SU ÚNICA AYUDA #2
Sergio dio un paso atrás, la cara de la joven parecía enfurecida, como si tuviera que pagar algo con el muchacho. Retirando las llaves de la cerradura y poniendo las manos a modo de defensa delante del pecho, siguió observando como la chica venía hacia él dejando un rastro de agua a su paso.
—¿Yo? —llegó a reproducir Sergio mirando a los lados.
—¡NO! Se lo digo a uno de los veinte que hay en el pasillo. —el joven aún sabiendo que era sarcasmo, por si acaso miró atrás. No la conocía de nada, era la primera vez que la veía— ¿Sabes de duchas?
—¿Qué? ¿Cómo que de duchas? —el joven no se había encontrado más desubicado en su vida.
—¡Pues de duchas, chico! ¿Sabes lo que es una ducha? —la joven no bajaba el tono mientras se sujetaba con fuerza la toalla. Estaba claro que bajo ella no había nada de ropa.
—Sí, claro que sé lo que es una ducha.
—¡Pues ven!
La desconcertante muchacha le agarró de la manga de la sudadera sin darle tiempo a reaccionar. Sergio perdió de vista los ojos verdes que parecían brillar con la luz del pasillo pese a estar ligeramente enrojecidos.
—Espera… la mochila…
—Déjala, nadie te va a robar los calzoncillos con manchas de semen —le soltó de manera deslenguada y más rápido de lo que Sergio pudiera reaccionar.
Entraron en la puerta que llevaba a la habitación de la joven. A Sergio, que seguía sorprendido mientras le arrastraba hasta la ducha, ni siquiera le dio tiempo a observar nada, ni a pensar… con aquella aparición se olvidó de todos sus problemas.
—Oye… —algo cohibido por tal situación antes de entrar al baño— No sé qué quieres, ni sé que quieres que sepa de duchas.
—¡De cuando se atascan, joder!
En el baño pudo ver como el plato de ducha rebosaba de agua. Estaba hasta el borde y un poco ya había salido mojando el suelo de baldosa. Unas oportunas toallas secaron el exceso que escapó, aun así, tenían que hacer algo para vaciar aquello… aunque el joven no encontraba sentido a estar allí.
—Sí, se ha obstruido seguro. —Sergio se arrodilló para verlo de más cerca.
—Eres bien listo. —su ironía no tenía fin— ¿Sabes arreglarlo?
—Desatasca el tapón, seguramente será eso.
—¿Puedes hacerlo?
Por una vez su voz sonó tierna, como seguramente sería realmente.
Sergio giró la cabeza, buscando reírse y decirla, “¿ahora ya eres agradable?” sin embargo, notó algo.
Sus ojos rojos con la luz más intensa de los fluorescentes parecían que le hubiera caído una buena cantidad de champú, pero…
su cabello recogido, solo estaba ligeramente húmedo, no se lo había lavado.
Tenía dos mujeres en casa y sabía que no es necesario lavarse el pelo todos los días, esa chica no lo había hecho, no obstante sus ojos verdes estaban rojos.
Por un segundo mantuvo la mirada en ella, tenía cierta belleza, pero su cara denotaba una pena que trataba de ocultar, “¿ha estado llorando?”. Volteó la cabeza hacia la ducha, volviendo a centrarse en el desagüe que parecía ser el problema y con un tono más seco le dijo.
—Haré lo que pueda. Tráeme un cuchillo o algo plano para levantar la tapa.
La joven hizo sonar sus pies por toda la habitación y trajo una especie de navaja suiza que pasó a Sergio.
Con maña levantó la tapa, pesaba demasiado con toda el agua acumulada.
Un pequeño tapón a modo de barrera impedía que pelos y demás “cosas” se fueran por el sumidero.
Con un tirón, Sergio lo sacó, escuchando como el agua comenzaba a despedirse de ellos.
Levantándolo en alto vio un cúmulo de pelo horrible.
La joven lo miró por dos segundos y sin soltar su toalla sufrió una arcada que casi la hizo vomitar.
No era una imagen agradable, Sergio lo sabía bien, convivía con dos mujeres y casi siempre le tocaba a él o a su padre quitar el tapón que se originaba.
Al principio también sufría arcadas, pero el cuerpo se acostumbra a todo.
—¿La basura?
La joven con la boca bien cerrada le hizo señas para que saliera al cuarto y la buscase.
Sergio no tardó en encontrarla, estaba en el mismo sitio en el que estaban todas en los demás cuartos.
Lo lanzó con ganas, nunca le gustó el tacto y tampoco la visión, no obstante, se paró a observarlo un momento, porque aparte del cabello negro con tonos azules, también había un cabello largo y rubio. “Curioso…” pensó volviendo al baño.
—¿No te da asco? —preguntó la joven mientras Sergio veía como el volumen de agua disminuía.
—En casa están mi hermana y mi madre, esto suele pasar. Me imagino que en tu casa también.
—Pienso que sí, pero lo arreglará mi padre… supongo…
—Bueno, creo que me puedo marchar… —por primera vez, viendo que la joven ya parecía menos histérica y con una media sonrisa le bromeó— O ¿aún no puedo salir de este secuestro?
—De momento… sí. —le siguió la broma. Al final parecía maja y le acompañó hasta la puerta— Gracias, señor fontanero. —con una sonrisa, pero con prisas comenzó a cerrar la puerta— Has sido de mucha ayuda. Ahora venga, venga, venga… que he quedado.
—Por cierto, me llamó Sergio. —con la puerta a medio cerrar viendo únicamente la cara de la joven.
—¡Ah! Sí, qué bien… yo, Carol, de Carolina. —cerró un poco más la puerta y la abrió de nuevo de golpe— Otra vez que nos veamos, como me cantes la canción de Hombres G te mato, la odio. ¿Okey?
Sergio se quedó perplejo por el desparpajo que tenía Carolina y por lo desubicado que le dejaba. Sin saber por qué razón, igual por el mero hecho de lo extraño que era todo, la sonrió y soltó una risa que hizo que la muchacha también le sonriera.
—Vale… lo he pillado.
—¡Ale! Adiós, señor fontanero, nos vemos por aquí.
El joven escuchó la puerta cerrarse y unos pasos rápidos recorrer la habitación. Anduvo con el pensamiento en blanco, en realidad había sido algo tan sorpresivo que le hizo olvidar cada uno de sus problemas.
Quedándose delante de la que era su nueva casa, sin pensar en esa puerta, si no en la de Carol con el 16 marcado, lo miró perplejo.
—Joder… breve, muy breve…, pero ¡qué intensa!