LA GUINDA DEL PASTEL #2
Su tía con una mano apoyada en la puerta le miraba con unos ojos centelleantes.
Había vuelto del baño únicamente con un conjunto de lo más picante que activó los últimos nervios del joven.
Las medias sedosas le llegaban hasta el muslo, estaban sujetadas por un ligero en el cual ni siquiera había braga, ya que Carmen la tenía en su mano izquierda.
Sergio reconoció el sujetador y las bragas de color rojo al instante, eran las mismas que usó la primera vez que tuvieron relaciones, mientras su madre dormía la mona a escasos metros.
El color rojo estaba sacado del mismo infierno, similar a los labios de la mujer que comenzaba a andar hacia la cama.
Sus preciosos y prefectos senos, se mecían a cada paso debido al contoneo de unos tacones de aguja fina. Estaba espectacular, de revista… tanto que Sergio no podía decir nada que mejorase el silencio.
—Si te portas bien, te las llevas de regalo —añadió Carmen al lado de la cama mientras se señalaba su ropa interior.
La mujer se subió a la cama mientras Sergio contemplaba como esta había decidido darse un poco de maquillaje en el escusado. Hizo desaparecer las tres o cuatro arrugas que tenía y de propina, dio un sombreado sobresaliente a sus ojos.
Sergio la atrajo para sí, tumbándose la mujer sobre el pecho caliente de su sobrino. Ambos se metieron dentro de las sabanas, la casa era fría y aunque estuvieran ardiendo, tampoco podían cometer imprudencias.
Los besos comenzaron a fluir, ambas lenguas se fundían en un baile húmedo que no tenía fin.
Sergio abrazaba a su tía, aunque sin saber muy bien dónde meter unas manos que querían abarcar más de lo que podían.
Rozaban su trasero, agarraban su cintura, acariciaban su rostro e incluso apartaba el cabello rubio de su tía que se les metía entre sus labios.
Poco a poco lo inevitable sucedió y el pene de Sergio escuchó la llamada del sexo opuesto. Prácticamente sin quererlo, los sexos se unieron de la manera más natural y sencilla posible, para que otra vez pudieran retomar el coito.
Una vez sus miembros se habían acomodado Sergio la giró y decidió comenzar esta vez arriba. Su tía se había dado una buena sesión de ejercicio en el sofá y ahora le tocaba al joven demostrar la vitalidad de la juventud. Al menos un rato, no podía dejar todo el trabajo a la “vieja” de Carmen.
Las manos de la mujer rodearon suavemente el cuello de su sobrino mientras las piernas haciendo todo lo contrario se abrían ante las primeras acometidas del joven. Con pausa comenzaron un sexo más relajado que de costumbre, con penetraciones más tranquilas, pero mucho más profundas.
Ambos se miraban en la leve oscuridad que les envolvían, mientras lo único que se movía era las mantas que tapaban los cuerpos de los amantes. La ventana rugía furiosa por el viento del exterior, pero entre ambos solo había calma y mucho amor.
Sus frentes se empezaron a juntar y ninguno rompió el silencio que derramaba amor a cada segundo.
Solo al de un buen rato la mujer abrió tanto los ojos como la boca de forma exagerada.
Había notado en las últimas entradas que estaba a punto y que de nuevo, otro orgasmo se avecinaba, su sobrino en un día le traía la cuenta de todo un mes.
Cerró los ojos mientras Sergio no paraba en su lento movimiento y echó la cabeza para atrás mientras las venas del cuello se le inflamaban de forma grotesca.
Un leve suspiro y el temblor de piernas le hicieron saber al joven que la preciosa dama había llegado, que el orgasmo había salido y con un tierno beso en los labios, se detuvo.
—Me tienes pillado el punto —le comentó en un susurro cuando se recuperó.
—Lo mismo podría decir —respondió Sergio besándola en el cuello.
—Déjame arriba, cielo.
Cambiaron de posición y Carmen se introdujo el pene de su sobrino de nuevo en su delicada vagina. Le costó al principio, porque su interior estaba todavía muy sensible, pero al de unos minutos comenzó a notar que podía moverse sin ningún problema.
El sexo pasó en unos cuantos minutos de ser amoroso a convertirse en algo mucho más apasionado.
Las caricias habían dejado paso a los fuertes agarres.
Sergio apenas movía sus dedos de aquellas dos nalgas que le aplastaban, las sujetaba como si sus manos fueran las garras de un águila y Carmen posaba sus uñas en el pecho del joven hasta casi herirle.
Mientras el tiempo transcurría y el sol se ponía tras el manto casi congelado del pueblo, el sexo se iba intensificando.
Sergio ya había soltado algún que otro cachete a las nalgas de su tía que rebotaban agradecidas.
Carmen agarraba al joven que tenía postrado en la cama con una fuerza leonina mientras movía su cadera sin parar en movimientos rápidos y fuertes.
—Carmen, date la vuelta —pidió Sergio con la respiración acelerada.
—¿Cómo? —contestó deteniéndose por un momento.
—En la misma posición, pero mirando para la ventana. O sea al revés.
La mujer asintió y se puso como su sobrino requería. Sintió de nuevo los dieciocho centímetros de Sergio dentro de su cuerpo cuando se sentó encima de su pene. Aquella postura le proporcionaba más placer y moviendo el trasero comprobó, que no solo era un poco mejor… sino muchísimo más.
Sergio trató de alcanzar el lubricante que estaba en la mesa. Se le había ocurrido una idea al tiempo que observaba el trasero de su tía subir y bajar. No sabía si la mujer estaría por la labor, pero su curiosidad era tal que se atrevió a preguntar.
—¿Carmen te fías de mí?
—¿Qué? —la mujer miró hacia atrás colocándose totalmente erguida y notando que el miembro se le incrustaba en las entrañas— ¿Qué quieres?
—¿Me dejas ponerme un poco de lubricante en el dedo y darte más placer?
Carmen entrecerró los ojos sin entender que podía querer su joven amante.
Sin embargo se mantuvo en silencio viendo como su sobrino vertía una cantidad considerable en su dedo gordo y después con un gesto le decía que se volviera a poner como unos segundos atrás.
La mujer con el trasero lo más respingón posible, notó de pronto un dedo muy cerca de una zona que jamás había experimentado.
—Tú me dices si quieres o no… —le comentó Sergio al ver que Carmen se había vuelto a girar.
—¿Lo vas a meter? —vio como el joven asentía y ella resopló sin saber si aquello le gustaría. Pero… ¿Por qué no probar algo nuevo?— Con mucho cuidado… ¿Vale?
No lo dijo del todo convencida, sin embargo se aventuró a un nuevo estímulo, dejando abierta la posibilidad de algo que nunca se había planteado “sexo anal”.
—Solo te lo masajeo, lo meto si me lo pides.
Sergio que solo había visto algo así en sus películas comenzó a masajear el ano de su tía mientras esta seguía en su tarea sexual.
Prosiguieron un rato en aquella posición, hasta que Carmen, debido a la doble estimulación, comenzó a sentir un escalofrío muy agudo en su espalda y sorpréndeteme alcanzó otro orgasmo.
—Pa… Pa… Para, mi vida. —Sergio detuvo el masaje y el leve movimiento de cadera— Tengo que reposar.
Se tiró en la cama sacando de su sexo el pene que tanto amaba y que ahora se encontraba cubierto de sus fluidos.
—Estar contigo es lo que mejor me sienta del mundo.
—No exageres…
A Carmen le costaba hablar, la respiración se le había acelerado de sobremanera y sus pechos subían y bajaban furiosos dentro del sujetador.
—Ojalá te tuviera al lado de casa.
—Nada… mejor que no —Carmen se levantó bañada en una leve capa de sudor y viendo que su sobrino estaba igual. Daba lo mismo la temperatura del exterior, ellos ardían— No podría seguir este ritmo a diario.
—Estás un poco… —Sergio rio maliciosamente mientras su tía cambiaba el gesto de su rostro.
—Ni se te ocurra decirlo.
Con una cara envuelta en una máscara de ira Carmen agarró el durísimo sexo de Sergio.
Con sus dedos lo rodeó y lo agarró con fuerza para no escuchar la palabra vieja de los labios del joven.
Este se estremeció y se rio para pedir perdón al instante, algo que su tía le devolvió metiéndose los dieciocho centímetros en su boca.
—Solo me faltarías tú allí —siguió Sergio mientras su tía tumbada en la cama le pasaba la lengua por su sexo—, sería perfecto. Últimamente las cosas me van muy bien, en casa, en los estudios…
—Sigue así —Carmen hablaba mientras sus labios húmedos seguían tocando la carne de Sergio— ¿Mi hermana está algo más alegre?
—Sí. —pensar en Mari mientras su hermana le besaba su obelisco era algo de lo más retorcido… y que a Sergio le ponía a rabiar— Fuimos un día al cine y todo.
—¿Solos?
—Sí, no tenía con quién ir y la invité. —el pene de Sergio desapareció hasta la garganta de Carmen mientras sus ojos azules, idénticos a los de Mari no le dejaban de mirar— Lo pasé de maravilla y creo que mamá disfrutó como una enana.
—Si yo viviera cerca, ¿también me invitarías al cine?
Sergio agarró su pene por la base, haciendo que Carmen soltara las manos de este y se lo dirigió hacia sus labios, para después con una pícara sonrisa añadirla.
—A ti, tía, te invito a esto. ¿No es mucho mejor?
Carmen lamió con fuerza, sacando toda la lengua de la boca y dejando un rastro de saliva ardiente por todo el glande.
Se había calentado en un momento y Sergio…
también. Sobre todo después de pensar en su madre, llevaba una temporada con cierta sensibilidad hacia ella y recordarla mientras lo hacía con su tía no era lo más adecuado. Aunque… se parecían tanto.
El pene salió de la boca de la mujer, que se lo había introducido para succionarlo con ganas. Echó la cabeza hacia atrás al sacarlo, haciendo que su cabello volara y el sexo duro de su sobrino temblara.
—Joder… ¡Qué polla tan rica!
Aquella frase, llena de erotismo y lujuria activó mucho más a Sergio que todavía seguía tumbado en la cama. Se levantó rápido y mientras su tía esperaba observando cuál sería su siguiente movimiento, el joven se puso a su espalda.
—Agacha el cuerpo, Carmen.
La voz de Sergio sonaba algo ansiosa y su tía al ver las intenciones de su sobrino le pasó el lubricante.