GRACIAS POR ESCUCHARME
En la terraza del hotel, Carmen se tomó un café de buena mañana mientras observaba las vistas. Prefería no pensar en la tarde anterior, aún tenía ciertos espasmos en las piernas y la conducción se le había hecho un infierno.
Sorbiendo el poco café que quedaba, pensó en la gran despedida.
Nada de alardes, nada de gritos, solo amor, el que tenía hacia su sobrino y que siempre conservaría.
Con una mueca de felicidad se despidió del recepcionista, devolviéndole las llaves y sonriendo al salir en busca del coche.
Una cosa era que no volviera a pasar, pero en su mente, se reproduciría tantas veces como quisiera.
Como esa misma noche por ejemplo, en una cama muy similar a la que compartieron, un sueño muy vivido la hizo ensuciar las sabanas hasta el punto de tener que cambiarlas en mitad de la noche.
Sí, había sido una gran aventura, pero debía terminar, “todo tiene un final” se dijo mientras el coche arrancaba de buena gana y ronroneaba con fuerza.
Eran todavía las diez y ya estaba lista para volver a su casa, con los deberes hechos e incluso con ciertas ganas de ver a su marido, parecía que las cosas iban de maravilla.
Para Sergio las cosas iban algo diferentes… porque no es agradable que te despierten y menos con unos fuertes golpes en tu puerta. Abrió un ojo despertando a medias después de un sueño profundo que no recordaba bien… ojalá lo recordase. Al otro lado de la puerta, una voz muy conocida le llamaba.
—Sergio, no me digas que estás dormido. ¡Vamos! Que he llegado antes.
El joven no esperaba a Carolina tan pronto, mejor dicho no la esperaba. La muchacha solía llegar a las tardes, después de que su padre la dejara en la puerta de la residencia. Sin embargo, allí estaba, a las diez de la mañana según el móvil del joven.
Se levantó sin saber muy bien a que vendría esa visita y Carol…
tampoco lo sabía muy bien. Se había despertado muy temprano, casi a las ocho de la mañana.
Había tenido una conversación bastante normal con la chica que debía ser su novia, pero que todavía tenía novio.
Las charlas con Paola eran de extremos, maravillosas algunos días, y otros, del todo anodinas, el sábado tocó una de las últimas.
Sin embargo, el domingo no se levantó con ganas de ver a “su chica”, sino con ganas de estar con el nuevo amigo que había conseguido en la universidad.
Un sentimiento desconocido le nació en el interior y durante una hora estuvo pensando en Sergio, hasta que no aguantó más y le dijo a su padre que marcharan.
Ahora se encontraba allí, despertando a un joven que conocía de hace un mes y con el que había congeniado de maravilla, no obstante una duda surgía mientras aporreaba la puerta.
“Solo es amistad… o ¿no?” No le conocía de mucho más, sí que tenía constancias de cómo era y su personalidad, pero… nada más y… a eso venía.
La puerta se abrió. Sergio, que más parecía un zombi mal hecho sacado de una película de serie B, apareció enfrente. Carol entró como un vendaval, llegando hasta la mitad del cuarto y girándose en el acto. Le sacó la lengua a su amigo y puso la peor cara que pudo.
—¡La leche! Pero que mal huele aquí… parece la guarida del oso, abre un poco las ventanas. —olisqueó el fuerte olor y algo le resultó familiar— ¿Has follado?
—No, Carol, no he follado. —debía mentir, aunque cada vez sentía que aquella chica incluso se merecía… “Esa” verdad.
—Pues te tienes que pajear como una verdadera bestia. Sergio, eres un guarro.
—Pero si no me he… —Sergio se frotó los ojos a través de los parpados cerrados. Hablar con Carol a veces era como discutir con una pared, que además te golpeaba. Se resignó— Es complicado aguantarte sin desayunar.
—Fácil solución, hace un día de maravilla, vamos a dar una vuelta. Te invito a desayunar y si te portas bien quizá te compre una piruleta.
—Dios… Eres cargante… —el joven se adentró en el cuarto junto a su amiga— ¿Dejas que me dé una ducha?
—No te dejo… Es que te obligo. Debes ducharte, si no a poco te voy a invitar. —se fue dando saltitos como una colegiala y antes de cerrar la puerta le dijo— En cinco minutos te vengo a buscar.
—¿Cómo que cinco minutos? ¿Qué te crees que soy Superman?
Los pasos de Carolina se escuchaban rítmicamente por el pasillo, seguía dando saltitos hasta su puerta mientras una voz casi en eco canturreó.
—¡En seis!
Carol le dio el beneplácito de llamarle a los diez minutos y en quince estaban ya a las puertas de la residencia yendo hacia el coche. Sergio había dejado todo sin hacer, pero que más le daba, por mucho que se quejase de su nueva amiga, le encantaba estar con ella.
—¿A dónde vamos? —el coche arrancó a la primera, quizá por la experiencia, pero Sergio había dejado a un lado el miedo a que le dejara tirado.
—A la playa. —el joven miró con mucha duda— Sí, suelo ir cuando es verano, pero en invierno cuando no hay apenas gente me gusta pasear.
—Pues a la playa entonces.
En el trayecto, Carolina prácticamente monopolizó la conversación, hablando a su amigo como el viernes se había cogido una cogorza de campeonato y todavía tenía algunas secuelas. Había salido con tres amigas a darlo todo y ¡vaya si lo había dado…!
Con una botella de agua en mano, comprada en el expendedor de un bar, ambos entraron descalzos en la arena.
El día era soleado, pero obviamente todavía no era caluroso.
Alguna que otra nube opacaba muy de vez en cuando el sol, momento que la temperatura bajaba considerablemente.
Si a eso le añadimos un viento que soplaba incesante desde el mar, la caminata no debería ser muy reconfortante, sin embargo… lo era.
Carolina volvió con una cosa en mente, quería que Sergio se le sincerara como había hecho ella. No por nada en particular, ni por un cotilleo insano, ni por estar “en paz”, sino porque creía que el muchacho en verdad lo necesitaba.
Decidida y quizá movida por una última porción del Ron barato consumido la noche del viernes y que quedaba en su cuerpo, se dispuso a indagar.
—Hoy te toca sincerarte, Sergio.
Este la miró con un gesto bastante común, porque se lo esperaba, le había dicho que otro día hablarían de ello y estaba claro que el paseo por la playa era propicio para ello.
Se dio su tiempo, ordenando sus ideas y recuerdos, y quizá vetando ciertas situaciones del todo inapropiadas para contarlas, aunque después se preguntó si en verdad lo eran.
—Mejor vayamos a esa duna, así nos sentamos. —comenzaron a virar el rumbo, dirigiéndose a las dunas entre el amplio aparcamiento y la playa— Antes de nada, ¿qué tal con Paola, habéis hablado o algo?
—Meh… —fue similar a un ruido inconexo de un bebe con sus primeras palabras— Hemos hablado… hay días buenos y días menos buenos. Hasta que no se aclare lo de su novio, supongo que seguirá así.
Sergio no quiso meterse más en el tema, Carol no se veía receptiva, lo notaba en su tono de voz, “la conozco mucho…” pensó a la par que se sorprendía.
Llegaron a la cima de una duna rodeada por hierba alta y dura que se mecía con dificultad pese al fuerte viento.
Los dos se sentaron, compartiendo un estrecho espacio que les hacía tener ambos cuerpos pegados el uno al otro.
No les importaba, además así se proporcionarían un calor extra y el viento no cortaría sus conversaciones.
—Podría contarlo todo directo y resumido. —Sergio robó la botella de agua a Carol antes de que se pudiera quejar y dio un buen trago. Se la devolvió por la mitad, necesitaba tener la garganta clara, se venía un monólogo— Aunque para entenderme creo que tienes que oír la historia desde el principio.
—No me lo digas tan serio que me voy a asustar —le respondió en broma, pero cuando la miró, le hizo entender el poder de la historia que escucharía de su boca.
—Es algo… ¿Grave? ¿Raro? Lo podrás denominar como a ti te plazca, pero la verdad que no es algo “inusual”.
—Pero…
—Carol, solo te quiero pedir una cosa, júzgame al final de todo y escúchame, por favor. —quiso meter un comentario jocoso para destensar el rostro de la chica. Bajo sus gafas parecía comenzar a preocuparse— Sé que es complicado que estés callada, pero inténtalo.
Ella le dio un pequeño golpe en la pierna y se apretó más a él, si es que eso era posible, ya estaban demasiado pegados.
El aire dio un fuerte soplo y su cabello moreno con toques azules en las puntas voló hacia atrás oscilando en el viento.
Sergio vio su rostro, fino y bonito, adornado con unas cuantas pecas en el puente de su pequeña nariz, justo por debajo de donde las gafas se mantenían. La vio como era, bella.
—Érase una vez… —Carol soltó una risotada y Sergio la sonrió. Que cerca estaban… ya no solo en lo físico, también en lo mental— Ahora en serio, todo empieza en agosto del año pasado. Era un día normal como cualquier otro, solo que ese día, mi tía Carmen, vino a casa…
Las palabras comenzaron a salir de su boca, pausadas y en su justa medida.
Sergio no era de largas exposiciones, es más, no le gustaba mucho salir a la pizarra, ni en el instituto, ni en la universidad.
Sin embargo, esta vez, con la mirada puesta en el romper de las olas y el sonido del viento que les envolvía se sintió cómodo.
Por primera vez contaba lo sucedido. Toda la historia. Empezó por el viaje, la primera parada en el hotel, sus primeras impresiones sobre lo que se cocinaba dentro de su cuerpo. La caravana, el pantano, la visión de su tía… todo.
Carol no podía parar de escucharle, su voz a poca distancia le hacía sentir que no había nada más alrededor.
Apenas podía escuchar las olas, solo estaban ellos, el mundo no existía.
La historia le comenzó a intrigar de una forma increíble, no quería dejar de escucharla porque le parecía impresionante.
En las palabras de Sergio se notaban los sentimientos que experimentaba mientras hablaba con su tía y tomaban juntos el sol.