La Trilogía (Aventuras y Desventuras Húmedas #4) MARI Y SERGIO
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MARI Y SERGIO

Era sábado por la mañana y la residencia estaba casi vacía, solo Sergio y unos pocos más valientes, o como él los llamaba “los huérfanos”, quedaban dentro del edificio. Todo el día permaneció allí, inquieto y dando vueltas en la habitación con un temblor en el dedo meñique que no podía detener.

Estaba nervioso como nunca, atacado por completo, esperando lo inevitable y rezando para que sucediera de una maldita vez.

Apenas recordaba el día en Madrid, por lo oscuro del momento era difícil recordar imágenes nítidas y menos con el paso de todos estos días que borraron parcialmente el recuerdo.

Para matar el tiempo, se duchó, limpió el cuarto hasta dejarlo como una patena e incluso habló un poco por el móvil con Carol, era la primera vez que lo hacían.

Aunque no tenía mucha conversación que dar, eran las tres y justo se iba a echar una siesta para aguantar a la noche.

No sabía que más hacer, jugó un poco a la consola e incluso se puso a estudiar, pero volvió a guardar todo cuando dieron las cinco, no se concentraba.

Pensaba que sería la hora en la que Mari aparecería, quizá hubiera tenido que trabajar a la mañana y a la tarde se “escaparía” de casa.

Según se despertó a la mañana le mandó la dirección, diciéndole el piso y el número de puerta, pero no había habido contestación, solo el tic azul.

Dieron las seis de la tarde, mientras el joven no sabía que más podía hacer para que el segundero avanzase a una velocidad normal y entonces… golpearon la puerta.

Con las piernas agarrotadas y el cuerpo tenso hasta el límite de la rotura, anduvo a la puerta con rapidez, no había duda, su “amante” había llegado. Abrió con ganas y la luz del pasillo entró en la habitación mientras contemplaba como Mari estaba delante de él.

Dio dos pasos entrando en la habitación, echando una mirada rápida de madre y sorprendiéndose de lo ordenada que estaba, esa no era la habitación de su hijo…

no podía ser. Escuchó detrás el golpe de la puerta al cerrarse y en mitad del cuarto se dio la vuelta, su hijo…

Sergio, estaba delante de ella, mirándola con unos ojos que no había visto antes.

Sergio observaba a su madre, había venido con el pelo ondulado, quizá visitando antes a la peluquera que tanto le gustaba ir y que tan poco iba, al menos antes.

Tenía sus manos metidas en los bolsillos de una chaqueta guerrera verde donde la cremallera subía hasta casi la garganta, seguramente en la calle haría frío.

Los pantalones esta vez eran vaqueros y ceñidos como pocos, sus delgadas piernas parecían largas y perfectas, sujetadas por unas Adidas blancas relucientes.

—¿Cómo…? —Mari se llevó la mano con su anillo de matrimonio a la cabeza y los pelos sueltos los dejó detrás de su oreja, mostrando un rostro perfecto.

Tenía una leve capa de maquillaje, con unas pestañas infinitas a base de rímel y el mismo color granate en los labios que vio en su visita a la tienda.

Parecían más gruesos que de costumbre, sorprendente, aunque a Sergio no le pareció nada extraño ver los ojos más bonitos de la creación— ¿Cómo rompemos el hielo?

No había nada que romper, Sergio se lanzó literalmente a por Mari. Agarró con su mano el rostro de esta y después rodeó con su mano libre la cintura hasta llegar a la parte baja de la espalda. La mujer se quedó perpleja, no espera esa reacción tan rápida, pero… había venido a eso ¿no?

Sus labios se juntaron y en un segundo ambas bocas se abrieron, el calor que ni le había dado tiempo a formarse ya quemaba como una hoguera del mismo infierno.

Respiraron con fuerza, notando en sus bocas como se abrían los pulmones del otro.

Sus labios se expandieron como verdaderas cuevas para que…

sus lenguas se tocaran con ganas por primera vez.

El músculo húmedo y rosa de su hijo contactado con su lengua en el interior de su boca… la despertó. Hizo que una Mari distinta saliera, la que escribió la carta con cierta humedad en sus bragas, la que de joven hacía travesuras y pensaba en sexo, la que en casa se masturbaba pensando en su hijo.

Por fin le tenía delante, era su presa, aquel que iba a sacar años de frustración de encima y que la iba a dejar “seca”.

No tenía tiempo que perder, dijo a su marido que había quedado con unas amigas, no preguntó más, como siempre…

qué bien para ella. Tenía toda la tarde si quería, pero cada segundo valía oro.

Sus manos fueron a la nuca de su hijo, donde la agarraron con fuerza para acercar, si es que era posible, su boca más a la suya. Se unieron tanto que se podrían haber ahogado con un poco más de esfuerzo, pero quizá eso era lo que buscaban, hundirse en la pasión.

La fuerza de cada uno desequilibraba al otro. Sergio acabó ganado esa batalla, llevando a su madre a caminar de espaldas sin saber dónde llegar. Topó con su espalda en la pared, cerca de la cama, no era el mejor lugar, pero en ese instante, todo le valía, hasta una cama de faquir.

Las manos del joven fluyeron por la espalda de Mari, pasando hasta su trasero, sujetándolo con fuerza parar elevarla en el aire. La levantó con más o menos facilidad, Sergio no es que fuera excesivamente fuerte, pero la adrenalina del momento le hubiera permitido alzar hasta su querido coche rojo.

Mari le hizo la bien llamada “pinza”, cogiéndole con ambas piernas y anudándolas detrás de su espalda.

Aunque lo que sin duda más le gustó, fue que al abrirse de piernas topó con un miembro que golpeaba su sexo tras las telas.

Era como lo recordaba, grande, poderoso, duro, gordo…

todos los apelativos se le quedaban cortos, porque aquello que tenía su hijo, era lo que más deseaba.

Los golpes del joven se sucedían una y otra vez. Con su cadera hacía pequeños movimientos para que ambos sexos conectasen, y cada vez que Mari sentía el duro pene de su hijo contra su hinchada vagina, se volvía loca.

—Bájame.

Sergio obedeció sin dejar de besarla y Mari le apartó un momento apoyando su espalda en la pared. Le miró con ojos felinos, de cazadora sedienta de carne… de una zona en concreto. El joven se detuvo, pero no separó su pene del sexo de su madre, solo su tronco.

La mujer llevó sus manos a la chaqueta, empezó a bajar la cremallera con calma sabiendo que el momento era eterno.

Llegó hasta el final, quitándose de una sentada y mandándola lejos, a algún lugar que no volviera a molestar.

Había venido con una camiseta muy ceñida, se la compró hacía muy poco y le quedaba apretadísima en el pecho, sobre todo si se ponía buena lencería que mejoraba aún más esa preciosa delantera.

La camiseta de rayas pareciera que iba a explotar y en la zona del escote, unos botones de clic llegaban desde el cuello hasta más debajo de los senos.

Sergio los vio, estaban puestos para que no se viera nada de sus pechos, ni el más mínimo resquicio.

Mari por supuesto esperó, quería ver que haría su hijo, que miraba con ojos perdidos unas mamas ocultas que sabía que amaba.

Viendo los botones cerrados, con gesto ofensivo, al borde del insulto, su pene se enfadó, gritando que lo sacasen de dentro del pantalón del pijama, que hablaría él mismo con esa camiseta.

No hizo falta, las manos del joven llegaron al lugar indicado, justo en el último botón metió los dedos que le cabían y con fuerza desmedida, separó ambas manos.

Los botones se abrieron todos con violencia, haciendo que Mari soltase un pequeño gemido a la vez que sus pechos quedaban al aire, sumergidos en su lencería negra.

No hubo segundo de espera, ni momento para admirarlas, ni nada.

Sin quitarle la camiseta que cubría la mitad de los senos, Sergio se abalanzó con su boca a por ellos.

Pasó su lengua por encima de unas mamas hinchadas y duras, mientras por debajo las apretaba con las dos manos.

Estaban riquísimas, era el mejor plato de carne que había probado en su vida y apenas era el principio.

—Qué bien las chupas —soltó Mari en un sollozo mientras su hijo dejaba un reguero de saliva.

Sin embargo le tuvo que apartar. Que le comiera la parte alta del pecho podía ser muy placentero, pero no había venido a eso, quería mucho más, muchísimo más… y sobre todo, dentro de ella.

Apartó a su hijo con un leve empujón, quería guerra y la iba a tener. Le agarró con fuerza de la parte de arriba del pijama y le lanzó contra la cama. Sergio cayó pesado, quedándose sentado contra los cojines que estaban al lado de la pared.

Mari se quedó de pie, mientras su hijo se deleitaba con un cuerpo que le parecía esculpido por Miguel Ángel. Podría haberla dicho muchas cosas, un sinfín de piropos, pero ¿qué más daba? Su madre sabía lo que pensaba de ella, no era necesario, lo único que hacía falta era que le diera placer.

Se arrebató la camiseta y la lanzó como hizo con la chaqueta. La imagen era despampanante, de pie, delante de él, una diosa se lo estaba a punto de llevar al cielo, Sergio perdía la razón viendo a su madre con el vaquero y el sujetador.

—Quítate la ropa. —obedeció. Primero la camiseta, luego el pantalón. Lo último fue el calzoncillo, que se lo quitó sin perder de vista los ojos de Mari.

El pene se liberó de la prisión. Gritó al salir, un rugido de una punta casi morada y totalmente gorda que no permitía a la piel cubrir semejante capullo.

La mujer cerró los ojos, feliz como si hubiera ganado la lotería, se imaginaba lo que tenía allí abajo en sus lujuriosas duchas mientras se masturbaba. Pero verlo de nuevo… era otra cosa.

—Te voy a chupar la polla con tantas ganas…

El comentario sonó directo y erótico, entrecortándose las palabras debido a la lujuria. El rostro de Mari denotaba un ansia terrible por devorarlo. Sergio lo sintió en sus oídos, y su pene, brincó de alegría para regocijo de su madre que no le quitaba la vista de encima.

Fue a quitarse el vaquero, se quería desnudar para estar a la par, pero en un momento, Sergio alzó la mano deteniéndola.