EL TEATRO #3
Tuvo que cerrar los ojos para poder pasar. Al escuchar la cerradura abrirse se le paró el corazón y de su boca sin pensarlo salió la pregunta perfecta. Esperó la respuesta, todavía sin escuchar ni una palpitación dentro de su pecho, solamente la respuesta de Mari podría ponerlo en marcha.
—Claro, mi amor.
Mari contestó y giró su cuello para mirar a su hijo.
Estaban a algo más de dos metros de distancia y solo una fina mampara de cristal les separaba.
El joven había entrado con todo su descaro, con su torso desnudo y abajo…
¡Únicamente el calzoncillo! Tapando aquella herramienta de la que habló meses atrás con Carmen.
Se comenzó a enjabonar el cabello al tiempo que oía como su primogénito se pasaba el cepillo por los dientes.
Ni siquiera dudo un momento en hacerlo y sabiendo que el espejo del lavabo la enfocaba, se dio la vuelta levemente dándole el perfil de su cuerpo.
Sus manos se masajeaban el cabello mientras el champú caía por su cuerpo resbaladizo.
Su piel sedosa brillaba con la mezcla de agua y la luz del interior del baño. Sergio no se lo perdió.
Con un ojo poco discreto el muchacho miraba a través del espejo como su madre se lavaba la cabeza.
No se había lavado los dientes por tanto tiempo jamás, saldrían realmente limpios, pero la espera merecía la pena.
Vio cómo la mujer cogía el gel y lo vertía con tranquilidad sobre sus manos.
Al menos para el joven, cuando la vio pasarse las manos por cada parte de su piel, le pareció lo más erótico que presenció en toda su vida.
Su virilidad había estado todo el día activada, pero ahora, con su madre a un metro de distancia, desnuda y recubierta de jabón, aquello explotó en una erección megalítica.
El pene rugió en el interior, consiguiendo una erección como en las grandes noches.
Echó un vistazo rápido a su calzoncillo que era de licra y marcaba un paquete que no era normal.
Volvió la vista al espejo, su madre se había girado, estaba de cara a su espalda y el joven podía observar la silueta que hubiera puesto envidiosa a la misma Afrodita.
Ya no había jabón en su cuerpo, solo una piel maravillosamente bella que brillaba bajo el agua.
Lástima por una única cosa, que tanto madre como hijo se percataron.
El agua caliente había convertido el baño en una sauna de vapor, el espejo se había empañado lo suficiente para que la imagen se emborronase y la mampara corría la misma suerte.
Mari sabía que aun así, Sergio la seguía mirando, ella veía su espalda con su trasero marcado tras los calzoncillos, pero estaba claro que los ojos de su hijo querían ver más.
Queriendo por primera vez ser gustada, pasó sus manos desde su cintura, subiendo lentamente hasta sus costillas y después debajo de sus senos. El volumen de sus pechos no la cabía en las manos, aun así las apretó, saliendo el exceso de carne entre los dedos, sin quitar la vista del joven.
Sergio se mantenía quieto, sin ni siquiera limpiarse los dientes, Mari sabía que estaba mirando y pensó que quizá era el “momento”. Sin embargo, el joven pareció volver en sí y se enjuagó la boca para después decir.
—Ya está, Mari, no quería molestar. Voy a la cama.
Que sugerente para la mente de la dama, “voy a la cama”. Le hubiera gustado más escuchar un “te espero en cama” o “no tardes en venir a la cama” o… “Te voy a follar en la cama”. Suspiró en un volumen más que notable con este último pensamiento, algo que no pasó desapercibido para su hijo.
—¿Qué? —le dijo al escuchar ese leve ruido ya en la puerta.
—No, nada, ¿solo que podrías pasarme la toalla?
El joven se dio la vuelta, cogió la toalla de color blanco que había en el retrete y elevó la cabeza. Su madre sacaba la testa mojada por la mampara mientras el dichoso cristal ocultaba lo demás.
La delgada mano de Mari abrió todos sus dedos y cogió la mullida toalla que Sergio le daba, para después quedarse inmóvil por un breve segundo, mirando lo que se le ofrecía.
Al quitar la toalla lo siguiente que vio la mujer era la entrepierna de su hijo.
En un principio ella lo había hecho para picar al joven, para que se encendiera aún más, pero por buena o mala suerte, iba a acabar siendo al revés.
Cuando retiró la toalla, detrás se alzaba el coloso.
El pene de Sergio estaba metido como una morcilla de burgos envasada al vacío en aquel calzoncillo.
Se veía inmenso, grande, gordo… desde donde nacía, su herramienta recorría el muslo hasta el límite de la prenda, donde Mari rezó por que algo se viera.
Obviamente no iba a salir en tal preciso momento, como sus pezones tampoco se pegaron al cristal para que el joven los viera. Solo fue un instante, un segundo en el que fueron sabedores de lo que iba a pasar.
—Sergio, no molestas. Ahora voy a la cama. No tardo.
El joven se dio la vuelta, saliendo por la puerta con una erección que incluso empezaba a ser dolorosa.
Mari en cambio, se quedó secándose dentro de la ducha, sobre todo el exceso de líquidos que manaban de su entrepierna.
Había salido de su escondrijo y ya notaba como en sus muslos alguna gota traviesa quería comenzar el viaje.