La Trilogía (Aventuras y Desventuras Húmedas #4) CAROLINA #2
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CAROLINA #2

—Eso me ha sonado como si estuviera en una cárcel.

—dio otro gran sorbo a la cerveza viendo que la muchacha hacía lo mismo— Bueno, nada…

supongo que no importa que lo diga —pensó que contar que tenía ciertos problemas con su familia, no le haría mal.

La chica era prácticamente una desconocía, pero parecía de confianza.

Además, tampoco daría detalles— Problemas en casa.

No quiero decir que tenga una familia conflictiva ni eso, pero ya chocaba con mis padres, vi la oportunidad y elegí esta opción.

—No soy quién para juzgarte, o sea que si elegiste esa opción será porque es buena para ti. Y entonces… ¿Cómo fue que el fumado de Marco se largó y ahora estas tú? Pillar una de estas habitaciones así de rápido es complicado.

—Sencillo, se iba a ir de vuelta a casa y por no hacer miles de papeles, estoy aquí en su nombre, como si no se hubiera ido, le pagué la parte proporcional y fin.

—¡Coño! Pues le tenía yo por un colgao, pero ha sabido aprovechar la situación. No digo que te haya timado ¡eh! Habéis hecho un buen trato. Solo que me sorprende, se le veía más bien poco espabilado.

Carol se levantó de la cama y abrió otra lata dejando la suya en el escritorio.

Volvió a sacar otra de los círculos de plásticos donde estaban aprisionadas y se la cedió a Sergio.

Le enseñó la suya que todavía no había terminado, pero a la chica le dio lo mismo.

Se colocó mejor las gafas, dejándose caer pesadamente en la cama y recostándose de nuevo.

—La cosa, Sergio, que ahora estás atado.

Porque como te portes mal, le mando un email al comité y te ponen de patitas en la calle a la voz de ya.

No sé si lo sabes, pero te tengo cogido por las pelotas.

—usó un tono que el joven ya empezaba a conocer.

Sus bromas siempre iban aderezadas de ese punto sarcástico que a Sergio, quizá también por las cervezas, le iba gustando.

—Me joderías una pasta. —sonrió tímidamente y dio un trago acabando la cerveza vieja y cogiendo la nueva— ¿Tú por qué decidiste venir aquí?

—También es sencillo, y mucho más que lo tuyo. Vivo a media hora de aquí en coche, podría ir y venir, pero mira, mis padres tienen dinero y esto es menos engorroso. Fin.

—¿Echas de menos tu casa?

—A veces…

Por un momento el silencio se hizo presente, era la primera vez que Carol se quedaba sin habla y eso a Sergio le sorprendió, “parece que sí que se le agota la pila”.

Levantó su cuerpo con la cerveza en el interior, no le había afectado aunque la sangre ya comenzaba a correr con prisa por su cuerpo.

Miró a la joven que seguía tirada en la cama observando el techo aunque tras sus gafas se podía sentir que no prestaba atención a nada.

—¿Sabes jugar a la consola?

—¿Qué si sé? ¿Estás de broma? —Carol pareció activarse como si tuviera un resorte en su espalda.

—¿Quieres que te machaque un poco? —señaló la tele del cuarto donde una videoconsola reposaba esperando que la usasen.

—¡Estás muerto!

Los juegos se fueron sucediendo mientras aporreaban los mandos entre gritos, empujones y tragos de cerveza.

Por un momento a Sergio se le fue todo de la cabeza, su malestar, la relación con su madre, la partida de casa…

todo. Solo estaba allí, en una habitación, junto a una joven que acababa de conocer mientras se bebía unas cervezas y se lo pasaba de maravilla.

Echó un vistazo por un momento mientras Carol se mofaba de la aplastante victoria a la que le había sometido y vio sus ojos, estaba feliz, lo sintió.

Por algún extraño motivo sus ojos brillaban con luz propia, ajenos a la luz que manaba la bombilla del techo, desprendían una luz de mil soles.

Eran dos páramos verdes donde perderse, donde descansar, aunque por algún motivo, sintió que eso era novedad.

Hasta ese momento, los había visto rojos y apagados, sin embargo ahora vivían con fuerza, como un fuego descontrolado.

Terminaron tarde, cerca de las once y con las ocho latas de cervezas totalmente acabadas. Sergio acompañó a la puerta a su nueva amiga y ella se paró en el umbral antes de despedirse.

—Pues estuvo bien, tenemos que repetirlo.

—¿No te perderás de camino a casa? Puedo esperar hasta que entres, tengo tiempo. —Carol se rio de forma estridente, el alcohol la afectó en la última lata y a Sergio… en la tercera.

—Creo que eres un poco tonto… solo un poco ¡eh! —añadió ella saliendo al pasillo— Otro día nos vemos.

Carol se despidió con la mano, caminando despacio por la moqueta del pasillo en dirección a la puerta 16.

Sergio le echó un vistazo con su personalidad ardiente que solía salirle cuando bebía.

La chica no estaba nada mal, tenía un cuerpo delgado y de rostro era bonita.

No era una belleza espectacular, lo que más llamaba la atención de ella, al menos para el joven, era su personalidad.

Algo arrolladora y al principio llegando a ser desquiciante, pero pasando un rato largo en intimidad se había convertido en alguien muy entretenida.

Se vio en un momento cómplice, lo habían pasado bien y podía ser un buen instante para preguntar por algo que le había hecho pensar desde el momento que la vio.

En realidad no era una buena oportunidad, por muy bien que se lo hubieran pasado, apenas estuvieron dos ratos juntos. De todos modos, Sergio se lanzó.

—Carolina, —ella se dio la vuelta. Separando con su mano el pelo que se le quedó en el rostro y dejándolo detrás de la oreja para que le llegara hasta casi los hombros— te veo una chica superfeliz. ¿Te puedo hacer una pregunta sin que te moleste?

—¡Horror, Sergio! Si me dices eso, claro que me va a molestar —ella sonrió ante lo evidente que era su argumento.

—El otro día, cuando salvé tu bañera, —Carol sonrió.

Cuando estaba algo borracha sonreía muchísimo— vi algo que me chocó y…

entendería que no me lo contaras, porque apenas nos conocemos.

Pero en este rato que hemos estado me da la sensación de que eso no va contigo y por eso necesito preguntártelo. El otro día… ¿Por qué llorabas?

La expresión de Carolina cambió por completo, abrió los ojos con una sorpresa máxima y sus labios se tornaron serios. No se hubiera esperado eso jamás, incluso antes una petición sexual que eso.

—Yo… no… no estaba llorando… era… era el champú.

—Recuerdo que no tenías la cabeza mojada.

Rio al tiempo que negaba con la cabeza y andaba hacia su puerta. Abrió esta y miró desde la corta distancia a su nuevo amigo, volviendo a reírse con cierta ironía.

—Eres muy observador, señor fontanero… Mucho.

Se metió en su cuarto sin nada más que decir, dejando a un Sergio dubitativo, no solo por saber si había estado llorando o no, sino por si la pregunta le hubiera molestado. Se imaginaba que sí, aunque con esta chica no se podía estar en lo cierto con nada.