LA SEMILLA DE UNA AMISTAD
El bolígrafo de Sergio recorría el papel, dejando marcada la tinta azul en los deberes encargados para el seminario. Sin embargo, su mente se hallaba muy lejos de aquel folio… bueno no tan lejos, solo a dos puertas de distancia.
Pasó únicamente una semana desde que le preguntó a su nueva amiga por los ojos tristes que portaba cuando se conocieron. Tal vez no eran muchos días, pero en la residencia de estudiantes el tiempo pasaba despacio.
No había mucho que hacer, solo estudiar y acudir a clases.
Aquel lugar, como bien le dijo Carol, no era un hervidero de fiestas lujuriosas que se podría haber imaginado.
Con tanta película estadounidense en la cabeza sobre fraternidades con letras griegas, se podría haber esperado otra cosa, de haber tenido tiempo para pensarlo.
Sin embargo, era todo lo contrario… muy aburrido.
Durante esos días, estuvo dándole vueltas a la conversación con su amiga. En verdad ya podía tratar a Carol como tal, pese a tener un inicio algo abrupto por la forma tan directa de la joven, sintió que conectaron.
La había tomado cierta simpatía y afecto, la joven tenía algo que le llamaba la atención, no tanto en el plano amoroso o sexual, era otra cosa. “Quizá esto sea tener una amiga…” pensaba mientras giraba su bolígrafo en los dedos y miraba a una ventana cerrada con nulas vistas.
Meditaba sobre si la había herido. Esperaba no haber reavivado unos recuerdos que la lastimaron hasta tal punto de hacerla llorar.
Se sintió mal, por primera vez en la vida, pensó que tenía remediar la situación con una chica que no era su novia.
En el pasado, obviamente tuvo amigas, pero nunca le había surgido un sentimiento tan fuerte de empatía hacia ninguna.
Abrió la nevera y cogió un pack de ocho cervezas que compró el día anterior con idea de que el sentimiento de culpa pudiera aflorar, sería su pase de bienvenida, o eso esperaba.
Eran cerca de las nueve de la noche y estaba claro que Carol estaría en su habitación, los planes de la residencia siempre eran dentro de las cuatro paredes.
Levantó sus nudillos, sujetando en la otra mano las frías latas. Dos golpes contundentes fueron suficientes.
—¿Quién es? —se escuchó al otro lado una voz medio adormilada.
—Soy Sergio. —un saltó y después unos pasos por dentro de la habitación. Se abrió la puerta descubriendo a una Carol en pijama y con el pelo enmarañado.
—Me has pillado en la cama.
—Venía a devolverte esto. —mostrando las latas en el aire— Aunque si es mal momento…
—¡Trae eso aquí! —se las arrebató y volvió a su cama. Mirando a Sergio que aún seguía en la puerta le añadió— Si no vas a entrar cierra la puerta.
El joven pasó con calma, como si fuera la primera vez que lo hacía y el nerviosismo le invadiera.
Aunque aquel pequeño temblor que tenía en todo el cuerpo se debía a que sería la primera vez que preguntaba a una “amiga” por sus sentimientos.
Lo había hecho sobre todo con su tía, pero aparte de ella, no era partidario de hablar de ese tipo de cosas, ni siquiera con sus verdaderos amigos.
—¿Qué tal, Carol? —ella no respondió, lo vio como un formalismo— He venido para preguntarte una cosa.
La joven le miró con los ojos abiertos, prestando toda la atención a su nuevo amigo y sabiendo por donde irían los tiros.
—¿Estás mal por lo que te pregunté el otro día? —preguntó sin titubeos— Como no nos hemos visto y eso… —a Sergio le costó un mundo soltarlo, pero una vez que las palabras fluyeron, pareció tan sencillo…
—¿Estás pidiéndome perdón, por preguntarme si había llorado? —el muchacho alzó los hombros— Y me traes cervezas… la verdad que tienes que ser muy popular entre las chicas.
—Pues si te soy sincero… no mucho. —nunca lo había sido, esta era la época que más sexo y amor había tenido con diferencia en su corta existencia.
—Pues a mí con esto me ganas. —abrió dos latas, una para cada uno— O sea que, ¿vienes a pedir perdón por preguntarme eso? —asintió— ¿Cómo pensabas que me podía ofender algo así?
—No sé… —no tenía ni idea, era lo que sentía, llámalo presentimiento…
—Si me preguntaste algo, era porque te preocupaste por mí, ¿no? Pues me da que es casi como un halago, es imposible que me enfade. ¡¿Quién coño se enfadaría por eso?!
Levantó la cerveza en alto y Sergio entendió rápido que buscaba brindar con él. Chocaron las latas y alguna gota salió mojando un poco la cama, los dos se sonrieron.
—Dale un trago, que no me las voy a beber todas. Eso sí, no creas que por unas cervezas te voy a contar lo que me pasaba, con admitirlo ya te tienes que quedar satisfecho.
—Es un comienzo. —ambos rieron mientras se miraban y escuchaban de fondo la televisión. Comprendieron simultáneamente que se llevaban a las mil maravillas.
Carol volvió la vista a la nada, mordiéndose nerviosa el labio, pensando que quizá… algún día se lo podría contar. Su mente le preguntaba “¿por qué no? Es majo”, pero ella todavía rehusaba, la confianza es algo que hay que labrar y ella… tenía malas experiencias confiando en la gente.
—Quizá… otro día… —acabó diciendo en un tono más serio de lo normal.
—No pasa nada, solo que ahora me tienes que pagar las cervezas. ¿No hay problema, verdad?
Carol se giró y le dio un leve golpe en el brazo a su amigo, ambos se volvieron a reír en la intimidad que daban aquellas cuatro paredes.
Con la primera cerveza acabada y algo de chispa alcohólica en su cuerpo, Sergio se levantó a dar un paseo por las paredes para cotillear con descaro.
Aprovecho que Carol estaba en el servicio.
—¿Te gusta el manga? —preguntó según escuchó como se abría la puerta.
—Sí, los comics en general. —anduvo hasta el estante donde observaba Sergio. Miró los que tenía y le comentó— No tengo el dinero que me gustaría para comprarme todos los que quiero.
—Cuando trabajes y tengas tu vida “adulta”.
—Quién sabe. ¿A ti te gustan?
—Sé muy poco, apenas vi cuando era pequeño lo típico, Naruto, Dragon Ball, Los caballeros del zodiaco y poco más.
—¿Quieres llevarte uno? —Carol nunca había dejado uno de sus mangas, ni siquiera a sus parejas. Incluso ella misma se sorprendió de sus rápidas palabras. Igual estaba un poco borracha.
—Gracias, pero ahora no podría leerlo, con los dichosos seminarios… Estoy un poco hasta arriba.
—Más adelante si quieres. Ahora… —pasó las manos por ellos y cogió el último que había en la balda— me faltan dos para terminar con esta serie. Tengo que mirar por internet a ver si los encuentro.
Volvieron a sentarse con la primera cerveza ya terminada y Sergio se recostó en la cama como bien había hecho la chica en la suya.
—¿Los fines de semana qué haces?
—Depende —respondió Carolina tumbándose del mismo modo—.
Algunos vuelvo a casa, otros me da pereza y me quedo.
Aunque esto sea muy aburrido, me da pereza salir, luego estoy todo el día en la habitación y me arrepiento.
—alzó los hombros sabiendo que era una contradicción, pero así era ella— Aquí pocos se quedan…
el viernes casi todos emigran como los pájaros.
—Sí, lo mismo me dijo Javi. Le comenté para salir o algo, pero nada, se marcha siempre, una pena.
—Si te vas a quedar y te aburres, pues ya sabes dónde…
De pronto algo la cortó, su móvil empezó a zumbar encima de la mesa. Con cierta pereza se levantó de la cama y cogió el parpadeante teléfono. Se colocó las gafas de ver y miró lo que la luz la indicaba, la estaban llamando. Girándose con rapidez miró el rostro de su amigo.
—Sergio, podemos seguir otro día. —señaló el móvil— Es importante. Lo siento, tengo que coger.
—Claro, claro.
Se levantó con algo de pereza, pero caminó hasta la salida con algo de premura, la cara de su nueva amiga le instaba a ello, la llamada parecía demasiado importante. Al cuarto tono puso un pie en la salida y escuchó como una voz dulce y acaramelada respondió al teléfono.
—Hola. —muy bajito estiró la última vocal, Sergio apenas podía escucharla en tan poca distancia.
Levantó su mano para decir adiós y Carol casi habiéndose olvidado de él, le lanzó unos cuantos besos con sus manos mientras se despedía nerviosa y con rapidez, sin dejar de sonreír.
Obviamente, Sergio se imaginó quien podría ser, aunque no era de su incumbencia, seguramente su familia o tal vez alguien más íntimo.
Sin embargo lo que si meditó fue acerca de esos comics que tenía en su balda, quizá sería una buena iniciación en su relación de amistad ayudarla a comprar los que le faltaban.
Solo conocía a una persona que supiera de comics japoneses y lugares donde se vendían. Cogió el teléfono en su habitación, mientras Carol seguía pegada al móvil hablando con otra chica, Sergio llamó a su hermana.
—¡Tato! ¿Qué tal estás? A ver cuando vienes que tengo ganas de verte.
—Y yo, hermanita querida. Aunque de momento complicado, pero puedes venir aquí cuando quieras.
—Lo tomo en cuenta… igual un día que quiera salir y no dormir en casa…
—No me metas en tus complots de borracheras…
Ambos rieron contentos con su nueva relación que parecía nunca acabar. Una maravilla.
—Te llamaba por una cosa, tata. ¿Tú conoces un buen sitio para ir a comprar mangas?
—¿Mangas? ¿Tú? No te he visto con ninguno en mi vida, ¿es que hay…?
—Es para un amigo, no empieces. —ambos rieron tras los teléfonos. Sergio prefería encubrir la verdad para no dar mil explicaciones, al final Carol solo era su amiga y eso daría pie a errores. Conocía a Laura.
—Aquí en el pueblo hay una librería muy buena y está especializada. El primero que compré lo hice allí y ahora… es un no parar.
—¿Me puedes pasar la dirección?
—Claro, cuando te cuelgue te mando. No está muy lejos de casa, a cinco minutos o así de donde trabaja ahora mamá.
La punzada la sintió dura en el estómago, Sergio con su nueva vida y sobre todo con la irrupción de Carolina, se olvidó completamente de su progenitora y también de su grave problema.
Pero este seguía allí, no se había ido, su madre y él todavía no se habían vuelto a hablar y por supuesto, así seguiría siendo hasta que alguno de los dos diera el primer paso.
Esto último a Sergio le parecía imposible.
La curiosidad le pudo, quería saber algo de ella, aunque fuera lo más pequeño y su hermana sería una buena espía en la casa.
—¿Qué tal está? —no pudo reprimir un tono seco.
—Bien, habla mucho del nuevo trabajo, todo el rato comentando lo bien que está.
Aunque… —no hacía falta insistir, Laura se lo iba a contar— creo que está triste.
Ella intenta sonreír y que todo esté bien, pero noto que desde que te fuiste tiene una cara más tristona.
No quiero que te sientas mal, si has querido marcharte tendrás tus razones.
Podrías venir un día o algo… Sí, sé que estás muy liado y que necesitas espacio, ya me lo has dicho, pero…
—Laura, cariño. —a la joven le encantaba que su hermano la volviera a tratar con esos apelativos dulces— Dentro de poco nos veremos, ya verás. Lo de mamá es solo una etapa, tema del nido vacío y así. Son solo unos meses y volveré a tocarte las narices, te lo prometo.
—Eso espero, me gusta tenerte en casa.
Esperó un momento porque la garganta se le había agarrotado. Las palabras de su hermana le habían llegado al corazón, un músculo ya tocado por saber cómo estaba su madre. Deseaba mandarla un mensaje, llamarla, pero no podía, todavía estaba tan fresco que tenía que dejar correr el agua.
Tragó saliva o eso intentó, ya que debido a la cerveza y a esa sensación tan mala producida por la conversación, estaba seco.
—Dentro de poco… lo juro.
—Tomo la palabra, tato.
—Te quiero mucho.
—Y yo.
A Sergio una pequeña gota salada se le comenzó a formar en el lagrimal de su ojo derecho, pero con nuevos pensamientos acerca de sus deberes, consiguió disiparla. No era momento de sentir lástima, debía centrarse en sus estudios, aunque… debía darse cuenta de que lo más importante era su vida.