La Trilogía (Aventuras y Desventuras Húmedas #4) TENSIÓN NO REUSLTA
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TENSIÓN NO REUSLTA

—Es el nombre que me pusiste.

El comentario le pareció venir directo de la mente de Carolina, punzante y sazonado con un poco de picante, su amiga estaría orgullosa. Aunque no solo puso esa parte, también añadió una media sonrisa para romper el primer bloque de hielo con su madre.

—¿Qué haces aquí?

Mari aún se sentía desubicada, la tienda donde ya llevaba trabajando bastante tiempo como para conocerse cada esquina, se convirtió en un lugar desconocido.

La pregunta era más que obvia, ¿para qué iba a venir Sergio a verla si estaban “enfadados”?

De vez en cuando, los humanos decimos cosas tan estúpidas…

—Para que hablemos.

—Sergio, pero este no es el mejor momento.

Los dos se miraron guardando silencio. Sus mentes recorrieron juntos un viaje lleno de recuerdos, como si estuvieran unidas, desde su día en familia en casa de su tía a acabar teniendo un sexo perfecto en la capital.

Ambos se mojaron los labios moviendo la lengua sobre estos y dejando un resto de babas para lubricarlos. Daba la sensación de que después de tanto tiempo, después de la ira sentida por Mari y la tristeza que anidó en Sergio, lo primero que querían era un beso del otro.

—Me imagino, aunque no veo una oportunidad mejor.

Mari se movió inquieta sin dar ni un paso, cruzándose de brazos quizá para mantener cierta coraza o mostrar su incomodidad. No sabía qué hacer, si comenzar a hablar o directamente decirle que se largase por donde había venido, que ese no era lugar para tales cosas. Tiró por lo más obvio y sensato.

—Lo siento. —él asintió y ella quitó la mirada de sus ojos, no la soportaba— No quiero hablar del tema, porque creó que la cagué. Fue desmedido. —Carmen allanó su corazón— No me atrevía a llamarte.

—Ni yo. No sabes lo mal que lo he pasado para venir hasta aquí. —dio un paso acercándose más a su madre— Quería pedirte perdón, sé que lo pasaste mal.

Mari se tapó el rostro, los sentimientos se agolpaban y ver de nuevo a su niño en frente le produjo unas ganas de llorar inimaginables. Se contuvo, estaba trabajando y siempre se maquillaba un poco, no podía dejar que unas lágrimas lo estropearan todo.

—No digas más, por favor. Olvídate de eso, de verdad.

—miró la puerta, rezando para que nadie la traspasase o la escuchase en la calle.

Nadie lo podía hacer, solo Sergio— De lo que tenemos que hablar, es de lo que pasó.

No sé si tengo el valor para hacerlo, te podría decir, espera, mañana quizá…

, pero me engañaría. Ahora estoy descolocada y sinceramente, no es el mejor momento, no tengo la cabeza ni siquiera clara para pensar, porque no me imaginaba nunca verte aquí.

—cogió aire, soltó con fuerza— Te diré poco…

aunque claro. Fue una maravilla, delicioso, espectacular, lo he pensado más de una y dos veces y no se me borrará nunca, pero… —no acabó la frase, no podía.

—Pero no estuvo bien. Sé lo que dices, no el… coito, para mí también fue fantástico, hablo de todo lo que implica.

—Apartando que seamos familia. —Mari no sabía ni cómo podía estar hablando de ello— Soy una mujer casada, te saco cien años y quiero que tengas una vida. Más allá de lo que pasó, no es bueno que tengamos una… relación como esa.

—Te quiero decir lo que pienso. —dio otro paso, estaban muy cerca— Te amo, lo he pensado y claro, te quiero como mi madre.

Pasó algo en mi cuerpo, no sé, me atraías, me volvías loco, me gustabas más que nada y me pareces preciosa hasta decir basta.

—las palabras de Sergio llegaban a Mari que se empezaba a ruborizar mientras miraba a otro lado— Fue deseo, atracción, pasión…

siento esto que te voy a decir… no se me va a pasar, lo sé.

Pero aunque lo piense, no lo expresaré más, solo quiero que volvamos a ser madre e hijo, me duele no estar junto a ti.

—Opino lo mismo. Necesito que volvamos a ser una familia, una familia… normal.

El silencio se volvió a apoderar de ellos, les envolvía como un manto cálido y los sonidos de la calle se amortiguaron hasta acallarse.

Esta vez Mari movió sus botines, haciendo un leve ruido que sonó como un eco lejano.

Estaban a la par, sus ojos se miraban fijamente y sus cuerpos estaban separados por escasos milímetros, de moverse o respirar más de lo debido, el pecho de Mari golpearía en su hijo.

—¿Has pensado en mí? —la tensión se acrecentó y la pregunta era necesaria. Mari sabía a lo que se refería, el calor en sus cuerpos estaba aumentando y el pene de Sergio empezaba a rugir.

—Sí. —le avergonzó la respuesta, pero no se acobardó y mantuvo la mirada a Sergio— ¿Tú?

Asintió muy despacio, sabían que los dos habían tenido vivos recuerdos del momento más íntimo que jamás tuvieron. El joven descendió ligeramente la cabeza, Mari la levantó, eran dos imanes atrayéndose, el meteorito atraído por la gravedad de la tierra, una colisión inevitable.

Los labios de Mari, pintados de un vivo color granate, se acercaban a un paso de caracol que a Sergio le pareció erótico. No cerraban los ojos y tampoco se miraban, parecían que oteasen dentro del cuerpo, justo viéndose el alma.

Las manos del joven ascendieron, haciendo contacto en la cintura de su madre después de tanto tiempo, para él, más de un siglo.

Mari lo sintió, junto a una electrizante sensación de pasión irrefrenable que la volvía loca.

Sabía lo que ella quería, sabía lo que su hijo quería, aquello no se podía parar, había que ponerle solución.

Estaba desestimando sus palabras apenas un segundo después de decirlas. La pasión les robaba el raciocinio.

Sergio sentía lo mismo, las ganas locas de estar con su madre le consumían, aunque un pensamiento, solo uno, le hizo detenerse en una millonésima parte de segundo “Carolina”. ¿Por qué aparecía su amiga en ese instante? No eran novios, solo amigos, porque esa sensación de que ella le importaba.

El sonido de la campanilla les despertó de su real sueño. Una clienta entró sonriente a la tienda, una mujer de avanzada edad que saludó rozando el grito a Mari, respondiendo esta de forma automática.

—Sandra, ¿qué tal?

La tensión se disipó en un momento, tuvo que poner su mejor rostro y olvidarse de aquella sensación tan fascinante que le recorría la entrepierna. Millones de hormigas estaban andando con sus pequeñas patas a una zona tan sensible que dentro del pantalón ardía.

—Ahora estoy contigo. —vio cómo la clienta se encaminaba al fondo de la tienda y volvió los ojos a su vástago— Sergio, ven a las ocho, cuando cierre. Espera en la otra acera… no tengo tiempo para hablar, debo ir a casa que estará tu padre y tu hermana esperándome para cenar.

No hizo falta decir más. Apretó la cintura de su madre con las manos, haciendo que Mari apretase los dientes tratando de no sisear cuál serpiente y quitó la vista de su hijo. Este se marchó de allí, esperando a que pasara el tiempo y lamentándose de no tener un libro que le entretuviera.

Mientras tanto, su madre atendió a quien entrase por la puerta, como a Sandra que le comió bastante tiempo. Entre clienta y clienta solo se le ocurrió una cosa, una única cosa para poder expresarse, escribirle todo en un papel, sería más sencillo que hablar.

Antes de las ocho Sergio estaba en la otra acera, mirando dentro a su madre que hacía los últimos preparativos para cerrar, espantando a algunas clientas con buenas palabras y dejando todo listo.

Salió de la tienda, cerrando con un manojo de llaves y accionando la persiana automática mientras miraba a su hijo al otro lado.

El joven vio el papel que traía en la mano, un folio al uso que no dejó de mirar mientras cruzaba la calle con rapidez sin mirar a los lados. No tenía nervios, no tenía timidez, simplemente era un flan por tener allí a su querida madre.

Le extendió el papel sin decir nada y después con un gesto veloz como el rayo, Mari se adelantó para darle un perfecto beso en la comisura del labio a su pequeño.

No dijo más, no hizo más, solo se dio la vuelta y comenzó a caminar por la calle en dirección a su casa.

El joven se quedó quieto, mirando el papel y con una erección que no era sana.

En el pantalón algo se movía, un alíen dispuesto a hacer cualquier tipo de atrocidad con el objetivo de sacar el jugo blanco que tanto le oprimía los genitales.

De la vuelta a la residencia ni se dio cuenta, solo se percató de la realidad cuando estaba sentado en su cama con el folio doblado en las manos.

Lo había llevado con cuidado, colocado a la perfección en el sitio del copiloto como si fuera un ser viviente.

Podía notarlo, casi sentir una palpitación constante de un corazón de papel que le llamaba.

Ahora estaba dispuesto a leerlo, sin tener la menor idea de lo que habría en su interior. Los dedos le sudaban y no quería mancharlo, por lo que se acercó al escritorio, dio el flexo que usaba para estudiar y calmándose, lo abrió.

“Hola, Sergio:

Te lo escribo porque de otra manera no me va a salir. No puedo decírtelo a la cara, porque antes me daría un infarto. Lo mejor será decirlo lo más claro posible, si le doy vueltas va a ser peor. Te amo tanto como amo a tu hermana, sois mis hijos y daría la vida por vosotros si fuera necesario.

Ahora viene el momento que no te volveré a llamar hijo, porque te pido una cosa.

Mañana es sábado y no trabajo, quiero ir a verte a la residencia, sé que vives solo y allí tendremos intimidad, no se me ocurre un lugar mejor.

Desde este momento hasta que vuelva a salir por la puerta de tu habitación no quiero ser tu madre, quiero ser Mari, nadie más.

He notado lo que sientes, la pasión que tienes y te digo que me pasa lo mismo. Solo quiero una última vez, una satisfacción extrema. Porque no te puedo mentir, he pensado en ello muchas veces y aunque esto jamás lo admitiré después del sábado, me he masturbado pensando en ti.

Dicho esto, solo queda añadir, que cuando pase lo que tenga que pasar, lo olvidaremos.

Me seguirás atrayendo y yo a ti, pero se acabará, con una sonrisa y el amor materno filial de siempre.

Es lo mejor para la familia, ni tu hermana, ni tu padre podrían enterarse de esto jamás. Nuestra relación rompería la familia.

De verdad, no quiero hablar nunca más de estas más o menos 24 horas que van a suceder. Me las arreglaré para poner una excusa y verte, no sé a qué hora, ni en qué momento, pero estaré, solo mándame la dirección y ya.

Para ir acabando, sé que tú eres joven y tendrás mujeres en tu vida, para mí eso obviamente acabó y con tu padre me siento más que satisfecha.

Por lo que te voy a dar unas pautas para que sea perfecto para mí, no quiero sonar egoísta, los dos lo pasaremos bien.

No quiero hacer el amor, quiero follar. Déjame llevar a mí las manijas y mandar sobre la intensidad, el momento, la postura, todo.

No quiero que seas un robot, pero quiero que sigas el ritmo que yo imponga.

Iré lo más guapa que pueda, sé que te gusta verme así y por las miradas que me echas, sé que mis pechos te llaman mucho la atención. Espero que tú también disfrutes porque yo lo haré. Tú no hace falta que te pongas nada en especial, estaremos desnudos muy pronto.

¡Por Dios! Quema esta carta según la leas, hazla pedazos o cómetela, que desaparezca del mundo. Porque mientras te escribo la mano me tiembla y tengo el rostro tan rojo que me va a estallar, nunca había escrito algo como esto y no lo volveré a hacer.

Nos vemos mañana.

Te quiere, Mari.”

Sergio cogió la carta, la hizo añicos durante más de diez minutos. Llenó un vaso de agua, la desintegró moviéndola una y otra vez hasta que se convirtió en una masa compacta. Cogió la bola que allí quedaba y la lanzó a la papelera, rezando porque ningún lunático recompusiera aquella… confesión.

Volvió a sentarse en el escritorio con un gesto ausente y la cabeza en blanco. Todavía era imposible que aquella carta que había destruido fuera real, que aquellas palabras provinieran del puño de su madre… de Mari. Pero era su mano la que las escribió.

Se levantó, sin poder contener un cuerpo que estaba extrañamente en calma.

Llevó las manos a sus pantalones y metió los dedos por el elástico.

El pijama bajó con cautela, como todo él, descubriendo el pastel.

Todos los sentimientos estaban en un lugar, en uno solo que ahora se levantaba como una bestia salida de un universo paralelo.

Volvió a caer sobre la silla, teniendo entre sus piernas un asombroso coloso, lleno de venas repletas de sangre que transitaban como locas hacia una punta roja y desbordante de vida.

El capullo había emergido, quedándose tan hinchado que la piel no podía volver a cubrirlo.

Lo que si lo cubría era un manto de líquido, los primeros vestigios de semen ya habían anegado la punta y los calzoncillos, dejando una mancha caliente.

Con los dedos de su mano derecha trató de ahogar aquella anaconda que parecía le fuera a comer. Estaba pletórica, pocas veces la veía así, parecía que en cualquier momento estallase bañándole tanto en sangre como en semen.

Algo gracioso le pasó por la cabeza cuando movió por primera vez su piel hacia abajo.

“Esta vez sí que va a oler a paja, Carol” rio por dentro, porque por fuera su rictus serio no cambiaba.

De nuevo su amiga salía a la luz, pero esta vez casi no le importaba, al siguiente movimiento se le olvidó todo.

Dos gestos más y la masturbación, cesó. Un líquido abundante, espeso y ardiente como el mismo infierno brotaba de la punta cayendo por toda la longitud en unos riachuelos que mancharon su mano.

Se estremeció, se relajó y casi pudo dormirse en el mismo momento que creía ver el cielo. Si solo supiera que su madre hacía lo mismo en la ducha, seguramente se podría haber corrido de nuevo.