Ayer (Arpías 1)
© inepub.com
Prólogo
Day
M is botas resuenan contra el metal mientras lo persigo con el pulso acelerado y la sangre rugiéndome en los oídos.
Llego hasta la azotea y lo encuentro al borde de la cornisa.
Sería muy satisfactorio abalanzarme contra él y empujarlo. Sin embargo, corro el riesgo de que me arrastre con él al vacío y termine con los sesos estampados contra el asfalto. Y no pienso morir por alguien tan insignificante.
Las farolas de Chicago recortan su silueta contra el cielo nocturno. Todavía jadeo por la carrera y la adrenalina cuando levanto el arma y lo encañono con firmeza.
—Ni se te ocurra dar un paso más. —No se mueve, tampoco se gira, por lo que continúo hablando—. Espero que no me lo tomes en cuenta. No es nada personal. Simplemente debo eliminarte para que el mundo sea un lugar mejor —añado, segura de cada palabra.
Esa convicción es lo único que me permite dormir por las noches.
Soy una asesina.
La diferencia es que a mi lista solo suben los que se lo han ganado. Y con ese pensamiento todo encaja: la escena, el deber, el final inevitable… Y me sereno.
Me criaron para esto. Me entrenaron para que, frente a hombres como él, jamás me temblara el pulso.
Entonces, ocurre algo para lo que nadie podría prepararme.
Él se gira y mi mundo, tal como lo conozco, se rompe.
Recuerdo esa cara.
Han pasado ocho años, y aunque el tiempo le haya endurecido los rasgos y oscurecido su mirada, lo reconozco al instante por esa heterocromía imposible de olvidar.
Porque hay recuerdos que nunca se borran. Y el mío tiene su nombre, su boca y sus ojos…
Tengo delante al primer hombre al que amé y me abandonó sin una palabra, dejándome hecha pedazos. Uno al que creía muerto y del que sé, a ciencia cierta, que es un asesino.
—Como siempre, es un placer volverte a ver, Dayane —dice con una voz ronca por el paso de los años.
Mi cuerpo entra en shock .
No me muevo. Ni siquiera pestañeo. El dedo se me queda muerto sobre el gatillo, incapaz de reaccionar.
Él aprovecha ese segundo para saltar con una agilidad estudiada hacia el tejado del edificio de al lado. El movimiento me devuelve de golpe a la realidad, y antes de que pueda reaccionar, sus emociones me alcanzan desde la oscuridad como una oleada densa, contradictoria e imposible de ordenar.
Cuando quiero darme cuenta, ha desaparecido.
Y mi instinto, ese que pocas veces me falla, me advierte de que volveremos a vernos. Da igual lo que diga mi corazón, la próxima vez que lo tenga a tiro, apretaré el gatillo.
Aunque eso signifique matar al único hombre al que he amado.