La Trilogía (Aventuras y Desventuras Húmedas #4) MARI Y SERGIO #3
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MARI Y SERGIO #3

Mari sintió una punzada de placer cuando le succionó el clítoris, tanta que asió de la nuca a su hijo tratando de ahogarle con su sexo con la intención de que no se separase jamás.

El joven no se iba a ir a ningún lado, incluso introdujo un dedo en el interior de su progenitora haciendo que la cadera de esta se moviera gozosa.

La mujer sonreía mientras echaba la cabeza para atrás notando un torbellino en su interior. Se lo estaba pasando tan bien que no recordaba otro momento más divertido que ese… su hijo devorando su entrepierna encima del escritorio.

Aceleró la succión del clítoris viendo lo que le gustaba y con un dedo revoltoso masajeó las apretadas paredes de su madre, hasta el punto que Mari ya no podía cerrar la boca. La necesitaba bien abierta para respirar.

El momento de sacarlo todo llegó. Mari con el dedo de su hijo moviéndose cada vez más rápido, no podía sostener más un orgasmo importante. Se contrajo, apretando los labios, cerrando los ojos y retorciendo los dedos de los pies hasta que parecieron las garras de un halcón.

Se dejó caer todo lo que pudo en la mesa, topando su espalda caliente con el contraste frío de la pared, le daba lo mismo. Soltó sus manos para llevar ambas a la cabeza de su hijo, la cual agarraba con fuerza y la dirigía de arriba abajo mientras este daba profundos lametazos.

Su vagina se contrajo y comenzó a expulsar todo lo que allí se había formado.

No hubo gritos, ni gemidos, solo una incontrolable vibración que no la dejaba abrir los ojos como quería.

Aunque sí que podía hablar, puesto que mientras que un orgasmo increíble seguía anegando su cuerpo, le decía a su hijo.

—Comételo todo… —apretaba su cabeza con temblorosos dedos— No dejes nada…

Obedeció a las peticiones de su madre como todo buen hijo debe hacer y no se puso de pie hasta que terminó su trabajo. Cuando lo hizo, se alzó, apartando la silla con sus propias piernas, mientras Mari, todavía tumbada, le observaba con un pecho acelerado.

Sergio vio a su madre como una verdadera leona, aunque en parte herida por un orgasmo que la había dejado indefensa. Tenía el rostro enrojecido, unos ojos brillantes como nunca antes y los pies, que seguían en el aire, temblaban de manera ostensible.

Aprovechó para pasar su mano por la pierna de esta, simplemente acariciándola, pero Mari no lo soportaba, seguía sumida en un orgasmo constante que la hizo sollozar y moverse en un espasmo.

—¡Métemela! —vio como le miraba su hijo, quizá esperando a que se le pasase— ¡Métemela, ahora…!

Ya no estaba delante de su madre, solo de una mujer que en aquel instante y solo por un intervalo corto de tiempo, era su amante.

Hizo lo que le pedía, su pene estaba duro como antes, apenas había retrocedido unos milímetros que volvió a recuperar.

Lo cogió con todos sus dedos rodeando el tronco como hizo Mari minutos atrás.

Colocándolo en la cavidad de la mujer, esta se estremeció, estaba demasiado sensible, pero le daba lo mismo, quería la polla de su hijo.

—¡Aaaahhhh! —gritó al sentirla dentro.

Una mezcla de placer extremo y dolor se unieron en un chillido del que Sergio estaba seguro de que alguien lo habría escuchado.

Sujetando sus piernas, la medida era perfecta para no tener que ponerse de puntillas.

Las entradas se empezaron a solapar la una con la otra, sus cuerpos se unían entre sollozos de placer y fuertes respiraciones sin dejar de mirarse.

Mari ya había cedido al poder que le estaba sometiendo su hijo, tumbándose casi por completo en la mesa después de haberse movido ligeramente. No es que fuera el mejor sitio del mundo, sobre todo teniendo la cama a unos pasos, pero el placer que sentía no la permitía quitar el pene de su interior.

—Dame las manos —dijo Sergio sin parar de entrar y salir.

—¿Cómo? —ella se las cedió.

El joven las cogió, soltando los muslos donde estaba sujeto y las cruzó hasta llevarlas al clítoris de esta.

No tenía la intención de que se masturbase, simplemente las agarró por las muñecas e hizo tracción con ellas.

Con dos objetivos muy claros, uno, tener mucho más movimiento y velocidad, y dos, hacer que los senos de Mari se apretasen todo lo que pudieran, su madre se dio cuenta.

—¡Te encantan mis tetas! —con una media sonrisa para gemir de placer por una entrada que le llegó a lo más hondo.

—Son perfectas. —respiraba entre palabra y palabra, su jadeo era constante y el placer mucho mayor— Las mejores que vi en mi vida. —Carmen era una dura rival, pero… Mari quizá tenía mejor cuerpo, no lo podía asegurar a ciencia cierta.

—Dame un poco más… ¡Sí…! —su voz se perdía en un hilo de placer. Se volvió a erguir, quitando el agarre de su hijo y empujándole de pronto levemente. El pene muy a su pesar se escapó— Siéntate en la silla.

La voz de Mari tornó a orden, una bien caliente que Sergio cumplió a rajatabla, como si… se lo ordenase su madre. La mujer atrapó el pene erecto del joven y puso una pierna a cada lado de la silla disponiendo la herramienta en su cavidad y cayendo de golpe.

—¡La leche…! —soltó con gusto con las manos en los hombros de su hijo— ¡Qué pedazo de polla tienes…! —la enterró toda en su cuerpo. Llegando a notar sus genitales cerca de su ano— Me llega tan… dentro…

Su voz se perdía en un tono erótico, que por supuesto, Sergio nunca había escuchado. Su madre había sido una mujer dedicada a la casa, con ojeras bien marcadas, siempre una coleta mal hecha y desganada. Se transformó.

Lo que tenía en frente era una mujer poderosa, sexy hasta la médula e independiente.

Con unas ganas de sexo, que parecían imparables.

No le había hecho falta nada más que creerse lo bella que era y salir un poco más de las cuatro paredes teniendo su propia vida.

Sergio comprobada todo ese cambio mientras Mari lo cabalgaba con dureza.

—¡Agárrame bien el culo, cariño! —esto último le salió solo, aunque no le importó, no había dicho hijo.

Las manos de Sergio comprimieron ambas nalgas, ayudándola en sus saltos mientras se clavaba un pene sin fin que la llevaba al cielo. Adelante y atrás, a los lados, movimientos circulares de cadera, todo era poco para llenarse de placer, le haría falta una vida entera para quedarse satisfecha.

El joven estaba muy caliente, la visión perfecta de su madre era demasiado.

Tan caliente estaba, tantos sonidos emitía, que este se dejaba llevar por la preciosa ninfa que tenía enfrente…

mejor dicho, encima. Soltó una de sus manos y a la par que atrapada uno de los dulces pezones con los labios, le golpeó con fuerza una de las nalgas haciendo que su madre… chillase.

—¡Otra vez!

Gritó sin contener el aliento, no había sido para tanto, solo una pequeña cachetada de pasión. Pero animado, Sergio le dio la siguiente con más fuerza.

—¡Sí! ¡Eso es! ¡Esto quiero, mi vida! —los apelativos brotaban sin querer, esperaba no romper el momento.

—¡Eres perfecta!

Las frases atravesaban sus labios sin que su mente diera el visto bueno, rodeadas de inconexiones y gemidos de placer, que sobre todo, Mari soltaba a viva voz. Se estaba desatando, dejándose llevar por el demonio interno y dando un buen “repaso” a su… a Sergio.

El muchacho estaba abstraído, observaba a su madre gemir y gemir, como nunca la hubiera imaginado mientras chupaba sus pezones como un verdadero loco lujurioso. Se vio con confianza y no pensó mucho su siguiente movimiento, solo le advirtió de una forma muy ambigua.

—Esto te va a gustar.

La mano derecha dejó de apretar la nalga izquierda de Mari, sin que a esta le importase mucho. Aunque cuando notó que el dedo corazón de su hijo se dirigía a su ano, le miró.

El dedo hizo contacto con la entrada, lo masajeó mientras ambos se miraban y el ritmo iba descendiendo.

Mari nunca había metido nada por ese agujero y no se había imaginado que sentiría, ni si el sexo anal sería divertido “con esta polla me da que no…” pensó mientras su hijo le masajeaba el trasero.

—¿Lo meto…?

Ella asintió sin meditarlo siquiera, como se suele decir habitualmente, había venido a jugar, por un dedo… no pasaba nada ¿no?

El coito siguió y el dedo corazón se introdujo con calma en un trasero tan apretado, que le costaba introducir la primera falange. Pero pronto pareció que comenzó a ceder, Mari se dejaba hacer y casi se olvidaba del dedo porque era insignificante con lo que tenía en la vagina.

Otra falange entró, y esta vez sí que sintió cierto placer extraño que no la desagradó, sobre todo porque se sumaba al que tenía en otra cavidad y la llevaba al cielo. Fue entonces que apretó el ritmo de forma intencionada. Se dejaba llevar por aquel pene que mandaba.

—Se viene, Sergio… ¡Se viene, mi vida!

—Dale… córrete… ma… Mari —menos mal que mamá y Mari tienen la misma sílaba inicial, si no la hubiera cagado.

Fue entonces que ella bajó su trasero, separó ambas nalgas y tanto el dedo del joven, como su coloso entraron de forma profunda. Gimió sin control, un grito a cierto volumen que no cesaba, al tiempo que Sergio aprisionaba uno de sus pezones entre sus mandíbulas.

Mari se estaba corriendo sin moverse, con la totalidad del pene de su hijo en el interior, mientras un dedo en su ano salía y entraba con cierta fuerza.

Su cabeza cayó sobre la de su hijo, besándolo con calma para hacerle saber que debía parar.

Este cedió a las súplicas aunque hubiera seguido por años.

—¡La puta! ¡Qué rica follada! —las palabras de su madre eran incompresibles, no era un vocabulario que soliera usar, Sergio estaba sorprendido. Aunque viendo como estaban, en qué posición y notando como las gotas de flujo ya recorrían sus muslos, no sé de qué podría sorprenderse.

—No estuvo mal…

—Saca ese dedo que me vas a romper el culo. —añadió una sonrisa para no sonar grosera.