JUNTOS DE NUEVO #2
Apretó ambas piernas, rozándolas con fuerza y miró a través de la lluvia. La carretera era una recta hasta el pueblo y apenas había unos cuantos caminos durante el trayecto. Uno de estos se encontraba a medio kilómetro de distancia.
—Vete frenando. —Sergio fue a preguntar el por qué, pero no hizo falta— Hazme caso, vete frenando que no viene nadie. Ahora, ¿ves el camino ese? Pues gira.
—Pero… —el joven que no entendía nada miraba sorprendido a su tía mientras esta le señalaba la dirección con su brazo.
—Sergio, calla y tira por ahí. Vete despacio que por ese camino suelen ir tractores.
El coche aminoró la marcha hasta andar en segunda y con el intermitente Sergio indicó hacia donde iba a girar. El coche botó de primeras al bajar de la calzada y cuando se metió en el camino apenas asfaltado, pisó el freno paulatinamente hasta parar el vehículo.
—Tía… ¿Qué quieres…?
No pudo terminar la frase, Carmen le miraba con aquellos ojos azules que las mujeres de su familia portaban, tan bonitos, tan profundos.
Sus dedos habían abierto la cremallera de su abrigo y debajo una camisa negra con un escote de vértigo hizo que su pene saltara de alegría.
Sus pechos dentro de la lencería luchaban pegados por respirar, una imagen preciosa que aunque Sergio todavía recordaba, le encantó volver a ver.
—Me he pasado con lo de que no te masturbaras… ahora te lo arreglo.
—Puedo esperar…
La mano de Carmen aferró el hierro caliente que se apreciaba en los pantalones del joven. Con fuerza cerró sus dedos sobre el tronco y Sergio apretó los dientes de puro placer, soltando finalmente el aire en un bufido animal.
—Tenemos toda la tarde, cielo —le dijo su tía mientras metía ambas manos por la goma del chándal y lo bajaba con rudeza—. Tengo que solucionar primero esto, luego me la devuelves. Ahora recuéstate.
Guiñó un ojo al terminar de decir aquello, mientras el pene erecto de su sobrino salía rugiendo de los pantalones. El chándal yacía junto a la ropa interior por la zona de los tobillos, por ayuda tanto de Carmen, como del propio muchacho.
No hubo tiempo para discursos eróticos, ni para besos, ni palabras que pudieran hacer calentar todavía más al joven.
Carmen se acomodó y puso sus rodillas en el asiento donde antes reposaba su trasero.
Sergio con velocidad, retrasó más su asiento dejando libertad a sus piernas y con la mano izquierda lo reclinó para poder recostarse con total comodidad.
No había terminado de hacer esto cuando la mano algo fría de su tía agarró con unas ganas temibles su miembro. Se colocó correctamente las gafas con la mano libre y después, los cuatro pelos rebeldes que podrían molestarla, los metió de nuevo dentro de su gorro, no quería distracciones.
Carmen al final, con todo en su sitio, se agachó donde su manjar favorito la esperaba. El glande asomaba morado y con un líquido preseminal que bien podría haber sido una primera eyaculación. Decidió que primero debía quitar el exceso que brotaba de aquel dulce plátano y se puso a ello.
Cuando se la introdujo en la boca y el calor embargo al joven, las piernas se le movieron de tal forma que de estar el coche encendido lo hubiera arrancado. Se estremeció todo su cuerpo, el éxtasis del placer era tan extremo que apenas podía creérselo.
El prepucio se limpió en un periquete, aunque la saliva de Carmen era ahora la que predominaba. Decidió lamer el tronco tan caliente y duro de su sobrino mientras este apretaba los dientes para no correrse apenas diez segundos después de que empezase.
La mano acompañaba un movimiento rítmico subiendo y bajando la piel, que se acompasaba de maravilla con el caer de las gotas en el parabrisas.
Fuera estaba cayendo una buena, acompañando un frío que helaba la sangre, pero en el interior del coche los cristales estaban empañados y para Sergio, era una sauna.
Carmen dio el do de pecho. Notando lo hinchada que estaba, se la introdujo hasta el fondo de su garganta y succionó todo lo que pudo. Sergio gimió casi en un grito y un espasmo le recorrió el cuerpo, sus ardientes genitales le avisaban de lo que ocurriría.
La mano de Carmen subía y bajaba la piel mojada del pene, al tiempo que con su lengua y labios estimulaba la zona trasera del prepucio.
Sergio agarró con fuerza la camisa de la mujer y con la otra mano el asiento.
Se venía algo gordo, muy gordo, mientras en el exterior un trueno sonaba relativamente cerca, la verdadera tormenta se iba a desatar dentro del coche.
—Ya… Ya… Se viene…
Sergio a duras penas ponía hablar mientras notaba la lengua de su tía masajeando la zona más delicada de su cuerpo. Había bajado su piel al máximo y el grande emergía como una seta. Las venas que recorrían su tronco comenzaban a aumentar de volumen, dispuestas a preparar la salida.
El joven miró al techo, tensando su cuello sin poder remediarlo.
Sus piernas se quedaron rígidas y sus dedos apretaron lo que pudieron con una fuerza de la que después no dispondría.
Carmen vio todo aquello, sabía lo que venía y con una voz muy sensual, sin sacar la boca de la parte trasera del prepucio le dijo.
—Mírame.
El joven obedeció, porque parecía la orden de un tirano.
Observó los ojos azules de su tía protegidos por aquellas gafas, como sus labios se abrían y cerraban detrás de su tronco y su mano estaba en la base de su pene.
Trató de decir “me corro”, le fue imposible.
Su garganta no era capaz de articular palabra, aunque Carmen le leyó el pensamiento.
Lo que salió no fue a reacción, ni llegó hasta el techo, más bien se asemejaba a un vaso rebosante de agua que desbordaba.
Cuando Sergio llegó a sentir el orgasmo de manera tan sublime, por un momento cerró los ojos y se perdió como el semen comenzaba a salir.
No fueron varios chorros descomunales, sino un único disparo que no cesaba.
La puerta había sido abierta y todos los fluidos del joven se colocaron en fila para ir saliendo.
Cierto es que el primero se alzó algo en el aire para caer en la mejilla de su tía sin que esta se moviera ni un ápice.
El calor de aquel borbotón de leche caliente le supo a gloria en un día tan invernal y sin dejar de mirar a los ojos de su sobrino siguió masajeándole el pene con su lengua y sus labios.
Todo el semen acumulado esos días salía sin cesar.
Varias cascadas caían por el tronco, ya fuera por delante o por detrás, llegando hasta la mano de la mujer que seguía bien aferrada a la piel del joven.
Los que caían por detrás, eran sorbidos por la mujer que no paraba de mover sus labios y poco le importaba que entraran en su boca, es más, el sabor le gustó.
—Sigue… sigue… —le decía Carmen viendo como su sobrino no paraba de temblar por el gusto.
La lluvia no cesaba de golpear con fiereza, pero para Sergio el mundo había desaparecido y lo único que lograba enfocar era como su semen seguía saliendo y manchaba tanto a su tía como a él.
La mano de Carmen ya había cambiado su tonalidad a una más blanca y su mejilla tenía una gran mancha que al joven le resultó del todo lujuriosa.
Aunque lo que le volvía loco era esa mirada mientras su boca seguía dándole placer a su prepucio.
Los ojos azules de su tía no paraban de mirarle tras el cristal, era una mirada tan profunda que gozaba con ella.
Carmen notó que el miembro de Sergio perdía un poco de dureza, algo casi imperceptible, pero que sumado al fin de la infinita eyaculación, supo que debía parar.
Apartó sus labios de la zona donde tanto placer había dado, estaban relucientes, con una capa de líquido transparente que los hacía brillar.
No perdió el tiempo y abrió la boca para engullir por última vez el aparato reproductor de su sobrino.
Dio unas cuantas pasadas, limpiando los restos que quedaban todavía para hacer que, su todavía erecto pene, reluciera.
—Creo que ya…
—Has sacado como para llenar un vaso.
Carmen se miraba la mano repleta de semen y con la otra se tocaba la mejilla totalmente anegada por la mancha del joven. Sergio observaba con los ojos entrecerrados y una respiración lenta y profunda.
—Ahora —dijo la mujer con un clínex en la mano limpiándose todo rastro de su sobrino—, llévame a casa que me toca a mí.