La Trilogía (Aventuras y Desventuras Húmedas #4) LA DESPEDIDA DE DOS AMANTES #2
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LA DESPEDIDA DE DOS AMANTES #2

Sergio se había dado una ducha bastante caliente, como solía gustarle en esas épocas frías del año. El vapor que manaba del baño había envuelto parcialmente la pequeña habitación y Carmen se notaba, demasiado ardiente.

La fogosidad de su cuerpo se comenzó a encender como si le hubieran arrojado un bidón de gasolina. Su cuerpo reaccionó a una palada de carbón tirada al motor de una vieja locomotora, la imagen de su sobrino al borde de la desnudez no hacía más que acrecentarlo todo.

—Le dije a tu madre… —la voz la sentía temblorosa, sabedora que luchaba contra su naturaleza— que esto… me olvidaría de ello, al volver a casa.

Su sobrino asentía dentro de una habitación de lo más sensual y que por momentos a Carmen le parecía un hotel, dispuesta a pasar el mejor rato de su vida.

—Cuando vuelvas a casa… —su sobrino dio un paso, rozando con su pecho el de Carmen— ambos nos olvidaremos. —la voz no era más que un murmullo, algo que no podría escuchar una tercera persona a dos metros de ellos.

El joven estiró las manos, cogiendo las de su tía y llevando por primera vez la iniciativa, las acercó al nudo de su toalla. Los ojos de Carmen seguían fijos en los de su sobrino, que ahora con la barba afeitaba lucía mucho más guapo.

Sintió la humedad de la toalla y la tensión que esta tenía en torno a la cintura.

Sergio las soltó, dejando ambas manos encima del nudo y haciendo que Carmen siguiera sola.

Decidiera lo que decidiera, él estaría contento.

No le importaba tener un último momento íntimo o finalizar con un beso en la mejilla, amaba a su tía y la amaría por siempre, daba igual la manera.

No obstante los dedos de Carmen se movieron lentos, pero seguros, quitando la pequeña atadura sin mucho esfuerzo y dejando caer una toalla que parecía pesar una tonelada.

Entre sus piernas se formó una medialuna amorfa de color rojo.

La toalla estaba en el suelo, bordeando al muchacho, aunque Carmen no la miró, porque sintió como lo que estaba aprisionado allí, la golpeaba contra sus vaqueros.

—Quiero que terminemos esto como nos merecemos.

—Sergio… —no sabía qué decir, los labios del joven estaban a un palmo de los suyos y soltaban un calor que la derretía.

El muchacho no se detuvo, no lo haría hasta que la preciosa mujer se lo dijera. Pasó ambas manos por su vientre, subiendo cada una por un lado de las costillas con el objetivo de llegar a los hombros.

Carmen entendió cuál era el objetivo, separó sus brazos.

Pasando muy cerca de los laterales de sus senos, unas manos lentas subieron hasta comenzar a quitarle la chaqueta.

No hizo falta mucho esfuerzo, con dos dedos de cada mano la prenda comenzó a resbalar por los brazos de la mujer hasta caer al suelo.

Sergio contempló a su tía con ojos que la mujer conocía.

Mostraba deseo y admiración una mezcla perfecta para los sentimientos internos que ardían dentro de Carmen.

La rodilla del muchacho se flexionó, haciendo que los ojos de Carmen bajaran instintivamente y se posaran en el miembro erecto que descendía hacia el suelo.

Las manos rodearon el gemelo derecho de la mujer, levantándolo con cautela, como si se fuera a romper, para acto seguido quitarle el zapato de color rosa que recientemente adquirió. Repitió el mismo proceso con la otra pierna, dejando descalza a Carmen que sintió la mullida alfombra bajo sus pies.

Arrodillado como un esclavo frente a su ama, levantó sus manos con lentitud, sin dejar de mirar los ojos que siempre le hipnotizaban.

El botón del vaquero saltó sin esfuerzo, como si tuviera vida propia y quisiera separarse de la piel de su dueña.

Solo una braga negra quedaba en esa zona, nada más.

Sergio se comenzó a alzar, cometiendo una herejía por no seguir arrodillado frente a su diosa, pero Carmen no lo tomó en cuenta, sobre todo porque su terrible pene la volvía a golpear la cintura.

Ahora estaba más bajita, pero no importaba, podía mirarle a los ojos mientras el tiempo se detenía y la desnudaba con su total aprobación.

Las manos calientes volvieron a tocar los lados de su vientre, pero esta vez por debajo de la blusa, comenzando de nuevo un movimiento ascendente.

El contacto con su piel provocó en la mujer una alteración, la respiración comenzó a ser más profunda, más necesaria, más marcada.

Sus pechos subían y bajaban ansiosos por la espera, por el tacto, por el calor, por Sergio.

La blusa fue arrebatada a su dueña, quedando únicamente con una ropa interior negra a juego, que no era de las más bonitas que tenía. Tampoco se había preparado para una situación como esa, eran prendas que podía calificar “de viaje”, para sentirse cómoda.

Por un momento quedaron quietos, quizá esperando que Sergio tuviera el último beneplácito de una mujer que adoraba como a una reina en el antiguo Egipto. Ella pareció comprender que le tocaba dar algo más, el último escollo para perder la cordura.

Carmen se viró, dándole la espalda, pero sin separarse ni un ápice.

Cuando lo hizo, lo primero que sintió fue un pene tan duro como el hormigón recorriéndole la nalga derecha y dejando un rastro de fluidos calientes.

Se llevó una mano a su nuca, para apartarse un pelo que no le llegaba ni por asomo a la unión del sujetador.

Solo fue un acto involuntario, reflejo de un nerviosismo que la atoraba más que la primera vez.

Sergio lo hizo rápido, no por experiencia, sino por suerte, la providencia universal no quería que demorasen ni un segundo más de lo debido. Abrió el sujetador después de un sigiloso “clic” que sonó mil veces amplificado en tal sepulcral silencio.