La Trilogía (Aventuras y Desventuras Húmedas #4) EL TEATRO
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EL TEATRO

Mari se había quedado demasiado alterada con el beso del ascensor, viendo a su hijo tan guapo y luego… aquella frase. Era evidente lo que le ocurría y cuando se sentó en el inodoro lo corroboró, viendo que su ropa interior estaba relativamente húmeda.

Con un poco de papel, limpió la zona, impidiendo que el goteo constante que tenía se convirtiera en una fuga realmente molesta, no quería que se le “rompieran las cañerías”.

Su hijo tampoco andaba muy cómodo, el pene erecto le comenzaba a molestar y gracias a sacársela y vaciar su vejiga, pudo colocarla de mejor manera.

Así al menos no se escaparía por debajo de su calzoncillo dejando un reguero de fluidos por su muslo.

Se volvieron a juntar antes de entrar a la gran sala y esta vez, sin darse la mano, solamente uno al lado del otro, caminaron hasta sus butacas.

—Una pena que no haya palomitas —bromeó Sergio una vez que encontraron sus asientos.

—¡Calla, anda! Que si te escucha alguien van a pensar que somos unos paletos.

—Oye, que seremos de los que mejor vestimos. —Mari miró hacia atrás comprobando que la gente vestía de manera formal, aunque tampoco de gala.

—Me había imaginado otra cosa viniendo al teatro…

—Ahora sí que vamos a parecer unos paletos. —rio Sergio mirando su camisa y chaqueta.

Su madre le dio un leve golpe en el brazo a la par que le sonreía y posaba su cabeza en la butaca roja.

—Yo creo que estás guapísimo.

Las luces se comenzaron a apagar y los dos quedaron sumidos en una parcial oscuridad que de nuevo les proporcionaba la intimidad que les encantaba.

Sergio la aprovechó y colocó su mano para sujetar la de su madre de nuevo, era su juego y les fascinaba.

Siempre que tenían un momento de privacidad decidían soltar un poco de lo que tenían guardado.

El dedo índice comenzó a acariciar la mano de su madre, recorriendo con la yema el dedo corazón, para llegar hasta el final donde una uña de color rosa la coronaba.

Mari sintió un calambrazo que hizo que se tuviera que acomodar en la butaca.

Pasó la mano libre por su nuca, los pelos se le habían puesto de punta y necesitaba calmarse, pero…

tenía que acabar con aquello, la iba a matar.

Un ruido sonó en el escenario y Mari con un rápido movimiento cogió la mano de su hijo, juntándolas de nuevo como hicieran tiempo atrás en su visita al cine.

Sintió como Sergio se acercaba, como su cabeza estaba al ras de la suya.

Estiró un poco el cuello, mientras su aliento recorría su piel y Mari cerraba los ojos sin poder retener nada.

—Tú… —la voz sonó melosa, acaramelada. Un sonoro orgasmo explotando en su oído que culminó cuando Sergio añadió— sí que estás guapísima.

La música comenzó y con ello la función, aunque ese momento Mari se lo perdió, ya que había girado la cabeza al escuchar aquello para que su hijo no viera como suspiraba de placer.

Pasó una pierna por encima de otra, tapando su sexo del que emergía calor como de una chimenea.

El roce de sus labios más íntimos la hizo sentir un escalofrío en su interior, uno que…

sabía que solo una persona podría aplacar y… no era su marido.

La duración de la función daba lo mismo. Las casi tres horas que pasaron dentro se les hicieron cortas y en ningún momento separaron sus manos, ni siquiera cuando estas empezaron a sudar.

Cuando la luz se volvió a encender, volvieron a separarlas, también por la necesidad de usarlas para levantarse y maniobrar.

Les había encantado, había sido un gran acierto venir y cada euro invertido en la entrada y en el hotel había merecido la pena.

Ambos esperaron a que la sala se fuera desalojando, no tenían prisa, eran las diez de la noche y solo les quedaba cenar y… ¿Dormir?

En las afueras del teatro no pararon de comentar la función, a Sergio le había gustado, pero Mari… estaba a otro nivel. No paró de elogiar los vestuarios, los diseños… en resumen, cada cosa que vio sobre el escenario le pareció magnifica.

Al joven le había gustado, sin embargo, con su madre al lado, paseando con aquella vestimenta tan propicia para ella y con una cara sonriente mientas sus ojos irradiaban felicidad, eso era lo que realmente le gustaba.

Entraron al hotel con dirección al restaurante que ya estaba lleno de huéspedes. No hizo falta separarse, esta vez no iban agarrados de la mano, aunque Raquel no estaba, la nueva recepcionista podría saber su parentesco familiar y eso era un riesgo que nunca correrían.

Se sentaron en la misma mesa donde habían comido. El lugar se había vuelto más íntimo, más cálido. Unas cuantas luces tenues acompañaban a una melodía lenta que invitaba al cortejo, era el hotel ideal para los planes de ambos.

Dejaron sus cosas y los dos se levantaron para comenzar con la cena. Sergio lo hizo de forma veloz, fue a por lo primero que pilló, un plato de pasta que no era muy recomendable para la cena, sin embargo, con este en la mano volvió rápido a la mesa.

Mari también tenía prisa, la inquietaba no estar con su hijo.

La llamada hacia su lado era tan potente que agarrando un plato de ensalada se encaminó con la vista fija en su mesa.

Su hijo se sentó dejando la chaqueta en la silla y con la camisa que tan bien le quedaba a la vista.

La mujer separó la silla de la mesa y se sentó en ella sin quitar los ojos de su hijo, estaba rompedor.

Aunque ella, ahora solo con el jersey, no se quedaba atrás.

Ambos habían vuelto de lo más rápido, no podían estar separados, sus mentes no lo concebían. Cada vez estaban más cerca y mientras pensaban qué decir, miradas y sonrisas nerviosas se intercambiaban.

—¡Qué maravilla de espectáculo! Había oído que era bueno, pero no me esperaba tanto. —Sergio comenzó la conversación sin levantar la vista del plato.

—Me ha encantado. —alzó el rostro para mirar a su hijo. Sergio no la correspondía— Me has hecho un favor tremendo trayéndome hasta aquí.

—No exageres, mamá. —el joven separó los ojos de su plato y observó la perfecta belleza que tenía delante.

—Es verdad, hijo. Necesitaba un día para mí, pasármelo bien, estar un poco fuera de casa. Aunque solamente haya sido hoy, tenía que desconectar un poco.

—Estoy de acuerdo. —por un momento se sostuvieron la mirada y Sergio vio el momento para comentarla algo— Te veo muy bien últimamente…

—no sonaba del todo bien y corrigió— me refiero psicológicamente.

Con la mente no tan agotada, te das más tiempo para ti, te cuidas, piensas en ti, incluso sonríes de vez en cuando.

—¿Solo de vez en cuando? —lanzó una sonrisa sarcástica.

—Sí, una vez o dos al día, creo que ese es tu límite.

Mari negó con la cabeza sin quitar la vista de su hijo. Sergio sonreía por su broma, aunque debajo de la mesa su pierna no se paraba de mover de lo inquieto que se sentía. La tripa le daba vueltas y los nervios estaban a flor de piel, sabía que la noche se acercaba.

—Sergio, fuera de bromas. En serio lo digo…

—pareció costarle sacarlo de su boca— muchas gracias.

Has visto lo que necesitaba y lo has cumplido.

Todavía recuerdo cuando me dijiste que tratarías de hacerme feliz, en aquel momento pensé que eran las típicas palabras que se dicen para que una esté bien, pero no era así.

Durante todo este invierno me has ayudado a cambiar…

—No creo que solo haya sido yo… —trató de parar la sinceridad de su madre.

—Sí, cariño, fuiste tú en casi la totalidad. Cierto es que Laura también ha dado un cambio y está mucho más agradable. —pensó hablar de Dani… pero no le salía, no lo veía ADECUADO— Has cumplido lo que dijiste. Eso… te convierte en un… hombre.

La última palabra le siguió una intensa mirada.

Sergio se sintió cortocircuitado. Mientras agachaba la cabeza para alcanzar otros pocos macarrones, por su cuerpo corrían miles de sensaciones totalmente desorientadas.

Aquella última palabra le había hecho imaginarse tantas cosas que no podía controlarse, su pierna bajo la intimidad de la mesa se movía frenética tratando de calmar el resto del cuerpo.

Volvió los ojos hacia la mujer que lo miraba intensamente.

Ya no era su madre, era Mari, una dama despampanante que cenaba con él en un hotel de la capital.

Aquel azul tan profundo que poseía también su tía y su hermana, relampagueaba con las leves luces que los envolvían.

Su cuerpo de por sí ya tembloroso, estaba al borde del colapso.

Nunca se había sentido así, era algo desconocido.

—Gracias, Mari. —llamarla mamá ya no casaba tanto— Aun así, creo que te pasas un poco. Apenas he hecho nada, hemos ido al cine y luego venido aquí, nada más. —dio un bocado a sus macarrones, mientras Mari hacia lo mismo con la ensalada— Quizá… debería haber hecho algo más.

“¿Qué más?” quiso preguntar la mujer que buscaba la respuesta más obscena posible, se contestó a sí misma. La garganta se le había secado y trató de dar un sorbo del vino que había en la mesa, no servía para nada, seguía en las mismas.

Sus ojos no se separaban mientras trataban de pasar la comida por sus tensas gargantas. Todos los músculos estaban agarrotados porque ese era el ambiente que respiraban, pese a lo cómodo y tranquilo del lugar, ellos estaban con los nervios que les brotaban de los poros.

Lo poco que le miraba Sergio a los ojos, a Mari la volvía loca, sabía que aquella mirada ya no era de su hijo. Su pequeño al que había dado a luz hacía más de veinte años se había quedado en casa, este era otro ser, otro con el que le encantaba pasar tiempo de forma más privada.

Su mirada era un pecado y bien sabia Mari que ella también le estaba mirando con los mismos ojos.

Se mojó los labios buscando más humedad en su boca, la lengua le estaba pastosa y el vino parecía acrecentar la situación.

Aunque necesitaba esa copa y quizá otra, pensando en lo que rondaba en su cabeza, necesitaba todo el valor del mundo.