BUENA LLAMADA
Ala mañana, Sergio se levantó totalmente repuesto del cansancio acumulado.
El sueño había sido reparador y pensar que tenía clases en la universidad por primera vez le animaba.
El caso era pasar el menor tiempo posible en casa, todo el tiempo que trascurriera fuera por el momento era una victoria, por lo que la sonrisa no se le iba del rostro.
Escuchó a su madre como siempre en la cocina, preparando los desayunos para todos, pero debía de hacer una parada.
Corrió al baño, vaciando su vejiga y dejando correr todo lo que sobraba en su cuerpo aunque con un segundo objetivo.
La erección mañanera había sido particularmente fuerte y en su mano, colocándola en dirección al retrete, se veía imponente.
El truco de mear para bajarla, no sirvió y bajo el pantalón de pijama el bulto era enorme, llegaba a ser ridículo andar así por casa. Aprovechó la soledad del baño para darse una ducha y disminuir el volumen de sangre, o al menos esperar a que se le bajara sola.
Así lo hizo. Metiéndose bajo el agua, directamente en el chorro todavía tibio, logrando que su pene diera un salto al notar el contraste de temperatura. Sin embargo no sirvió de mucho y su férreo miembro siguió tan duro como el palo mayor de una fragata.
No quedaba otra, no tenía muchas ganas de ir con esa erección a desayunar, por lo que tiró por la vía fácil.
Agarró su miembro y pasó por su cabeza varias mujeres que habían pasado por su vida.
No obstante, no tardó en caer en lo evidente, Marta no era una opción, porque otras la mejoraban.
El exotismo de Alicia podía ser, pero la tía Carmen…
era otro nivel. Sin embargo, una última superaba a todas, quizá no en belleza, aunque era preciosa, sino que el morbo de lo prohibido la hacía estar la primera de la lista.
El recuerdo de la noche con Mari apareció muy presente delante de los ojos del joven.
Comenzó con pequeños movimientos mientras se imaginaba que su madre estaba allí mismo, dándole la espalda con el trasero bien levantado, lanzándole una mirada felina requiriendo la penetración.
De nuevo la embestía con poderosos golpes al tiempo que ella rogaba por más y más y…
Sergio acabó. Cuatro movimientos y una pequeña película mental de unos cuantos fragmentos le hicieron comenzar a contraerse como una anguila. Los chorros salieron disparados con fuerza al plato de la ducha, dejándole con un jadeo perpetuo y un corazón subido en la garganta.
—Madre mía… —se rio de su curioso comentario— nunca mejor dicho.
Con esto el joven se quedó mucho mejor, más relajado e incluso con una sonrisa algo alelada que instauró de forma perpetúa toda esa mañana. Se dio el lujo de despedirse con un beso de su hermana, la cual no rechistó como bien lo hubiera hecho meses atrás, y con otro… a su madre.
A esta última le pilló totalmente desprevenida y abrió los ojos sintiendo el contacto caliente de los labios de su hijo. Mientras decía adiós le miró por el rabillo del ojo, pensando en que por fin estaría algo más relajada.
Así fue. Cuando todos marcharon, lo primero que hizo no fue recoger, ni colgar la ropa de la lavadora, ni nada. Lo que más le apeteció fue ir al sofá, tumbarse, quitarse las zapatillas de casa lanzándolas al aire y ver un poco la tele.
Después de unos veinte minutos de absoluta relajación con el cuerpo sin ninguna tensión en dos días, algo la sacó de su pequeño letargo, produciéndola una sacudida en el cuerpo.
El teléfono vibró dentro de su bolsillo, no tenía ni idea de quién podía ser y hasta que no miró la pantalla estaba totalmente desconcertada.
—¿Mariví?
—Mari, ¿qué tal estás?
Era la mujer que tenía la tienda de ropa. Con el viaje de su hijo se había olvidado completamente y eso que solo había sido un día.
—¿Te pillo bien?
—Sí, sí, tranquila, que justo me has cogido recogiendo la sala. —no quería decirla que estaba vagueando en el sofá, no sabía cómo lo vería la que probablemente sería su nueva “jefa”.
—Vale, cielo, perfecto. Solo te llamaba para confirmarte lo que hablamos. Pasé el viernes por mi asesoría y ya tienen todo listo, si quieres, el lunes que viene empiezas. Tenemos que firmar el contrato y eso todavía, por eso esta semana descansa.
—¡Qué bien, Mariví! —tenía bastantes ganas de empezar a trabajar y salir de su rutina. Aunque seguramente el trabajo… la haría caer en otra ¿no?
—Nada más, Mari. Nos vemos en la tienda el lunes, ven para eso de las diez, con calma que es el primer día. Lo único… pues ven con alguna ropa mona y un poco retocada, tampoco mucho, no sé si me explico.
—Entiendo. —tampoco lo entendía muy bien, pero que más le daba ¡iba a trabajar!
—Nos vemos entonces, besos para la familia.
—Lo mismo.
Mari colgó el móvil con una sonrisa nerviosa.
Era de lo que más ganas tenía en el mundo y por fin le tocaba el momento de llevar con su esfuerzo dinero a casa.
Se encontraba pletórica y con los nervios a flor de piel, solo pensaba en que llegase el lunes siguiente para ir a la tienda.
Aunque todavía debía arreglar una cosa… Sergio.
Quizá debido a la exaltación por el trabajo, Mari se puso a recoger como loca.
Guiada por unas fuerzas que nunca tenía por las mañanas, dio la vuelta a todos los cajones de la casa y los volvió a ordenar.
No podía parar, si lo hacía, su mente no dejaba de dar vueltas en torno a dos asuntos, que como dos estrellas, atraían su atención. El trabajo y su hijo.
La felicidad le hizo ver esta segunda de otra manera, hablaría con Sergio, estaba claro, pero su tono de negación absoluta se había relajado. Le diría que aquello fue una locura, que no se podía repetir, pero que estuvo de maravilla.
Mientras el tiempo transcurría y ella seguía limpiando como loca, la idea de volver a repetirlo le picaba como una aguja.
Tal vez su diablillo interno o quizá su entrepierna que últimamente estaba más ardiente que de costumbre, le hizo meditar una y otra vez la situación y acabar por decir “no lo buscaré. Pero si me insiste…”.
Negó con la cabeza mientras llevaba en la mano la braga que usó en el hotel. Estaba llena de fluidos secos que Sergio depositó en su interior y aunque le dio pena, la arrojó a la basura. Estaban para tirar, no se podían volver a usar.
Retomó su tarea, con aquella sonrisa que no sabía muy bien de donde venía, si del tema del trabajo, o de la conversación con su hijo. Entró en la habitación de este, era la última estancia en limpiar y comenzó con tantas ganas como con las demás.
Abrió su armario, estaba tan desordenado como de costumbre y se puso manos a la obra.
Cada momento que se detenía era un instante que permitía que su cabeza funcionase.
Sin embargo por mucho que se lo negase y tratase de evadirse ordenando ropa, su mente la seguía llevando a la misma habitación de hotel en plena penumbra.
Se había olvidado de la conversación que tendría que tener con su hijo, incluso su reciente puesto de trabajo.
Estando de rodillas abriendo el primer cajón del armario recordando únicamente el momento íntimo con Sergio.
Había sido tan intenso, tan placentero, por mucho que trababa de recordar un momento así con Dani, no lo encontraba.
Si alguna vez habían tenido uno tan intenso, hubiera sido al comienzo de la relación, en los últimos quince años estaba claro que no.
Siguió con el segundo cajón, notando como las sensaciones de asco hacia sí misma por haber mantenido relaciones sexuales con su hijo iban desapareciendo.
Llegó a la conclusión, mientras sacaba y metía pantalones, que quizá tenía algo que ver su estado “caliente”.
Podría ser que mientras más necesitada de sexo estuviera, viera con mejores ojos aquella…
“¿lo puedo llamar relación?” pensó mientras decidía en qué punto estaban ahora.
Abrió el último cajón, el que estaba a ras de suelo y en el que el joven guardaba cosas varias que apenas usaba. Algunas prendas eran más bien recuerdos, su camiseta con la que jugó a futbol o incluso el kimono cuando hizo karate en la escuela.
—Si esto ya no le vale…
Mari negaba con la cabeza mientras sacaba esas ropas tan antiguas y que seguramente su hijo guardaría allí a modo de trofeo.
Sacó de allí el kimono, de un color blanquecino casi impoluto por las pocas veces que lo empleó.
Lo dejó reposando al lado de sus piernas…
porque… había visto algo que le llamó mucho más la atención.
En el fondo del cajón observó una pequeña porción de tela. Era de un color rojo muy intenso que no sabía qué podía ser. Estiró la mano hasta casi tocar la parte trasera del cajón y allí, bajo otro montón de camisetas viejas tiró de la pequeña prenda.
Esta emergió a la luz, sacando con ella otras dos prendas que a Mari no le importaron. La puso delante de su rostro y con sus ojos azules mostrando una increíble sorpresa, escudriñó lo que tenía colgado de dos de sus dedos.
—¿Por qué…? —no entendía que hacía eso ahí— ¿Por qué mi hijo tiene guardado un sujetador?