¡¿QUÉ ES ESTO?! #2
Revisó los mensajes y no vio nada que la preocupase, era una conversación entre hermanos de lo más normal “ahora se llevan muy bien”, se sintió aliviada. Aunque su cabeza no la dejaba de decir que cuidado… quizá su hijo quisiera algo más.
Agitó su mente para sacar de allí ese presentimiento, quizá se precipitó con el joven y solamente era un cúmulo de casualidades que la habían hecho pensar algo que no era. “¿Tal vez sea por celos?” le preguntó su conciencia. Ocultó la verdad y negó en rotundidad. Se mentía con ganas.
Movió el dedo hacia abajo, buscando más conversaciones y justo después de las primeras vio lo que estaba investigando “Tía Carmen”.
Al verlo fue la primera vez que sintió miedo…
un miedo real. A la mente le vino una vez que siguió a su marido por la calle, había estado algo ausente y despistado.
Era el comienzo de la época de poco sexo y Mari estuvo casi en la certeza que Dani podía tener algo, obviamente no era así, solo estaba preparando la fiesta de cumpleaños de su mujer.
Qué vergüenza sintió al enterarse, menos mal que eso no lo sabía nadie.
Aquella vez se sintió fatal y esperaba que esta vez fuera similar, sin embargo, cuando abrió la conversación se acabaron las dudas.
Leyó los primeros mensajes, subiendo lentamente cada vez que terminaba uno para seguir en el siguiente.
La conversación era más o menos corta, Sergio había borrado hasta antes de partir al pueblo para tener aquel último encuentro.
Mari respiraba acelerada, apenas pestañeaba y la pierna apoyada en el suelo no cesaba de moverse en un ritmo frenético. El corazón le retumbaba en el pecho como los golpes de un tambor, no podía estar más conmocionada, lo que leía no tenía ni pies, ni cabeza, parecían dos amantes.
—Lo son.
Dijo en un hilo de voz sacando cierta tensión acumulada. De pronto escuchó como el grifo de la ducha cesaba y al borde de un ataque de nervios apagó el móvil saliéndose de la aplicación de mensajería.
No había conseguido leer todo, pero aquellos mensajes no dejaban lugar a la duda, su hermana y su hijo habían quedado…
para follar. Las palabras le resultaban surrealistas, pero era cierto, Sergio no había ido a ninguna casa con sus amigos, había quedado con su tía “PARA FOLLAR” volvió a gritar su mente.
Para empezar la mintió con lo de sus amigas, para ir a…
“Follar con su tía” le volvió a decir su mente.
Estaba atorada con la cabeza distribuyendo sin parar imágenes de Carmen y su hijo en todas las posiciones posibles.
No podía soportarlo, mientras su pequeño se secaba todo el cuerpo en el baño, ella se agarró la cabeza, la puso contra sus rodillas y gritó.
—¡BASTA!
Las imágenes pararon al momento, pero el sentimiento de dolor, de traición de…
asco hacia todo, no se desvaneció. Se levantó esperando que su hijo no la hubiera escuchado y fue a su habitación.
Allí recogió el sujetador rojo de su hermana que tenía guardado y lo volvió a mirar, pensando en que bien lo tendría que haber hecho Sergio “esto es un puto premio… un trofeo”.
Escuchó la puerta del baño abrirse, su hijo volvía a su cuarto con el cuerpo parcialmente mojado.
La rabia de Mari era desmedida, quería ir a donde él y…
partirle la cara como nunca lo hubo hecho antes.
Sin embargo recapacitó por un momento, ya se pondría furiosa en el momento oportuno, debería plantarle cara de forma más taimada. O al menos… esa era su intención.
—Sergio —dijo con un tono serio al abrir la puerta.
El joven se dio la vuelta con únicamente el pantalón y calzoncillo puesto, la cabeza aún estaba húmeda con cada pelo hacia un lado. De no haber estado en una situación de extrema ira, a Mari le podría haber parecido gracioso.
—Dime.
El joven algo tranquilo esperaba la conversación por lo ocurrido en el hotel de Madrid. Incluso había pensado alguna contestación dependiendo por donde fuera la charla, tenía un objetivo, quería que todo volviera a la normalidad y si podía ser… que se repitiera.
Su madre sin embargo, no le contestó nada, solamente le lanzó algo que no llegó hasta donde estaba, quedándose a medio camino entre los dos. El joven sintió una punzada en el pecho cuando lo vio tocar el suelo, era el sujetador que Carmen le regaló después del último coito.
Mantuvo la serenidad, al menos por fuera, no estaba preparado para algo como eso, no obstante lo miró con frialdad tratando de no mostrar ningún sentimiento. No como su madre que a cada milésima que pasaba ante la pasividad de su pequeño, sus ojos se le inyectaban más en sangre.
—No vas a decir nada —Mari no podía contener su genio.
—¿Qué quieres que diga? No sé para qué me tiras el sujetador —trató de parecer lo más desconcertado posible.
—¿Piensas que es mío? —apretó los labios queriendo calmar su cuerpo, era imposible. Con su pijama largo y algo desgastado podría parecer una madre buena e inofensiva, sin embargo en aquel momento era el mismo demonio.
—Supongo… —Sergio alzó los hombros como si la cosa no fuera con él.
—Yo sé de quién es… —levantó una mano señalando a su hijo— dime ahora mismo de quien es, quiero oírlo.
—No lo sé.
—¡QUE ME LO DIGAS!
El grito retumbó en toda la casa, incluso llamando la atención de par de vecinos que no sabían de donde podría venir tal alarido.
Sergio dio un paso hacia atrás, como si las vibraciones de tal bramido le hubieran hecho retroceder.
Sintió verdadero pánico, porque aquella situación no se podía encarar de ninguna forma.
Su madre tenía el pecho inquieto, se movía de arriba y abajo con rapidez mientras sus aletas nasales respiraban todo el aire que podían.
Sin embargo no era lo que más asustaba a su hijo.
Más miedo le daban los dientes blancos y perfectos que enseñaba tras unos labios que poseían un gesto de ira.
Y encima de ellos… unos ojos siempre preciosos que ahora solo rezumaban odio.
El joven no dijo nada, ni aunque quisiera podría haber abierto la boca, porque aquello solo traería más problemas. Miró a su madre, después el sujetador y… volvió a mirar a su madre esperando por lo siguiente que le dijera, tenía miedo, verdadero miedo.
—¿A dónde fuiste el fin de semana pasado? —Sergio no se atrevió a contestar, aunque su madre disminuyó el volumen— Dímelo, ¿dónde fuiste?
La mujer llevada por la ira dio un paso adelante. La visión de que aquella batalla la tenía ganada la hacía sentirse envalentonada, nada la podría parar. No sabía que pasaría cuando todo acabase, pero su ira en ese momento era infinita.