La Trilogía (Aventuras y Desventuras Húmedas #4) QUEDA POCO
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QUEDA POCO

—¿Te acuerdas de lo que te comenté sobre empezar a trabajar?

Llevaban una hora en silencio de las tres que debería durar el trayecto.

Mari aunque aguantaba con mucho estoicismo lo tensionada que estaba, supo que si no hablaban de algo, se volvería loca.

Sergio al menos tenía la conducción para entretenerse, pero ella había consumido toda su imaginación, que además solo tenía un único protagonista.

El joven sin mirar a su madre, le asintió con ganas para que le viera y conociera su respuesta. Tenía la garganta echa un amasijo de nudos de marinero, apenas podía articular palabra y a cada poco daba sorbos a la segunda botella de agua, la primera la consumió a los diez minutos.

—Volví a hablar con Mariví, la mujer que te comenté que tenía la tienda de ropa.

Fue el mismo sábado que te fuiste a casa de tu amigo, pues me la encontré.

—Mari por primera vez sentía que hablar la relajaba— Coincidí con ella en la pescadería, estábamos en la cola esperando y empezando a hablar así de todo, pues me interesé a ver qué tal le iba la tienda.

—Sergio la prestaba atención aunque prefería mirar a la carretera— Y la mujer seguía muy agobiada, al final está sola y su hijo por lo que me dijo la ayuda en lo que puede, pero tampoco tiene mucho tiempo.

Por lo que mira, le pregunté si la oferta de trabajo continuaba en pie, me dijo que por supuesto y le contesté que encantadísima de trabajar.

Quedamos en que haría todo el papeleo y que después de una semana me llamaba, supongo que ya para empezar.

En resumen —prefería no resumir nada y no parar de hablar— que igual la semana que viene comienzo a trabajar. ¿Cómo lo ves, cariño?

—Me parece fabuloso, mamá. ¿Queda muy lejos o está cerca?

—Un poco fuera del barrio. Llego andando en algo más de cinco minutos. ¡Una maravilla!

—¿Con muchas ganas? —las preguntas se sucedían por la tensión que ambos tenían de quedarse en silencio.

—Sí. Aunque… estoy un poco nerviosa, creo que es inevitable. —lo estaba, pero con esa excusa, daría una razón a estar así junto a su hijo— Será por empezar algo nuevo y además que nunca he trabajado de ello.

—Al final será lo mismo que haces en casa, doblar ropa.

Mari sabiendo que era una broma, le lanzó una mirada de enfado que el joven no vio al estar centrado en la carretera. Como tampoco vio la mano que se alzaba y le golpeaba en la nuca con cierta fuerza. El chico se quejó mientras sonreía tontamente. La colleja la tenía más que merecida.

—Lo siento —estiró la letra “e” como un niño pequeño.

La mujer negó con la cabeza, su hijo era muy bueno aunque a veces se pasaba de bromista. Aun así, aquel leve toque en la nuca había sido el primer roce que tuvieron en el viaje y Mari comenzó a imaginarse que podría haber otros más adelante.

Desde que le llamó el sábado anterior, se había estado negando a imaginarse situaciones más íntimas con su hijo, pero ahora, fuera del hogar, era como estar en la casa de Carmen.

En un hotel a kilómetros de su marido y de su hija, sería todo diferente.

Sabía que allí todo iba a cambiar, al menos por un día, tendría una…

cita con su hijo, no había cosa que más deseara.

—El miércoles me salió la última nota —comentó Sergio sacando a su madre de una mente que empezaba a imaginar perversiones—. Todo aprobado, no me lo puedo creer estoy como en una nube.

—¡Enhorabuena, cariño! ¿Ahora que te queda?

—Cinco asignaturas y se acabó. ¡Por fin! Tengo ganas de trabajar y dejar de estudiar, ya solo unos cuatro o cinco meses me separan de ello.

—Me alegro mucho, cielo. Te lo mereces, has estudiado muchísimo —Mari se dio cuenta de que con ello cerraba el tema y volvía el silencio. Su cerebro carburó para buscar otro motivo de conversación— Por cierto, ¿te ha costado mucho el hotel?

—Esas cosas no se preguntan, mamá. Es una invitación, o mejor dicho un regalo. —por primera vez, viró su cuello para mirar a su progenitora con una sonrisa y añadió— Sí, fue caro.

—¿Me dejarás invitarte al menos a cenar o a comer? —por un instante a Mari se le pasó un flash por la cabeza. Le había dado totalmente la vuelta a esa frase y los dos estaban en una cama… comiéndose el uno al otro.

—Si no me equivoco, la comida, la cena y el desayuno están incluidos. Podrías pagar las entradas, pero… ya están cogidas. Lo único que te queda es disfrutar, mamá, todo es poco para ti. Te lo mereces.

Mari miró por la ventanilla, mientras se llevaba la mano a la boca.

Una risa nerviosa quería escapar de entre sus labios, pero la supo contener con mucha fuerza.

Cada vez que su hijo le regalaba los oídos con una de sus bonitas frases se ponía roja como una colegiala, esta era una de esas ocasiones.

—Lo único que solo había habitaciones con una cama, me refiero a que no había separadas, no sé si eso te importará. Por las fotos que vi eran todas las habitaciones así. Pero bueno, las camas son enormes.

Mari había visto las fotos de la habitación, era una cama bastante grande, más que la que compartía con su marido, pero donde seguramente en una noche movida…

por el sueño… se podrían encontrar. Lo que la mujer no sabía, era que junto a Carmen el joven había estado mirando hoteles y había decidido aquel a propósito.

Parecía un lugar hecho para ir en pareja, aunque había habitaciones adyacentes para familias, la gran mayoría eran habitaciones con una única cama.

Lo escogió sin dudar, sobre todo cuando su tía le comentó que le prestaría cierta parte del dinero, total a ella le sobraba o eso le dijo.

Miró la foto de la cama por un largo rato mientras ambos seguían en la habitación de los abuelos.

Si Carmen le hubiera estado mirando en ese momento hubiera visto el leve temblor en su espalda, puesto que se había imaginado yaciendo allí con su madre.

—No importa. —Mari lo prefería así— ¿Qué más da? Total es una única noche, además, no será que no hemos dormido veces juntos…

Ambos sonrieron con timidez, porque pensaban lo mismo.

A Sergio la viva imagen de aquel maravilloso sueño que tuvo días atrás le vino a la mente, pero esta vez, en vez de la cocina de su casa, era en la cama de aquel hotel.

Un leve picor le atravesó la entrepierna, dando pie a que su pene comenzara a engordar a mitad del viaje.

Mari no estaba muy lejos de todo aquello.

Cada vez que le venía ese calor nacido en sus intestinos, varias imágenes acudían a su mente y la primera, siempre era el bulto que vio en el jacuzzi de Carmen.

Todo aquel poder embutido en una pequeña tela que con el paso del tiempo, llegó a odiar.

Pero también le pasaba por su atorada mente, cuando le pilló en plena masturbación.

Su imaginación con el paso del tiempo hizo que deformara un poco la realidad, dándole mayor longitud al terrible coloso que su hijo sostenía e incluso terminando mientras ella miraba escondida.

Obviaba la gratificante masturbación que se provocó mientras su marido dormía a su lado, porque aquello fue un desliz… su conciencia se reía al oírlo.

La mujer apretó las piernas y con la mano derecha de forma discreta se oprimió la sien para mantenerse cuerda. Sentía una punzada en el cráneo, una que ya iba conociendo sobre todo esta última semana, en la que se dio cuenta cuál era el detonante.

Su mente todavía era reacia a dar rienda suelta a las perversiones que se imaginaba en su cabeza.

De momento el muro de moralidad impuesto por toda persona seguía en pie, aunque en el caso de Mari estaba a punto de desmoronarse.

Cada vez que se imaginaba ciertas situaciones con su hijo, era un martillazo a aquella última barrera que le hacía retumbar el cerebro.

Solamente la vez de la masturbación había conseguido superarla, pero aquello era imaginación…

ahora lo que su mente tramaba eran planes reales.

El silencio les volvió a envolver. Dentro del coche la tensión se podía palpar, ni la música de la radio relajaba el ambiente entre dos amantes que no sabían que lo eran.

Sus sentimientos eran demasiado poderosos para mantenerlos dentro del cuerpo, tenían que expresarlos, si seguían así se morirían de las ganas.

Sergio carraspeó, advirtiendo a su madre de que iba a hablar y así ambos pensarían en otra cosa que no fueran en el compañero de viaje que tenían al lado.

—Creo que ya estamos a la mitad del camino.

—Eso está bien.

La voz de Mari apenas era más elevada que la canción que sonaba en la radio. Aquellos golpes en su cabeza cada vez eran más fuertes y a cada metro que recorría el coche sabía que estaba cercano a romper ese dichoso muro.

Ambos por instinto giraron sus cuellos. Un sexto sentido les llamó a hacerlo, tenían muchas ganas de mirarse a los ojos. Mari quería ver la expresión de amor y deseo que su hijo le había lanzado y Sergio, aquellos ojos azules centelleantes que tanta pasión describían.

En un momento, apenas una porción de segundo, los dos vieron las intenciones del otro, sabedores de a que se dirigían. La boca del lobo era su destino, un lugar donde perder la cabeza mientras ardían entre las sabanas. ¿Sería posible?

—Tengo… muchas ganas de llegar. —Mari lo pudo escuchar porque leyó el movimiento de los labios, apenas había sido un susurro nacido en el alma de su hijo.

—Y yo.

Solo dos palabras que se desprendieron de sus labios dejando un sabor a placer que jamás se había imaginado. Sacó una lengua veloz para humedecérselos y quizá para mantener ese gozo que tan inesperadamente había aparecido en el interior de su cuerpo.

Quitó de nuevo la vista de su hijo mientras este hacia lo mismo, les iba a costar dar el último paso, pero estaban seguros de que sucedería, era ese día o nunca.

Mari cerró los ojos, suspirando hacia la ventanilla y haciendo que un pequeño vaho se mostrara.

Colocó su dolorida cabeza contra el frío cristal, se debía relajar un poco, su sexo se había animado y no era lugar para ello.

—Voy a tratar de dormir un poco, cariño.

La respuesta afirmativa de su hijo apenas la escuchó, porque con los ojos cerrados, ya escuchaba como el muro de su mente caía de forma pesada creando un estruendo en su cuerpo.

Sus piernas se apretaron la una contra la otra con disimulo, rozando sus labios vaginales para provocarse cierto placer y a la vez, contener el volcán que rugía por explotar.

Su cerebro había abierto la puerta de su imaginación, dejando que su erotismo, sus ganas e incluso su salvajismo dieran rienda suelta. Trató de dejarlo para más tarde, pero con los ojos cerrados mientras el coche traqueteaba en la carretera, su mente carburó como si poseyera varios motores.

Volvía el recuerdo de su hijo, aquella pillada infraganti mientras veía porno en su ordenador.

Igual que la otra vez su mente imaginaba y volaba por lugares prohibidos esta vez sin ninguna restricción.

Entraba en la habitación, no se escondía cobardemente a observar como su hijo manejaba solo la tremenda herramienta.

Sus pasos eran decididos e incluso en su proyección mental, la joven Mari era la que entraba en el cuarto de Sergio. Aquella muchacha de cabello moreno y con el mar apresado en sus ojos que producía miles de sensaciones.

Apagaba la pantalla de la computadora ante la sorpresa de su hijo que no podía dejar de movérsela viendo a una Mari de apenas dieciocho años desnuda frente a él.

La veía como todos aquellos chicos del pueblo, una mujer de bandera cercana a la diosa de la belleza.

Pero no estaba para que su hijo la contemplara, sino que esta vez, la divinidad se arrodillaba ante un mortal para… hacerle una gran mamada.