La Trilogía (Aventuras y Desventuras Húmedas #4) DOS HERMANAS #2
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DOS HERMANAS #2

—Si tienes dudas, Mari, pregunta lo que quieras. No te quiero esconder nada. —lo iba a hacer sin ninguna duda. Le sorprendió la rapidez con la que contestó su hermana pequeña.

—¿Fue solo una vez? —asintió— ¿Premeditado?

—Improvisado. —las dos bebieron otro buen trago, dejando ambos vasos por la mitad.

—Me duele hablar de ello.

—¿Te duele hablar de lo tuyo, o de lo mío? —su hermana entendió la pregunta a la perfección. Lo que no sabía era si debía ser sincera. Sentía lo mismo que si Carmen se hubiera beneficiado a Dani antes que ella, ni más, ni menos. Resopló fuertemente antes de contestar.

—¡La Virgen! De lo tuyo, Carmen, lo tuyo sí que me jode.

Es alucinante, ¿cómo puede ser? ¿Quieres que te diga la verdad?

Te la digo. Sentí que me quitaban lo mío, sé que cuando tus hijas se fueron de casa sentiste que te las arrebataban, un sentimiento de madre que no podemos evitar.

Pero en este caso fue de celos, de… ¡Putos celos!

Me habías quitado a mi hijo y me puse como una fiera.

Sentí que me había usado, que solo… solo…

solo… —Mari comenzó a notar una presión en el pecho y los ojos se le humedecieron— ¡Qué solo quería FOLLARME!

La palabra sonó fuerte, no tanto en volumen, pero si en intensidad.

Carmen echó la cabeza para atrás y dio un sorbo a su vaso.

No dudo ni por un segundo en levantarse, ni se podía imaginar el flujo de sentimientos que discurría por la cabeza de su hermana.

En su caso era muy diferente, por mucho que fuera su sobrino, había un abismo entre una madre y una tía, Mari debía centrar su mente.

Llegó hasta donde ella. Su hermana miraba a la mesa con una tensión increíble por no llorar.

No obstante la primera lágrima cayó pesada, la bronca a su hijo, los gritos, la ira, echarle de casa, su lejanía…

todo se mezcló en su corazón. Logrando que después de la primera, las siguientes lágrimas fluyeran.

Sus puños se cerraron, los labios contraídos querían dejar de llorar.

El daño en su corazón era profundo y las uñas clavadas en la palma de su mano no le hacían olvidarlo.

Sentía una desazón en el pecho que le parecía incurable, ya no le importaba que Sergio hubiera tenido una relación con su tía, aquello era lo de menos.

Lo que deseaba era tenerle cerca, tocarle, abrazarle, sentirle…

sí, en parte tenía una tensión sexual no resuelta con el joven, pero por otro lado…

quería volver a ser madre de sus dos pequeños.

De pronto sintió calor, un ligero roce en su espalda con un pelo que le cosquilleaba la mejilla. Los brazos de su hermana la estaban rodeando, una Carmen a la que había llegado a odiar por celos, por únicamente celos. Su hermana había tenido sexo con su hijo, pero ¿qué había hecho ella?

Ambas habían pecado, comieron del fruto prohibido y ella… devoró todo el árbol. Carmen tenía mucha menos culpa que ella, ¿cómo culparla? Mari comenzaba a comprenderlo.

Las manos de Carmen se unieron en el pecho acelerado de su hermana, subían y bajaban sus senos atorados por una inquietud en su interior que no cesaba. Sin embargo, con el abrazo de su hermana, con aquellos brazos rodeándola y proporcionándole una calidez casi maternal, su ansiedad tampoco aumentó.

—No pasa nada, tranquila.

La voz de su hermana le recordó a la casa de sus padres. Un susurro venido del pasado en noches que la joven Mari lloraba por cualquier desgracia que con ojos de adulta veían como nimiedades. Siempre había estado allí para ayudarla y ahora, cerca de la cincuentena, seguía a su lado.

Abrió sus manos, con la marca de sus uñas bien nítida en su palma y agarró las manos de su hermana que seguían colgadas de su pecho.

El beso que Carmen le dio en la mejilla la reconfortó, relajando un poco su corazón y sabiendo que todo tenía arreglo.

El pasado es inamovible, pero el futuro está por escribir.

—Perdóname, Mari.

A Carmen una pequeña lágrima le brotó, no era mucho de llorar, pero ver a su hermana pequeña tan compungida pudo con ella. Para la mujer siempre había sido la enana de la familia, la jovencita que llegaba con las rodillas peladas de tanto jugar y que siempre tenía que merendar a su lado.

—No, no. Yo lo siento, creo que hice una montaña demasiado grande.

—Tenías tus motivos. Yo no sé ni cómo hubiera actuado, me hubiera vuelto loca. —de ambas bocas brotaba un aliento caliente aderezado de whisky— Me armé de valor para hablar contigo, sabía que lo necesitabas, pero no me atrevía. Si te apetece hablarlo o contarme algo… lo que sea, te escucho.

Carmen se separó de su hermana, caminando con lentitud de nuevo a su silla, pero sin dejar de mirar a Mari que por lo menos parecía más tranquila.

—No creo que pueda. De esa noche… lo recuerdo todo. Fue a oscuras, tal vez eso me movió a dar el último paso, al no ver quién era… —las palabras le resultaban tan extrañas…

—¿Recuerdas cada detalle? —Mari asintió y se limpió los rastros de agua por su rostro.

—Hace poco me parece que vi a Sergio mientras estaba en la tienda. Creía que lo tenía olvidado, o al menos aparcado en un rincón de mi mente, pero me volvió todo, lo reviví como si volviera a ese cuarto.

—Ha pasado mucho tiempo desde que se fue…

—No. —posó unos ojos todavía húmedos en los de su hermana— No digas que se fue… le eché de casa.

El silencio volvió a ser completo. Entre ambas no se escuchaba nada, solo la respiración más acompasada de Mari que volvía a tener el corazón más tranquilo, aunque no descansado.

—Deberíais hablarlo, o al menos sentaros en la misma habitación.

—Me es tan complicado, creo que ya es una vergüenza absoluta, no sabría explicarlo. Primero me… bueno, lo hicimos, estuvo dentro de mí… y segundo le largué de casa. Me costaría mirarle a la cara.

—Nadie tiene la culpa, Mari. —movió los dedos por el borde del vaso, aún seguía húmedo— Como mucho la culpable fui yo por empezar todo esto, nadie más. Sé que te sientes mal por lo que hiciste, fue un arrebato de celos y nada más, te entiendo a la perfección.