EL TEATRO #2
—Tengo que… —la mujer pensó mejor sus palabras— Debo compensar todo lo bueno que haces por mí. Has hecho mucho y yo no he hecho nada.
Aunque Mari lo decía con otro sentido, no pudo darle más doble sentido que aquel. Sergio lo entendió de la misma forma y dejó la frase en el aire sin querer contestar nada, no podía.
El joven dio un buen sorbo al vino, dejando únicamente un posó en el vaso. Había terminado su plato de macarrones y ya estaba lleno. En otro momento quizá hubiera podido comerse hasta un búfalo, pero ahora, tenía el estómago cerrado.
Mari le vio dejar el tenedor encima del mantel blanco que se manchó con una leve pizca de tomate y miró a los ojos a su hijo, sabedora que el momento tan especial se acercaba. Los labios del joven se comenzaron a mover y antes de que dijera nada, Mari ya había soltado el tenedor.
—¿Subimos?
La mujer asintió en silencio, terminando lo poco que quedaba de su vino y recogiendo la chaqueta del asiento. Con calma ambos abandonaron el lugar en un sepulcral silencio, ninguno de los dos hablaba, ni tan siquiera se miraban, solo trataban de mantener taimados sus corazones.
El ascensor parecía que no subía, los apenas treinta segundos que pasaron en su interior se hacían eternos.
La tensión se podía ver, sentir, incluso oler, lo que aquellos dos guardaban en su cuerpo no era ni siquiera sano.
El rostro de Sergio había tomado un tinte rojizo debido al calor que se cocía en su interior y Mari le iba a la par.
Podría haber dicho que era debido al vino, pero estaba claro que el ardor que había en su entrepierna había inundado todo su ser.
Por fin el elevador se detuvo en su piso, caminaron despacio por la alfombra que amortiguaba el sonido de los tacones que manaba en cada paso de Mari. La puerta al fin estaba ante sus ojos, un portal a otro mundo el cual ambos estaban dispuestos a atravesar.
No pensaban en consecuencias lejanas, solo en el presente.
Tras esa puerta, otro mundo podría hacer acto de presencia, uno de desenfreno, pasión, lujuria…
era lo que querían. Las consecuencias que podrían involucrarse después, no importaban, preguntas como ¿y luego qué?
No aparecían en sus mentes. En ambas cabezas solo había una imagen, para Mari, Sergio, y para Sergio, Mari.
La tarjeta hizo su trabajo y el clic metálico abrió una puerta que más que a una habitación les llevaba a la casa de los deseos. Mari entró detrás de su hijo, cerrando la puerta tras de sí y sintiendo como la intimidad la relajaba de cierta forma, aunque no apagaba la llama que la quemaba.
Enfrente de la cama ambos se detuvieron, para de seguido tomar rumbos distintos a cada lado de esta.
Dándose la espalda, comenzaron a descalzarse.
Sin querer mirarse, el uno a escasos metros notaba en su propia piel el nerviosismo que el otro portaba.
En un movimiento mimético, las chaquetas de los dos fueron arrebatas de sus cuerpos, notando la mujer un leve confort al desprenderse de algo de calor.
—Voy —dejó unos segundos para que Sergio la escuchara ¿cómo no lo iba a hacer?— a la ducha.
—Bien.
Una escueta palabra era mejor, dos podrían hacer trabar su lengua y demostrar todo lo raro que estaba. Mari no aguantó más, rebuscó en su maleta, cogiendo el camisón que compró exclusivamente para aquel fin de semana y con ropa interior nueva se levantó camino al baño.
Caminó con calma, queriendo que su hijo la dijera algo, un detente y ven aquí.
Sin embargo, no expresó nada, no era el momento.
Dio varios pasos y llegó hasta la puerta del baño.
Desde allí con unos ojos de cazadora furtiva ojeó a su pequeño quitándose la camisa de pie.
Solo le dio tiempo a ver dos botones y observar como su torso juvenil salía a la luz.
Su mano fue rápida y accionó la manilla que la adentraba en el baño para no perder la cordura. No era el momento…
Suspiró profundamente delante del espejo y cerró la puerta para cierta intimidad o quizá por costumbre, aunque conscientemente no puso el pestillo, “no tiene sentido”.
Mirándose en el espejo se fue desnudando, con lentitud, dándose una buena dosis de moral para encarar una noche que no sabía lo que le depararía.
Sus turgentes pechos, su cuerpo delgado, su belleza natural y aquellos ojos que debían haber sido robados a los mismos dioses.
El agua de la ducha ya corría caliente contra el plato antideslizante.
No esperó mucho, quizá con ganas de que los últimos remanentes del agua tibia recorrieran su cuerpo enfriándolo, sin embargo ya era tarde.
Sacó la cuchilla del neceser y se despidió de todo el vello que poblaba una zona donde no quería nada.
Con mucha maña se deshizo de todo lo que allí nacía, dejando unos labios que se habían humedecido en exceso durante todo el día, como sus bragas, las cuales por lo que vio estaban para tirar.
Al acabar, dejó la maquinilla de nuevo en su sitio, contemplando su zona más íntima como parecía volver a sus años de juventud, cuando aún el vello no había nacido.
Dejando que el agua cayera por todo su cuerpo, alzó la cabeza para sentirlo en la cara, estaba demasiado a gusto, tanto que por poco no se percató que la manilla de la puerta se había accionado.
Se giró de inmediato, por acto reflejo dio la espalda a la puerta y pensó en si la mampara la taparía lo suficiente.
Por supuesto que no, era totalmente transparente y solo las gotas de agua y el vaho generado la taparían un poco.
Sin embargo, ¿qué más daba? Al ver la figura de su hijo entrar por la puerta supo a ciencia cierta que no debía cubrirse.
—¿Puedo, mamá? Tengo que limpiarme los dientes.
Sergio había acumulado todo el valor que tenía para abrir la dichosa puerta, incluso permaneció un minuto delante de esta sin saber qué decir al entrar.
Tenía un objetivo claro, estar enfrente del cuerpo desnudo de Mari.
Escuchaba la ducha tras el trozo de madera de color blanco, mientras su mano temblorosa se acercaba a la manilla plateada.