La Trilogía (Aventuras y Desventuras Húmedas #4) MARI Y SERGIO #2
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MARI Y SERGIO #2

—No te quites más, chúpamela así.

No puso pegas, si al joven le gustaba, ella lo haría de ese modo, no le importaba mamar aquel tremendo miembro con ropa o sin ella, lo único que quería, era eso… metérsela en la boca.

Se subió a la cama, poniéndose a gatas y sin dejar de mirar aquella antena de radio que señalaba al techo de la habitación. Estaba totalmente dura, cada vez que se acercaba podía notar el palpitar en el interior, como la sangre borboteaba ardiente.

Estaba ya encima, meciéndose el pelo hacia su lado derecho y quitándose todas las posibles molestias. Su hijo la miraba, pero no era él, era un hombre con el que había quedado, uno que la ansiaba como ningún otro, solamente era Sergio.

Agachó su cabeza hasta la punta, haciendo que el aire llegara a tocarlo y el joven se estremeciera sentado en su cama. Sergio aprovechó para recostarse, la mitad de su espalda quedó apoyada en un cojín contra la pared y sus piernas abiertas sin que molestasen.

Con una mano Mari lo sujetó con fuerza, era como a Sergio le gustaba, no lo sabía, pero según apretó los labios supo que lo estaba haciendo bien. Deslizó la piel hacia abajo, era el movimiento que siempre hacía de forma involuntaria cuando… se la metía en la boca.

La sensación de calor le embargó, tensando sus piernas y apretando el trasero del puro placer.

Su madre a gatas en la cama con unas tetas perfectas y un trasero respingón comenzaba a felársela.

Su lengua rodeaba el glande y sus labios succionaban un miembro que comenzó a humedecerse por toda la saliva que manaba de su boca.

Mari no tuvo que hacer mucho esfuerzo para escuchar los primeros gemidos de su hijo, estaba exaltado, al igual que ella, que ya sentía como sus bragas se iban a encharcar.

Su mano acompañaba el movimiento de su boca.

Mientras la otra la sujetaba sobre la cama para no caerse, aunque de vez en cuando tenía que llevársela a la cabeza para apartar el cabello rebelde que se le movía.

Tenía que detenerse cuando el pelo la molestaba metiéndosele en la boca. Se había olvidado de llevar un coletero, no tenía pensado ponérselo después de ir a la peluquería, era lo normal. Aunque tampoco recordaba muy bien lo que era mamar un miembro viril, por lo que se le podía perdonar.

Se detuvo sentándose sobre sus rodillas y tratando de dejar el pelo quieto a un lado, pero no podía, el cabello se le metía en la boca y estaba fastidiando la gran mamada que estaba haciendo. Pero pronto se solucionaría, para algo eran dos.

Sergio recogió el cabello de su madre con ambas manos, llegando a hacerla una coleta en su nuca la cual sujetaba con una de sus manos bien cerrada. Mari sonrió y… siguió haciendo lo que tanto le estaba gustando.

—Así mejor… —consiguió decir Sergio.

—¿Te gusta? —con un tono meloso. Asintió rápido el joven— ¿Más rápido? —de nuevo afirmó con la cabeza— ¿Así? —sabía las respuestas, solo jugaba para verle gozar.

La succión se aceleró y el pene del muchacho se comenzó a hinchar como loco, reclamando a los genitales que soltaran el esperma cuanto antes, quería explotar.

Sergio le llevaba el ritmo rápido con la coleta, dominado a una yegua que se dejaba llevar porque le estaba encantando. La corrida estaba ya, poco hacía falta para que aquello se desparramara por todo el lugar. Sin embargo, el joven con un rostro de furia placentera lo detuvo.

—Ponte de rodillas en el suelo, por favor.

Mari lo hizo con rapidez, sin pensar mucho que desearía su hijo, se lo permitiría todo, porque… ella también lo quería todo.

—¿Qué quieres? —mirando al coloso de entre sus piernas, más hablando con esa polla que con Sergio.

—Una paja con las tetas.

Mari sonrió muy caliente, deshaciéndose del sujetador al instante y apretándose ambos pechos, esta vez mirando a los ojos de su hijo.

Rebuznó de placer, eran grandes y duros, sin duda no había pasado el tiempo por ellos.

El cuerpo delgado de Mari era una delicia, sus costillas eran algo visibles y el vientre era del todo plano, con una cintura que bien se podía asimilar a la de una avispa.

Pero aquellos senos… eran la perfección, la más cercana visión del cielo la tenía la mujer en sus pechos.

Sergio estaba seguro de que su madre tenía que ser una divinidad, así lo atestiguaba con un pene más duro que el martillo de un herrero.

Dispuso su mástil entre ambas mamas bastante ansioso, desapareciendo el tronco cuando su madre las apretó para aprisionarlo. Estaba sentado en la cama y la mujer se empezó a mover arriba y abajo haciendo fricción con unos pechos ya húmedos por su propia saliva que seguía en el pene del joven.

Aquello no duró nada. Sergio se contraccionó en la cama, apretando con sus manos el edredón hasta casi desgarrarlo con el poder de una corrida que estaba emergiendo. Empezó a hiperventilar, a ponerse rojo, si no estuviera teniendo un gran orgasmo, no habría dudas de que le estaría dando un infarto.

—¡Me corro…!

—Eso me gusta…

Mari echó la cabeza algo hacia atrás, haciendo que el cabello le cayera por la espalda, sinceramente no quería mancharse su nuevo peinado, al menos de momento.

Sin embargo su pecho era otra cosa, podía notar como la punta del pene palpitaba mucho más rápido que su corazón.

Se estaba poniendo inmensa y ardía entre sus senos que cada vez le daban ese masaje tan placentero.

Entonces fue que lo sintió, una tensión sin igual que parecía que el miembro reproductor de su hijo estuviera formado por cables de acero.

—Toma… esto… ¡SÍ! ¡Tómalo…! —Sergio sonaba frenético y caliente hasta el extremo, había deseado por tanto tiempo esa situación que no sabía ni que decir.

El semen salió disparado como una bala. Un chorro denso y grumoso impactó en la barbilla de su madre, que dio un pequeño grito de placer abriendo la boca para consumir todo el aire que pudiera, le había puesto demasiado.

Siguió moviendo el pene entre sus voluminosos senos para darle muchísimo más placer y sacarle todo, lo consiguió.

Salieron dos más, el segundo casi cayendo al lado de la punta y uno último, y más poderoso, que atravesó su piel hasta el cuello, haciendo otro río de espermatozoides en la garganta de su madre.

Levantándose con calma, mientras su hijo yacía en la cama con los ojos en blanco y la mente viajando por mundos de placer, Mari fue al baño.

Mirándose en el espejo vio a una mujer espectacular, con su vaquero apretado, y desnuda de cintura para arriba.

Se veía hermosa y aquellos tres rastros de semen caliente que comenzaban a deslizarse por su piel no hacían más que acercarla a ser una diosa de la lujuria, amor y sexo.

Sin embargo, tenía que limpiarse, ya se seguiría ensuciando después si era necesario… le apetecía mucho. De momento, con papel higiénico se quitó el exceso, quedando una piel tersa y reluciente.

Su hijo seguía tirado en la cama, con un pene que no menguaba y rojo como un hierro dentro de una fragua.

Arrodillándose en el mismo lugar, volvió a introducírsela en la boca, haciendo que el joven volviera a la vida y se moviera como la cola suelta de una lagartija.

Para que luego digan los cuentos que los besos despiertan a las princesas…

—Para, ma… Mari, espera —con un marcado y terrible lametazo, al final se detuvo— Ven aquí.

La levantó del suelo, agachándose con unas piernas temblorosas y deshaciéndose de un pantalón que era una ofensa que cubriera el celestial cuerpo. Mari se rio por las ganas con las que su hijo lo hacía, parecía tenerle incluso devoción, estaba a sus pies y eso… como la ponía.

El vaquero salió despedido y las bragas quedaron en la mano de Sergio que terriblemente excitado y viendo la enorme mancha de flujo que yacía en la tela, la lamió delante de su madre.

—Sergio… —aquello le hizo soltar el fuego que ya se elevaba como una montaña en su interior.

La volvió a subir en volandas, mientras Mari metía su lengua en el interior de su hijo que todavía sabía a sus propios fluidos, estaba delicioso. Por fin estaban ambos desnudos, preparados para un coito que seguro sería épico, al menos para ellos, sin embargo Sergio todavía tenía otro plan.

La depositó en su escritorio, por una vez limpio y ordenado en todo lo que llevaba allí.

El trasero de Mari se quedó en el borde mientras sus manos se apoyaban detrás para mantenerse en equilibrio.

Sergio quitó la silla que tenía entre las piernas de la mujer, pero con la intención de sentarse y así lo hizo.

Donde solía estudiar con libros abiertos, ahora lo que tenía a su disposición era unas piernas separadas y en el medio, un sexo reciéntenme recortado hasta el límite de lo posible, sin ningún pelo a la vista.

La gloria y el cielo resumidos en dos labios y una cavidad que brillaban con la luz del techo debido a lo húmedos que estaban.

—Tienes listo el primer plato —soltó Mari sin mostrar ninguna sonrisa, era un comentario serio, para que su hijo, empezara a devorarla.

La lengua de su hijo no se demoró en recoger el cargamento de fluido que rezumaba fuera de su madre. Describió un rumbo ascendente, empezando muy cerca del ano y terminando en un monte de venus ahora lleno de saliva.

—¡Sí! ¡Dios mío! —los ojos tan azules como el mar se fijaron en su hijo que volvía a la carga. La lengua dio otra fuerte pasada— No me acuerdo de la última vez que me lo comieron… ¡No me acuerdo! —gimió con fuerza, ajena si en la habitación contigua se encontraba alguien— ¡No pares!

Su pene reaccionaba a los comentarios y gemidos de su madre, dando pequeños brincos, queriendo meterse donde la lengua lo intentaba.

Sin embargo, la boca del joven no cesaba y de la comisura de los labios comenzaban a fluir líquidos varios que ya no podía contener en su interior.

Estaba humedeciéndose como nunca, disfrutando de algo que se lo habían negado por tantos años hasta casi olvidarlo.