LA GUINDA DEL PASTEL
Carmen todavía era reacia a vender la casa de su madre y seguía yendo de vez en cuando a adecentarla.
Se mantenía bastante bien y estaba para entrar a vivir, salvo por los muebles, que obviamente estaban pasados de moda, como diría su marido, “las casas de antes no son como las de ahora”… ¡Qué antiguo!
Sin embargo el estado de la casa poco importaba. Lo único relevante para la mujer en ese momento, era la buena decisión de no venderla, al menos por el momento. Disfrutarla con su sobrino ya valdría la pena.
Subieron al segundo piso sin parar en el primero.
Sergio siguió a la mujer, observando el movimiento de su trasero mientras subía cada escalón.
Volvía a estar en plena forma, algo que no se hubiera imaginado después del largo orgasmo que había sufrido en el coche.
Con el golpeteo de la lluvia y el calor que hacía allí dentro, si no llega a ser por la insistencia de la mujer, se hubiera dormido.
Llegaron a la pequeña sala que había arriba y allí Carmen sin mediar palabra empujó a su sobrino al sofá tirándose después encima.
—Me gustaría hablar contigo de muchas cosas. —la mujer comenzó a besar con lentitud y dulzura el cuello del chico— Pero no puedo aguantarme, cariño.
—Hablamos después… o de mientras… estoy listo para lo que me des.
—Mi vida… no sabes lo que te he echado de menos. ¡No lo sabes bien!
La mano traviesa de Carmen bajó a comprobar lo que se imaginaba, de nuevo su sobrino tenía un pene de lo más duro que golpeaba su pierna. Sentir de nuevo la pasión que provocaba en el joven la hizo sonreír de orgullo. Le mordió el labio llena de un calor que necesitaba soltar como fuera.
—He traído dos cositas. —le dijo después de meter una mano por la camiseta y quitársela— Una es un lubricante, no quiero que por algún motivo nos hagamos daño y tengamos que parar. La otra es un juguetito…
—¿Cuál?
Sergio se sentó en el sofá mientras que agarrando a su tía de sus glúteos la colocada a horcajadas encima de él.
—Me compré hace poco un succionador de clítoris, ¿has escuchado sobre eso?
—Sí —Sergio sujetó con cariño el rostro de Carmen y atrayéndola hacía el suyo, le dio un beso tan lento como profundo.
—Sergio… —soltó Carmen perdiendo la cordura— ¿Vas a utilizarlo conmigo?
—Tía, tú pide, que yo obedezco.
Otro beso en medio de aquella sala olvidada por el tiempo donde tantas tardes pasó la joven Carmen. Ahora no era tan joven y lo que allí estaba haciendo sería de lo más reprobable para sus padres, pero poco se acordaba de ellos mientras la lengua de Sergio buscaba la suya.
El joven de nuevo ansioso por el nuevo levantamiento de su pene, abrió el abrigo de la mujer dejándola únicamente con la camisa. Las fuerzas renovadas de Sergio le hacían volver a ser el carnívoro que había sido todo el camino hasta el pueblo, hambriento de carne humana, la carne de Carmen.
Posó cada mano en la parte inferior de cada seno de su tía y apretó el uno contra el otro con los ojos cerca de secarse debido a que no pestañeaba. Eran tan perfectos, que al joven le sorprendía que aquello pudiera ser real.
Introdujo su rostro entre ellos y los besó con ganas para después comenzar a pasar su húmeda lengua por el medio. Carmen le azuzaba para que siguiera, cogiéndole del pelo de la nuca y guiándole para que aprendiera como si fuera su cachorro.
Como buen caballero, o eso es lo que Sergio creía, arrojó literalmente a su tía contra el sofá, quedándose esta tumbada y mirando a su sobrino con el pecho encendido.
Con manos ágiles asió el pantalón de la mujer y tiró hacia abajo, tanto el vaquero como la ropa interior descubrieron un sexo totalmente rapado y mojado.
No había tiempo para comentarios, ninguno de los dos estaba para hablar, lo mejor era primero quitarse el terrible fuego que les quemaba y después… seguir más tranquilos. El joven arrancó las botas de cada pie arrojándolas por la sala mientras el pantalón quedaba colgado de uno de los tobillos.
Sin pensar que era lo que quería su tía, se arrodilló en la alfombra que tantos años tendría. Abrió las piernas de la mujer, exponiendo un sexo que ya había humedecido la piel de alrededor e incluso cierta parte del trasero.
Carmen fue a decir algo, quizá algún comentario ingenioso o simplemente para ordenar un simple “cómemelo”.
Sin embargo no le dio tiempo, en un instante, la boca de Sergio había desaparecido porque estaba lamiendo su sexo.
La lengua había hecho contacto con un duro clítoris que le llevaba esperando desde la última vez.
La mujer jadeó y gimió en un sonoro tono que recorrió toda la casa, el saber que estaba sola la iba a hacer desatarse.
Los primeros lametazos la hacían mover las piernas sin parar, algo que se ocupó Sergio de detener, agarrando sus muslos con ambas manos.
El sexo oral del muchacho era perfecto, Carmen recostada en el sofá disfrutaba del placer que siempre le proporcionaba el joven.
Notaba como la lengua se introducía en su interior, llevándose unos fluidos y dejando otros, para de seguido masajear su clítoris de forma sublime.
Acarició la cabeza del joven con una mano mientras con otra se acomodaba en el sofá. Sergio cogió la mano que rondaba en su pelo e hizo que se aferrara a los mechones que tenía más cerca. Carmen lo entendió a la primera y sujetando bien el pelo de su sobrino, le guio como ella quería.
El tiempo que Sergio estuvo de rodillas fue excesivamente corto.
Quizá apenas unos minutos antes de que su tía comenzase a hiperventilar, que las gafas se le movieran y que sus piernas temblasen furiosas.
El orgasmo llamaba a la puerta, un buen orgasmo, no como los que ella misma había logrado en estos meses… solo satisfactorios.
Este sí era bueno, tan bueno que se mordió el labio superior y miró a su sobrino que seguía desempeñando su labor mientras la miraba fijamente. Soltó su mano para que Sergio obrase como mejor quisiera, pero de nuevo el joven la obligó a agarrarle de su cabellera para que no se moviera.
Sus labios dibujaron un círculo por donde gemidos más cercanos al mundo animal se escapaban.
Como bien quería su sobrino, al notar la explosión en su vagina, apretó la cabeza que tenía bien aferrada contra su sexo, al tiempo que notaba como una lengua se introducía muy hondo.
El orgasmo llegó e incluso su trasero se levantó en semejante placer electrizante, dejando únicamente quieta la mano que seguía ahogando al muchacho.
Se sosegó después de medio minuto de sollozos y débiles gemidos.
El pecho se le movía de forma loca arriba y abajo, mientras su joven amante besaba con dulzura su sexo.
Sus labios contactaban con la vagina de su tía y al separarse, los fluidos se le pegaban formando lianas infinitas que limpiaba con su lengua.
Para Carmen aquello era la definición de erotismo.
—¿Vas a querer descansar? —el joven de pie, con alguna gota bordeando su barbilla la miraba desafiante— ¿Ya estás… vieja?
La mujer todavía tirada en el sofá sonrió con mucha malicia, en verdad sabía cómo picarla y con la respiración todavía a medio recuperar le soltó como pudo.
—Niñato… cabrón…
Se sentó en el sofá y bajó los pantalones de su amante descubriendo un pene tan grande como en el coche, siempre que lo veía le impactaba y… le encantaba.
—Siéntate.
Las palabras de Carmen eran órdenes para el chico que obedeció mientras esta se sentaba encima de sus piernas. La penetración se sucedió con suma rapidez, acoplándose un sexo al otro de forma tan natural que parecían miembros reproductores gemelos.
Las manos de Sergio apretaron fuertemente la cadera de la mujer mientras esta se movía sin parar.
Gracias al ejercicio que hacía en la bicicleta, Carmen aguantó un buen rato “montando” a su sobrino, mientras este sacaba los pechos de la mujer.
Sergio ni se le ocurrió perder la ocasión de deleitarse con aquellos senos que le tenían enamorado, e introduciéndolos en su boca, saboreó ambos pezones como si fueran caviar.
El tiempo se detuvo para ellos, pasaron en esa misma posición tanto tiempo que se hubieran sorprendido. Sin embargo, les importaba muy poco, era la forma en la que querían estar y si de ellos dependiera, lo harían por toda la eternidad.
Carmen logró un relajado orgasmo en esta ocasión, uno que le dejó tumbada sobre su sobrino mientras este respiraba con dificultad.
Estaban los dos agotados, tanta tensión era demasiado y decidieron que sería un buen momento para hacer un alto y picar algo de lo que Carmen había preparado el día anterior.
Pero poco tardaron en quedar satisfechos, porque en el tema sexual para nada lo estaban.
Carmen dirigió a su hijo a la que una vez fue la cama de sus padres, antigua, con el cabecero enorme y de madera, donde los muelles estaban más viejos que la propia casa.
Pero para lo que la querían, servía de maravilla.
—Vete desnudándote, ahora vengo.
Sacó de su enorme bolso que más parecía una mochila, una caja donde indudablemente estaba el juguetito del que habló a su sobrino y otra con el lubricante. Dejó allí los accesorios que tenía ganas de usar y cogiendo su gran bolso se fue dirección al baño.
Sergio empezó a quitarse la ropa, quedándose en pocos segundos como vino al mundo.
Se introdujo en la cama que había dormido alguna vez cuando era pequeño y sus abuelos vivían.
Esperó con muchas ganas a que su tía favorita hiciera acto de presencia tumbado sobre el mullido colchón.
Mirando al techo, el empalme que cargaba era más que evidente y bajo las sabanas un pene de dieciocho centímetros y otros tantos de grosor rogaba por ser usado.
Escuchó unos pasos, su tía se acercaba. La vieja persiana casi bajada al máximo dejaba entrar la luz necesaria para poder ver nítidamente aunque lo que predominaba era la oscuridad.
Era el ambiente perfecto, incluso el viento huracanado del exterior le daba un aire de secretismo que al joven le encantó.
—¿Estás listo?