La Trilogía (Aventuras y Desventuras Húmedas #4) ACCIÓN… REACCIÓN… #2
83%

ACCIÓN… REACCIÓN… #2

Se sentó tras el mostrador, apenas pensaba en la chica con la que iba, no le importaba, porque estaba segura de que el otro era…

Sergio. Su respiración se aceleró, no había olvidado a su hijo, era imposible, pero la ira se había disipado por completo y solo quedaba la añoranza de tenerle en casa.

Ciertos recuerdos vinieron a su mente y los dejó a un lado sin querer volver a revivirlos.

Sin embargo el poder de la mente nunca se puede parar.

La noche, la oscuridad, el placer… Igual que a su hijo, casi de forma simultánea recordaron con nitidez los sabrosos momentos que pasaron en la intimidad del hotel.

Mientras Sergio caminaba con Carol y sin remediarlo la zona más íntima de su cuerpo se llenaba de sangre, a Mari, le comenzaba a suceder lo mismo.

Con la única visión de su hijo, en un instante nada más, miles de sentimientos habían vuelto a aparecer y ninguno de ellos llevaba resentimiento.

A cada segundo uno se alzaba detrás del otro y sobre todo uno prevaleció.

En medio de la tienda, en su nuevo trabajo, un picor inhumano le hizo frotar sus piernas la una con la otra.

El roce de las medias llegaba a sus oídos mientras ningún cliente entraba por la puerta.

—Menos mal…

Dijo muy bajito sentada todavía detrás del mostrador tratando de leer una revista sin lograr concentrarse. No podía aguantarlo más, era una sensación apabullante que se estaba descontrolando. Cogió el móvil y aprovechando que en la tienda seguía sin entrar nadie, escribió a su marido.

—¿Estás en casa?

—Sí, estoy descansando un poco hasta de las nueve.

—¿Laura salió?

—Se fue con las amigas, me dijo que te dijera que se va a cenar por ahí. Dicho queda. —Dani se rio en su sofá por su comentario. La verdad que no era muy gracioso.

—Vale. Ahora hablamos.

El siguiente mensaje Mari no lo abrió, porque no era de su prioridad, tenía otra muy concreta. Marcó el número de la jefa y la llamó.

—Mari, cariño, dime.

—Hola, Mariví, cielo. ¿Vas a venir ahora? —los sábados solían estar ambas en la tienda.

—Sí, estoy ya en la calle. ¿Necesitas algo?

—Pues sí. —No le gustaba pedir favores a nadie, pero esto era por fuerza mayor— No me encuentro bien. Me está dando el vientre unas vueltas terribles y tengo sudores fríos. —Para nada. Mentía— ¿Podría…?

—Cariño, sí, sí. ¿Cómo no me has dicho antes? Si aguantas a que llegue bien, si no cierra cinco minutos que no tardo.

—Te espero, no hay problema. Lo siento, es que ha sido así de pronto, casi de golpe, igual me ha sentado algo más. Recupero las horas cuando pueda.

—¡Calla, mujer! Lo importante es recuperarse, ahora voy no te preocupes.

—Muchas gracias, de verdad. Es que me encuentro fatal.

Se despidieron y Mariví no tardó en llegar. Corroboró de primera mano que Mari estaba mal según la vio, su tez había palidecido y sus gestos denotaban malestar. La mujer recogió todo y se marchó a casa a la carrera.

La cosa es que no estaba mal, no tenía sudores fríos por comer algo en mal estado, ni siquiera se acercaba a la realidad.

Su cuerpo se había alterado, pero por culpa de una visión, de unos recuerdos, de unos sentimientos que se volvieron locos.

Con paso rápido recorría la calle rumbo a su casa, sabía que allí estaba Dani y que su hija no estaba, y que por supuesto… Sergio tampoco.

El camino se le hizo largo, incluso tortuoso. Su zona más íntima parecía contraerse de vez en cuando dándole unos retazos de placer que jamás se había imaginado. Con los recuerdos del placer vividos en aquella noche de locura, caminada apresurada por la calle soportando vibraciones en su interior.

Llegó, abrió la puerta y buscó a su marido como una verdadera devoradora de hombres.

Era una cazadora, necesitaba su presa y allí estaba, aunque…

sabía… que no era a quien deseaba. Asió del brazo a Dani que veía con estupor lo que pasaba, preguntaba cuál era el motivo de tal comportamiento, pero no había respuesta.

Mari había perdido cierta cordura. Durante todo el invierno había cultivado un ardor que solo recordaba en sus tiempos mozos, y de golpe y porrazo cuando su hijo se fue del hogar, desapareció.

Como si estuviera agazapado esperando la oportunidad de resurgir, salió disparado en el momento que sus ojos azules vieron a su vástago.

Con bastante fuerza, el hombre cayó en la cama, mientras veía como su mujer se quitaba el vestido de golpe y lanzaba ambos botines perdiéndose en la habitación.

—Mari, ¿qué pasa? ¿Esto…?

No había respuesta, porque su mujer en un visto y no visto estaba en ropa interior. La preciosidad de su esposa se colocó encima de él con el pecho rugiendo. Sus ojos estaban envueltos en el fuego del infierno y mostraba unos fieros dientes por donde salía un aire ardiente.

Rápidamente besó a su marido en los labios, sabía todavía a cerveza fresca y no le desagradó del todo, total esa parte no era la que más importaba. Las manos hábiles de Dani rodearon a su mujer, llegando a posar las palmas bien abiertas en cada nalga, haciendo que la mujer siseara de placer.

—¿Qué te pasa hoy? —Dani no podría entender lo que le sucedía a su esposa, aunque para nada le parecía mal, hacía bastante que no tenían un coito.

—¡Cállate! —el hombre se quitó la camiseta mientras su mujer le comenzaba a besar por todo el cuerpo— Necesito… Follar.

A Dani el cuerpo se le encendió como una locomotora. Muy pocas veces había escuchado a su esposa decir algo como eso y menos verla tan… cachonda. Su sexo solía ser más que pobre y pocas veces lo hacían una vez al menos, que era su mínimo y eso… siendo muy optimista.

Mari no se podía contener, tenía la vista nublada y las manos temblorosas.

Bajó su cuerpo arrodillándose al pie de la cama, donde las piernas abiertas de su marido reposaban.

Con fuerza le quitó los pantalones, menos mal que eran elásticos, si no se hubieran desgarrado.

El pene duro de Dani salió disparado buscando alguien que le curara esa tensión.

No era el de Sergio, el cual notó en sus entrañas el poder que poseía, sin embargo, nunca le pareció que el de su marido fuera pequeño, para lo que pretendía… valdría.

Con los ojos fijos en la extremidad que colgaba tensionada como un cable de alta tensión, se detuvo un segundo a admirarlo, no podía quitárselo de la cabeza, pese a que era el de su marido… ella solo pensaba en otro.

Aun así, ¿qué más daba? Abrió la boca todo lo que pudo y de un sopetón introdujo en el interior lo máximo posible. El pene hizo contacto con su garganta y cerró sus labios atrapando lo que tenía en su interior… lo consumió por completo.

—¡MARI! —gritó Dani incorporándose y sentándose en la cama.

La mujer no contestó porque estaba sumergida en una faena que con mucha extrañeza, le estaba poniendo como nunca.

Su boca tragaba todo lo que su marido le ofrecía, succionando la piel y moviéndola de arriba y abajo.

Ayudó con su mano, sin medias tintas, el movimiento fue veloz, digno de un final épico, sin embargo, estaban en el comienzo.

—Cari… Cari… Cariño. —logró articular Dani sumido en un placer sin igual ¿hacía cuánto que no se la chupaban? No lo recordaba— No aguanto más.

—Entonces túmbate. —Mari con una voz autoritaria y soltando el agarre que tenía del pene de su marido, empujó levemente a este echándole sobre la cama.

Las bragas se cayeron prácticamente solas, parecía que colaborasen y con un sutil movimiento de tobillo se fueron en busca de un lugar perdido al igual que los botines.

No había pausa, todo era frenético. De un salto Mari se encontraba ahorcajadas encima de su marido que estaba postrado en la cama con cierta inquietud, su mujer se veía una verdadera fiera.

Rodeó con sus dedos el mástil erecto que apuntaba hacia su preciado tesoro y sin preguntar, sin calma, sin nada, lo puso en la entrada y descendió sus nalgas para que sus labios lo absorbieran.

Así ocurrió, de golpe todo estuvo dentro, absolutamente todo.

Mari gimió de placer y Dani abrió los ojos por lo bien que se sentía.

La vagina siempre estuvo algo “apretada” como se decía Dani en su mente, incluso Sergio pensó lo mismo en su momento.

Algo que solía achacar a ser delgada, o al menos eso era lo que él creía.

No obstante, esta vez no era así, pese a que sus paredes aprisionaron rápido su miembro, este entró sin ningún tipo de problema, rodeado de calor, líquidos y fuertes músculos.

Los movimientos no se hicieron esperar. Mari se puso a cabalgar como si de la mejor amazona se tratará. Dani viendo la imagen de una verdadera diosa que no recordaba tener por esposa, solo podía tensionarse y retrasar lo inevitable… porque apenas se aguantaba.

La mujer se desató, en verdad estaba frenética.

Su trasero se movía de adelante hacia atrás al tiempo que apretaba las nalgas para sentir mucho más placer.

Sus propias manos recorrían su cuerpo, primero subiendo por su vientre, después sus costillas y al final alcanzando unos senos realmente voluminosos.

Los agarró con fuerza, haciendo que ambos salieran por encima del sujetador y estimulando unos pezones durísimos.

La imagen para Dani era soñada, sus pobres misioneros ahora resultaban una aceituna en medio de un gran banquete. Su esposa se movía como una experta haciendo que tocara el cielo a cada gesto. “¿Quién es esta Mari?” Se preguntó sin parar de gemir.

La mujer en cambio, con sus senos apretados y el miembro bien dentro de ella, cerró los ojos sin parar de moverse con velocidad.

El placer era inmenso, todo lo contenido hasta ese momento quería salir.

Notó las manos de Dani agarrándola con fuerza la cintura, seguramente no las podía subir más allá, si no todo terminaría.