4.
Era Brad, el nerd . Ahí estaba yo con el pijama y sin arreglar. Fui rápido a lavarme la cara. Abrí la puerta.
—¡Ah, hola, Brad! —dije casualmente. Él pareció extrañado.
—¿Te he dicho cómo me llamo?
—Sí.
—Okey, bueno. Escucha, parece que hay un recalo en el techo de mi piso. Se ha formado una mancha grande de agua. ¿Puedes verlo con tu casero? Yo voy a llamar al mío.
¡Oh, no! ¡La ducha!
—¡Vaya! ¡No sé de qué ha podido ser! Voy a mirarlo, sí.
—Déjame tu número. Te digo en cuanto sepa algo. Es posible que haya que entrar en tu piso para ver si hay una tubería rota.
—Tú… ¿quieres entrar?
—No, va a venir alguien.
—Yo creo que ya no sale más agua. Quiero decir, que no parece haber agua. Que vengan a revisarlo si quieren —dije apurada.
Intercambiamos números. Yo lo guardé como brAD.
—Okey, gracias. El bricolaje no es mi especialidad. Exacto, que lo mire alguien. Tengo libros y cosas en casa. Ya sabes.
¡No, no lo sé!
—Entonces quedamos así.
—¡Okey, sin problema!
Cerré la puerta y me senté en el sofá. ¿Este chico no se peina nunca? El gato me miraba divertido.
Miré la agenda de contactos de mi móvil. En efecto, ahí tenía dos números bajo la B:
brAD
brAD
¡Pero ¿cuál es cuál?!
En ese instante recibí una llamada de Krisi.
—Hola, cariño, ¿cómo estás? ¿Lista para echarme una mano en el mercado?
El sol de la mañana entraba radiante por la ventana. Hacía un día espléndido fuera y yo había quedado con una amiga para pasar el día. Krisi participaba en un mercadillo local en un parque y necesitaba ayuda en el puesto en las horas de más clientes.
Hablé de un par de detalles con Krisi y me preparé para salir.
Mientras me vestía de casual, me quedé pensando.
En efecto, tenía ahí en la agenda de mi móvil dos números que no sabía a quién pertenecían.
Estaba atándome las zapatillas cuando caí en la cuenta de que podía ver la foto de contacto asociada al número.
Fui a la entrada en la agenda del primer Brad: foto de una montaña.
Después miré la del segundo: no hay foto (puede desactivarse por privacidad).
Suspiré. Por un instante me puse a razonar cuál era el que tendría más posibilidades de tener la montaña como imagen y cuál se preocupaba más de su privacidad.
Sin embargo, no era posible saber con la información que tenía en ese momento.
Pero estaba segura de que lo que había pasado esta semana habría tenido un impacto en ellos, de algún modo.
Por tanto tenían que enviarme un mensaje.
Los chicos siempre dan el primer paso, ¿verdad?
Llegué a tiempo tras tomar el metro. Krisi estaba ya en el puesto.
La conozco desde hace años. Es una chica alternativa que suele tener un punto de vista diferente al mío, normalmente.
Es sorprendente la cantidad de caminos diferentes, opiniones, posturas, que toman las personas sobre un mismo tema.
Con todo, siempre aprecié esa diferencia: ella tiene un corazón de oro.
—Brenda, ¡te has arreglado mucho! Sabes que lo que vamos a vender mancha.
No, en realidad no lo sabía. Encima de la mesa había unas postales, unas velas artesanales, unos muñecos tricotados, un pote de vino caliente y una plancha para hacer tacos de queso.
—Quería traer un foodtruck , pero no conseguí alquilarlo a tiempo —dijo con una sonrisa—. Hay delantales aquí detrás. Tengo un par de cuencos hechos a mano con arcilla; me puedes ir ayudando a ponerlo todo en las mesas.
Me puse el delantal y empecé a trabajar a su lado. Empezamos a hablar y a ponernos al día de nuestras cosas.
—¿Cómo va todo? —pregunté.
—Está todo bien. Estuve de viaje de mochilera en Europa hace unas semanas. España, Francia, Italia… Cuando volví a Nueva York me di cuenta de que no había vuelto al mismo sitio del que salí. De algún modo me sentía transformada.
—¿Quieres decir que te sentías diferente?
—Aún soy yo, pero mis experiencias han cambiado la manera en la que veo el mundo —respondió—. No sé. A lo mejor tengo que volver a salir pronto. Me estoy poniendo muy filosófica. ¿Qué tal tú?
—Igual que siempre. Mucho trabajo. Intento ir a ver a mis padres cuando puedo… A mi padre, al menos. Estoy muy absorbida por la rutina.
—Te veo diferente, Brenda. ¿Hay algo que haya pasado? ¡Espera! ¡Conociste a alguien!
—Krisi, ¿tú tienes poderes?
—Aprendí de una adivina en Lisboa. Te puedo echar las cartas.
—Realmente no hay nadie en mi vida ahora, si soy realista.
—¡No te preocupes! Alguien vendrá. Ahora, si me disculpas, tengo que gritar —Krisi hizo un cono con sus manos y se dirigió a las personas que empezaban a recorrer el mercadillo del parque—: ¡Postales de San Valentín! ¡No se olviden de sorprender a su alma gemela!
—Ay, Dios, ya me había olvidado de esto… —dije yo tapándome la cara.
—Brenda, cada año es una nueva oportunidad. La semana que viene te va a tocar a ti. Lo estoy viendo.
—Si puedes ver el futuro, dime: ¿cara o cruz?
Krisi se quedó pensando.
—Cara. Definitivamente cara.
—¡Brenda, cariño! —dijo de repente una voz que me heló la sangre.
Paseando entre la multitud estaba Samantha Puglia con su familia.
—¡Querida! ¡Qué sorpresa verte! —dijo.
—Samantha, ¡qué coincidencia!
—Oh, no sabía que hacías voluntariado.
Ella siempre pica con veneno.
—Ah, estoy solo ayudando a una amiga a vender en su puesto —respondí.
—¡Hola! —saludó Krisi—. Tenemos vasijas de arcilla, velas…
—Ah, pero yo no puedo tener nada de eso en casa. No con mis hijos. Ahora que lo pienso, Brenda, ¡nunca te los he presentado!
—Sí, nunca hemos coincidido.
—Venid aquí, niños. Aquí están Jaden, Cameron y Charlie. Y este es mi marido Dilan.
—Ah, sí, nos conocimos en una cena de Navidad —dije yo.
—¡Hey! —saludó Dilan—. ¡Es verdad! Recuerdo que te sentaste a nuestro lado en el pico de la mesa porque no tenías pareja en la cena.
¿Cómo olvidarme? Por suerte Krisi salió al rescate, como una encantadora de serpientes.
—¿Les interesan las postales de San Valentín? Nunca es tarde para renovar el amor y dar una sorpresa romántica.
—¡Dilan! Escríbeme una de estas, y yo te escribo una a ti. Okey, me voy a llevar dos.
—¡Pero así no hay sorpresa!
—La sorpresa la escribo yo dentro —dijo Samantha pícaramente.
Quise morir.
—Llévense también una vela. Es muy romántica y perfumada. Solo para poner cuando los niños estén durmiendo —dijo Krisi, guiñando el ojo.
Cuando Samantha se fue, sentí como si una presencia maligna se hubiera levantado.
—Uf, gracias, Krisi —dije.
—¿Gracias por qué? En realidad ha sido mi primer cliente. Yo te doy las gracias a ti por atraer negocio.
—Esta tía muerde como una cobra y siempre tiene veneno para mí.
Krisi se quedó pensativa por un momento.
—Mmm, yo creo que no. En realidad es muy simpática y está deseando conectar contigo. Ser madre no es fácil. Lo que a mí me parece es que estás proyectando sentimientos en ella. Representa muchas cosas que no tienes en tu vida: amor, familia, un futuro compartido. Cosas que a ti te gustaría tener.
—¿A mí? Yo…
—¡Reconócelo! —Krisi estaba riendo. No sé si estaba hablando en serio. Pero sabe tocar en el punto exacto. A lo mejor sí tiene poderes. Algo de razón sí que puede que tenga.