TERCERA ETAPA
¡VÁMONOS!
Dani introdujo la maleta de Mari en el viejo coche de su hijo. Cabía de maravilla, solamente irían a pasar una noche fuera. Llevaban lo imprescindible, aunque la mujer había metido algún que otro modelito para no ir con lo justo.
La noche del viernes al sábado para nada la durmió bien, aunque mejor quedaría decir que llevaba intranquila desde que habló con su hijo el fin de semana.
Había estado pensando en este día cada minuto.
Todo el rato dándole vueltas y esperando con ansias que por fin llegase.
No tenía muy claro que quería, o directamente que podría pasar, pero la idea de estar a solas con Sergio… fuera de casa… la volvía loca.
Durante aquellos días que transcurrieron, tanto Mari, como Sergio, apenas cruzaron unas cuantas palabras.
La tensión entre ellos era ciertamente densa e incluso la pequeña de la familia llegó a preguntar ese mismo jueves a su madre si la pasaba algo.
Obviamente la mujer tuvo que echar balones fuera y comentarle algo muy de mujer, estaba en aquellos días del mes y no se encontraba con ánimos. Mentira.
Entre madre e hijo solo hablaron para lo indispensable.
El domingo Sergio le había explicado con gran nerviosismo su plan, que básicamente consistía en ir el sábado, ver el musical, dormir en el hotel y volver para el domingo.
Se había encargado de todo, contándole a su madre que había adquirido las entradas y reservado el hotel en casa de su amigo Pablo.
Una pequeña mentira piadosa, porque cuando realmente las adquirió fue después de varios coitos con su amada Carmen.
Incluso le prestó un poco de dinero para que no le doliera tanto la cartera.
De esa manera la tía sintió que se limpiaba un poco la conciencia después de tener unas cuantas relaciones sexuales con el hijo de su hermana.
Estaban preparados para marchar, eran todavía las diez de la mañana y al joven le vino a la memoria el momento que embarcaba con su tía hacia el pueblo. No había pasado mucho tiempo, apenas medio año, pero aquella aventura quedaba tan lejana, como un recuerdo de otra vida.
Dani y Laura se mantuvieron en la acera mientras Sergio se metía en el lado del conductor.
Mari se despidió de su marido con un abrazo, uno más fuerte de lo habitual, como si quisiera disculparse por algo que todavía no había sucedido, salvo en su mente.
Después pasó donde su hija, a la cual comió literalmente a besos mientras esta se quejaba con cierta pereza.
—¡Venga, mamá! —logró decir Laura mientras su madre la acosaba— Que no te vas a otro país, solo vais a Madrid y un día. Mañana ya te veo.
—Pero siempre me da pena despedirme de vosotros.
—Tienes que aprender de Sergio, cariño —dijo Dani con una media sonrisa irónica—. Mira que rápido pasa de nosotros.
El joven bajó la ventanilla, dejando que un poco de aire frío entrase en el coche. El día se había levantado totalmente despejado, pero a mediados de febrero aquel tiempo era el habitual.
—Os quiero mucho, os voy a echar de menos —soltó el joven con la sonrisa más bromista y amplia en su rostro.
—Es que eres bobo, tato —Laura se rio y se acercó a su padre mientras Mari daba la vuelta al coche.
La puerta del copiloto se abrió y Sergio se sintió nervioso al instante.
Su madre entraba en el mismo habitáculo que él, estaban tan cerca en un espacio tan pequeño.
Todos aquellos días había tratado de estar más o menos sereno, pero le era imposible, cada vez que estaban en el mismo lugar, su vientre colapsaba queriendo expresar demasiadas cosas.
Los dos se miraron en silencio, mientras la puerta de metal golpeaba para cerrarse con cierto ruido que vislumbraba antigüedad.
Sus ojos conectaron, como no lo habían hecho en toda la semana, la gran espera por estar juntos por fin era realidad.
Ambos querían ese momento, deseaban estar en esa situación y cuando el joven pisase el acelerador todas las ganas se volverían ciertas.
Dos golpes en el cristal les sacaron de sus pensamientos y de la mirada tan penetrante que se lanzaban.
Al otro lado del cristal Dani y Laura se despedían con efusividad batiendo las manos de un lado a otro.
La pareja dentro del coche sonrió con ganas e hicieron lo mismo despidiéndose de su hogar, al menos por una noche.
Sergio introdujo la llave en la ranura, giró para que hiciera contacto y en un instante el coche comenzó a rugir de mala manera, pero arrancó, su vehículo nunca le fallaba.
Se dispuso a lanzarse a la carretera, iban a salir del hogar, de esas cuatro paredes que no les dejaban ser como realmente querían ser, o al menos… demostrar lo que sentían.
Con calma el joven fue girando el cuello, viendo en primera instancia el pantalón vaquero ajustado que llevaba su madre, últimamente iba un poco más a la moda, incluso se le veían los tobillos.
Sin ningún tipo de vergüenza siguió elevando la visión, recorriendo los centímetros del cuerpo de su progenitora sin que nadie se lo impidiese.
Se había vestido con una chamarra gorda para combatir el frío durante el viaje, algo que el joven maldijo por no poder disfrutar de toda la carne posible durante el trayecto.
Sin embargo cuando se detuvo una milésima de segundo en la silueta que formaban los pechos, los vio amplios y grandes.
Podía ser que la camiseta pegada que llevaba su madre le jugara una mala pasada, pero si no se equivocaba, Mari se había puesto un sujetador que elevaba lo que la genética le había regalado.
Acabó el muchacho de alzar los ojos donde el rostro de la mujer se hallaba.
No la encontró despistada o mirando al infinito, sino que los ojos azules como el mar le estaban mirando.
Seguramente había visto todo el escrutinio de su cuerpo, cada mirada buscando su piel la había notado como el fuego.
Si el joven se hubiera fijado, podría haberse dado cuenta de que su pecho subía y bajaba por lo acelerada que estaba.
Ambos volvieron a cruzar miradas, unas miradas tiernas, de amor maternal, no obstante algo más escondían, una pasión de la que al parecer los dos eran conscientes.
Aun así les faltaba algo, el pequeño empujón que rompiera el muro, el último martillazo que tirase abajo la pared y les dejara dar rienda suelta… a todo.
Sergio movió los labios, estaban secos. Los tuvo que mojar con su lengua y después tragar saliva para que su tono de voz no se entrecortase a la mitad. Primero salió el aire caliente antes de pronunciar ninguna palabra, Mari lo sintió, estaban tan cerca que podía notar incluso su alma.
—¿Tienes ganas de ir?
La mujer por supuesto que tenía, rebosaba de ganas por marcharse y llegar a un destino que le fuera ajeno. Sentir que estaba en otro mundo, que aquella no era su verdadera realidad y… sumergirse en ese cosmos diferente junto a su hijo.
Debía contenerse, al menos no mostrar su cara más ansiosa, más desesperada por sentir el secretismo que podría esconder la capital del país. En una ciudad tan poblada, sabía que ella sería otra persona y estaría en completo anonimato junto a su… junto a Sergio.
—Vámonos.
Fue un susurro, casi un suspiro que salió entre sus dientes dando una orden que podría asemejarse a un silbido. Sergio lo entendió, supo que quería decir con aquella única palabra. Estaba tan nervioso como deseoso de pasar aquel día con su madre.