La Trilogía (Aventuras y Desventuras Húmedas #4) HOTEL #2
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HOTEL #2

Sergio que había cogido un vaquero y una camiseta junto a la ropa interior se levantó hacia el baño.

Con estas prendas, trató de taparse la pequeña elevación de su entrepierna.

Sin llegar a estar del todo dura, su pene había reclamado sangre desde el mismo momento en el que arrancó el coche y a cada instante, solicitaba más.

En ningún momento dejó de pensar en Mari, simplemente ella se había implementado en su cerebro como un parásito.

Aunque estaría mejor decir que estaba directamente pegada en su imaginación.

En los tantos momentos de silencio, la situación se volvía realmente crítica, su mente se convertía en un verdadero coche de carreras y por aquella carretera fluían imágenes que prácticamente cobraban vida.

Se adentró en el baño, cerrando la puerta tras de sí y encontrado un momento de respiro para su desenfrenado cuerpo.

Cada porción de músculo le vibraba de una forma diferente, todo de forma disonante creando la sensación de que en cualquier momento se podía derretir.

Nunca había sentido la expresión “estar hecho un flan” tan real.

Se quitó la ropa con calma, sentía que el momento había llegado, estaban en el lugar preciso para que sucediera lo que ambos querían, sabía que algo pasaba, solo tenía que esperar el momento.

No podía imaginar cuál sería el detonante, pero no se sentía capacitado para dar el paso, creía que si tuviera que decir algo la lengua se le trabaría.

Las palabras no eran una opción, pero ¿sus gestos?

Quizá quedaría más como un simio cachondo que como una adolescente.

Mirándose al espejo vio su cuerpo desnudo, en un estado perfecto que no necesitaba casi ni ejercicio, cosa que estaba seguro de que con el tiempo cambiaría.

Ahora estaba delgado y fibroso, con un pelo alborotado marca de la casa.

No poseía ningún pelo en el torso, dándole aún más sensación de juventud, “espero que a mamá le guste…” saltó en su mente como un resorte.

Casi todos los pensamientos eran en torno a la mujer que le había traído a este mundo y que ahora estaba a una pared de distancia, sentada en la cama que compartirían esa noche.

Echó un vistazo ligeramente más abajo, el espejo le reflejó lo que ya sabía, con un leve pensamiento su pene se había puesto en una buena erección, que coronaba un glande al rojo vivo. Resopló sacando sus manos del frío mármol del lavabo y cogió su tremenda herramienta con su mano diestra.

La movió en una ocasión, dejando todo el prepucio al aire y tocando con sus dedos los pelos que rodeaban la base. “Me los tengo que quitar” se dijo sabiendo que apenas tenía unos cuantos que no dejaban totalmente calva la zona.

Resopló de nuevo con fuerza dejando todavía su mano rodeando su durísimo tronco, anduvo hasta la ducha y accionó el agua caliente que comenzaba a caer.

Mientras el ruido del agua envolvía el baño, escuchó algo más, un ruido venido de una persona.

Quizá hubiera sido su madre, igual se había tropezado o se había asustado con algo, había sido un leve sonido que apenas se oía, como un susurro en el interior del baño.

Sin darle mayor importancia entró tras la mampara de cristal trasparente, pensando en que si su madre entraba le podría ver desnudo sin problema y sobre todo, con un pene como el acero en su mano.

Quería calmarse, darse un momento de serenidad y tenía muy claro lo que tenía que hacer.

Introdujo primero la cabeza bajo el chorro que se calentó con suma rapidez.

El pelo comenzó a mojarse y después con lentitud metió el cuerpo para calarse totalmente.

La ducha siempre le relajaba, siempre le dejaba con una paz interior sublime, como si estuviera en el vientre materno. “Mamá…”

Involuntariamente su mano descendió de nuevo donde su herramienta comenzaba a gritar por un poco de placer. Debía dar un poco de rienda suelta a su pene y soltar algo de “lastre”, que significaba bajar su nivel de lujuria.

No podía esperar más, no debía demorarse mucho en la ducha, sería demasiado llamativo.

Estaba claro con quien pasaría el buen rato que se iba a dar bajo el agua.

Durante la última semana solo había habido una mujer en su mente, ni siquiera su tía logró interponerse entre Mari y él.

Imaginó cada postura, cada situación, se había montado innumerables escenas dignas del mejor director de cine para adultos.

Ahora con el pene bien aferrado entre sus dedos, hizo el primer movimiento hacia atrás. El glande volvió a salir, rojo como bien lo había visto en el espejo. El agua caía hasta su miembro viril mientras su mano lo movía primero con lentitud y después más rápido.

El placer llegó enseguida, incluso antes que cuando lo hacía en casa.

Solo pensar que estaban en un hotel los dos solos le hacía sentir un picor en los genitales que le desbordaba.

Siempre se había imaginado que aquello era la producción incesante de espermatozoides y…

podría serlo, porque sus eyaculaciones cada vez eran más abundantes.

Puso a trabajar a su cabeza como siempre. Su madre en la cama, su madre contra la cómoda, su madre en el suelo… cualquier lugar era ideal. Incluso la recepción del hotel le valdría mientras la tan amable jovencita les miraba perplejos como perpetuaban el mayor pecado.

Se quedó con la última cosa que le vino a la mente, su madre entrando en el baño, desnuda. Con su piel resplandeciente y sus curvas bien proporcionadas caminando hasta su posición. No habría besos, ni siquiera roces, porque no tenía tiempo, Sergio sentía el calor atrayéndole al infierno.

Mari se agachaba, le pedía con palabras obscenas hacerle una felación “¿te chupo la polla?”. Sergio trató de dar más forma a la película, pero era demasiado complicado, el semen trataba de tirar la puerta abajo y salir disparado.

No pudo imaginarse diciéndola que sí, solo se vio tal cual estaba, con un ritmo furioso dando buenas sacudidas a su miembro erecto.

Aunque su mente seguía bien activa, tanto que casi cruzaba a la realidad, superponiendo de rodillas una imagen de su madre mientras trataba de terminar como mejor podía.

Volvió a escuchar algo, esta vez no fue un sonido, solo una palabra.

Quizá fruto de su mente atorada por tanto placer que manaba de su cuerpo.

Era la voz de su madre, que en su imagen proyectada en el suelo de la ducha decía de forma sensual, “hijo…”.

Aquel sonido parecía derretirse en los propios labios de la mujer que desencadenaba un placer acorde del que tenía Sergio.

Solo una pregunta pasó por la mente del joven que ya no encontraba vuelta atrás a todo el placer que iba a salir.

“¿Me lo he imaginado o ha sido real?” No había tiempo para responder.

Su espalda se tensó y apretó los dientes dibujando una mueca de placer absoluto al tiempo que detenía el movimiento de su brazo.

Los chorros cayeron sobre el suelo de la ducha, perdiendo su gran espesor al mezclarse con dificultad con el agua que caía desde la zona superior. Las piernas le temblaron y al tiempo que el semen se disipaba por las cañerías, Sergio recuperaba la cordura que también había perdido.

El sonido de la ducha le fue tranquilizando el corazón que parecía portar un terremoto, se pudo calmar poco a poco terminando con la ducha más pausadamente.

La palabra que había escuchado la olvidó al momento, pensado que su mente se había desbordado por completo.

Aunque no había reparado en una cosa, la imagen proyectada de su madre había sido borrada sin culminar sobre ella…

aunque tampoco le importaba, el placer había sido olímpico.

Mientras Sergio terminaba con el jabón y se depilaba la zona púbica al milímetro, pensaba en otras cosas que no tenían nada que ver con Mari.

Todo cosas banales, gracias a la masturbación podía hacer a un lado a la mujer.

Sin embargo, habría vuelto a su mente con suma rapidez la mujer que le dio a luz, de haber sabido lo que pasaba a una pared de distancia.