NOS VOLVEMOS A VER #2
Le sonrió fríamente, como un muñeco de trapo con una mano atravesándola el trasero. No podía sacar algo más natural, porque no sabía que sentía, ella amaba a Paola, era con la que quería estar, no con Sergio.
Se despidió con un gesto de cabeza, dejando la conversación cortada en ese punto y abriendo su puerta mientras el joven cerraba la suya. Hasta el domingo Carol tendría tiempo, tiempo para comerse la cabeza todo lo humanamente posible.
Sin embargo, Sergio quizá por desgracia o suerte, no tuvo tiempo para eso. La tarde llegó rápida y cogió el coche rojo que tanto amaba para recorrer unos kilómetros hasta un destino muy específico.
Aparcó relativamente cerca del trabajo de su madre.
Manteniéndose quieto por más de cinco minutos dentro del coche.
Podría parecer que son pocos minutos, pero cada segundo se le hizo interminable.
Unos nervios incontrolables se apoderaron de él, la tripa le dio vueltas y las piernas de forma inquieta no se detenían, parecía que tuvieran la misma función que un martillo hidráulico.
Cogió fuerzas, ¿de dónde? No lo supo. Abrió la puerta del conductor, notando el aire frío que todavía imperaba a las puertas de la primavera, pero con un sol radiante que calentaba lo justo. Anduvo con paso firme, más por obligación que otra cosa, quería ir, pero no tenía ni una frase pensada.
¿Qué le diría a su madre? “Hola, ¿qué tal? Hace cuanto ¿no?”.
Todo lo que se le ocurría sonaba más o menos igual de ridículo.
Ponerse serio, sentimental, gracioso… no eran buenas ninguna de las opciones.
Podría dejar que hablase ella, que le dijera algo e improvisar sobre el terreno.
No obstante, no había tiempo para más, levantando la cabeza se dio cuenta de que estaba a un portal de distancia del escaparate de la tienda.
Infló sus pulmones tanto como pudo, el corazón le saltaba del pecho y estaba seguro de que si alguien miraba dentro de su garganta lo vería saludar. El cuerpo se le tensó y las manos húmedas, le resbalaban en los bolsillos. Se las limpió en el pantalón, parándose justo antes de entrar a la tienda.
Los oídos le zumbaban y la situación no podía ser más crítica, podría marcharse en ese mismo instante, largarse corriendo y no volver. Sin embargo, ese no sería Sergio, sería un cobarde, un maldito cobarde que se odiaría por siempre.
“¡Entra, joder, échale huevos! ¡Vamos tira para adelante, es tu madre!” Se dijo con fuerza mientras sus labios se apretaban dejando una fina marca blanca.
Cerró los ojos, tan fuerte como pudo, dejando fluir los sentimientos que tenía olvidados sobre su madre.
Como la amaba, la quería hasta el último confín del universo, pero ¿qué tipo de amor era?
Esperaba que volviera a ser solo materno…
Se motivó así mismo, haciéndose la pregunta clave que ningún hombre que se precie puede escuchar sin exaltarse. Desde lo más profundo de su psique, una voz burlona, quizá su conciencia o el demonio que en todos habita, le dijo con sorna “¿Qué pasa, Sergio? ¿No tienes huevos?”.
—¡A tomar por culo!
Giró con rapidez, la puerta de cristal se abrió y un ruido de campanillas replicó en toda la tienda. Por fin estaba abierta, entrando con decisión y pisando tan fuerte que se pudiera notar su presencia en la otra acera.
En la tienda no había nadie, al menos a la vista.
Echó la vista atrás, podía leer el cartel de cerrado, por lo que de cara al público estaría la parte en la que ponía “abierto”, no había error.
Lanzó un vistazo rápido sin ver a nadie, ni en el mostrador, ni en los pasillos de hileras de ropa, ni en el probador.
—Ahora voy.
Una voz se escuchó tras alguna pared o puerta. Sergio la divisó rápidamente, era la que estaba al fondo a la izquierda, de allí provenía la voz… que salía… de la boca de su madre.
El corazón latía a la velocidad de un guepardo, pero con la fuerza de un león. Estaba seco, necesitaba litros de agua, seguramente perdidos por todo el sudor que manaba de su cuerpo. Escuchó un clic, la cerradura de aquella puerta se abrió y entonces fue que… la volvió a ver.
De allí salía Mari con la cabeza gacha mirando un cuaderno de notas, seguramente con asuntos de la tienda. No estaba prestándole atención, solo miraba las hojas donde la tinta azul dibujaba números y letras hasta por el borde de la página.
Estaba preciosa, hacia él venía una diosa, la mujer más bonita de la existencia.
La volvía a ver bien, no como la otra vez desde la otra acera.
No sabía cuánto tiempo llevaba sin observarla tan de cerca, no contaba los días por evitar cualquier pensamiento sobre Mari, pero allí estaba.
Se había dejado crecer el pelo, lo tenía arreglado y una melena morena brillante le llegaba casi hasta la mitad de la espalda.
Sus botines resonaban en el suelo de baldosa, haciendo que sus piernas estuvieran bien firmes dentro de unos pantalones holgados de los que se quejó el joven porque no fueran ceñidos.
Arriba una camisa blanca también holgada y una chaqueta ejecutiva con las mangas remangadas, ¿esa era su madre?
“¡Qué cambio! Es la misma, pero se cuida.” Pensó sin recordar haberla visto tan bien cuidada en… en… ¿Nunca?
—Perdóneme, estaba justo en el almacén.
Mari sintiendo la presencia del nuevo cliente llegó hasta el mostrador, con el rabillo del ojo, vio que era un chico joven, aunque no lo tenía muy claro, pero un hombre fijo. Anduvo hasta donde solía estar sentada y dejó el cuaderno encima del cristal para mirar y atender al cliente.
Los ojos se le abrieron, tanto que a poco se quedan colgando hasta la boca. El asombro era infinito, de todas las personas del mundo ese joven era el que menos esperaba ver. Apoyó una mano en el mostrador del cristal, no se iba a desmayar, pero más valía prevenir que curar.
Su hijo no decía nada, solo la miraba con un gesto serio aunque mezclado con cierta ternura. Ella se llevó una mano al pecho, quizá de la sorpresa o tal vez para calmar un cuerpo que no sabía ni dónde meterse.
Abrió la boca, primero un aire caliente salió de ella, calentando una garganta que daba la sensación de haber muerto un segundo atrás. Sin creerse todavía lo que veía y pensando que podría haberse quedado dormida en el almacén, solo se le ocurrió decir.
—¡¿Sergio?!