Ay Dios, es un Nerd 16.
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16.

Al día siguiente tuvimos el meeting . Tim había conseguido sacar tiempo de no sé dónde para terminar un PowerPoint muy extenso.

—¿Lo quieres presentar tú? —me preguntó con ojos rojos.

—Pero, Tim —le respondí—, estos son tus pensamientos, tus palabras.

—Simplemente hazlo, conoces el tema mejor que yo —después se reclinó en el sofá—. Estoy totalmente agotado. Mejor que lo presentes tú, en serio. Somos un equipo.

Estábamos en un café en el edificio del cliente, justo antes de entrar a la sala. En ese momento Tim vio a alguien:

—¡Ah, Braulio! —dijo Tim levantando la voz.

Un hombre de unos cuarenta años se volvió. Elegante, con el cabello corto y la barba bien cortada. Se dirigió hacia nosotros.

—¡Hey, qué bien que estáis aquí! ¡Bienvenidos a San Francisco!

—Brenda, ¿conoces a Braulio Mejías? Es el representante de nuestro competidor hoy —dijo Tim.

—¡Hola! Solo por videoconferencia. Brenda Higgins.

—Un placer en persona, siempre. Dicho sea de paso, aquí y ahora los dos tenéis un aire cansado. ¿No queréis tomaros algo antes?

—Acabamos de tomarnos un café.

—De acuerdo. Escuchad. El cliente decide lo que tiene que decidir, o va a decir lo que tiene ya pensado de antemano.

Poco se puede hacer hoy aquí. Por esto yo estoy dispuesto a ayudaros.

Lo que nosotros no podemos ofrecer, se lo dais vosotros…

Y ahora, creo que tenemos que pasar —dijo con una sonrisa, mientras apuntaba a la sala y se adelantaba a entrar.

—¿Qué piensas de este? —le pregunté a Tim cuando el otro se alejó.

—Está lanzando globos sonda a ver qué pasa. Sigue tu instinto —respondió Tim.

Pasamos a la sala. Se hablaron de muchos detalles técnicos, cuyo trasfondo yo misma no conozco, pero en resumidas cuentas ilustraban el problema del cliente.

Braulio soltó primero su parte. Después de presentar brillantemente la solución de su empresa, cargó contra nosotros, exponiendo todos nuestros puntos flacos y debilidades. Parecía un ataque directo.

Antes de comenzar mi parte, Tim me susurró:

—Ha ido a provocarte. Ten cuidado.

Me levanté lentamente con una sonrisa. Me puse a resumir primero y luego a detallar los pormenores de nuestra oferta. En ningún momento mencioné a Braulio y a su empresa. Para mí era como si no existieran. Cuando acabé me senté de nuevo junto a Tim:

—¡Bien hecho! —me susurró—. ¿Pero no dijiste nada del competidor?

—Tim, es como en la fábula del mosquito y el toro. Ni te inmutes.

El cliente agradeció las dos intervenciones. Mañana teníamos que exponer de nuevo a sus equipos técnicos y de investigación.

Braulio se nos acercó cuando ya estábamos fuera de la sala:

—Por favor, dejadme que os haga de anfitrión en San Francisco esta noche y acompañadme en la cena. Os llevaré a un restaurante de nivel —dijo con innecesaria galantería.

Yo ya estaba agotada de estar el día en la reunión. Se habían hecho ya las seis de la tarde.

—Por supuesto —dijo Tim—. ¡Pero tienes que saber que estamos acostumbrados a lo mejor de Nueva York!

—No os arrepentiréis —dijo.

Yo ya sentía que me arrepentía. Tenía un par de horas para descansar en el hotel. Miré el móvil. Tenía un mensaje de Brad, con foto:

Wink decidió que su agua no era lo bastante buena. Lo tiró todo. Limpié y le puse más.

Eché un vistazo a la foto. Era mi gato, posando con cara de deleite, como si estuviera en un anuncio de televisión. Miré bien, de nuevo muy extrañada. ¡Él nunca me deja que le saque fotos así! Nunca se está quieto. No sé qué ha hecho Brad o qué le ha dado.

¡Gracias! Parece que le gustas , le dije por mensaje.

Cuando bajé por el ascensor me pregunté cuántas cosas hago de forma automática y cuántas son de verdad el resultado de una reflexión. Quizás me parezco al cowboy que mencionaba Tim cuando estaba desvariando.