La Trilogía (Aventuras y Desventuras Húmedas #4) HOTEL
66%

HOTEL

La mujer había estado fantaseando sin parar, unas veces en la habitación de Sergio, otras veces en la casa de Carmen, haciéndole cosas indecentes al joven mientras su hermana estaba en otra habitación.

Curioso que se imaginara aquello, porque la realidad había sido justamente la contraria.

Ella en una habitación borracha como una cuba y los otros dos en el cuarto gozando sin parar, pero eso… ella no lo sabía.

Sergio que había estado tratando de concentrarse en conducir, llegó más sereno de lo que se podía imaginar. Tuvo dos leves erecciones en todo el camino, pero nada que no pudiera ocultar, menos mal que su madre tampoco ponía mucha atención en mirarle.

Cogió ambas maletas, la suya colocándosela a la espalda y la de Mari arrastrándola por el suelo gracias a las dos pequeñas rueditas.

La mujer le siguió sin decir ninguna palabra, todavía no tenía ganas de hablar, le apetecían otras cosas que no podía nombrar.

Aunque de todos modos, tuvo que soltar la lengua por romper de una vez la tensión entre los dos, ya estaban fuera de casa, si algo se descontrolaba… no importaba.

—¿Traes todo?

—Mal momento para preguntar algo como eso, ¿no crees? —su hijo lo dijo riéndose irónicamente.

—Era una pregunta, chico. Si lo prefieres no te hablo. —le devolvió la sonrisa, se notaba más relajada.

—No, que me encanta que me hables. Tengo todo, en el móvil están las reservas y también las entradas. Mientras tengamos ahora los DNI para hacer la reserva con eso ya vale. ¿Lo tienes?

—Exacto. O sea que no pierdas el móvil, que no me apetece volverme ahora a casa.

—Ni a mí. —ambos rieron sabiendo que aquella frase escondía algo más.

Subieron en ascensor llegando a la recepción del hotel, donde una mujer de mediana edad bien preparada y con un semblante de facciones lisas les esperaba. La mujer mostró una sonrisa de dentadura perfecta digna de anuncio y saludó con buenas palabras a los dos nuevos invitados al hotel.

—¿Me deja por favor un momento el móvil? —la mujer no podía tener un tono de voz más dulce— Y los carnets de identidad, si son tan amables.

Ambos buscaron en sus mochilas y los sacaron en un periquete.

Mari se imaginó por un momento lo mal que se sentiría al no tenerlo y las súplicas que haría a aquella guapa mujer para que la dejara quedarse en el hotel.

Ni loca se marcharía de vuelta a casa, tenía que pasar el día con su hijo…

¡Ah! Y ver también la función de teatro, a eso había ido ¿verdad?

—Ya está. Por lo tanto, se quedan una única noche y la salida será mañana a las doce.

—Seguramente, nos iremos antes —matizó Sergio aunque a su madre aquella frase no le gustó, prefería quedarse por siempre y eso que apenas hacía unos minutos que habían llegado.

—Aun así, hasta esa hora la habitación está disponible para ustedes. El desayuno, comida y cena están incluidos. Si lo prefieren mientras adecentamos la habitación, pueden ir a comer, el servicio de comidas acaba de comenzar. —ambos asintieron, tenían hambre.

—¿Las mochilas las dejamos aquí o las llevamos al restaurante? —Mari señalaba ambas maletas ante los ojos marrones de la mujer.

—No, tranquila. Déjemelas aquí mismo, ahora llamo para que se las suban.

—Muy amable. Por cierto, última cosa —comentó Sergio enseñando el ticket que le había expedido la máquina del parking— el tema del aparcamiento, ¿cómo hacemos?

—Sí, déjeme un momento la tarjeta. —el joven se la tendió y la mujer después de meterla en un pequeño aparato, sacó una nueva que le devolvió— Aquí esta. Con esta pueden entrar y salir cuando quieran, por supuesto de forma gratuita.

—Perfecto.

—Por último y lo más importante. —la mujer se levantó detrás del mostrador y les alcanzó una llave magnética que Mari cogió— Esta será su llave, habitación 323, en el tercer piso, cuando lleguen allí tendrán sus maletas.

Espero que pasen una grata estancia en nuestro hotel, para cualquier cosa, aquí me tienen, mi nombre es Raquel.

—¡Muchas gracias! —dijeron al unísono madre e hijo y se giraron en dirección al comedor.

Entraron en una zona amplia, más larga que ancha, con mesas separadas a los lados y una gran barra al final con innumerables comidas.

El viaje les había dado hambre, tanta que devoraron varios platos mientras comentaban cada uno.

Hablaron, eso es verdad, pero cualquiera que les escuchara no entendería ni una palabra, ya que no paraban de engullir mientras conversaban.

Acabaron llenos, Mari apenas podía ni con un café de sobremesa.

Tenían que descansar aunque tampoco tenían mucho tiempo, Sergio había pensado en algo para pasar la tarde y por una vez, no era sexual.

El colorido restaurante del hotel se comenzaba a llenar cuando ellos se levantaban con destino a sus habitaciones.

Cogieron el mismo ascensor que les había llevado a la recepción y subieron al tercer piso. Mari dejó en manos de Sergio encontrar la habitación, ella siempre fue pésima buscando el coche en el parking de cualquier lugar, pasaba de intentarlo.

Giraron en dos pasillos llenos de puertas y al final encontraron la habitación 323. La madre sacó la llave de su bolsillo trasero y con ganas la puso en la ranura donde entraba a la perfección.

Una lucecita verde se encendió al lado de la ranura y la puerta se abrió automáticamente. Por un momento la mujer, con su hijo a su espalda, dudo al entrar. Aquella habitación estaba claro para qué la quería, que intenciones guardaba en su mente y dar aquel último paso… ¿Estaba preparada?

Había estado pensando toda la semana en la situación, se había dado cuenta de que tenía sentimientos especiales hacia su hijo.

El amor por Sergio había roto la barrera maternal y se había instalado en uno más carnal, comprobándolo de sobre manera en el coche.

Se había construido en su cabeza varias películas para adultos donde ambos eran los protagonistas y cuando pusiera el primer pie en la habitación 323 podrían hacerse realidad.

Levantó el pie derecho, entrando dentro del umbral que le separaba del pasillo y pisó con fuerza la moqueta del suelo. Había traspasado la frontera más lejana, estaba donde quería, con quien quería e iba a hacer… lo que AMBOS querían.

Tras de ella entró el joven sin tanto remilgo, dio un paso rápido y a su espalda cerraba la puerta con ganas haciendo que el vello de su madre se pusiera de punta. La mujer estaba atorada, del todo nerviosa y también… ansiosa, porque a partir de ese momento empezaba la cuenta atrás.

La habitación era simple, una formación típica de todos los hoteles que estos dos habían visitado.

Un pequeño pasillo dejaba una puerta a la derecha donde estaría el baño y después, daban directamente a la habitación.

La estancia la copaban colores amarillos y negros que se notaban como colofón en las cortinas.

La cama más amplia de lo que la mujer se imaginaba en las fotos era la gran protagonista del cuarto, con el armario delante y en la mitad de este, una tele de grandes dimensiones.

Cada lado de la cama, tenía unas luces individuales para uso personal y todo el cabecero de esta, lo envolvía un mural de un emblemático edificio de la ciudad.

Mari hacía mucho que no pisaba un hotel y se sorprendió de lo bien cuidado que tenían todo.

No se veía ni una mancha, ni un rastro de polvo, ni siquiera sintió que se arrugase el edredón de la cama cuando posó su trasero en él.

Sergio directamente se dirigió al armario, quería comprobar si las maletas estaban allí, ya que no las veía.

Se imaginaba que no las habían robado, eso sería tan absurdo, pero…

su mente le decía que también estaba allí por querer tener relaciones con su madre y eso también era absurdo.

Menos mal que las maletas sí que estaban dentro.

—Mamá —llamó Sergio a su progenitora mientras abría una parte del armario—, han dejado aquí las maletas.

—Sácame la mía, por favor.

El muchacho se la alcanzó y después hizo lo mismo cogiendo la suya.

Sentados cada uno en un lado de la cama, Mari abrió la cremallera dejando ante sí la ropa que había escogido.

Últimamente le gustaba llevar ropa más a la moda, se había dado algún que otro capricho en cuanto a vestidos y no había llevado ninguna de sus antiguas vestimentas al viaje.

Incluso a un lado, en la zona donde había colocado su ropa íntima, estaba el sujetador que compró junto con su hermana el verano anterior.

Lo miró pensando en sí debería ponérselo, le hacía un busto tremendamente bello y sus pechos se quedaban de la mejor manera posible.

Era idéntico al de su hermana, aunque en diferentes colores y recordaba cómo había insistido para que se lo probase.

Se rio por dentro recordando la conversación y estirando la mano, lo sacó de la maleta para dejarlo colocado en la cama, se lo pondría.

Mientras rebuscaba entre todas las prendas que ponerse, las vivas imágenes que relacionaba con ese sujetador le vinieron a la memoria.

Ella en la casa de su hermana, borracha como nunca, en la misma habitación de su hijo.

Sergio le había visto con aquel conjunto, casi desnuda, con su piel ardiente debido al alcohol y un pensamiento rugió en su cerebro, “¿le gustó?”.

—Voy a aprovechar para darme una ducha, vengo sudado del viaje.

La voz de su hijo la interrumpió los pensamientos, estaba tan sumergida en su mente que giró de forma brusca la cabeza para mirarle. Estaba al otro lado de la cama, tan lejos y la vez tan cerca, en el lugar donde solía estar su marido. Sin embargo, Dani no estaba, solo Sergio.

—Bien, cariño, quizá haga lo mismo, aunque tampoco estoy muy sudada. Si no es ahora me ducharé antes de dormir.