, firmes y seguras. El contacto me arranca un escalofrío que recorre mi espalda como una descarga. No es solo físico. Hay algo en la forma en la que me toca, en cómo parece saber exactamente dónde presionar y cuándo aflojar, que me desarma por completo.
Una lástima que el pobre tenga menos sangre que una ameba. Si no, le pediría una cita y esperaría que acabase en mi apartamento.
—Relaja los hombros —me indica.
Lo intento. De verdad que lo hago, pero es complicado cuando cada punto que trabaja despierta una reacción en cadena dentro de mí. Siento el peso de mis propias emociones acumuladas, tensiones que no son solo musculares, recuerdos que se quedan atrapados en el cuerpo como nudos imposibles.
Cierro los ojos con más fuerza. La música ya no suena, pero la canción sigue resonando en mi cabeza, mezclándose con mis pensamientos. No encajo en este mundo, o quizá encaje demasiado. Por eso estoy aquí, dejando que alguien más me coloque, me alinee, aunque sea por una hora.
Sus dedos presionan de nuevo y esta vez no gimo. Respiro de manera larga y profunda. Como si, al hacerlo, pudiera soltar algo más que mi propio aire. Intento, por una vez, dejar de sentirlo todo con esta intensidad que me atraviesa y me expone. Pero no puedo.
—Mucho mejor —murmura.
Durante unos segundos el mundo se reduce a este cuarto, a esta camilla y a unas manos que encuentran cada punto donde estoy rota y me sostienen sin que me deshaga, aunque sea de manera física.
El resto de la sesión pasa sin contratiempos gracias a que he silenciado el móvil. Cuando Mike termina, me levanto despacio y me pongo la camisa.
Miro el teléfono y la tensión vuelve a mi cuerpo al momento. A tomar por culo otros cincuenta dólares.
Tengo seis llamadas perdidas.
La insistencia es una virtud; yo misma vivo de ella. Sin tesón no se obtienen resultados. Pero la insistencia sin motivo no es urgencia, es acoso.
Cuando repartieron el carnet de la paciencia, al Lameculos se lo saltaron.
Con mi mejor cara, pago la sesión y programo otra para dentro de dos semanas. Cuando salgo de la clínica, la bofetada que me propina el viento me devuelve de golpe a la realidad.
El frío se cuela por el cuello del abrigo y me eriza la piel como si quisiera recordarme que, fuera de la clínica de fisioterapia, nada se detiene por mucho que una lo necesite.
Mientras me encamino hacia la boca del metro, saco el móvil y devuelvo las llamadas perdidas. No me sorprendo cuando, antes de que dé el segundo tono, escucho un ladrido al otro lado de la línea.
—¡TE HE LLAMADO CUATRO PUTAS VECES! ¡¿Dónde estabas?!
Aprieto los labios para no reírme y ajusto el auricular a la oreja, esquivando a un grupo de turistas que avanzan sin mirar.
—Seis.
La línea se mantiene en silencio un par de segundos. Puedo imaginarlo frunciendo el ceño.
—¿Qué?
—Que no me has llamado cuatro, sino seis veces —recalco, saboreando la corrección.
—¿Encima te haces la lista conmigo?
Sonrío. No me hace falta tenerlo delante para saber que lo estoy sacando de quicio.
—No me hago la lista. Lo soy.
—Llevo una hora llamándote. Y si te llamo es porque hay encargos. Las he localizado a todas menos a ti. ¿Tanto te cuesta coger el teléfono?
Su tono, por lo general sarcástico, tiene un matiz de reproche.
«¿En qué universo paralelo él puede reprocharme algo?».
Bajo los escalones del metro y me mezclo con la marea de gente que desea llegar a sus destinos.
—Depende —respondo, fingiendo indiferencia.
—¿De qué?
Me apoyo en una columna, saboreando todavía el rastro emocional de la pareja con la que me acabo de cruzar y apaciguando mis emociones antes de atacar.
—De si estoy ocupada disfrutando del tacto de unas manos grandes y expertas sobre mi cuerpo… Entenderás que no iba a apartarlas para responderte a ti. —Me trago el «precisamente» que tengo en la punta de la lengua.
Noto que su respiración se vuelve más audible al otro lado de la línea.
—No juegues conmigo —gruñe, bajando la voz, como si así creyese que puede amedrentarme.
—No estoy jugando, solo he priorizado mis opciones. Y tú no estás por encima del placer.
Silencio. Uno que precede a la tempestad en tres, dos, u…
—¡En media hora en el complejo! —brama—. Y espero que el trabajo sí sea tu prioridad, Dayane.
La llamada se corta de golpe.
«¡Bingo!». Sé que he conseguido cabrearlo al mencionar mi nombre completo.
Guardo el móvil en el bolso y entro al vagón con una espléndida sonrisa, dejándome arrastrar por esas emociones positivas que me acaban de llegar. Porque si algo disfruto más que mis experimentos, es molestar al Lameculos.
Así es como el universo recupera su equilibrio natural. Yo manteniéndome serena, y él, al otro lado, perdiendo los nervios, incapaz de soportar que nada de lo que diga o haga me afecte. Aunque suponga todo un esfuerzo por mi parte disimularlo.