La Trilogía (Aventuras y Desventuras Húmedas #4) LA DESPEDIDA DE DOS AMANTES #3
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LA DESPEDIDA DE DOS AMANTES #3

Recorrió los dedos por la espalda de Carmen, quitándola el sujetador y llegando hasta sus bíceps para que los tirantes cayeran.

La mujer se dio la vuelta, con sus manos en el pecho sujetando la prenda negra y sin descubrir nada.

La cara reflejaba timidez, como si fuera la primera vez de su vida, incluso en aquella ocasión, con un conocido del pueblo, no estuvo tan tensionada.

Se armó de valor y mientras su joven sobrino al que tantos años sacaba la miraba con gesto serio, pero penetrante, dejó caer el sujetador al suelo.

Los pechos quedaron delante del muchacho, no los miró, sino que sorprendió a Carmen fijando la vista en sus preciosos ojos.

La mujer pensaba que todo comenzaría, que la boca del joven empezaría a devorar sus pezones y en las cuatro paredes ardería todo su amor.

Sin embargo no era así, Sergio de nuevo se agachaba, sin perder de vista las preciosas cuencas azules de su tía que le seguían intrigadas.

De nuevo de rodillas frente a su reina, el chico acercó su cara a la lencería que le quedaba.

Besó con ternura, justo la parte más alta de la braga, para después dar dos besos más a medida que descendía.

Introdujo los dedos y al separar la cabeza, bajó el último trozo de prenda que cubría el portentoso cuerpo de su tía favorita. Esta alzó un pie, después el otro y Sergio se volvió a alzar delante de ella, ambos en completa desnudez.

Carmen dio un paso, notando como el pene erecto se le introducía entre las piernas y atravesaba unos labios que no escondían su humedad. Sus manos se posaron en los brazos de Sergio, que lentamente fue descendiendo su rostro hasta que ambas narices contactaron con sus puntas.

Tenían el vello erizado, el calor manaba de sus cuerpos y Carmen apretó los brazos del chico sin poder contenerse. El aire que salía de sus bocas golpeaba la piel del otro, estremeciéndose de placer y haciendo que el coito hubiera comenzado sin necesitar una penetración.

El que se adelantó fue el joven, descendiendo los últimos milímetros con suma calma, hasta topar con los labios de su tía que estaban preparados. Solo los unieron, no hizo falta abrirlos y darse un saludo más efusivo, era suficiente.

Con los ojos cerrados disfrutaron del sabor del otro, de su esencia, de su alma.

Un momento que sabrían que sería eterno, aquella habitación se detenía para siempre en sus recuerdos.

Por mucho que se vieran a posteriori, allí morirían Sergio y Carmen, dos amantes que habían llegado a sentir cosas inimaginables.

Los labios se comenzaron a separar, terminaron por despegar alguna zona que se reusaba a soltarse.

Sergio actuó con decisión, con mucha ternura cogió la mano de su tía y se dio la vuelta.

Con paso lento, como si pisara un suelo repleto de huevos llegaron a la cama, estrecha y pequeña, pero ¿qué más necesitaban?

En un movimiento rápido el edredón se movió, dejando solo las sabanas visibles.

Sergio con el gesto de su mano la dejó pasar, como un caballero ayudando a entrar en el coche a una dama.

Carmen posó primero su pierna desnuda, luego su trasero y sin soltar la mano de su sobrino se tumbó con la cabeza en la almohada.

El joven la siguió, colocándose encima de esta y tapando sus cuerpos pese al calor de la habitación.

El vapor del baño se estaba desvaneciendo, seguramente se enfriaría el cuarto en unos minutos, pero ellos se mantendrían calientes.

Sobre todo porque mientras se seguían mirando, sus sexos también lo hacían, como dos viejos conocidos se acercaron y casi con vida propia, por fin se volvieron a unir.

—Ah… —ahogaron un susurro menguante al unísono y unieron sus frentes.

El coito era lento, pero cada entrada hacía que el cuerpo de ambos se descontrolara. Sus sentidos estaban perdidos en un mar de placer. Con sus ojos, que no dejaban de mirarse mutuamente se hablaban. Se dedicaban su amor, su pasión, su ternura.

Las penetraciones sonaron acuosas y junto a los leves jadeos eran los únicos sonidos que se podrían escuchar en la habitación. El coito no duró mucho, unos pocos minutos de entradas, que culminaron cuando Carmen abrió la boca y Sergio hizo lo mismo.

Era el momento, el final. El pene del joven se puso mucho más duro, la vagina de la mujer se contrajo aferrando lo que dentro la metían. Los ojos volvieron a conectar de manera extrasensorial y se avisaron el uno al otro. Se iban a correr.

Con una mente unida, un pensamiento único, ambos gritaron en sus cerebros. “¡Juntos!”. La vagina se relajó al sentir la última penetración que Sergio la dio en la residencia de estudiantes, al tiempo que descargaba en su interior una porción considerable de líquido blanco.

Los dos se abrazaron mientras sus cuerpos se volvían locos por los espasmos. Las uñas de Carmen no dudaron en introducirse levemente en la piel del joven debido a la tensión, mientras que este apretaba sus nalgas tratando de meter los milímetros finales.

Respiraron forzosamente y después de un minuto abrieron los ojos mirándose de nuevo. Esta vez fue Carmen la que alzó la cabeza y después de acariciar la mejilla de su sobrino le propinó otro dulce beso en los labios.

—Siempre te amaré —le dijo con una sonrisa sintiendo como los ojos comenzaban a humedecerse. Con todo el poder de su alma, Sergio la contestó.

—Nunca abandonarás mi corazón.