DOS HERMANAS #3
Era cierto que la idea de que Sergio se acostara con otras mujeres Carmen la tenía muy clara, aun así, sentía en el interior, una picazón nacida en el vientre que era imposible de detener. Los celos son así, por mucho que no quieras que estén, siempre aparecen.
—Carmen, —Mari se limpió la nariz con la manga del pijama— ¿está bien?
—Sí… —su hermana no la miraba, apenas podía hablar sobre que su hijo no estuviera en casa— Por lo que me ha dicho, está en la universidad de maravilla. No te preocupes, que corro con todos los gastos.
—Mierda… —Mari con las manos tapándose el rostro, se sintió más hundida.
—No pasa nada. Entiéndelo como mi modo de compensar todo.
Mari se levantó de la silla, cogiendo ambos vasos vacíos y llevándolos al fregadero.
Apoyó las manos en la encimera, donde unos minutos atrás sentía tanta furia, ahora solo notaba desesperación.
Sin embargo una luz se vislumbraba a lo lejos, debía arreglarlo con su hijo, no por nada en especial, solo… para volver a ser una madre.
—No sé qué hacer… como hacerlo…
—Mari, —Carmen se levantó y fue hasta donde la mujer.
En la misma encimera posó su mano y entrelazó los dedos con los de su hermana— cuando puedas y estés preparada, háblalo con él.
Decidir juntos que todo aquello pasó y ya.
Pensar y hablar de qué queréis que pase en el futuro.
Tener un sitio íntimo, sin miradas, solo vosotros y hablad.
La mano de la mujer morena apretó la otra, sintiéndose de nuevo tan cerca como en aquellas pequeñas vacaciones. Mari sabía a qué se refería su hermana y estaba convencida de que la conversación se sucedería, sin embargo necesitaba tiempo.
—Por mi parte —su hermana le cortó la meditación— cuando vuelva a casa, nada volverá a suceder, ¿me entiendes?
No hacía falta decir que no volvería a tener relaciones con Sergio, aquello debía acabar, por el bien de la familia y ambas mujeres se abrazaron en un momento especial y totalmente improvisado.
—De momento, vamos a dejarlo… —sugirió Carmen— ya retomaremos el tema, suficiente carga. Cuéntame que tal en ese nuevo trabajo tuyo.
Ambas mujeres volvieron a la mesa, comenzando Mari a detallar con ilusión cada momento de su trabajo. No había olvidado su anterior conversación, pero prefería dejarla aparcada, su cuerpo había soportado ya demasiadas sensaciones.
El tintineo de llaves las alteró, se habían tomado demasiado tiempo conversando o Laura había hecho todo demasiado deprisa. Levantándose con velocidad, Carmen guardó la botella de alcohol en el armarito de donde la sacó su hermana, tampoco había que dar pistas de que se habían desahogado.
Las mujeres recibieron con una sonrisa a la pequeña de la familia que venía con varias bolsas bien aferradas a las manos. Durante más de una hora las tres mujeres estuvieron en la sala mirando las cosas y hablando sobre las nuevas prendas de ropa y libros que se leían los jóvenes de hoy en día.
El tiempo corrió como loco y al final, Carmen tuvo que marchar.
La tarde se le hizo más que breve y se desanimó por su sobrina, apenas pasaban tiempo juntas y estaban disfrutando tanto.
Pero tenía que ir a ver a su otro sobrino, tenía que ser justa con los dos.
Se despidió de su hermana con un largo abrazo que incluso a Laura le pareció excesivo.
Ambas derramaron alguna que otra lágrima mientras se prometían estar en contacto, lo estarían, eso estaba claro.
La mujer condujo más ligera, incluso parecía que el coche se deslizase por la carretera sin tocar el asfalto, se había quitado un gran peso de encima y ahora tocaba despedirse de su sobrino.
Tardó en aparcar, era cierto lo que le dijo Sergio, el aparcamiento por esa zona se pagaba a precio de oro.
No obstante al final consiguió un hueco a cinco minutos de la residencia.
Por el camino le hizo gracia ver un coche viejo, de color rojo y desgastado.
Pasó a su lado, mirando en el interior para comprobar sus suposiciones.
No se equivocaba, el coche de Sergio estaba allí paciente, esperando a ser conducido por su dueño.
Pasó la mano por la carrocería manchándosela sin que le preocupara.
Acarició la parte superior de la puerta con dulzura como a un bebe recién nacido, aquel coche le traía buenos recuerdos…
muy buenos. Un viaje que jamás olvidaría comenzó allí, dentro de los gastados sillones con su sobrino al volante.
Bajó su cabeza y por mera inercia de su cuerpo, donde la palma de su mano había limpiado levemente la suciedad, posó sus labios dándole un tierno beso. No le importaba que alguien la mirase, solo quería demostrar su amor a la máquina que lo empezó todo.
Cuatro minutos después estaba subiendo por un ascensor que le dejaría en el cuarto piso. Estaba nerviosa, hacía un tiempo que no veía a Sergio, casi un mes… para ella demasiado.
Tocó la puerta donde había un gastado número trece. Escuchó unos pasos que venían de dentro, Sergio la iba a abrir, lo sabía de sobra y sin embargo, cuando el picaporte giró, se puso muy nerviosa.