¡¿QUÉ ES ESTO?!
Los preciosos ojos de la mujer estaban fijos en la prenda que colgaba de su mano. Se mecía lentamente en el aire, como un péndulo que la hipnotizaba. Sin embargo, no estaba para nada abstraída, su mirada era tan penetrante porque estaba meditando de donde había salido el sujetador.
Lo bajó para cogerlo con ambas manos. Estiró los lados de la lencería roja y la dejó delante de sus narices. La primera impresión que tuvo era que aquella tela era de buena calidad.
—Esto no creo que sea de Marta —recordó la imagen de la ex de su hijo y se reafirmó— No. No tenía tanto pecho.
No casaba aquel sujetador con ninguna de las mujeres con las que Sergio había estado y que al menos Mari tenía conocimiento. Una idea le pasó por la cabeza, quizá fuera suyo y Sergio se lo hubiera robado para cosas… de adolescentes.
Cerró los ojos y soltó una ligera carcajada que trató de pausar. Se imaginaba a su hijo con cierta parte de su cuerpo totalmente erecta y con aquella prenda en una mano masturbándose sin cesar.
—Eso… no creo… es de depravados —volvió a reír— aun así, este no es mío…
Diciendo eso en voz alta, un rayo de clarividencia surcó su mente haciendo que el cuello se le moviera y su rostro quedara fijo en un punto. Sin mirar a nada, solo al infinito torció el rostro mientras nadaba en sus recuerdos y su sonrisa se diluía.
—Tengo… uno… —miró de nuevo el sujetador tan bonito que tenía entre las manos— que es igual…
Se puso de pie, impulsada por una fuerza que no sabía que tenía. Corrió por el pasillo, haciendo resonar sus pies con fuerza contra la vieja madera hasta llegar a su habitación. No podía ser cierto lo que se le había ocurrido, era del todo imposible.
Se lanzó al cesto de la ropa sucia y después de tirar el sujetador rojo a la cama, comenzó a meter las manos entre las prendas que esperaban a ser lavadas.
Varias saltaron por los aires, lo que buscaba Mari parecía estar en el fondo y allí fue a buscarlo.
Al final lo vio, una copa de un sujetador de color azul celeste yacía en el fondo.
Estiró el brazo, teniendo que equilibrarse con un pie debido a la profundidad. Lo sacó de una sentada, tirando también una braga que poco le importaba donde cayera.
Su mente estaba cavilando todo tipo de posibilidades mientras una se alzaba en lo alto. Con paso lento, observando ambas prendas se acercó a la cama donde había dejado el sujetador rojo. Su corazón iba despacio, muy despacio…, pero el retumbar de cada latido parecía hacer vibrar las paredes.
Colocó el azul al lado del rojo, ambos completamente estirados en misma sincronía. Miró una vez, dos, tres… repitió en silencio un giro de cuello como un juez de tenis. No había duda, aquellos sujetadores si no estaba errada… eran iguales.
Sabía muy bien quien le había comprado ese sujetador, recordaba perfectamente el día en el que fue con su hermana de compras.
Ella se rehusó, no le gustaban los buenos pechos que le dejaban aquella prenda, sin embargo, Carmen insistió tanto que acabaron comprándose el mismo. Rojo para Carmen, azul para ella.
Se llevó una mano a la boca, tratando de buscar otra posibilidad que entrara mejor en aquella situación. Aunque lo más acertado seria pensar que Sergio había robado un sujetador a su tía a modo de fetiche. No obstante su mente le decía que no.
Lo bien que se llevaban… la confianza que tenían… aquellos dos no tenían una relación perfecta por los pelos. Mari recordó cada imagen de complicidad, pero ahora añadiéndole un toque perverso que en esa época le resultaría impensable. Esa idea la hizo tener que sentarse en la cama.
Su respiración se agitó, no había otra, si su hijo pudo tener relaciones sexuales con ella, que era su madre, ¿por qué no con su tía? Al fin y al cabo era una consanguinidad menor. Y si… ¿Lo habían hecho?
Se tapó el rostro con ambas manos. La idea era una locura, una verdadera demencia que a cada milésima se iba apropiando de la mente racional de la mujer como un parasito.
Las lágrimas querían aflorar y Mari no sabía muy bien por qué.
Primero debería comprobar lo sucedido, pero…
¿Por qué lloraba? Lo pensó fríamente, o al menos trató de hacerlo, estaba demasiado caliente.
El joven parecía que era un degenerado, copulando con su familia sin parar, incluso Mari pensó en si podría haber hecho algo más con otra, lo dudaba, aunque no con mucha fuerza. No era solo a ella, sino también a su tía, y lo peor de todo es que ella, al parecer… había sido el segundo plato.
Las lágrimas ya fluían por las mejillas dejando un rastro húmedo y salado. No lo podía admitir, porque aunque hubieran cruzado una línea infranqueable ella todavía no lo tenía del todo asimilado, por lo que era más complicado entender lo que pensaba.
Sin embargo no era muy complicado de averiguar.
Mari siempre fue competitiva hasta la médula y ahora…
era la segunda. Sumado a todo el amor que desprendía hacia su hijo, inconscientemente se sentía traicionada y dolida, como si ambos fueran pareja.
Muy dentro de su alma, aunque se escudase en lo degenerado que era Sergio, sentía la decepción por la deslealtad.
Ella había sido la segunda, eso era cierto. Aun así, notaba que le había dado todo a su pequeño, por él había traspasado la última frontera y ahora, se daba cuenta de que para Sergio no habría sido nada especial, solo… una más.
Lloró. Lloró como nunca lo había hecho. Pensando en que su hijo estaba al borde de ser un monstruo sin asumir que sus sentimientos hacia el joven eran del todo desproporcionados. Si Dani hubiera cometido un pecado similar, quizá… se lo hubiera tomado mejor.
En una mañana pasó de estar nerviosa y relativamente feliz, a estar completamente desolada.
Cayó en el llanto más profundo, incluso teniendo que meterse en la ducha por la única razón de no seguir viendo lágrimas sobre su rostro.
Trató de convencerse de que no era posible, de que eran tía y sobrino, no obstante el mejor argumento contra esa idea era ella misma.
Madre e hijo habían tenido un desenlace similar al que se imaginaba, no tenía excusas, había pasado, punto.
Sin embargo, le quedó el último rayo de esperanza, una última comprobación antes de asegurar que todo fuera un incesto de locura.
Debía echar un vistazo al móvil de Sergio, si salía alguna conversación estaría claro que pasaba algo, si no, seguramente habría sido su alocada mente.
Total solo estaba la prueba del sujetador, nada más, debía indagar no se podía dejar llevar por las primeras impresiones.
Era el último obstáculo que ponía a su cordura, después de eso ya no le quedarían más razones que aceptar lo evidente y mientras esperaba en la sala a que llegará su familia se decía.
—No puede ser, mi Sergio no puede ser así.
Solo pudo controlarse cuando su hija llegó a casa, siendo en segundo lugar Dani y por último, pero más a la tarde, su hijo… al que no pudo mirar a la cara.
El joven no le dio importancia, sabía que su madre estaba tomando una decisión muy importante y seguro estaba hecho un lío.
Habían tenido relaciones, algo que estaba totalmente fuera de lugar, sin embargo, él se lo había tomado con filosofía, diciendo que al final solo era sexo, no hacían daño a nadie.
Aunque bueno… eso último estaría por ver, porque a su hermana y a su padre seguro que no les hacía mucha gracia.
—Sergio —le abordó su madre desde la puerta de la sala— vete ahora a ducharte que voy a poner una lavadora.
Su voz sonaba más dura que de costumbre y mucho más fría que en cualquier otro momento que el joven recordase. Se levantó sin rechistar, siguiendo a su padre que hacía lo mismo recogiendo la cena que le tocaba llevar a trabajar.
—Cariño, marcho —soltó Dani dando un beso a su mujer—. En tres horas estaré aquí, es solo un apoyo, nada más.
—Estaré ya en la cama —el tono hacia su marido no era tan frío, aunque se podía sentir que algo no iba bien.
Sergio marchó al baño, pasando por la habitación de su hermana, que aún no había vuelto del paseo nocturno con sus amigas al que había salido. Pensó en Alicia con rapidez “¿qué será de ella?” para olvidarla con la misma velocidad con la que apareció por su mente.
El plan de Mari empezaba a surtir efecto.
Su marido se había marchado y ya podía escuchar el sonido del agua correr por el cuerpo de su hijo.
Fue corriendo a la sala, no había un minuto que perder.
El móvil de su hijo seguía en la mesa al lado de ambos sofás, no solía meterlo en el baño cuando se duchaba, la humedad ya le había estropeado un teléfono en el pasado.
La madre eso lo sabía y… también sabía que la contraseña para desbloquear el móvil era el cumpleaños de su hijo.
—¿Qué madre serías si no te lo supieras? —se dijo en voz baja. Aunque no tardó en responderse con otra pregunta— ¿Qué clase de madre soy que me follo a mi hijo?
El móvil se encendió y en la pantalla salieron los iconos de las aplicaciones. Mari con algo de lentitud miró donde se hallaba el WhatsApp, su plan era mirar esa aplicación y si no funcionaba no sabía que más espiar, no era muy dada a la tecnología.
Esperaba encontrar alguna respuesta, aunque… si no lo lograba… mejor para ella, lo dejaría correr y ya. Pasó los dedos hasta que encontró el icono verde y con un pulgar tembloroso presionó la pantalla haciendo que las conversaciones saltaran.
Su corazón estaba en un puño, una mano invisible se lo presionaba hasta el punto del paro cardiaco. Una pequeña gota de sudor frío debido a la tensión y al mal cuerpo le cruzó cerca de la patilla para caer hasta su cuello.
Las primeras conversaciones que se mostraban no tenían nada de peligro, la gran mayoría eran de amigos.
La que le llamó de primeras la atención fue una que ponía “tata”.
Se imaginó que era de Laura y por un mal presentimiento la abrió con cuidado.
Se sentía mal por espiar una conversación de su hija, pero era un riesgo que necesitaba correr.