La Trilogía (Aventuras y Desventuras Húmedas #4) CAROLINA
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CAROLINA

Mari comenzó a trabajar la semana después de lo que ella denominaba “el incidente”. El tortazo a su hijo le había dolido en el alma, cada vez sentía más dolor en su mano como represalia del golpe que dio. Sin embargo, su mente se paraba más en el posible error que había cometido.

Lo que hizo su hijo le parecía grave, tener relaciones sexuales con su tía era del todo inapropiado.

Pero en el fondo tenía otro sentimiento que le dolía más.

Aquella semana que empezó a trabajar, disponía de tiempo para pensar entre cliente y cliente.

Estaba claro que el golpe fue desmedido y quizá el castigo de sacarlo de casa así de primeras era del todo desproporcionado.

Pero es que Mari se sentía traicionada, su mente dejó a un lado la idea de que su hijo era un degenerado, porque entonces ¿qué era ella?

Había… hecho “algo” que casi no podía admitir, la palabra sexo no surcaba por su mente y follar… muchísimo menos. Ese “algo”… estuvo bien, no lo iba a negar, incluso las dos o tres veces que lo recordó antes de dormir hizo que su piel se erizase, sin embargo, era algo que debía olvidar.

El trabajo le daba la posibilidad de pensar mucho menos, aunque el sentimiento de culpa seguía allí, a ratos incluso olvidaba que su hijo ya no vivía con ella. La gran mayoría de su pesar se centraba en ella misma.

Recordando el momento, en el primer instante, su cuerpo le pidió echar a su hijo de casa y lo hizo.

Sin embargo no pudo con lo segundo, hablar con su hermana e insultarla como bien quería.

Pero ¿por qué no? En el fondo sabía que habían actuado de la misma forma.

Por momentos lo asumía con más naturalidad.

Sentada en la mesa de la cocina, después de cenar, siempre dedicaba un rato de forma involuntaria a darle vueltas a todo de nuevo. Incluso de vez en cuando salía de su mente la opción de pedir disculpas, pero rápido se volvía a esconder, era Sergio el que debía disculparse, ella… era… la segunda.

—Mamá, —Mari se dio la vuelta asustada, pensando que su hijo podría estar allí. Era Laura— ¿qué tal estás?

—Bien, hija. Un poco cansada, esto de trabajar agota.

—Sí, debe ser agotador… casualmente… vengo a lavar yo misma lo que queda de la cena. Nada de que lo hagas tú sola. —su madre se rio. Laura dejó correr el agua hasta que estuvo caliente y comenzó— Ayer hablé con Sergio, dice que está contento, que la residencia de estudiantes es cómoda.

“¡Qué alivio!” desde que se fue, su madre no sabía que sería de él, su corazón siempre estaba agarrotado pensando en donde pasaría las noches.

—Sí, ya me dijo. —mintió.

—Me da pena que no este, fue todo tan repentino, no me había dicho nada de que se quisiera ir.

—Los chicos, cariño… —Mari no sabía muy bien por donde salir— Son impredecibles, ya los irás descubriendo.

—Pero, podría volver, me gustaría que estuviera aquí. —la mujer sintió una punzada ardiente en el corazón. Logró mantenerse serena.

—Lo decidió él, mi vida, tenemos que respetar su decisión. —menos mal que estaba de espaldas a su hija, si no le hubiera notado la marca de la mentira en su rostro.

—Podríamos… no sé… igual si le insistimos vuelve. Tal vez es por algo que le ha pasado algo.

—Laura —dijo en un tono neutro, pero que sonó a autoritario—, es lo que ha querido. No le ha pasado nada, está bien. Solamente querrá soledad.

—Vale… —el tono parecía duro. A Laura no le gustó, pero lo aceptó, seguramente su madre también le echaría de menos— Voy a cama, ya está todo limpio.

—Gracias, cariño. Descansa.

Laura se alejó hacia su cuarto, dejando a su madre sola mientras terminaba de comer una manzana y una pequeña lágrima solitaria le asomaba por el rostro. Estaba mejor trabajando que en casa, no podía soportar el dolor que sentía, expulsó a su hijo de su hogar, pero… tenía una razón, ¿no?

Mientras la mujer se limpiaba aquella lágrima rebelde que brotó hasta su mejilla derecha, Laura como todas las noches hablaba con su hermano por mensajes. Era la forma de estar unidos pese a la lejanía y como de costumbre, ella le comentaba como estaba su madre… “Algo decaída”.

Después de un rato de preguntas y risas por parte de ambos, Sergio tuvo que cortarla.

Llevaba instalado una semana en su nueva habitación cuando de pronto, llamaron a la puerta, esperaba que no fuera el conserje ni nadie encargado de asegurar que Marco Gutiérrez siguiera allí.

Por si acaso, cogió la fotocopia del DNI que siempre llevaba en la cartera. Mandó un mensaje a su hermana.

—Luego hablamos, te quiero, tata. —sin darle tiempo a leer la contestación se levantó.

—Te quiero, tato.

Se acercó a la puerta despacio, queriendo no hacer ruido como si aquello fuera a hacer que la persona tras la entrada fuera más o menos amable. De nuevo otro golpe, sonó metálico y frío, algo que le extraño de sobremanera y abrió con dudas, sin muchas ganas de saber que producía ese ruido.

—Mira que el cuarto es pequeño para tardar tanto en abrir…

La figura de una mujer menuda, con el cabello corto, de color negro y puntas azuladas se erigía en la puerta.

Unas gafas se alzaban sobre una pequeña nariz rodeada de pecas casi invisibles que rodeaban unos ojos verdes deslumbrantes.

Se veían mucho más lindos sin el rojo de la otra vez.

Lo único que cambiaba esta vez en la muchacha, era que Carolina, veía vestida.

—Tú.

—¡Yo! Te venía agradecer lo del otro día. —mostrándole ocho latas de cervezas, Sergio torció el rostro al verlas— Esto a los tíos os mola ¿no?

—Lo de hace una semana dirás.

—Bueno, no te pongas exquisito, la cosa es que he venido, y mira… —agitaba las latas delante de su cara con gesto cómico— Birras… ¿Te gustan?

—Supongo.

—Oye, —miró de nuevo el número trece de la entrada— ahora que pienso… antes vivía aquí el fumado ese… como… como era…

—Marco.

—¡Ese, ese! Parecía buen chaval, pero, joder… todos los días en la luna, creo que se le quemó el cerebro. —aspiró un poco con su pequeña nariz haciendo que las gafas cuadradas se le movieran— Todavía huele a marihuana.

—Trato de que el olor se largue, aunque cuesta.

—Una vez me dijo que se quedaba hasta final de curso, vamos tampoco era que hablase mucho con él, pero bueno, era un poco raro. —el joven se rio en su mente, pensando que opinaría Carolina de sí misma.

—Sí, es una larga historia. —Sergio estaba cansado y no le apetecía mucho conversar.

—Pues no tengo un plan mejor. ¿Me la cuentas?

—¿Cómo? A ver, no sé, es una frase hecha, no pensaba que…

—Bueno pues me la cuentas, así nos entretenemos. —Carol entró en la habitación sin ningún permiso, pasando al lado del joven que seguía agarrado a la puerta— No te pienses que estoy ligando ¡eh! Aquí poco se puede hacer.

—No, no lo había… —la joven le cortó de pronto.

—Además, no me voy liando con el primer tío que me arregla la ducha. —Carolina se sentó de golpe con su liviano cuerpo en la cama.

—¡Guau! Chica… —soltó Sergio sin contenerse. Carol le observó intrigada— Eres muy… dios… ¿Estás siempre a tope? ¿Desayunas Red Bull o qué pasa?

—Noooo… —estiró la palabra mientras se reía y negaba con las manos— Solo cocaína.

—a Sergio apenas le dio tiempo a pillar la broma— ¡No, hombre!

Soy así… no sé. ¡Anda! Cierra la puerta y vamos a tomarnos las cervezas.

—Sergio seguía sorprendido, pero la hizo caso y después de cerrar la puerta se encaminó hacia la cama— No te creerías que eran todas para ti.

Carol abrió dos latas y le pasó una a su “nuevo amigo”.

El joven aunque algo dubitativo por toda la energía que desprendía la joven se sentó a su lado.

Con la tele encendida creyó que los momentos de silencio se harían más llevaderos, aunque estaba más que equivocado…

con Carol no había momentos de silencio.

—¿Qué tal la uni? —le preguntó recostándose y dando un trago largo a la lata.

—Bien, siempre me ha ido bien la verdad. Estoy al día de asignaturas y espero acabar este cuatrimestre.

—¿Estás en cuarto curso? —Sergio asintió mientras bebía, la cerveza entró de maravilla, estaba fresca— Yo en tercero, o sea entiendo que me sacas un año.

—el joven alzó los hombros, también lo suponía— En mi caso siempre se me ha dado bien, el estudio es lo mío, aunque estos meses he dado un bajón, pero bueno algo puntual.

—Entiendo. —copió a la joven y se recostó en la cama, reposando su cabeza en un cojín del mismo modo que Carolina— ¿Llevas mucho tiempo en la residencia?

—Desde que vine a la universidad, tres años ya.

—¿Y tienes tan pocas nociones de fontanería? —Sergio sacó una sonrisa, esperaba que ella también lo hiciera. No sabes nunca por donde te va a salir un desconocido y menos Carolina.

—El Bedel/fontanero/albañil y demás, es el que suele venir a inspeccionar las habitaciones.

—Carol notó que Sergio se erguía sorprendido sobre sus antebrazos— ¿Esa cara?

¡Bah! Tranquilo, suele venir a finales del primer cuatrimestre, o sea que ya pasó por aquí.

En mi caso, tuvo que venir por noviembre porque la persiana se rompió.

No me mires así, yo no hice nada, fue sola, estaba durmiendo y bamba, menudo susto.

—Y oye, ¿hay algo que hacer por aquí? Me refiero, no sé… fiestas o… no se me ocurre otra cosa, supongo que será de lo poco que se hace.

—¿Aquí dentro? ¡Ni de broma! Si te pillan, a la calle. Puede que hayas venido pensando que esto es una hermandad de Estados Unidos, pero olvídate, es más aburrido que cualquier otra cosa. Sí, tienes libertad, pero hasta ahí… lo demás es un coñazo, y si tienes vecinos aburridos mucho más.

—Supongo que tú no eres una vecina aburrida.

—Te traigo cerveza… ¿Tú qué crees? —Ambos rieron juntos por primera vez— Entonces, ¿qué haces aquí?