La Trilogía (Aventuras y Desventuras Húmedas #4) ACCIÓN… REACCIÓN…
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ACCIÓN… REACCIÓN…

El sábado no perdió el tiempo. Después de estudiar por la mañana, llamó a la tarde a la puerta de Carol.

Estaba realmente ilusionado y no sabía muy bien el motivo, simplemente iba a dar una vuelta con su amiga, nada más.

La pregunta que no se atrevía a hacerse, era si por ejemplo hubiese sido Javi u otro amigo de su ciudad, ¿estaría tan ilusionado?

La joven abrió la puerta con una bolsa de chucherías en la mano y enfundada en su habitual pijama. Torció el rostro al ver que quien aporreaba la puerta era Sergio, no es que le sorprendiera, sino que no era habitual verle a esas horas de la tarde.

—Venga, vístete y lávate un poco que nos vamos a dar una vuelta.

—¿Qué? ¿Y esto así de repente?

—Vamos, te espero en la puerta.

—Sergio —dijo sacando la cabeza por la puerta a la par que el joven se dirigía al ascensor—, ¿no has pensado que puedo tener otros planes? —se giró ya en el ascensor con una mano en la puerta y le dedicó una mirada sarcástica— No. No tengo ni un mísero plan…

El coche esperaba en la entrada cuando Carol salió de la residencia.

Sergio solía moverlo de vez en cuando para que no se quedase sin batería, aunque maldecía una y otra vez la zona por haber tan pocos aparcamientos.

Llevaba una semana estacionado, pero al encenderlo el coche ronroneó como un gatito obediente. Pese a su miedo, nunca le fallaba.

—¿Esta tartana? —se sorprendió Carol al ver el viejo coche rojo.

—Ni una mala palabra sobre mi coche, que me ha llevado siempre a donde he querido, le quiero más que a muchas cosas.

—Vale, vale… —el comentario la hizo gracia— ¿Dónde quieres que te lleve hoy este magnífico coche?

—Vamos a mi pueblo, que tengo una sorpresa para ti.

—¿Ya voy a conocer a tus padres? Me parece muy pronto, mejor cuando nos vayamos a casar.

—¡Qué imbécil eres! —ambos se rieron mientras el coche enfilaba la carretera— Te llevo a una librería especializada en manga. Salió el tema con mi hermana, le gusta mucho. Y nada, me dijo que ella compraba allí, que está muy bien, ¿te hace verla?

—¿Esa pregunta no me la tendrías que haber hecho en la habitación? —Sergio alzó los hombros admitiendo que podría ser así— ¡Venga, vamos! Además que me apetecía salir de la residencia, hace un día maravilloso.

—Los días cada vez son más largos y el sol empieza a calentar, tendremos que hacer más planes como estos cuando te quedes los fines de semana.

—Me da que sí, no solo es beber en la habitación… parecemos dos alcohólicos depresivos… y oye, me cae bien tu hermana.

—Es un amor, ya la conocerás.

Aquella frase fue muy natural, tanto que ninguno de los dos se dio cuenta de lo que simbolizaba y la dieron por buena.

Mientras el coche se metía en la carretera con ganas de gastar los neumáticos después de toda la inactividad, sus mentes de forma muy subconsciente, sabían que esa amistad sería duradera.

Sergio antes de aparcar, miró hacia su derecha, viendo a la chica cotillear su guantera como si fuera a encontrar droga.

No la dijo nada, dejó que hiciera lo que le apeteciera, su presencia era tan placentera que le daba lo mismo lo que mirase y…

tampoco había nada que ocultar. Por un instante recordó el viaje con su tía, después con su madre, ambas sentadas en el mismo sitio que Carol…

y por un momento pensó si acabaría igual con ella.

Meneó la cabeza con fuerza deshaciéndose de ese pensamiento, eran amigos, simplemente eso, además, que no tenía más sentimientos por ella ¿no? Eso creía. Con aquello en mente una loca idea se le asomó por el cerebro.

Su hermana le había dicho que la librería no estaba lejos de la tienda donde su madre había comenzado a trabajar.

Se le ocurrió la genial o pésima idea de pasar cerca, con la intención de ver a Mari por lo menos un segundo.

No la veía desde el incidente, el último recuerdo que tenía era aquel rostro de odio, y el anterior…

una bofetada que le picó durante más de un día.

Quería volver a verla, aunque… no solo eso.

Mientras giraba en una calle para cambiar el rumbo y hacer bueno el plan que tan repentinamente se le ocurrió, pensó en muchas cosas, sin embargo una por encima de todas.

Con Carol y los estudios se había olvidado parcialmente de su casa, de vez en cuando pensaba en Mari, pero cada vez menos.

Todo se estaba volviendo un recuerdo difuso y apenas recordaba con nitidez su cuerpo…

aquel cuerpo que tantas cosas le provocó.

Había pasado menos de un mes desde aquel fatídico día y que caprichosa es la mente con las cosas que quiere olvidar. Necesitaba ver de nuevo a su madre, pero mientras frenaba y aceleraba por las calles de su pueblo, sabía que tal vez al ver de nuevo a su progenitora, necesitase algo más.

Ver su rostro, su piel, su cabello, sus ojos… el azul tan intenso de las mujeres de su familia que parecía una obra de arte. No podía parar de pensar en ella y aparcando el coche cerca de la tienda de ropa, teniendo que hacer más maniobras de las necesarias, estaba temblando.

Ambos comenzaron a andar por la calle, Carol seguía a Sergio mientras este le guiaba por rutas que anduvo más de mil veces.

La joven le hablaba y le preguntaba sin parar, este contestaba como podía, porque estaba algo ausente.

Al final, en un minuto de paseo viró su cuello y al otro lado de la calle vio lo que tanto anhelaba.

La tienda se veía pequeña, al menos para sus ojos y la distancia.

Anduvo un poco más, notando el viento frío que golpeaba a ratos en aquel día soleado.

Carol le comenzó a preguntar algo que no logró escuchar, porque sus pasos le habían llevado delante de la tienda, pero en la acera contraria. Solo tenía ojos para una cosa.

Dentro, tras unos cristales en los que el escaparate mostraba dos maniquís envueltos en ropas de moda, consiguió divisar una mujer.

Tenía el cabello negro, casi brillante, pese a la distancia lo podía ver a la perfección, porque todos los recuerdos volvieron nítidos.

Mari estaba hablando con una clienta que ya había pagado y le comentaba unas cuantas cosas triviales de su vida.

Sergio podía verla a la perfección, detenido sobre los adoquines de la acera la observaba mejor y Carol hizo lo mismo, aunque no sabía muy bien a qué mirar. Su compañero estaba quieto, inmerso en una imagen que desconocía, le dijo algo, pero no hizo caso.

Mari acompañó a la clienta a la puerta sin dejar de hablar, mientras no pensaba en otra cosa más que en lo feliz que le hacía desempeñar bien su trabajo.

El joven vio a su madre por unos instantes, una calle de dos carriles y dos hileras de coches aparcados les separaba, lo suficiente para tener una distancia de seguridad y poder verla en secreto.

Llevaba un vestido de color amarillo oscuro que daba la sensación de ser caluroso.

Le llegaba hasta casi las rodillas, que coronaba con unas medias negras que llegaban hasta unos botines del mismo color.

Su ropa estaba ligeramente ceñida y la silueta de su cuerpo era notoria.

Seguía igual de delgada que siempre, con unas piernas duras y un busto que quitaba el hipo.

Al joven el vientre le dio la vuelta, similar al tambor de una lavadora girando sin parar.

No podía contener lo que sentía, necesitaba hablarla, tocarla…

amarla. Pero su cuerpo no se lo permitía.

Estaba tan bella, tan preciosa como siempre.

La mujer miró al cielo, quizá para observar las pocas nubes que dejaban al sol calentar todo lo que podía.

En ese momento lo vio, el brillo de sus ojos resplandeció con la luz del sol, dándole a Sergio una imagen de la belleza absoluta.

Todos los recuerdos se acompasaron en su mente, dando llegada a unos que habían sido apartados por completo.

Una noche en la oscuridad, muy lejos de allí y ambos siendo parte del otro.

Su cuerpo se estremeció y quitó la vista dándose cuenta de que a su lado Carolina le miraba con un gesto extraño y le cogía de la manga de su chaqueta.

—¿Pasa algo? —en su rostro sintió la preocupación.

—No… nada… lo siento.

Sacó los ojos de la visión fastuosa de su madre y prosiguió andando hacia la librería. Por mera inconsciencia, sin pensar en ello y con la cabeza puesta en su madre, pasó su mano por la cintura de la joven, llevándosela consigo mientras esta le miraba tras sus gafas.

Obviamente, Carol no dijo nada, solo se arrimó un poco más a su amigo sintiendo como su mano la atraía hacia él. Ella seguía mirando a sus ojos, a su rostro, había inquietud y se quería interesar por él, no le gustaba verlo así.

—¿Quién es? —Carolina había visto salir a la mujer y como Sergio la miraba con un gesto contraído.

—Mi madre.

—Comprendo.

Ya sabía que Sergio tenía algún problema en casa, se lo había contado el mismo, aunque no en profundidad. Sin hacer gala de su ironía, con un tono serio, de total respeto y tendiendo ayuda a su amigo, le preguntó.

—¿Es con ella con la que estás mal? —Sergio asintió. Su amiga, con el brazo de este recorriendo su espalda hasta la cintura se apoyó aún más en él, notaba su malestar. Prefirió cambiar de tema, no le veía con ganas de hablar— Llévame a esa librería, que tengo ganas de que nos lo pasemos bien.

Mientras ellos seguían caminando con el brazo del joven rodeando a su amiga. Unos ojos azules les miraban con cierta curiosidad desde el otro lado de la acera. A Mari el corazón le latía con ganas, un tambor dentro de su pecho a un ritmo lento, pero durísimo.

Sabía que sus ojos no la engañaban, todavía veía bien y podría reconocer a su hijo en cualquier lugar del mundo. Entró de nuevo a la tienda con los nervios a flor de piel, la soledad que tenía dentro del establecimiento le hizo expresar un poco los gestos extraños que desprendía su cuerpo.