La Trilogía (Aventuras y Desventuras Húmedas #4) LA DESPEDIDA DE DOS AMANTES
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LA DESPEDIDA DE DOS AMANTES

Un joven en pijama con el pelo revuelto y pintas de no haberse duchado en todo el día le abrió la puerta. Su barba de una semana, aunque apenas incipiente, le hizo saber a Carmen que el chico estaba tomándose en serio el estudio, pero no estaba allí para hablar de eso.

—Tía, qué ganas tenía de verte.

Carmen se lanzó hacia el cuerpo del joven que a poco pudo cerrar la puerta. Pasó sus brazos amarrando el cuello de Sergio que hizo lo mismo por la baja espalda de la mujer. Apretaron fuerte, como dos viejos amigos volviéndose a encontrar y… ¿No lo eran?

El propio impulso hizo que la mujer con el pelo rubio de peluquería se levantase levemente en el aire y que Sergio por la inercia girase sobre sí mismo volteándola en el aire. La bajó cuando dieron una vuelta completa y Carmen separó su cara de Sergio.

Un beso sonoro de la mujer le dejó marcado su pintalabios en la mejilla izquierda a un joven sorprendido por el saludo. Pero no tardó en portar la mejor de las sonrisas, esa que últimamente solo una nueva amiga le conseguía sacar.

—¿Qué tal estás, cariño? —Carmen se notaba realmente alegre, venía de arreglar las cosas con su hermana y ahora, veía a su sobrino favorito.

—Ya me ves, poco salgo de la habitación, pero contento de tenerte aquí.

—Me alegro, mi vida.

Cogidos de la mano la mujer comenzó a andar hacia la cama, único sitio donde ambos podían sentarse y allí posaron cómodamente sus nalgas el uno junto al otro.

—Vengo de ver a tu madre. —la felicidad del joven se borró en un instante, esperando con incertidumbre— Parece que está mejor.

He hablado con ella sobre lo que pasó. Al principio no veas lo enfadada que estaba, y no la culpa, que tu hermana tenga relaciones con tu hijo, no tiene que ser nada agradable, ni fácil de digerir.

Sergio se levantó un momento, cogiendo de un pequeño arcón dos botellas de agua, ofreciéndole una a su tía. Esta la necesitaba y estiró la mano, el trago con su hermana la había dejado bastante seca.

—Gracias. —dio un ligero sorbo y dejó reposar la botella entre sus piernas— Le he dicho lo que ocurrió.

Tranquilo, —Carmen sonrió al ver la cara de su sobrino— no le he dado detalles, ni ella a mí tampoco.

Solo le he dicho que fue una vez, la última…

vamos la que ella sabe y que allí me robaste el sujetador.

—¡Oye!

—Ya, lo sé. Pero te tenías que sacrificar por la familia.

—Carmen volvió a coger su mano apretándola igual de fuerte que al entrar en el cuarto— Menos mal que me contaste lo que pasó, si no presentarme aquí hubiera sido imposible.

Pero creo que está todo bien, hemos hablado del tema, no te quiero aburrir con muchos detalles, digamos que entre mujeres nos hemos entendido.

—Entonces, ¿Mari y yo?

—Eso ya queda en vuestras manos. Lo que le he dicho es que lo tenéis que hablar, se siente culpable por echarte de casa y… —le dedicó una mirada algo afilada— no la quito nada de razón. Si hubiera estado en su caso te hubiera matado.

—Pero, ¿por qué? No entiendo por qué se enfadó tanto.

—Sergio… se ha sentido traicionada. Míralo desde el punto de vista externo, si ahora tuvieras una novia. Tú hoy mismo tienes relaciones con esa novia, pero se entera de que la semana anterior lo has hecho con su hermana.

—A ver, si eso lo comprendo, pero no es mi pareja.

—¡Sergio, que es tu madre! Es mucho peor.

—el joven agachó la cabeza comenzando a comprenderlo— ¿Qué te crees, que a mí no me hubiera molestado?

Seguramente sí. Por mucho que no seas pareja de alguien te molesta que tenga sexo con otra persona, si sientes algo por ella…

y tu madre siente mucho por ti. No lo digo como si fuerais novios o pareja, sino…

porque es tu madre, no hay nadie que te pueda amar más que ella.

—Entiendo lo que dices.

—Claro que lo entiendes, cariño. —ella le pasó la mano por el rostro para acariciarlo.

La barba aunque pequeña y desperdigada en trozos, le picó— Me ha dicho que deberá hablar contigo, que tenéis que solucionarlo.

Una conversación, dejar las cosas claras, hablar de lo sucedido y volver a la vida normal.

—Y ¿si no vuelve? —Carmen torció el rostro sin entender muy bien a que se refería— La normalidad.

—Volverá. —Sergio esperó su explicación— Esto no es amor como tal, como el que pudiste sentir por Marta en su momento, es deseo, pasión.

Ese ferviente apetito nace del amor que os procesáis, es el mismo caso que el mío, pero nosotros no tenemos un vínculo tan fuerte.

También lo nuestro acabará, y si no el mismo tiempo lo matará.

En unos años ambas nos veremos más viejas, mientras que tú sigues en la flor de la vida.

La misma naturaleza te dirá que tienes que buscar otra hembra más propicia para el apareamiento.

—Carmen… —el joven no pudo esconder la sonrisa, imaginándose algún documental de media tarde con animales fornicando.

—Pero tengo razón, cielo. Una pena, porque yo me casaba contigo ahora mismo.

—obviamente bromeaba, aunque tenerle de amante…

eso ya sería otra cosa— Sin embargo, todo terminará.

Tú te vas a enamorar de alguna jovencita de tu edad y tu madre y yo, seguiremos nuestras vidas con un grato recuerdo.

Esa es la verdad, cariño. No te preocupes por el que pasará, tampoco veo a tu madre con ganas de tener la misma sensación otra vez.

Después de que… se me hace difícil incluso decirlo, pero…

allá va, después de que tu madre y tú follarais, no lo pasó bien.

Tenía el cuerpo raro y claro, la cabeza le daba mil vueltas.

—También tuve una sensación extraña. Contigo fue al revés, no sentí que hacía nada indebido, solo que nos lo pasábamos bien.

—¡Muy bien! —recalcó la mujer con la sonrisa pícara que tanto le caracterizaba— Pero no es lo mismo, Sergio.

—No sé qué haré. Mejor dicho, no sé cómo lo haré… Mari nunca fue muy decidida para dar el paso en cuanto a problemas se refiere.

—No, tendrás que darlo tú. Al fin y al cabo, te toca. —Carmen vio la tensión que surgía en el rostro de su sobrino y decidió aligerar un poco— Eso te pasa por no guardar el sujetador en un sitio más adecuado.

Los dos sonrieron, sintiéndose de nuevo como en casa de su tía, con el sol picando fuerte y ambos tumbados en las hamacas. Se miraron con determinación, los ojos azules de la mujer brillaban como de costumbre, parecían dos estrellas iluminando la habitación.

—Sergio, —Carmen parecía que fuera a decir algo importante, algo transcendente, o así lo sintió el joven— pégate una ducha anda… que hueles fuerte.

El joven se levantó negando con la cabeza, la franqueza de Carmen siempre le desestabilizaba. Cogió una toalla y se dirigió a la ducha, escuchando como la mujer, todavía sentada en la cama le volvía a decir.

—Aféitate, que no sé qué haces con esa barba comprada por fascículos.

—¡Vete a tomar por…! —levantó el brazo simulando estar enfadado, no coló.

—Ya sé que me quieres, pero venga, aséate un poco.

Carmen se quedó mirando el cuarto del joven mientras de fondo la ducha sonaba con fuerza. Se quitó la chaqueta cuando el vaho comenzó a salir por el resquicio de la puerta que Sergio había dejado abierta.

Con curiosidad miraba sus libros, recordando las pocas veces que había pensado en volver a estudiar algo, no una carrera, pero quizá si un idioma. Al ver la pila de libros que tenía el joven en la mesa, sonrió sinceramente, pensando en la pereza que le daría volver a ponerse a leer todo eso.

Su móvil marcaba ya más de las siete de la tarde, debería marchar cuanto antes, pese a que las noches cada vez eran más cortas, el sol se escondía pronto y no quería conducir en penumbra. Escuchó la puerta tras de sí, Sergio salía con la toalla anudada a la cintura, menuda imagen…

El cabello aún ligeramente mojado y alguna gota cayéndole por un torso delgado, pero fibroso por los caprichos de la juventud.

La imagen la hizo abrir todavía más los ojos.

El capullo de su sobrino lo había hecho a propósito, estaba más que claro, era una de esas cosas que a Carmen tanto le gustaban y cuando le miró a la cara, este sonrió.

—¿Qué pasa? —no disimulaba su sonrisa.

—Qué eres malo.

—Para que tengas un buen viaje —añadió Sergio acercándose al armario y buscando la ropa.

—Sí, seguro que lo tendré… no voy a poder sacarme estas vistas de la cabeza. —se puso la chaqueta y sus pulseras tintinearon al levantar el brazo— Me tengo que ir ya, mi vida. Se me va a hacer tarde.

—Cuanta menos oscuridad haya mejor. ¿Vas a parar a dormir?

—Tengo un sitio ya cogido… —la sonrisa y el brillo que desprendía Carmen le hizo saber al joven de que sitio hablaba.

—No me lo creo…

—Sí, el mismo en el que estuvimos. Me traía buenos recuerdos.

Sergio se adelantó hasta quedarse delante de su tía. En medio de la habitación, ambos se miraron con la luz del día menguando levemente y la lámpara del baño bañando la habitación.

—Te quiero.

El muchacho susurró a su tía dos palabras llenas de amor y ternura.

Ella las recibió de buena gana, aunque tragó saliva por cierta tensión que no podía paliar.

Los dos estaban casi a la misma altura, los tacones de Carmen hacían que sus ojos se quedaran por unos milímetros a la altura de los de Sergio.

Se miraron por unos segundos en el que no se escuchaba nada, solo ambos corazones tamborileando como locos.

Recordaron todo, el viaje, las risas, las primeras sensaciones de deseo que desbordaban por sus cuerpos.

El primer instante, la primera entrada, el primer orgasmo…

tanto habían compartido. Ahora en una habitación, solos, lejos de todas las miradas del mundo volvían a sentirse igual que en la casa de Carmen.

Los sentimientos carnales a la larga morirían y dejarían lugar únicamente al amor que se procesaban. Carmen no erraba en su teoría, los años pasarían y aquellas situaciones tan sexuales, tan ardientes, solo querían como un recuerdo perfecto de dos amantes que… eso mismo… se amaban.